Noches de microrrelato

Mi regreso a las noches de microrrelato en Tuiter, después de meses, inaugura para mí la extensión de 280 caracteres. El #Microhorror de los martes estuvo dedicado a los demonios rojos; la #Monoficción de los miércoles, a la escritura; el jueves erótico (de horror por mala costumbre) tuvo como tema el olfato, y el #PánicoSiniestro de los viernes trató sobre caníbales. He aquí mi participación ligeramente mejorada:

Demonios rojos

Llegó a la fiesta de disfraces con tan convincente apariencia que todos, entre la fascinación y el horror, festejaron su roja presencia, no así el vapor de azufre que exhalaba su boca, ni su voz resonante de ultratumba que parecía un presagio de la masacre en ciernes.

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Atravesó el desierto bajo un sol calcinante que prendió fuego a su ropa; él rodó por la pendiente para apagar las llamas; llegó desnudo al pueblo, entró a la cantina, pidió agua, agua ardiente, y se miró al espejo: su piel era roja, tenía cuernos enanos, colmillos y cola.

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Oh, demonio tan rojo y grande como el odio que me desborda. Tuya será mi venganza y tuyo mi agradecimiento por acudir a mi llamado lleno de ira desde las profundidades del averno. ¡Hoy arrasaremos con sus mediocres almas y los aplastaremos como gusanos! ¡Que así sea!

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Tan rojo era de pies a cabeza que, al bañarse de sangre de la concurrencia, parecía que sudaba con la comilona, como suelen sudar las bestias famélicas en sus atracones al devorar una presa. La única diferencia en este caso es que la presa fue multitudinaria.

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Era la encarnación de la venganza contra quienes comen carne roja. “¡El demonio soy yo!” –les dijo, y los destazó a todos, que ahora se arrastran en carne viva.

Caníbales

Cuando la familia cayó en desgracia, para sortear las penurias del cautiverio, dejó que la suerte decidiera quién de ellos mismos sería el alimento de los demás. El siguiente lo fue por voluntad propia para curar su culpa; también el tercero y el cuarto… La culpa del último era tan insoportable que se castigó a mordidas hasta morir.

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Caníbal desde que se alimentaba con el pecho de su madre (no del contenido, sino del continente), siguió saciando su hambre asesina con sus primos y tíos, sus compañeros de escuela y sus maestros. Los padres, mutilados, acabaron con la pesadilla demasiado tarde.

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Desde la inmovilidad, acostado bocarriba sobre la mesa, escuchó a la decena de anfitriones empuñar cuchillos y tenedores mientras uno de ellos decía en tono beato:

-Gracias, Dios, por este alimento. Bendícelo y bendice nuestra hambre, que somos tus siervos. Amén.

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Los comensales elogiaron el buen sazón de Hannibal Lecter, con excepción de su discípulo, el único ausente.

–Habría disfrutado tanto como nosotros de tan suculenta cena –opinó uno y lo secundaron los demás.

–Ahora está dentro de ustedes –pensó Lecter, sonriendo.

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Grenouille sabía que una gota de su perfume podría poner de rodillas al Papa y hacer que besara sus pies, pero prefirió volver a la miseria de París y echarse encima todo el contenido de la botella. La seducción del aroma desbordó la devoción de los hambrientos.

Olfato

No es lo mismo aroma que tufo. La bella tenía lo primero; la bestia lo segundo. El sudor de la bella era nuevo y limpio; el de la bestia estaba intoxicado, acumulado y viejo, como el rencor… hasta que el cuerpo de la joven perdió su olor natural en el congelador.

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El olfato del asesino percibe miedo cuando su presa camina por la oscuridad; él emana un hedor genital cuando ella se acerca, mezclando el miedo con repugnancia, que también capta su victimario. Al ocurrir el abrazo, los aromas se condensan en un grito ahogado.

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El olor aumenta en la medida que te acercas al cuarto oscuro, en donde los cuerpos están en contacto y constante movimiento; es un olor a sudor y otros fluidos, y es intenso. La mirada cede al olfato su función sensitiva y, una vez adentro, tiene su turno el tacto.

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El olor de tu desnudez en la penumbra delató un deseo que hizo crecer el mío y fuimos dos cuerpos unidos en el intercambio de fluidos y placer. Ahora huelo a ti y me excito, me satisfago en tu ausencia. Ya no te necesito. Gracias.

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Cuando la señora se despidió del amigo de su hijo con un beso en la mejilla percibió un olor a urgencia de adolescente y le transmitió la suya de mujer experimentada pero abandonada y sola. Cuando el amigo se atrevió por fin a visitarla en ausencia del hijo, pasaron del olfato a la complementación de las urgencias.

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Era una experiencia erótica: los aromas armonizaban como notas musicales en concierto, hasta que alguien soltó un pedo y alguien más un eructo, y la molestia de algunos emanó adrenalina captada por los perros que irrumpieron furiosos y todo terminó en un desastre.

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Conocer su anatomía dejó un aroma en mi piel y un recuerdo en la memoria, que se disipan ahora y es urgente renovarlos.

Escribe sobre mí

Escritura

Me dijeron por teléfono que traerían las escrituras de la casa y llegó un camión con papel tapiz de inscripciones crípticas. Ignoro si dice algo, pero al vestir las paredes, confiere a la casa una atmósfera de intelectualidad antigua y lapidaria. Desde entonces tengo pesadillas y despierto con cefalea.

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El súcubo escribía un diario desde hacía cuatro siglos. En los sótanos de su lóbrego castillo, ese diario emparedaba las recámaras. Cuando Ariadne vio su dimensión, pensó que requeriría de toda una vida para leerlo, así que se entregó con obsesividad insomne a la tarea…

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En el camino al tianguis pasé junto a la muchacha que vendía flores en la banqueta; se acurrucaba en posición fetal para resistir el frío. A mi regreso, decrépita ya, seguía tiritando y, con una tristeza desoladora, me dijo: “Vuelve a mí, tú sí escribes muy bonito”…

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En Facebook había un espacio breve y una instrucción fascinante: “Escribe algo sobre ti”, así que, después de mucho pensarlo, terminé tatuándome una leyenda: “No confundo escritores con escribidores y mucho menos con escribanos, sino ‘escribe algo sobre ti’ con lectura de manos entre gitanos”.

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Cuando la censura lo despojó de papel, pluma y tinta, él escribió con vino en el mantel; ella decomisó ambas cosas y él escribió con sangre en las paredes; ella le puso una camisa de fuerza y él dictó a los locos de celdas contiguas su delirio para que lo transmitieran.

Escribe sobre ti

 

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La bestia oligofrénica

Hoy a mediodía hice ejercicio totalmente desnudo en mi patio delantero y recordé la película Capitán Fantástico, cuando Viggo Mortensen bebe café también desnudo en un parque público y unos ancianos lo miran. “Se llama pene”, les dice Mortensen; “usted también tiene uno”. Yo recordaba eso, que me hacía pensar a su vez en la desnaturalización de algo tan natural como la desnudez, cuando salió de su casa el vecino que llamo la bestia oligofrénica, calculé que subiría a su carro y se iría sin verme, pero en vez de irse avanzó, me vio y cometí un segundo error: entrar a mi casa como si tuviera algo que ocultar. Entonces la bestia gritó: “¡Voy a poner mi queja en la presidencia (sic) porque no es posible que hagas esas majaderías!” Asomé por mi ventana y respondí, también gritando:

–¿Para qué me avisas? ¡Córrele! ¡Y no olvides decirles que dejas montones de basura en mi puerta, remueves la tierra del empedrado y la dejas en la banqueta, invades mi patio y echas comida por mi ventana!

La bestia se puso a gritar algo que no escuché porque yo seguía diciéndole, tratando de gritar más fuerte que él:

–¡Corre a decirles que encementaste el empedrado de la calle y construiste jardineras en la vía pública sin consultar a nadie, que tu árbol invade mi patio y deja caer duraznos podridos!

Ninguno de los dos dejaba de gritar ni nos escuchábamos y todavía me quedaba un arsenal de quejas y hasta de amenazas cuando la bestia se largó por fin. Ya no le recordé que su hija con parálisis cerebral arrastra muebles a las cuatro de la mañana, escucha el televisor a todo volumen y hace clic hasta dos horas consecutivas en un apagador, y que él poda su pasto con podadora eléctrica cuando yo intento dormir. Tampoco le recordé que mi perra Naomi perdió el ritmo alimenticio y enfermó porque presumiblemente él arrojó comida descompuesta, quién sabe cuántas veces, cuando ella vivía en el patio trasero. En fin.

Me bañé en chinga y salí a pagar el agua con ganas de toparme otra vez a la bestia para decirle que, si vuelve a dejar su montón de basura en mi puerta, la arrojaré a su patio. Cuando regresé, allí estaba su coche de nuevo, pero no nos topamos. Hice jardinería durante dos horas (con ropa deportiva y tapabocas, ni siquiera pantalón corto) y pensé que, por suerte, no se me ocurrió decirle:

–Córrele a poner tu queja en “la presidencia”, pero no me avises porque me da mucho miedo, mucho miedo, mucho miedo.

Seguro que no habría entendido mi burla, pero sabiendo que me escucharía, podando el pasto con tijeras, en la barrida me puse a cantar: “Cuidadito, cuidadito, cuidaaaadito. Me vas a matar de un susto y no es justo, porque yo sufro del corazón. Cuidadito, cuidadito, cuidaaaaaadito”.

Del incidente saco muchas conclusiones; entre ellas, que la imbecilidad suele ser sorprendente, no tiene límites ni remedio que no sea la muerte (tampoco estoy amenazando, consigno un hecho objetivo), y suele haber un egoísmo absoluto en la imbecilidad extrema, y absoluta deshonestidad. Al oligofrénico no le importa que sus pendejadas afecten a otros, pero hace un escándalo rabioso por nada, en este caso, porque me ejercito desnudo en mi patio, calculando que nadie me ve…

¡Qué atrasado está México y el mundo! Y Huichapan es un pueblucho muy representativo de ese atraso y de la pequeñez infrahumana. Quizá las “normas comunitarias” de Facebook están inspiradas en esta mojigatería gritona.

Acerca de “la presidencia” y la autoridad que le atribuye la insignificancia pueblerina-provinciana, mejor no digo nada.

Tengo cinco años y medio sin vacaciones y cómo extraño Zipolite. ¡Ya me urge!


De aquellas noches

Edgar Ramírez | Asher

Diciembre 30 de 2007

En el filo de La Navaja bebo el último trago de la noche, último sorbo de oscuridad con luna menguada por la nebulosidad de la mirada, y respiro el último aliento de agonía y soledad en las calles, de las calles en soledad poblada todavía de silencio con eco de caracol, viento que barre la basura y surca el alba. Como quien dibuja el rostro de una mujer compulsivamente antes de perder para siempre su recuerdo, último presente de una relación pretérita, sueño insomne que borra el paso de las horas y los días, me aferro a los restos de este naufragio, vivo intensamente mi pérdida, espero caer la última gota de la noche vacía.

En La Navaja de Garibaldi es de noche todo el día, como en el 13 Negro de Acapulco, donde los noctámbulos de carrera larga prolongaban y extendían sus límites sin dejar de beber para no perder el vuelo, cada vez a menor altura, hasta caer, hasta que no fuera posible llegar más bajo, hasta el cabo del rastro sanguíneo que dejó de correr en alguna parte del subterráneo dédalo de cloacas, laberinto infestado por cucarachas gigantes y ratas en harapos. La Navaja es un punto crítico en la ruta de la muerte, del 33 al Tapanco, donde concurren matones de pacotilla y putas en reposo que no se han bañado ni han dormido en una cama desde su renuncia temporal, desde la primera ola de una marea de insomnio depresivo, desde que el calendario se quedó sin hojas por dárselas al árbol y el árbol tapizó con ellas el otoño, desde la muerte del tiempo con un infarto al reloj.

Del 33 llegan las “vestidas” que antes atracaron a borrachos incautos y solitarios en el cuarto oscuro del Famoso 49, que en paz descanse, a donde llegaban también soldados en sus días francos, francamente desesperados, en busca de un “trenecito”. El Viena era el punto de partida para hombres gay que gustaban de la barra y la sinfonola antes de que el lugar cambiara su look de cantina tradicional por el de la Zona Rosa y lo plagaran puras locas de Cabaretito. El ambiente homosexual degenera gradualmente, sin más pauta que el tedio ni más pausa que el miedo, hasta la sórdida continuidad del Tapanco, en donde la degradación empareja todas las tendencias y preferencias sexuales, dándoles el mismo color, el uniforme de la violencia, la monotonía del odio conservado en alcohol, ahogado en noches y días de rosas en el fango, tirado «a la borrachera y la perdición», dormido y desvalijado en la banqueta. Si el Cabaretito es la Jaula de las Locas, el Tapanco es el Club de la Eutanasia. En la pista de La Navaja una mujer baila desnuda y después tiene sexo allí mismo con cinco hombres, mientras otro es degollado por la espalda en la oscuridad y yo tomo nota desde mi atalaya clandestina.

«Esta es la canción de las noches perdidas», canta Joaquín Sabina con voz aguardientosa por «el aguardiente de la despedida». Subo las escaleras hasta que me detienen en seco las suculentas piernas de una vecina adolescente que mira con tanta intensidad como para provocar un segundo trastorno hormonal y dejarme en el viaje. Una puta de nombre falso dejó mojado mi pantalón en el Tapanco. Hay que llegar urgentemente al quinto piso y destapar una botella antes de padecer la resaca, y vivir encerrado más de un mes hasta que la soledad me haga descolgar el teléfono en cuanto pase la crisis de hipo. ¡Que escampe tu llanto hasta que amaine mi odio! Este departamento es el callejón sin salida en donde los gatos huraños se refugian y asimilan a las sombras y la basura y suben a la azotea para bañarse de luna y maullar sus dolencias del alma. Los vecinos del edificio viven con terror a mis recaídas etílicas, que sólo podré conjurar huyendo cada invierno de la ciudad.

Joaquín Sabina canta La canción de las noches perdidas, y recuerdo que debo continuar el cuento a ritmo de blues, Los muertos no mienten, narrado en forma de espiral, variación literaria de la película más original del cine negro. «Los fugitivos del deber cogen su maldición y se la beben». Supongo que el insomnio, así como es causa de mi adicción al vino tinto, es efecto a su vez de mi adicción a la noche, debilidad que no he padecido por mujer alguna, pero en este caso es imposible la ruptura. La canción de las noches perdidas, que me fascina en la voz de Pasión Vega y la de Mara Barros, es un homenaje de su autor al singularísimo Tom Waits. Mi variación o desvarío, en cambio, mejoraría su letra con el sabor amargo que deja la ruta de la muerte:

El consuelo es un hombre con nombre de mujer,
el odio se bebe hasta la embriaguez
y después se vomita con el estómago vacío…
No encuentro taxi libre que me lleve al infierno.

[…]

No encuentro taxi libre en el infierno.





Crónica indignante (continuación)

Juchitán de Zaragoza, Oaxaca. Sábado 14 de octubre. Vicente Marcial Cerqueda, como dijimos en la primera entrega, es presidente de un comité ciudadano que fue constituido junto con otros 67 para recibir y repartir en total 19.5 millones de pesos entre la gente con casas gravemente afectadas por el terremoto del 7 de septiembre, como “apoyo de empleo temporal” que consiste en 2 mil 370 pesos para cada familia.

Más conocido en su pueblo como Chente Marcial, el también lingüista y promotor cultural se prepara para salir de casa y llegar puntual a la cita, cuando recibe una llamada: Liz Rasgado, también presidente de comité, le propone una junta inmediata entre los representantes ciudadanos de la cuarta sección de Juchitán, pues la ha llamado un tal Miguel Ángel Olmedo Cárdenas, funcionario del gobierno estatal, para decirle que todavía no llega el dinero y que habrá que recogerlo en algún lugar distinto a Juchitán.

Los seis presidentes de comité que llegan a casa de Chente traen información encontrada. Unos dicen que les han llamado para que vayan con la gente del gobierno estatal a la base aérea militar de Ixtepec, a donde los habían llevado un día antes para nada; otros dicen que los llamaron a firmar más documentos dizque necesarios para obtener los recursos.

Chente Marcial, en cambio, nunca recibe alguna de esas llamadas. Alrededor de las diez de la mañana, alguien llama de nuevo al teléfono móvil de Liz Rasgado para decirle que debe convencer a todos de ir a la base aérea militar. Todavía reunidos en casa de Chente, los siete representantes de la cuarta sección acuerdan negarse a firmar ningún documento más y exigen a los funcionarios que, en cuanto tengan el dinero, les avisen para que se presenten ellos en las mesas.

Mientras tanto, la gente que tenía dos días formada cuando la dispersó el temblor de 5.5 grados ha vuelto a formarse desde las ocho de la mañana. Y, entre la fila, corre un rumor: “Chente Marcial se niega a ir por el dinero y por eso se está retrasando el pago”. La gente empieza a alborotarse. Las mesas de la cuarta sección están instaladas a una cuadra de la casa de Chente y la gente sabe que los presidentes de comité están reunidos allí.

Liz Rasgado se comunica con Miguel Ángel Olmedo para exigir que dejen de jugar y les informen exactamente qué pasa con el dinero. El funcionario responde que todavía no llega Cometra, la empresa contratada para el “traslado de valores”. Liz Rasgado exige que, cuando tengan el dinero, los llamen y, por lo pronto, informen a la gente que espera formada, y termina la llamada con furia juchiteca.

–¡Hay que tener muy poca madre para salir con lo que salen ustedes, de veras!

En las filas de algunas secciones (cada cual recibe un trato distinto), la gente de Paco Piza con Miguel Ángel Olmedo al frente reparte papelitos numerados y hace correr el rumor de que el ayuntamiento le pide a la gente formada regresar a sus casas.

10:45 AM. Alguien llama para informar que ha llegado por fin la camioneta blindada de Cometra y que los comités ciudadanos deben recoger el dinero en el hotel Delice, donde se hospedan las delegaciones gubernamentales.

Los representantes de la cuarta sección salen de casa de Chente y piden un taxi. Debido a que la calle Juárez está bloqueada por escombros, caminan hacia la esquina de la calle 2 de Noviembre y, a unos metros de la gente que espera amontonada, sale una vecina al encuentro con Chente para informarle del chisme que ha corrido a lo largo de las filas: “El responsable de que no llegue la lana es Vicente Marcial, que se niega a ir por el dinero”. Chente advierte que la multitud lo mira. Se retrasa el taxi que han pedido; llaman de lejos a los que pasan, pero todos están ocupados.

Visiblemente preocupada, la vecina pide a Chente y compañía que se cuiden, pues parece que alguien azuza un linchamiento entre las hordas priistas, y Chente responde que los responsables de la tardanza son los funcionarios que usan y engañan a los comités ciudadanos, que esa gente ya tiene el dinero y que ellos van a recogerlo.

Abordan el taxi que habían llamado y que se abre paso entre la multitud; Chente fija la vista al frente con gesto adusto sin mirar a nadie.

Llegan al hotel y son guiados por funcionarios estatales con un federal metralleta en mano hacia el pequeño salón en donde los habían amontonado el día anterior.

Los funcionarios federales son de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat); los estatales, de la Secretaría de Vialidad y Transporte (Sevitra) y del Instituto Estatal de Educación para Adultos (IEEA).

Ahora, en el salón, hay varias mesas y, sobre las mesas, unas bolsas negras con fajos de billetes de 500 pesos. Cada quien recibe 237 mil pesos para que los cuente, pero ellos protestan, pues el compromiso de Paco Piza (todavía ojo de hormiga) era entregar el dinero en sobres de 2 mil 370 pesos.

Los funcionarios exaltan su prepotencia, vociferando que ya dejen de discutir y que se apresuren a contar y llevar el dinero a la gente. Los representantes juchitecos paran en seco a los funcionarios y alegan tener derecho a indignarse por la irresponsabilidad gubernamental y la falta de palabra.

Los funcionarios dicen que han avisado a la gente para que se presente con 130 pesos de cambio, que ya está distribuida por mesa con su número de turno y que tienen disponible un vehículo.

A cada quien le entregan una mochila de Adidas para que meta el dinero contado. Los representantes ciudadanos salen cada uno con 237 mil pesos en su mochila. En el estacionamiento del hotel hay una camionetita Nissan con cabina; las mujeres ingresan adelante y los hombres se amontonan en la batea. Con un millón 650 mil pesos, se desplazan entre promontorios de escombros hasta 2 de Noviembre, esquina con Efraín R. Gómez.

El estand instalado por las “autoridades” da sombra sólo a la mitad del espacio en donde trabajarán dos comités por mesa.

En cuanto llegan, los presidentes informan todo cuanto les hicieron pasar los funcionarios; que haber mantenido a todos en ascuas se debe a esos burócratas. La gente escucha, aunque algunos gritan que se callen y empiecen a pagar ya; son una nube de priistas identificados, artífices de propagar rumores y generar caos a conveniencia.

Los representantes acuerdan que el comité ciudadano haga su instalación formal y, desde ahí, asumir toda la responsabilidad de conducir la entrega de los recursos.

Reaparece entonces, como por arte de magia, un montón de funcionarios estatales, aduciendo que ellos conocían las reglas de operación y, por consiguiente, iban a conducir el proceso. Los presidentes les dicen con firmeza, recuento de agravios mediante, que ya los han soportado bastante y que mejor se mantengan al margen.

La multitud escucha callada esa queja y dirige una mirada de enojo a los burócratas; ellos y sus secuaces gritones se escurren entonces como cucarachas. Cesan los gritos y la gente se dirige ordenada y exclusivamente a los comités ciudadanos.

Una señora se acerca a la mesa con unas hojas en la mano, argumentando que viene en representación de su marido… Un funcionario estatal se acerca también y dice: “Las reglas de operación marcan que…”. Lo representantes ciudadanos, una vez más, lo detienen en seco y le dicen que el comité decidirá, que si él trae consigo las mentadas reglas de operación las entregue para que ellos guíen sus criterios. “Mientras no estén a la vista dichas reglas, nos atenemos al conocimiento de los vecinos para dar certeza de cada caso”, deciden.

Algunos vecinos llevan cartas poder, otros las dos credenciales, otros más sus hojas de seguro popular enmicadas. En casos especiales, los vecinos simplemente dicen: “Viene a nombre de su marido porque si él falta al trabajo le descuentan…” Y en esos casos, los comités deciden que a la persona se le paga. Los funcionarios federales y estatales, callados, sólo miran.

Al final, la fuerza que tiene la transparencia del conocimiento popular, a través del criterio de su representatividad, se impone a las rígidas reglas de la burocracia.

Corre la voz de que los funcionarios estatales quieren tomar el control para quedarse con el dinero que no sea cobrado.

La decisión de los comités ciudadanos es que, si algún vecino no llega, será porque tiene un problema mayor, así que ellos asumen también la responsabilidad de hacerle llegar el dinero a como dé lugar.

Hasta el domingo en la noche, faltaba por localizar a doce beneficiarios, y los presidentes de los comités están dispuestos a remover escombros hasta encontrar a los faltantes.

Sin contar los escasos recesos ni los esporádicos relevos, la gente hizo fila durante 60 horas (para el Record Guiness).

Después del viacrucis causado por su vergonzosa ineptitud, los funcionarios públicos no se han quedado con el dinero sobrante, sino con un palmo de narices. La actitud solidaria de la gente otra vez ha salido avante.


Crónica indignante

Un trance de manipuleo gubernamental

Juchitán de Zaragoza, Oaxaca. Jueves 5 de octubre. Se instalan mesas en cada una de las nueve secciones del municipio para que la gente con viviendas afectadas por el terremoto del 7 de septiembre reciba un “apoyo de empleo temporal” por la cantidad de 2 mil 370 pesos; dicho “empleo temporal” es el retiro de escombros de sus viviendas. La gente se forma desde las cuatro de la mañana para anotarse en las mesas instaladas.

En la cuarta sección, el registro termina quince horas después, a las siete de la noche.

Los funcionarios estatales y federales seleccionan entre la gente formada a un comité por cada cien personas de la fila; este comité se integra con un presidente, un secretario, un tesorero y dos vocales, a quienes hacen firmar una serie de documentos por triplicado sin oportunidad de leerlos por la prisa.

Una vez inscrita, la gente es citada para el 12 de octubre a primera hora.

Jueves 12 de octubre, oficialmente “Día de la Raza”. El pueblo madruga de nuevo para formarse y, así formado, espera todo el día bajo el sol para recibir el mentado “apoyo de empleo temporal”. Cae la noche y la gente, haciendo fila, duerme en la calle.

Cerca de la medianoche de ese día, los presidentes de los comités ciudadanos reciben una llamada, indicándoles que se presenten en el Hotel Delice, donde se hospedan las delegaciones gubernamentales, a las ocho de la mañana del día siguiente.

Viernes 13 de octubre, ocho de la mañana. Hotel Delice. Llegan alrededor de ochenta presidentes de comité de las nueve secciones. Después de varias horas de espera, se les hace pasar a un pequeño auditorio como para cuarenta personas y, todos amontonados, los ponen frente a una mesa de los funcionarios públicos: Tomás González Ilescas, delegado federal de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), y Francisco Javier García López, conocido como Paco Piza, delegado estatal.

Los funcionarios hacen esperar tres horas más a los representantes ciudadanos para decirles que, de un total de 19 millones 525 mil pesos de “apoyo” a los damnificados, sólo se podían retirar dos millones al día, por lo que el pago será realizado durante diez días.

Los presidentes de los comités responden indignados, pues la gente se ha formado desde la madrugada del día anterior y, más de 24 horas después, no se les puede decir eso.

González Ilescas pide que le den “oportunidad de hacer el trabajo bien”, y muestra un documento que comprueba el depósito de 19 millones 525 mil pesos el 11 de octubre. Enrique Peña Nieto lo había anunciado desde hacía más de quince días.

Tiene lugar una discusión y los funcionarios piden media hora para solucionar el entuerto. Después de una hora, Paco Piza propone cobrar el cheque en el banco HSBC de Salina Cruz y dice que disponen de tres autobuses para transportarlos de ida y vuelta y que sea posible entregar el dinero a la gente formada en las nueve secciones de Juchitán.

A algunos de los representantes ciudadanos les toca un sándwich y un refresco, pero la mayoría no tiene tanta suerte, y así los enchiqueran en tres autobuses istmeños.

Los escolta una patrulla con seis policías federales y la promesa de custodiar el regreso de Salina Cruz a Juchitán, debido a que cada persona llevaría 237 mil pesos; en suma, los tres autobuses cargarían con gente indefensa y casi 20 millones de pesos; una irresistible tentación para la delincuencia organizada y un alto riesgo para los presidentes de los comités que, por lo demás, no tenían obligación de trasladar dinero. Aun así, por consideración al sacrificio de sus paisanos, asumen el riesgo.

Llegan al banco y el gerente se muestra sorprendido porque no sabe nada del asunto; el delegado federal se encierra con él durante hora y media, hasta que una comisión de ciudadanos irrumpe en la oficina y exige una explicación. Finalmente, se acuerda que cada uno de los presidentes endosen el cheque y recojan el efectivo en la base aérea militar de Ixtepec. En el banco los tienen de once de la mañana a seis y media de la tarde, siete horas y media.

Cada uno sale con dos copias del cheque y el sello de “pagado”, pero sin un sólo peso en la mano. Desde que parten hacia Salina Cruz, Paco Piza se hace ojo de hormiga.

Mientras tanto, a la gente que hace fila en las nueve secciones de Juchitán le dicen que van a pagarle a las cuatro de la tarde; a sus representantes les dicen que a partir de las seis pueden pasar por el dinero a la base aérea militar; salen del banco a las 18:30 y los llevan a la base aérea militar. En el “centro de comando” hay una mesa de presidium y varias sillas que no alcanzan para que todos tomen asiento. En el presidium hay funcionarios estatales y el delegado federal; hay también un jefe militar y uno de la policía federal. El solemne y ceremonial ambiente sirve para enmarcar un anuncio: No hay dinero.

Salvo Paco Piza, los funcionarios estatales señalan al delegado federal como responsable de todo y dicen que ellos pueden ayudar a resolver el embrollo, como lo han hecho antes con la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) para el mismo asunto. El aplausómetro indica que hay partidarios de los personeros gubernamentales entre los presidentes de los comités ciudadanos.

Por su parte, alguien hace correr el rumor entre la gente formada en Juchitán de que la presidenta municipal, Gloria Sánchez López, ha ordenado que se vayan a sus casas y que el pago se haga hasta el día siguiente. Cunde un legítimo enojo, pero el ayuntamiento disipa el rumor a las cuatro de la tarde con un comunicado de indignación por la falta de seriedad de los funcionarios estatales y federales.

El rumor deja en evidencia la perversidad intrínseca del gobierno en los dos niveles superiores al ayuntamiento, pero resulta efectivo entre la gente del pueblo por el descontento acumulado con el gobierno también a nivel municipal, por múltiples y conocidas razones.

Algunos pobladores de la segunda sección bloquean la entrada este de Juchitán y exigen que se les pague.

A las 19:20, un temblor de 5.5 grados (proveniente de Salina Cruz, casualmente) dispersa a la mayoría de la gente que tiene más de 48 horas formada, salvo en la segunda y la sexta secciones, donde se mantiene haciendo fila; de ahí que los representantes de esas secciones decidan quedarse en la base aérea militar para salir hasta tener el dinero para sus vecinos.

Los demás suben a los autobuses y regresan a Juchitán cansados y con las manos vacías, después de trece horas y media de engaños, de que los llevaran y trajeran como manada de animales, de que los pastorearan por toda la región, mientras sus representados esperaban día y noche, noche y día, 24 horas más, haciendo fila.

De nuevo, quince minutos antes de la medianoche, Vicente Marcial Cerqueda, presidente de comité, recibe una llamada de la Semarnat para que se presente en media hora –¡bromas aparte!– en la base aérea militar de Ixtepec. Chente reprime una mentada de madre al funcionario federal y responde que ya basta de tanta burla, que los espera a las nueve de la mañana, como informaron en el templete del centro de comando.

Ningún funcionario se hace responsable, todos se lavan las manos luego de lanzarse la pelota unos a otros entre ellos, pidiendo comprensión.

La gente se fue humillada y frustrada, pero con la esperanza de que los mismos burócratas lleguen con el dinero a las nueve de la mañana de hoy sábado 14 de octubre.

(Continuará…)


«Ya nunca seremos los mismos»

Segunda parte

Mientras tanto, los velorios tienen lugar en la vía pública por temor a las réplicas o por la destrucción de la casa que habitaba el hoy difunto; las calles heridas por la devastación son escenario de cortejos fúnebres como parte de la cotidianidad emergente; sus expresiones de luto y tristeza –llantos y canciones, por ejemplo– coinciden con otras procesiones funerarias en los dos panteones municipales, ahora más concurridos que nunca y, para colmo, dañados por el terremoto; el más viejo se llama Domingo de Ramos y está en la primera sección, cerca del Hospital General; el otro tiene por nombre Miércoles Santo y está en la octava sección Cheguigo.

Suceden 10.5 réplicas por hora en promedio, de 4, 5 y 6 grados. A 24 horas del terremoto, se cuentan 36 muertos, más de 300 heridos y unas 260 réplicas, que aumentarán a dos mil, siete días después.

Las familias pernoctan en sus patios o en la calle por temor a las réplicas y para proteger sus pertenencias de la posible rapiña, o por su propia condición damnificada; otras acampan en canchas de baloncesto o balompié, otras más lo hacen en los parques y las plazas, y muchas otras en los albergues acondicionados en las escuelas todavía servibles, aprovechando que no hay clases. La Casa de la Cultura, con tradición de ser albergue durante desastres naturales como la inundación de 1993, está colapsada esta vez.

Las redes sociales son el medio masivo para dar a conocer la situación en toda o casi toda la región y las necesidades más apremiantes de los afectados; con ligeras variaciones, urgen medicamentos y material de curación, asistencia médica, alimentos no perecederos y agua potable, croquetas, productos de higiene y limpieza, colchonetas, cobijas o cobertores, lámparas y pilas, cinta adhesiva, cajas de cartón, rescatistas de otras partes del país…

La solidaridad de la sociedad civil no se hace esperar: en diversos puntos del territorio nacional y hasta en otros países del mundo (desde la República bolivariana de Venezuela hasta el Estado sionista, genocida y terrorista de Israel) se organizan brigadas médicas y de rescate, que arriban a Juchitán para cubrir desde allí todo el Istmo oaxaqueño, desplazándose también a otros municipios golpeados: proliferan centros de acopio, se dan a conocer cuentas bancarias para recibir donativos de cualquier parte del mundo…

No obstante, se enfila una crisis alimentaria, pues la comida se reduce a lo que tenían los pobladores en sus casas y lograron rescatar; al acabarse, hay desbasto, pues las tiendas grandes y los restaurantes no abren sus puertas al público; tampoco hay mercado tradicional por el colapso de sus instalaciones.

Entre la desorganización, la improvisación y la mala leche de algunos, parece que los cargamentos de víveres y demás llegan a manos equivocadas. Abundan denuncias en las redes sociales: que la ayuda humanitaria es acaparada por tenderos o termina en bodegas de partidos políticos para repartirla como despensa con sus respectivos membretes al calor de la próxima campaña electoral (el PRD compite con el PRI en esta rapiña y lo supera desde el poder local), que la presidenta municipal Gloria Sánchez López, de extracción perredista, desvía una parte y otra la entrega con criterios clientelares; si eso hace con los víveres, cabe sospechar que también con el dinero. Cámara en mano, un grupo de mujeres sorprende a hombres que descargan dos camiones de acopio humanitario en la casa del secretario municipal Óscar Cruz López.

En las redes sociales abundan también testimonios de angustia y desolación por la súbita pérdida de todo cuanto poseía la gente pobre. Algunas de estas expresiones son desgarradoras, como gritos desesperados que piden auxilio.

–Peña Nieto llegó rapidísimo en helicóptero a Juchitán; así debía de llegar la ayuda, ¿no? Pero no llega –protesta una señora, cuya comparación resume el abismo entre gobernantes y gobernados.

La destrucción telúrica no hizo distinciones entre ricos y pobres, arrasó con sus casas más o menos parejo, pero quienes acaparan lo que llega para todos son los mismos que acaparan capital en detrimento del pueblo, a expensas del trabajo y la precariedad de los demás.

Entre tanto, el levantamiento de los escombros y el cascajo con palas, unas mecánicas, otras manuales, abre paso a las demoliciones, unas con maquinaria pesada, otras con zapapicos y mazos; en casos intermedios, personas, bestias o carros tiran de sogas amarradas a muros o restos de muros inestables, esfuerzos a los cuales sigue la recolección otra vez con palas…

¿En dónde está el gobierno?

El 11 de septiembre, a cuatro días del terremoto, habitantes de la colonia «5 de Abril», ubicada en las inmediaciones del centro de la ciudad, bloquean la carretera Juchitán-Ixtepec para exigir al gobierno del estado y al ayuntamiento municipal que atiendan sus necesidades; casi un centenar de personas informan que peligran sus vidas y las de sus familias ante la falta de alimentos, principalmente. En esa colonia popular, unas 120 familias viven a la intemperie, a expensas de las víboras, desde la medianoche del terremoto.

Agencias municipales de Juchitán como Santa María del Mar, en la zona huave o ikoot’s, continúan incomunicadas, mientras pobladores de Chicapa de Castro y Álvaro Obregón denuncian el mismo “abandono gubernamental”.

A mediados del mes comenzarán las lluvias y la gente que sigue a la intemperie requerirá, entre otras cosas, de lonas en abundancia y plástico grueso, cuerda o mecate, cosas que pueden abastecer a tiempo las voluntades solidarias, pues la prioridad del gobierno local es el palacio municipal, su propio beneficio y su propio bienestar.

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Además de la solidaridad efectiva, la que se asegura de que los víveres y demás lleguen a quienes lo requieren con más urgencia, un atisbo de regreso paulatino a la normalidad, aunque nunca será como antes, es también un respiro: algunos comerciantes comienzan a traer comida –carne y pescado, huevo y queso, fruta y verdura, totopo y tortilla– de Oaxaca de Juárez, capital del estado, y otros lugares, para venderla frente al palacio de gobierno, en el Parque Municipal Juchitán; este parque albergará quizás a una parte del nuevo mercado popular en la construcción de lo que sería una nueva normalidad, con diferencias formales y sustanciales a la vida anterior, sobre todo por la asimilación de una experiencia inesperada y brutal, para la que no estaba preparado el pueblo ni el gobierno, a pesar de su pasado más o menos reciente, que ha sido intenso.

Por lo que veo, la gente de Juchitán ha cambiado en relación con la que, hace casi treinta años, conocí al calor de una contienda electoral y el regreso de la COCEI al poder municipal, ahora en alianza con el PRD. A partir de la medianoche del 7 de septiembre opera un cambio más rápido, quizás en otra dirección. El tiempo lo dirá.

La reconstrucción de Juchitán, ciudad heredera de los antiguos binnizá, en la medida que recurra de nuevo al trabajo comunitario, puede unir, cohesionar y fortalecer al pueblo. El gobierno local y los partidos políticos pueden dividirlo y debilitarlo, deliberada o inconscientemente. El tiempo tiene la palabra.


«Ya nunca seremos los mismos»

Primera parte

Jueves 7 de septiembre a partir de las 23:49 horas. Un terremoto de 8.2 grados en la escala de Richter, con epicentro en el golfo de Tehuantepec, frente a las costas de Tonalá, Chiapas, sacude al sur y al centro de México durante 87 segundos, casi un minuto y medio. El sacudimiento, que abarca doce entidades federativas en total, contando a la Ciudad de México, se extiende más allá de la frontera con Guatemala hasta El Salvador y Honduras. Las regiones más golpeadas son el Istmo oaxaqueño y la costa de Chiapas, en ese orden y, en menor medida, los estados de Tabasco y Veracruz.

Juchitán, zona cero

Juchitán de Zaragoza, la capital política y cultural del Istmo, sufre los mayores estragos; las primeras imágenes que aparecen ante los ojos del mundo en la televisión y las redes sociales muestran derrumbada la mitad del palacio municipal; en sentido estricto, es la tercera parte del edificio, la segunda parte de la planta alta, que tenía debajo una porción del Mercado «5 de Septiembre» con alrededor de 50 puestos de comida, ahora sepultados. El emblemático edificio fue construido en 1860, así que 157 años de historia se vinieron abajo. El resto del inmueble, que se mantiene de pie, tiene daños estructurales, por lo que se contempla su demolición.

Todo el municipio –cabecera, rancherías y agencias municipales, con alrededor de 150 mil habitantes en total– queda sin luz eléctrica; en la oscuridad de la medianoche, un reportero de la televisión local describe la situación, mientras alguien levanta de las ruinas una bandera de México en perfecto estado y planta el asta sobre la desolación; la imagen del estandarte nacional que ondea con el viento en la penumbra y lo más alto del promontorio de escombros se convierte de pronto en icono por su fuerte simbolismo, y recorre el mundo.

La policía municipal, Protección Civl y los bomberos, entre otras corporaciones y brigadas de auxilio, no se dan abasto. Los vecinos se movilizan para sacar a la gente atrapada bajo los escombros y llevar a los heridos al Hospital General «Dr. Macedonio Benítez Fuentes», que está devastado; más del 90 por ciento de la estructura hospitalaria queda inservible, por lo que son evacuados los pacientes sobre sus camillas para que el personal médico los atienda en la explanada y el patio, a donde siguen llegando lesionados que se cuentan por decenas y quizá centenares durante la madrugada. El espacio es enorme, pero aun así es rebasado por la aglomeración, de modo que algunas personas reciben atención médica en la calle. Esa noche mueren allí quince personas, cuyos cuerpos son retirados de inmediato.

Este nosocomio se llama general, pero es regional en la medida que atiende a la región del Istmo, principalmente a las agencias municipales de Juchitán –Álvaro Obregón, Chicapa de Castro, La Venta, La Ventosa y Santa María del Mar–, además de los municipios cercanos y menos urbanos, como El Espinal y Santa María Xadani, cuando los enfermos pueden trasladarse.

A nueve cuadras del hospital, mueren cuatro personas al desplomarse el Bar Jardín, y fallecen dos huéspedes bajo el techo del hotel Juchitán. El Hotel del Río, en las afueras de la ciudad, se viene abajo y sepulta, entre otros, a la propietaria, que no sobrevive.

En las secciones séptima y novena, históricamente las más marginales del municipio, las casas son muy viejas en la mayoría de los casos, por lo que no resisten la violencia telúrica y se desmoronan; las que siguen de pie lo hacen con fragilidad y un equilibrio precario. Luego del derrumbe y el apagón, cuando los pobladores intentan sobreponerse, ocurre una serie de explosiones por las fugas de gas.

Media hora después del terremoto, sucede una réplica de 6.1 grados, que será la de mayor intensidad. Además de los muertos, heridos y desaparecidos, hay víctimas de pánico.

Al amanecer, las imágenes son impactantes y deprimentes. Del centro a la periferia, casas, establecimientos comerciales y edificios de diversa índole se reducen a escombros. Saltan a la vista, por alucinantes, los pisos altos con inclinaciones de unos 180 grados. Algunas casas parecen intactas desde la calle, pero por adentro se aprecian hoyos en el techo y grietas o cuarteaduras en las paredes, además de cascajo sobre los muebles y en el suelo. Sobre las banquetas hay también escombros y árboles caídos. En las orillas de calles y avenidas yacen automóviles aplastados por pedazos de fachadas y postes. El pavimento de las calles está roto, inclusive abierto. Hacia las afueras, carreteras y puentes con grietas o, de plano, destruidos.

La Escuela Primaria «Centro Escolar Juchitán», fundada en 1938 por el general Lázaro Cárdenas y emblemática de Juchitán por ser la más grande del Istmo, se halla totalmente devastada. En el templo de San Vicente Ferrer, patrón de Juchitán, junto a la Casa de la Cultura, los muros están derruidos o rotos, ha caído entera una de sus torres y, en la otra, se mantiene en vilo una cúpula, como para venirse abajo con alguna de las réplicas. Son algunas de las edificaciones más antiguas desde los cimientos, con reparaciones, arreglos o remodelaciones posteriores de la obra original hasta nuestros días.

El ogro filantrópico

En la mañana del viernes 8 de septiembre, arriban el ejército federal y la Marina, que activan el Plan Nacional de Respuesta MX y rescatan de las ruinas a personas con vida o recuperan sus cadáveres; opera un equipo especial de la Marina, compuesto por 25 socorristas y tres perros rastreadores, uno de ellos hembra de raza labrador, y dos pastores belgas…

En general, todo cuanto depende del gobierno en cualquiera de sus tres niveles sucede con retraso y es insuficiente. Las vidas que salvan las fuerzas armadas en su ostentoso despliegue y su operativo escenográfico (la friolera de tres o cuatro personas en total) no son más que las rescatadas por bomberos y paramédicos sin tanto alarde. Los Topos de Tlatelolco, brigada histórica de rescatistas voluntarios, realiza una discreta pero heroica labor de salvamento, a pesar del trato recibido y el comportamiento gubernamental.

Más de mil 800 soldados son distribuidos en la región y su “labor social” se reduce a remover y levantar escombros. Se habla de repartir despensas y hay imágenes de soldados descargándolas de aviones y camiones militares, pero no existen testimonios (auténticos sin lugar a dudas) en las redes sociales al respecto. Quizás hubo algo de “ayuda humanitaria” en este aspecto, pero nomás para la foto y el video que verá después el mundo por televisión.

El censo gubernamental de inmuebles afectados por el terremoto, para empezar, burocratiza y retrasa literalmente al máximo “los apoyos” monetarios del Fondo de Desastres Naturales (sic), pero un cálculo preliminar contabiliza más de 5 mil casas con afectaciones graves, dato que no es confiable, pues los soldados califican superficialmente los daños, sin entrar a las casas. En realidad, todas las casas, sin excepción, están dañadas en alguna medida, sea con daños totales o parciales. El censo preliminar contabiliza también alrededor de 50 mil damnificados, pero no abarca más allá de la cabecera municipal.

Como siempre, la visita oficial que realizan los titulares del Ejecutivo federal y del estado, así como de las secretarías concernientes y sus comitivas, limita su función a la emisión de promesas y al baño de pueblo, que aprovecha la ocasión para una sesión de fotos. Gracias a la demagogia declarativa, el 7 de septiembre será oficialmente «Día de luto nacional» y, para efectos inmediatos, se declara también «Zona de desastre» a la región. ¡Uf, qué alivio! Después viene la ocurrencia totalitaria de que las fuerzas armadas repartan el acopio de la sociedad civil.

Segunda parte