Creepypasta

El lado humano de la oscuridad

Hace unos días escuché de noche, durante unas diez horas continuas, los videos que abundan en YouTube sobre la Deep Web o Red profunda, limitándome al audio mientras hacía otras cosas, y quedé obsesionado con el tema, tanto que volví en los días siguientes a dichos videos, ahora también para verlos, y descubrí muchos otros. Consciente de la falta de seriedad que hace de la Deep Web un conjunto de mitos en la mayoría de los casos, he buscado además información escrita, y mi obsesión llegó al punto de soñar con algunas de las escalas en esta ruta de navegación, despertar pensando en ellas o, como de costumbre, tener insomnio.

El video Daisy’s Destruction y la asociación delictuosa de sus autores, No Limits Fun (NLF), como paradigma de la maldad y la perversidad que nomás el humano desarrolla y desata, pues ningún otro animal es capaz de semejante aberración, me hacen pensar, de paso, en la cobarde irresponsabilidad de quienes fomentan ignorancia y aseguran, por ejemplo, que el video snuff es una “leyenda urbana”. Wikipedia, en primer lugar.

Abundan referencias a Normal Porn for Normal People (NPNP), el sitio de la Deep Web más conocido en la actualidad, tanto por su representatividad como por su reciedumbre, pero en términos de formato y contenido, este sitio no representa novedad alguna, pues reproduce un esquema de hace dos décadas, cuando un sitio por el estilo sentó precedentes paradigmáticos en este sentido. Luego de NPNP surgieron otros de índole similar que los nuevos internautas, sobre todo youtubers, han convertido en lugares comunes, como Central Park, que es un directorio, o Dark Scandals, Boy Vids, zPlay y Baby Heart, por mencionar sólo algunos que ofrecen pornografía infantil, violaciones, torturas y asesinatos en línea, entre otras cosas, todo a cambio de pagos anticipados, cuyos montos hacen prohibitivo lo que de por sí es ilegal y criminal desde la perspectiva ética.

Cuando comenzó mi experiencia internáutica en 1998, navegué hasta el naufragio por océanos de pornografía y conocí todas las categorías públicamente permitidas, además del bestialismo y otras parafilias ilegales en algunos países, pero quizás entonces no existían límites o fronteras entre la red superficial y la red profunda, de modo que atravesé la delgada línea sin saberlo, al verme de pronto en un sitio llamado The Human Side of Darkness (El lado humano de la oscuridad), con la descripción: Addiction to the Obsessive Search of Dangerous Routes and Shortcuts to Death (Adicción a la búsqueda obsesiva de rutas peligrosas y atajos a la muerte). Como Central Park, contenía un directorio de “todo lo prohibido”, con enlaces a sitios de acceso restringido a pornografía y prostitución infantiles (videos y galerías fotográficas, chats para intercambio de material audiovisual o para concertar “encuentros reales”), tráfico de armas, narcóticos y órganos humanos, video snuff en lo que ahora es conocido como Red Room y un escabroso etcétera. Por increíble que resulte, había un sitio que, según esto, vendía mujeres mutiladas. Otro decía contener material “clasificado” acerca de visitantes extraterrestres… En fin.

Pasarían muchos años, inclusive lustros, para que yo supiera guardar evidencias en capturas de pantalla. Y como jamás pago, además de mi conexión, por tener acceso a nada en internet, lo interesante para mí era el contenido que se ofrecía, de entrada, sin restricciones de ningún tipo, a saber, siete videos muy sórdidos que aumentaban progresivamente de perversión hasta un nivel tóxico y criminal, antes de sendo collage en forma de video clip con algunas escenas también extremas y reales, pero extraídas de películas públicas; esto último lo descubrí en años recientes al conseguir todas las cintas relacionadas en rankings o tops de cine transgresor, controvertido, perturbador y demás por el estilo; en algunas de estas películas vemos asesinatos reales de animales como gatos, zarigüeyas o tlacuaches, tortugas, puercos… Al final daré todas las referencias al respecto.

Arthur Tress | Pesadillas Infantiles

Advertencia: La descripción de los videos no es apta para sensibilidades débiles o delicadas. Como reza el cliché, “se recomienda discreción”.

Video 1: Un par de adolescentes flacos y pálidos con acné, uno de ellos grabando el plano-secuencia con una pequeña cámara de video, llegan a la sala de una casa, en donde una niña de siete años (según mis cálculos), sentada en un sofá, mira televisión. Los jóvenes le dicen en inglés que su mamá está dormida y es la ocasión para vengarse por todo el daño que le ha hecho; le recuerdan prohibiciones, humillaciones, golpes, gritos, amenazas y maltratos de toda índole; la niña los escucha con una expresión creciente de rencor y está por empezar a llorar cuando ellos la consuelan, le dicen que la apoyan, que están de su lado; le proponen matar a la mamá con un gran cuchillo que han sacado de la cocina; el plan es golpearla primero con un bate de beisbol para que ella pueda acuchillarla enseguida. La niña se entusiasma y acepta; los tres suben sigilosos las escaleras, uno de ellos grabando todo, el otro armado con un bate, y ella con el gran cuchillo; abren la puerta de una recámara en silencio y entran de puntillas; el chavo del bate golpea con gran impulso al cuerpo que yace bajo las cobijas; vuelve a golpearlo y le dice a la niña: ¡Ahora tú! ¡Vamos! La niña se arroja sobre el bulto y lo apuñala; se oyen las voces de ellos que ríen y exclaman: “Fuck! Shit!” La niña no deja de propinar cuchilladas, hasta que se cansa y ellos dicen: “A ver cómo quedó”. Quitan las cobijas de encima y ven que debajo había un costal, por cuyas heridas está manando arena. La niña mira a los muchachos que primero fingen sorpresa y luego ríen a carcajadas; ella entonces llora y luego grita; sus llantos y gritos de protesta y frustración aumentan de fuerza; uno de los muchachos le pide el cuchillo y ella lo recuerda, así que trata de apuñalarlos; ellos corren sin dejar de reír, hacer más bromas y burlarse; ella los persigue para vengarse; la escena se agita, se hace confusa y termina.

Video 2: Dos o tres cámaras ocultas dentro de una casa o un departamento graban el momento en que una mujer de unos 24 años, morena y delgada, con gabardina, minifalda y medias oscuras, recibe la visita de una mujer anciana que se presenta para cuidar a un enfermo. Por su acento, ambas podrían ser chicanas o latinas en Estados Unidos. La joven cierra la puerta con llave por dentro; la vieja se tensa y muestra desconfianza, pero intenta disimularla; la joven revela con parsimonia que se trata de una situación anómala, que el enfermo está loco, es un violador sexual y asesino; la anciana dice que no le interesa el trabajo y pide que le abra para irse, pero la muchacha responde: “Lo siento, lo lamento, no puedo dejar que se vaya porque tengo una cita importante y no voy a dejar al enfermo solo, sin que alguien lo cuide; usted ya vivió la vida y ahora me toca a mí”. Están en la sala-comedor. Ella abre una recámara, entra y sale con un hombre muy alto y corpulento, está desnudo, salvo por un pañal como de bebé gigante y una máscara de piel negra; tiene un collar como de perro y ella lo jala del cuello con una cadena. “Oh, My God!” –exclama la vieja con ambas manos en el pecho. “La señora te va cuidar –le dice la joven al hombre–; tócala para que la conozcas”. El hombre la tienta como si estuviera ciego; la anciana parece perder fuerza en las piernas y cae sentada en una silla; su miedo es cada vez más evidente y gime; el hombre toca su pelo y su cara, antes de abrazarla impidiendo que se levante; la muchacha aprovecha para tomar su bolso y abrir la puerta. “Los dejo porque tengo que irme; ya se me hace tarde; regreso en la noche”. Sale y cierra la puerta con llave por fuera. El hombre grita sin dejar de abrazar a la vieja: “¡Mamá, mamá!” Y la vieja: “¡No, no, por favor!” Pero él insiste: “¡Mama, mama!” La imagen del video se oscurece por completo, pero seguimos escuchando sus voces. Algo progresó porque los gritos de la mujer aumentan su fuerza como expresión de angustia. El hombre gime y repite cada vez más fuerte: “¡Mama, mama!” Y ella: “¡No, por favor! ¡Noooooo!” Su grito es desgarrador y hay un corte abrupto.

Video 3: Alguien (al parecer adulto) sigue a dos niños de cerca, o más bien los acompaña, grabándolos en video. El lugar parece un parque descuidado y sucio, con árboles en abundancia alrededor de unas casas de bajo nivel económico, social y cultural. Los niños tienen unos nueve y once años de edad, están flacos, pálidos y mal vestidos; empuñan palos, cargan un bidón y hacen breves comentarios en inglés mientras recorren una ruta de trampas que atrapan gatos durante la noche; una de esas trampas es una red colgante; otra es una jaula; otras son cepos que atrapan una pata del gato… Los niños asesinan a todas sus presas: al gato atrapado por la red lo golpean con palos como si fuera una piñata; a uno que tiene la pata prensada también lo matan a palos; a otro lo rocían de gasolina y lo queman vivo; los aullidos son desgarradores; al último lo llevan arrastrando con una cuerda hasta unos tambos con agua y lo ahogan…

Video 4: Una mujer muy guapa que no pasa de 30 años, acomoda una cámara oculta en su departamento y, mirando hacia ella, dice en español con acento español: “Hola, chicos; estoy sola y aburrida en casa, y como también tengo hambre de comida y de hombre, he pedido por teléfono una pizza y, cuando venga el repartidor, voy a recibirlo así”. En cuclillas, se pone de pie y se aleja dos pasos de la cámara para mostrarse de cuerpo entero: descalza, viste una blusa entallada y oscura, pero transparente, que permite ver nítidamente la forma de las tetas sin sostén y los pezones; su torso es un poco ancho, propio de la edad, y bajo la cintura está enfundada en una pantaleta no menos ajustada; es muy incitante y apetecible; sus piernas son carnosas, hermosas, espectaculares, como sus nalgas, que asoman a la mitad. “¿Ustedes qué opinan? –pregunta de nuevo a la cámara– ¿Creen que le guste? Espero que sí porque me lo quiero follar delante de esta cámara bien escondidita para que ustedes pasen un rato agradable, como yo”. La mujer camina con calma sobre la alfombra de un lado a otro del departamento; vemos que su cuerpo y las prendas que ha elegido son en verdad excitantes. Suena un timbre ruidoso y vibrante; ella pregunta: “¿Quién es?” Y alguien responde: “El repartidor”. Ella abre, y el supuesto repartidor patea la puerta con tal fuerza y tal violencia que golpea la frente o la cara de la mujer; ella da unos pasos hacia atrás, tambaleándose; el hombre irrumpe; viste de negro todo, incluido un pasamontañas; la golpea de nuevo en la cara, ahora con el puño, que al parecer lleva unos nudillos de metal encima de los guantes negros; la mujer cae al piso y él se arroja sobre ella para golpearla más en la cara con el puño derecho y una saña inexplicable; le propina diez puñetazos y se levanta para cerrar la puerta; vuelve a la mujer y le arranca la blusa, luego la pantaleta; se desabrocha el pantalón y empuña su pene erecto para introducirlo en ella; la penetra gimiendo como si más bien sostuviera una pelea; casi grita cuando eyacula, y entonces hace girar el cuerpo de su víctima; la penetra por detrás con los mismos gemidos; se levanta, se abrocha y, antes de marcharse, asoma con precaución por la puerta entreabierta, se quita el pasamontañas y sale; no alcanzamos a ver su rostro; ella se queda en el suelo, inconsciente; alguien adelanta el video en post-producción y, media hora después, según el reloj de la pantalla, suena el timbre, golpean la puerta, la abren y entran varios hombres, paramédicos y gendarmes, revisan a la mujer, atienden las heridas de su cara, la suben a una camilla y se la llevan; la policía revisa el departamento, pero no se percata de la cámara escondida; todos se marchan y la cámara continúa grabando. Es obvio que alguien llega después y se lleva el video…

Video 5: Una sola toma sin cortes, muy extensa, en un cuarto de la morgue; hay cuerpos sobre las mesas o camas de metal, cubiertos con pequeñas sábanas blancas. Se escucha la respiración de quien maniobra o manipula una cámara en movimiento y desliza lentamente una sábana para dejar al descubierto uno de los cadáveres; obviamente desnudo, es el cuerpo de una mujer de mediana edad y complexión regular; la cámara registra todos sus ángulos, rodeando con morbosa lentitud el lecho metálico, antes de hacer acercamientos al pecho y al pubis. “Tits, tits, pussy, pussy”, dice una voz masculina en tono libidinoso detrás de la cámara. “So beautiful!” La cámara vira hacia otra cama, y el camarógrafo desliza lentamente otra sábana, dejando al descubierto el cuerpo de un niño muerto, pálido y macilento, de unos diez años. Como en el caso anterior, el camarógrafo se asegura de que no quede ni la más mínima duda: se trata de un cadáver. Entonces fija la cámara con miras a la mujer, y el camarógrafo se deja ver; lleva un tapabocas, una bata blanca y guantes de látex; se desnuda sin quitarse los guantes ni el tapabocas; es velludo y obeso; acaricia su propio pene erecto y se pone un condón; acaricia las tetas de la mujer y luego el pubis; introduce los dedos bajo el látex. “Oh, yes! Jeah! –exclama– “This is good, very good”. Lame las tetas, separa las piernas de ella y se acuesta encima; tiene un coito. “Mira cómo la profano”, dice al cadáver infantil en inglés. “Mira cómo lo disfruta”. Su gemido estalla; respira con alivio; se levanta; se cambia el condón. “No seas envidioso”, dice al cadáver infantil, siempre en inglés. “Ahora sigues tú”. Se dirige a la cámara y la apaga.

Video 6: Cubierto de pies a cabeza con piel negra, un hombre amarra a una mujer desnuda, menuda, muy joven y muy blanca, de tal modo que ella queda empinada sobre una cama, pero con las rodillas en el piso. “You’ll like it”, le dice. Ella parece muy tensa; su respiración es muy sonora; él la amordaza y ella reacciona, protesta sin alcanzar a decir palabra; el hombre se va y regresa con un rottweiler muy grande y excitado; él empuña su collar con ambas manos, conteniéndolo; induce que la monte y ella se agita, se convulsiona, emite un sonido frustrado a pesar de que, por lo visto, intenta gritar con todas sus fuerzas; el perro la monta, la penetra; ella gime y llora sin dejar de agitarse; su cara enrojece; cuando el perro termina, el hombre lo jala hacia atrás y lo azuza como impulsándolo para una segunda embestida; repite la maniobra unas cinco veces hasta que el perro gruñe y ladra; entonces lo suelta y el perro se abalanza sobre la mujer, la muerde, agita la cabeza con ella en su hocico, la destroza y se relaja, se calma un poco al empezar a comérsela sin dejar de gruñir. Fundido en negro.

El séptimo video no era propiamente narrativo como los anteriores, sino una especie de collage elaborado con todos los recursos técnicos de un trabajo profesional, básicamente post-producción; tenía mucho de video clip y era el más extenso: duraba entre quince y veinte minutos; comenzaba con escenas aparentemente caseras de una niña rubia que jugaba con sus papás o con alguno de ellos mientras el otro la grababa; ella tenía tres o cuatro años de edad, según mis cálculos; sonaba Everything’s alright del musical Jesus Christ Superstar, o una canción muy parecida, sobre todo por el arreglo; cuando cantaba Yvonne Elliman veíamos las escenas candorosas y familiares, pero cuando irrumpía la voz del Judas negro, aparecía una foto, al parecer de la misma niña, pero ahora muerta, con acercamientos y alejamientos rápidos; no podíamos apreciar nada con detenimiento; cuando las voces alternaban en la misma canción, también alternaban escenas fijas de la niña viva y la niña muerta, implicando que se trataba de la misma persona; el cadáver yacía boca arriba con sangre escurrida desde la boca y la nariz; tenía el rostro desfigurado, como si alguien lo hubiera golpeado con un tubo de metal; sus calzones estaban a la altura de los tobillos y había sangre escurrida desde la entrepierna; entonces aparecía un hombre con un antifaz similar al de Batman, pero sin las orejas; tenía el torso desnudo y flaco, y empuñaba un tubo metálico; sonreía con algo entre los dientes, quizás un hueco, un diente negro o algo así, y señalaba a la cámara con el dedo índice de la mano izquierda, mientras empuñaba con la derecha el tubo metálico, apoyándolo sobre su hombro; volvía el cadáver de la niña cada vez más cerca y de nuevo la foto fija de la niña viva y alegre, también cada vez más cerca, en alternancias sádicamente comparativas. De allí a la imagen en movimiento de un hombre que golpeaba con un mazo, una cachiporra o algo así, la panza de una mujer embarazada y acostada boca arriba en el piso; la escena era interrumpida una fracción de segundo antes del impacto para alternar sin transición con el asesinato de una foca bebé, reventando su cabeza, como siempre, y de nuevo el golpe a la panza de la mujer embarazada para sustituir el impacto por el que rompe la cabeza de la foca bebé. De allí al festival de Yulín, en donde abunda el horror: las escenas más nítidas mostraban la muerte de un perro que se convulsionaba colgado mientras lo golpeaban con palos entre dos personas; escenas menos nítidas insinuaban que otros perros eran hervidos en vida. De allí al decapitamiento lentísimo de un toro amarrado que giraba alrededor de una noria mientras un hombre y una mujer ancianos, en los dos extremos del círculo, golpeaban su cuello con machetes; la cabeza terminaba colgando y el toro seguía dando vueltas. De allí a la muerte de un gato blanco que alguien arrojaba a un calabozo con decenas o cientos de ratas negras; en segundos, las ratas atacaban furiosas al gato que corría sin escapatoria hasta terminar acostado con una rata sometida por sus pesuñas delanteras mientras la mordía y decenas de ellas lo mordían a él, que, de pronto, se sobreponía, se levantaba furioso y rugía, mordiendo a varias ratas y tirando zarpazos asesinos, pero caía de nuevo y repetía el sometimiento de una sola rata mientras las demás lo destruían. Bañado en su propia sangre, el gato no dejaba de respirar agitadamente, y yo deseaba que muriera lo más pronto posible para dejar de padecer esa violencia, pero nunca veíamos el final; el abrazo a la única rata que podía someter tenía algo sobrecogedor; sus maullidos de agonía se fundían con llantos de bebés y escenas que insinuaban una violencia no menos brutal contra los seres más inocentes, vulnerables y tiernos, en este caso de la humanidad; aquí me reservo la descripción por razones obvias. Seguían decapitaciones de personas por hombres encapuchados mientras el fondo musical progresaba por encima de los alaridos a rock pesado o Heavy Metal. No recuerdo más.

Observacones

Hay una gran similitud entre los asesinatos de gatos que narra la película Gummo (Estados Unidos, 1997), de Harmony Korine, y los que vemos en el primer video de este sitio, con la única diferencia de que aquí son reales, mientras que en la película son simulados (espero que así sea, pues también parecen reales, pero supongo que hay maneras de convencernos sin “hablar de bulto”). Dicha película no consta en ningún ranking o top de cine perturbador, pero vaya que lo es, tanto por la muerte de los gatos como por la degradación de niños y adolescentes en una zona marginal de Estados Unidos.

La muerte del gato en el collage del video clip fue tomada, me parece, de la cinta Los hombres detrás del sol (Hong Kong, 1988), de Tun Fei Mou, que narra los horrores del “Escuadrón 731”, un campo de concentración y laboratorio de experimentación con humanos y otros animales en el contexto de la guerra química y bacteriológica durante la ocupación de China por Japón, que duró una década y coincidió, en parte, con la Segunda Guerra Mundial. Era lógico que hubiera un criadero masivo de ratas, pero la muerte del gato no tiene más justificación que la crueldad y una metáfora de lo que parecía suceder con el “Batallón Juvenil”. La secuencia puede resultar profundamente hiriente por su realismo, sobre todo para quien ignore que los cadáveres humanos también son reales y que los hechos narrados ocurrieron en realidad. Cabe sospechar que las mentes de los realizadores de la película terminaron corrompidas y enfermas por las atrocidades que narran y denuncian, hasta el punto de asumir esa maldad y esa perversidad. No encuentro ninguna otra explicación de que fueran incluidas estas brutales y viscerales escenas…

Ahora está prohibido, pero entonces era lícito (no ético) asesinar animales en el rodaje de una película, como en Holocausto caníbal (Italia, 1980), de Ruggero Deodato, que muestra la muerte de un tlacuache o zarigüeya, una tortuga, un puerco y una víbora. En una película mexicana (cuyo título no recuerdo, afortunadamente), hay decenas de gatos en cautiverio, uno de ellos escapa y el anti-actor Hugo Stiglitz lo ahoga en la piscina…

Matar a machetazos a un toro amarrado es tradición en algunos países asiáticos y algo así vemos en Apocalipsis ahora (Estados Unidos, 1979), de Francis Ford Coppola, cuando un toro es rebanado todavía de pie durante una ceremonia, pero sin prolongar su agonía como hacen los asesinos en el collage. Un video publicado en Facebook denunciaba esta práctica, pero fue censurado por “contener contenido gráfico” (sic). La barbarie llamada fiesta brava o tauromaquia, en cambio, tiene todavía la categoría de “arte” en el inventario del atraso evolutivo de la especie humana y su imbecilidad sin límites.

Es muy deprimente la crueldad humana. Nunca faltan videos de torturas y asesinatos de animales por personas, y videos de animales que salvan a otros animales, incluidas personas, tanto de la muerte como de la soledad, en aleccionador contraste.

Urge reflexión acerca de la infinita maldad que motiva la destrucción humana por placer y diversión. Irónica paradoja o paradójica ironía: Oculta en la oscuridad, no obstante que algunas de sus expresiones son literalmente demenciales y más que nauseabundas, la violencia gráfica suele causar fascinación cuando es real. La oferta corresponde a la demanda, y el mercado se expande con los mismos límites que la piratería (en los hechos, ninguno). Con la misma lógica de las drogas ilegales, que dejarían de ser negocio si fueran legales, esta violencia deja de interesar cuando sale a la superficie, en donde no es menos abundante. Por debajo y detrás del interés antropológico, máscara intelectual de quien se atreve a bajar de su atalaya, se asoma la curiosidad morbosa. La Deep Web o Red profunda es análoga en la realidad social y cultural de Nueva York, Tokio, París o la Ciudad de México, a su respectiva ruta de la muerte, lo que llamábamos underground a finales del siglo pasado. Basta con salir de nuestro nicho o “zona de confort” para conocer dicho mundo, tanto debajo como alrededor.


Pinches zombis

zombies

Simulé ser uno de ellos para pasar desapercibido, pero a la hora de comer gente viva entendí que yo había dejado de simular.

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Lo más nefasto de ser devorado por zombis es reconocer, entre sus rostros famélicos, los de mi familia.

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Los zombis se alimentaban con gente viva, las momias caminaban como sonámbulos y yo bostezaba mientras los cerebros del público se hacían pedazos.

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En una película serbia, el horror se tornó bizarro cuando, asediado por los zombis, el protagonista se atragantó de Viagra.

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Aquella película causó la bancarrota de los estudios cuando, a mitad del rodaje, miles de zombis emplazaron a huelga de extras.

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–¡Un ángel! –exclamó alguien.
–¡Te amo! -declaró una muchacha.
Grenouille se había echado encima el perfume y, con pasividad saturnina, esperó a que sus antiguos compañeros de penurias lo devoraran. ¡Hasta sus ropas y zapatos se tragaron los muertos de hambre!

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El homenaje multitudinaria a los grandes veteranos del rock degeneró en catarsis caníbal cuando las hordas zombis irrumpieron en la gradería. No quedó nadie vivo.

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Infestaron el mundo, caminando con la vista fija en las pantallas de sus teléfonos celulares y pasaron del autismo a la muerte cerebral.

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No era un bodrio de horror barato ni un simple problema de lenguaje, sino la realidad mexicana: estaba en tierra de zombis.

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Un escalofrío invadió mi cuerpo al ver el zócalo infestado por una desbordante y aplastante masa de zombis. En el templete, los arengaba El Peje.

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La moda zombi alcanzó tal desproporción que, en México, por ejemplo, formaron partidos políticos y ganaron todas las elecciones.

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En México, la epidemia zombi se generalizó y terminó por identificar y unir a los infectados, que ahora la llaman nacionalismo. zombies


Relatos sucios

Foto de García-Gálvez

Foto de García-Gálvez

Irrealidad verídica

Miguel Badillo, Juan Antonio Zúñiga y yo hicimos escala en un tramo selvático de la cañada para comer antes de llegar a La Realidad. Badillo había comprado 50 pesos de tostadas en la primera comunidad sin calcular que llenarían un costal y no sabíamos qué hacer con ellas, pues ocupaban un espacio privilegiado en el bocho que nos había prestado el matrimonio Avendaño-Villafuerte, cuando algo sorprendente y sorpresivo solucionó el problema. El sonido de unos pasos y gruñidos entre la maleza nos alteró. Las inmensas hojas de las plantas se agitaban. Unos puercos marca Diablo irrumpieron furiosos en el camino real, de pronto invadido por la irrealidad como recordatorio de que todavía no llegábamos a La Realidad. De un salto, nos pusimos de pie, y los puercos aprovecharon nuestra reacción de pánico para atragantarse de tostadas preparadas con frijoles, sardinas, mayonesa y chiles en rajas; batieron todo cuanto dejamos en el piso y se fueron sobre el costal de las tostadas que habíamos dejamos provisionalmente apoyado en el coche. Una vez agandallada nuestra comida, se retiraron satisfechos, no sólo por el atracón, sino también por el susto que nos dieron; en cierto modo, la retirada fue más prepotente que la llegada. Y no bien asimilábamos lo que acababa de suceder cuando escuchamos otros ruidos amenazantes en la maleza: unas gallinas saltaron frenéticas sobre los restos del banquetazo, aleteando y cacareando con histérica estridencia. Menos conscientes de su comportamiento y más grotescas, tan pronto acabaron con lo que podían, siguieron los pasos de los puercos. Badillo, Zúñiga y yo nos miramos sin atinar qué decir y, en cuanto volvimos a respirar, soltamos una carcajada. Los puercos se alejaban tranquilos con las gallinas detrás y nomás les faltaba pedorrearse.

El frígido esperpento

En venganza por una mirada, la profesora de geografía –mujer prematuramente anciana, más deforme y flácida que obesa– llevó al extremo su fealdad con un castigo desproporcionado y fuera de lugar, empuñando el cabello del insolente y osado alumno para zarandearlo con tal violencia que se quedó con el cabello en las manos, antes de obligarlo a cargar sus pesados bolsos de un salón a otro durante horas. Muy caro pagaría la decrépita bestia por ese abuso: Primero encontró ponchadas las llantas, rotos los vidrios y rayada la pintura de su coche; días después, alguien arrancó los faros, los espejos laterales y la antena del mismo coche; luego, alguien escribió palabras obscenas con tinta roja de nuevo en el exterior del coche. Por último, el inconfesable origen de sus fantasías sexuales pasó de los sueños pervertidos y depravados al insomnio con fiebre y ansiedad sin remedio ni control. Al mes de ausencia laboral, la encontraron muerta en su cama con los ojos bizcos, una sonrisa idiota y ambas manos adentro de su húmeda cueva. La baba en abundancia que había manado espumosa de su horrenda boca estaba seca. Un tufo nauseabundo a pescado pútrido y sudor rancio impregnaba el aire. Nadie nunca supo que sus últimas palabras fueron: “Nadie nunca me había mirado así”.

De mi diario adolescente

Un error de cálculo llegó a ser exhibicionismo: se encamaban en la recámara central cuando los demás habitantes de la casa dormíamos, y el gemido a dos voces culminaba en un grito unánime; si alguien todavía no despertaba, lo hacía entonces, y sobrevenía el insomnio colectivo en la oscuridad. Un primo, compañero de cuarto, se masturbaba inspirado en el sonido, que sumaba el rechinar de la cama desvencijándose y unas inquietantes palmadas al resuello lascivo y voluptuoso. “No prendas la luz”, me dijo un susurro la primera vez. Entre la pareja y yo no había más que una pared atravesada por la impudicia sonora de sus actos, hasta que, memorizada la rutina, entendí por qué llaman gatas a las sirvientas: ella salía de la recámara siempre a oscuras con felino sigilo, sus sandalias de plástico en la mano y sus resabios de adolescencia en el silencio de sus pasos, se encerraba en el baño más grande sin correr el seguro ni prender la luz y se calzaba para saltar a las escaleras de caracol por la ventana y subir a la azotea. Una noche hice lo mismo tras la interfecta y, desde entonces, me revuelco en el “cuarto de servicio” con ese animal insaciable que, a falta de un regaderazo con agua que tarda media hora en calentarse, huele a sus propios fluidos y los de mi adúltero tío cuando agrego los míos.

 


33 microrrelatos

Círculos del infierno | Perversión erótica

Círculos del infierno | Perversión erótica

Crímenes pasionales

Al escuchar el gemido pasional de su adúltera madre, el hijo ediposo irrumpió furioso en la recámara con una sierra eléctrica, pero tal era su ofuscación que no pudo encenderla y rompió en llanto, así que los amantes lo consolaron: “No te sientas mal, son cosas que pasan”.

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Al escuchar el gemido pasional en ausencia de su padre, el hijo ediposo irrumpió furioso en la recámara con una sierra eléctrica y se destazó ante los ojos de su adúltera madre y el amante.

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Un niño observa desde adentro del armario que su madre se acuesta con el amante, que su padre irrumpe furioso en la recámara y los acribilla, que oye algo en el armario y también lo acribilla.

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Un niño escondido en el armario los observa: su madre tiene un acostón con el amigo; su padre irrumpe furioso en la recámara con un hacha y… ¡Corte!

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Ella roció de balas a la pareja de amantes en pleno acto de adulterio y, una vez acribillados, les quitó de encima la cobija: ambos eran hombres.

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Convencida por el amante, la esposa infiel se dejó esposar a la cama; el amante se fue y llegó el marido con un bidón de gasolina y unos cerillos.

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–Golpeas la puerta y gritas: ¡Abre, desgraciada, sé que estás allí! –le propuse a Chucho, y él agregó: ¡Sé que estás con otro, sé que estás con otro!

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Escribe un crimen pasional, me pidieron, pensando en celos conyugales o algo así, pero yo imaginé el asesinato de Trotsky por la pasión estalinista.

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Un asesinato pasional, dijo el profesor, pensando en celos maritales o algo así, pero el alumno imaginó la crucifixión de Jesucristo.

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El cuento debía narrar un asesinato pasional, así que describí la relación de una pareja que asesinaba esperma con gran pasión.

Asesinato de Trotsky

Asesinato de Trotsky

Círculos del infierno

El primer círculo del infierno está en la tierra invadida: el soldado que lanza llamas recibe un disparo que lo hace arder.

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El segundo círculo del infierno es la retirada: los japoneses expulsan a los invasores, salvo al que trata de sacar a los heridos.

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El tercer círculo del infierno es la pérdida total: no queda nada más que dolor entre las llamas, las cenizas, los cadáveres humeantes…

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El cuarto círculo del infierno es el tránsito: de los escombros al hospital y la certeza de que no queda motivo alguno para vivir.

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El quinto círculo del infierno prolonga su agonía para nada que no sea saberse un bulto sin extremidades ni comunicación…

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El sexto círculo del infierno es la conciencia del pasado sin futuro en el presente. Cuanto más dulce la memoria más duele.

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El séptimo círculo del infierno es un mensaje en clave morse que responde al S.O.S. y la súplica de eutanasia: derecho denegado.

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El octavo círculo del infierno: cuando el paciente sabe que debe tener paciencia pues ahora sus restos sirven a la ciencia.

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El noveno círculo del infierno es un repaso frustrante: mordería su lengua para desangrarse, pero no tiene dientes ni lengua.

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No hay décimo círculo en el infierno: una enfermera piadosa pone fin al dolor, permitiendo al bulto el alivio de la muerte.

Hasta el último hombre | Johnny cogió su fusil

Hasta el último hombre | Johnny tomó su fusil

Perversión erótica

Ella finge indiferencia; un ruco toca sus nalgas y levanta lentamente la minúscula falda. En la siguiente estación, otro usuario ocupa el lugar del ruco.

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Fantaseaba que su marido la llevara, sin ropa interior, a una de esas reuniones y, en algún momento, perder la cuenta de los hombres a su alrededor…

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Su fantasía: que los ancianos jefes pasaran de las miradas lujuriosas al encuentro en un edificio abandonado, a desnudarla y usarla.

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Ella en el restaurante sentada entre los dos que vendaron sus ojos, abrieron su vestido y llamaron en silencio al mesero negro.

***

–Padre, quiero confesar mis pecados.
–¿Cuándo los cometiste, hija?
–Lo hago ahora mismo, padre.
–¡Detente, pecadora!
–¡No puedo!

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Disfrazada de plebeya, salía del castillo a medianoche para confundirse con las putas de las tabernas y quitarles la clientela.

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Tahoma y yo les agradecemos por este jueves de perversión erótica y placentera; pueden pasar ahora por nuestros fluidos y suciedades.

Hans Bellmer

Hans Bellmer

Pérdidas

La vida no es más que pérdida de tiempo, se dijo el pesimista cuando, en busca de un atajo, saltó a las vías del metro y pasó al otro lado.

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Herido por la pérdida, regresé a la soledad de la casa y me recibió esparcida en abundancia tal que no era posible ni siquiera caminar.

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–¡Has perdido la sazón! –espetó el marido ante un plato de sopa, sonó una música de tragedia telenovelera y la esposa rompió en llanto.

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Desde que tengo uso de razón tengo también memoria y recuerdo que, de niño, tenía razón pero no la usaba. ¡He perdido la razón!

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–¡Basta de pérdidas! –grité cuando, abandonado por las musas (que siempre fueron unas perdidas), me quedé también sin reflejo ni sombra.

gettyimages

“El sueño americano”

El innombrable

Érase un país tan pobre que ni siquiera tenía nombre ni cultura propia y tan loco estaba el pobre que solía confundir su demencia con democracia.


25 microrrelatos

Simon Marsden

Simon Marsden

Casas embrujadas

La enfermedad de la casa es contagiosa, pero los mortales que viven en ella  son indolentes, como los fantasmas y otros habitantes etéreos, a diferencia de los duendes y demonios, que optaron por emigrar. Tan enferma está la casa que hasta las gárgolas se han ido.

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El fantasma de un niño atormentó a su padre hasta el suicidio por haberlo asesinado y, reconciliados en la muerte, para evitar el aburrimiento, ambos impiden ahora que alguien más viva en esa casa.

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Era una casa lóbrega y fría, llena de ruidos y presencias invisibles, hasta que un exorcismo acabó con la invasión de seres mortales y, desde entonces, los fantasmas deambulan en armonía.

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Los demonios de la casa expulsaron a Norman Bates, que se mudó a su propio hotel, cuyos huéspedes son peores, pero a diferencia de los demonios, es posible exterminarlos.

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Se dice que la casa está embrujada porque todos los martes a las diez de la noche, los fantasmas de las brujas que siglos atrás vivieron allí hacen sus aquelarres.

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Guillermo del Toro rodaría otra cinta sobre una casa embrujada, pero los fantasmas se pusieron en huelga por el abuso de efectos especiales.

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El director de la cinta hizo morar a los actores en la casa embrujada para que se aclimataran y ahora sólo escucha sus pasos.

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Las casas embrujadas estaban tan choteadas que el autor optó por inventar una calle poblada por los fantasmas del teatro Tívoli.

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Agobiados por susurros, pasos y sombras en movimiento, los habitantes abandonaron la casa y, fuera de su hábitat, se desintegraron.

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La casa no estaba embrujada, sino aburrida; no soportaba el vacío y la soledad porque todos se iban cuando ella quería jugar…

Corazones destrozados

Al arrancarlo de su pecho, el corazón de la bestia se disipó en la niebla del bosque a la luz de la luna llena y, con música muy triste, comenzaron los créditos finales.

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Le declaró su amor con el corazón en la mano, pero ella respondió con horror a tal escena (por gráfica, sanguinaria y aberrante) y el corazón dejó de palpitar.

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Ella no lo dijo en sentido metafórico y él lo supo al ver los pedazos de su corazón esparcidos por el suelo al cabo de rastros de sangre.

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–Ahora eres un hombre –dijo su padre al entregar el corazón del ciervo que su hijo había cazado; él se lo comió y murió esa noche.

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Todos lo imaginaban encantador, pero “El Rompecorazones” era un vulgar asesino que hacía de las suyas con martillo y cincel en mano.

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Cuando Frankenstein era niño, su madre murió de un infarto y él extirpó el corazón de su perro, pero el implante fue un fracaso.

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Una sombra invadió el sueño de Ellen y le arrancó el corazón. Al despertar, ella lo encontró palpitando fuera de su pecho.

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–Me comeré tu corazón –dijo Hannibal Lecter al enfermo cardíaco, provocándole un infarto, y su corazón le supo del carajo.

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Al estallar dentro de ella con un deseo acumulado desde su despertar sexual, también estalló su corazón. Fin de la historia.

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La paradoja de un corazón de vampiro es que, a pesar de no latir, hay que atravesarlo con una estaca para matar al portador.

Brevedad erótica

Primero ascendí; mis labios fueron alpinistas para escalar hasta la cima de tu busto en donde mi descanso fue saliva; luego descendí hacia tu selva y penetré a la cueva en donde mi urgencia fue alivio.

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Las estrellas dormidas en el agua son como las mujeres cuando nos sumergirnos en ellas y bogamos en la profunda intimidad de sus humedades.

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De su acumulación durante años, el deseo pasó en segundos a las caricias apremiantes y los besos húmedos, el estallido y la lluvia…

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Demoré cuanto pude la cerveza más cara de mi vida en espera de la bailarina que, tras bambalinas, gemía un coito dilatorio.

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Atravesé el desierto de la ciudad a medianoche para saciar mi sed en el oasis de tu regazo y ser pes dentro de ti.


Ejercicio

Propósito inalcanzable

Un año mayor que yo, siempre fuiste mi horizonte, paradigma identitario, ejemplo a seguir. Con ayuda familiar, me inscribí a la misma escuela que tú, luego a los mismos cursos, participé también en los mismos concursos, conseguí empleo después en la misma empresa, imitando sin descanso tus formas de hablar, de caminar, inclusive de mirar y gesticular, copiando tu estilo de ropa… en fin, reproduciendo tu conducta. Para ser como tú, debía estar siempre contigo, cerca de ti, lo más que fuera posible, y hacer de mi admiración una constante asimilación de tu personalidad, un aprendizaje basado en el reflejo, una escuela como espejo metafórico y sistémico. Pero nunca logré más que hartarte de mi presencia, de mi cercanía. Cuanto más próximo a ti lograba estar yo, más remoto resultabas, más distante y frío eras. Cuando más coincidíamos, menos caso me hacías. Hasta que optaste por ignorarme de plano, como si yo no existiera, como si estuviese ausente o no me conocieras, negándome posibilidad alguna de hablarte, de llamar tu atención, o escribirte con la esperanza de que algún día me leas y respondas, pues también me has bloqueado en el correo electrónico y las redes sociales. Más lejos de ti no puedo estar, así que me doy por vencido, asumo el fracaso y su paradójica lección como ironía de la vida: Seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti.

Decepción

Querida Shakira:

Aunque te considero mejor bailarina que cantante y me gustas más por tu belleza física, tu energía y tu sensualidad que por tus canciones, siempre he sido un devoto y acucioso admirador tuyo. Como no soy Gabriel García Márquez ni por asomo encarno su espíritu (brincos diera yo), tampoco espero iniciar una conversación epistolar contigo, sino simplemente enterarte de mi decepción. En su momento, me decepcionó que hicieras alianza con Carlos Slim, así fuera para una “causa noble”, al menos en apariencia, pero lo toleraré, y me decepcionó que te presentaras en Israel y asumieras así complicidad con la invasión y el genocidio que perpetra su Estado terrorista en Palestina, pero lo toleraré. Lo que no tolero ni perdono es lo siguiente:

Soy quien caminaba tras de ti hace unos días en la plaza comercial. Al verte sin guardaespaldas, me propuse hablarte, pero tus pasos me llevaron hacia ellos, que te “protegen” de todos, como si todos fuéramos acosadores sexuales, y nos impiden acercarnos a ti, decirte algo, lo que sea, viéndote a los ojos, y ni hablar de tocarte. Ahora me pregunto si ellos, cuya labor es hacerte inaccesible, pueden hablarte; en tal caso, me pregunto si los escuchas. Ellos y tú, ¿se miran a los ojos? Lo seguro es que, ante la ilusión de estar al mismo nivel por pisar el mismo suelo, seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti. Sea pues. Te dejo entonces con ellos.

Hasta siempre y adiós.

Metáfora surrealista

Seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti, porque no eran tus pasos propiamente, sino su reflejo, y yo caí en la trampa de caminar en la dirección del espejo, mientras tú lo hacías hacia el otro lado. Seguí unos pasos ilusorios y, al acortar la distancia entre tú y yo, entendí que no eres tú en realidad, y que nada en torno tuyo era realidad, sólo yo en la dimensión equivocada. Si caminamos un kilometro, tú estás a dos kilómetros de distancia, y de ahí quizás esa lejanía de quien parece que no me percibiera, como si yo fuera un fantasma sin sábana.

Variación

Seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti, porque no sigues tus propios pasos, te quedas en el punto de partida, mientras ellos se alejan, avanzan y te dejan atrás, estacionada…

El despiste

Un sabueso no habría sido tan fácil de engañar como yo: caminaste con dirección al mar y volviste sobre tus pasos hasta el río, de modo que tus pisadas fueron las mismas de ida y vuelta. Así engañado, seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti.


Micro pesadillas

Pesadilla kafkiana

Pesadilla kafkiana

En el sueño, yo sabía que estaba dormido y despertaba con el cuerpo inerte dentro de un ataúd, cerraba los ojos para dormir y despertar otra vez, pero entonces moría y, al despertar de la muerte soñada, estaba de nuevo dentro de un ataúd, esta vez afuera de mi cuerpo: yo me concedía la última mirada.

***

La pesadilla del sueño continuaba en la vigilia, de modo que la vida era una pesadilla continua, sin pausa ni descanso, hasta que decidió ponerle fin, se tragó de golpe todos los ansiolíticos de una caja y logró así acabar con el sueño y la vigilia, pero no con la pesadilla.

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Soñó que una granada lo dejaba sin brazos ni piernas, que lo envolvían en una hoja de tamal sobre la mesa y lo echaban a una olla, que despertaba y el sueño era realidad.

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Murió dormido con fiebre y dejó sus pesadillas en las paredes y el techo de la recámara donde ahora mueren todos sus descendientes.

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Soñé que despertaba en un ataúd abierto y dormía de nuevo para despertar en mi cama, pero entonces alguien cerraba por fuera el ataúd.

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Desperté del sueño a la pesadilla del insomnio y, desde entonces, trato de soñar despierto, pero los mosquitos mantienen en vigilia la realidad.

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De niño, dibujaba monstruos antes de acostarme para que, mientras durmiera, cobraran vida, pero despertaba siempre cuando se habían ido todos.

Kafka

Padecía una burocracia de pesadilla y soñaba con un castillo al que debía pedir permiso para todo, hasta que despertó y –¡oh, sorpresa!– era una cucaracha.