Alejandra

La soledad que habita este lado de la noche
te esperaba también del otro lado
la escalera tejida con tus venas
ha caído al mar
de sangre que anega el silencio
donde naufraga el tiempo
bajo el agua de mujer
que ahoga los suspiros
el eco de las olas
dentro de caracolas
enterradas
el rumor de la música
de palabras legadas sin alivio
evasión del suicidio
del pájaro hecho jaula
como el viento sin alas encerrado en tus ojos
abismos desolados entre sombras
abismales ventanas
al desierto en tinieblas
árida sepultura
de un vuelo en llamas
«pájaro asido a su fuga»
como eterno retorno
incendio de tu sueño sin edad
sin nombre
el olvido que puebla este lado de la noche
duerme también del otro lado
espejo de la soledad
y el reloj que latía dentro de ti
para que nunca despertaras
yace desde entonces
en el fondo del mar

Pizarnik en París

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Zipolite

Algo había rasgado el manto de la noche
para bañar de luz el mar
y el pueblo que dormía;
algo había corrido el negro telón del cielo
para desvelar la plenitud lunar
y prolongar mi vigilia;
tanto y tan intrusivo era el efluvio
que mi soledad insomne,
sofocada,
optó por salir a caminar
«la playa de los muertos»,
simbiosis de las olas
entre clepsidra y reloj de arena,
acuático vaivén de ritmo hipnótico,
rumor que arrulla el sueño de las aves
como terapia musical.

Mis pasos me llevaron al más lejano extremo
de la playa en forma de luna menguante,
donde las rocas se nublan
al morir un día y nacer otro;
allí terminaba el claro de luna llena
y comenzaba el oscuro de sol vacío,
misterioso lindero,
como si también allí terminara el verano
y comenzara un otoño invernal,
así que me dispuse a desandar el camino,
volver sobre mis pasos
a la claridad estival,
cuando sentí su presencia,
y un escalofrío de pies a cabeza
me paralizó por un instante;
era una muchacha de melancólica belleza
y aura espectral,
ataviada con velos de insinuante transparencia,
desnudez velada,
y el viento de agua, cada vez más furioso,
no se llevaba sus nubes ni su aire fantasmal;
su piel era de nácar,
su pelo una cascada
más negra que los cuervos de mis sueños,
sus húmedos muslos de marfil pulido
se abrían paso entre los lirios de su talle,
descalza para siempre;
sus labios tenían el color de la sangre,
sus ojos afilados me miraban,
grises como los peces que saltaban
o se asomaban a verla,
y una sonrisa tenue iluminó de pronto
el astro de su rostro.

-Hermosa noche -dijo.
¡Qué voz profunda y sensual!
-Lo es gracias a ti -respondí sin pensarlo,
y ella tocó su pecho intacto
con un ademán que agradecía
mi espontánea sinceridad.

-Vengo todas las noches de plenilunio
cuando su luz disipa las sombras del estío,
inminente agonía de paraíso infestado,
entre la primavera y el otoño;
como puedes ver
por ser un alma solitaria,
caminante de zonas que habitan los fantasmas
del deseo y la nostalgia,
como puedes ver,
el solsticio de verano boreal
comienza en el otro extremo de la playa
y aquí el equinoccio de otoño
hacia donde las olas,
como las gaviotas y los náufragos,
se rompen contra las rocas.

-¿Puedo saber a qué vienes,
milagro del destino,
lucero que ilumina mi extravío
entre un pasado que me bebe
y el presente de mi sed?
¿Acaso eres astrónoma?

Sutil como la brisa que nos acariciaba,
ella esbozó una mueca de ambigüedad
que parecía burlarse de mi pretendido ingenio
por ser más bien ingenuo.

-Espero el barco tripulado por el tiempo
de la oscuridad océana
para que me lleve al otro lado
del mar de la tristeza y la desolación
cuando acabe mi condena,
si acaso tiene final,
esta pena perpetua de vacío que llena
la eternidad en el limbo.

-¿Quién te condenó y por qué?
-Me condenó la muerte por preferirla.
-¿Puedo hacer algo por ti?
-Puedes venir a morir conmigo
y acompañarme hasta que olvidemos juntos el olvido;
por caminar la noche a solas
al margen de las olas
y escuchar sin miedo alguno
los cantos de sirenas,
dispuesto a su fatal seducción,
eres el elegido.

-¡Enorme privilegio!
¿Morir a tu lado? ¡Lo haré con gusto!
¡Seré tu fiel compañero
en esta dilatada orfandad de caracolas!
Mi vida no ha sido más que tedio,
penumbra y miseria humana.

Con la generosidad de un árbol,
extendió los brazos hacia mí,
tomé sus manos pálidas
pero sorprendentemente cálidas
y caminamos como si flotáramos
sobre las rocas nubladas
y pulidas por la tenacidad marina,
con testigos y cómplices
en los intersticios azules y salados,
refugio de las hadas,
población oculta
de cangrejo, arbacia y musgo.

En el letargo del abrazo,
un placer desbordante se hizo alma
y abandonó su cárcel,
derramado como espuma de champán,
hasta perder la conciencia y la memoria.

Los pescadores del pueblo
hallaron mi cadáver al amanecer,
mi cuerpo sin sangre
ni explicación alguna de su pérdida,
y ahora estoy aquí
sin restos mortales,
desnudo como el aire,
esperando el arribo
del barco tripulado por el tiempo
que ha de llevarme al otro lado
del mar de la tristeza y la desolación
para encontrarme algún día
con aquella encarnación de leyenda inmortal
y experimentar de nuevo,
si la suerte vuelve a sonreírme,
su caricia infinita.

Los muertos nos aburrimos en el limbo
y, aunque algunas mujeres
han caminado el claro de luna llena
sin compañía masculina
hasta el oscuro de sol vacío,
yo no logro más que espantarlas;
un siglo de repudio,
como una maldición,
ha sido el precio de mi desprecio a los hombres,
un siglo de mirar la arena del verano
desde las rocas del otoño nublado,
siempre de noche.


#pasionesdeverano

 


Espectros

Coyoacán a medianoche
tiempo en trance que parece detenido
postal de la eternidad inmóvil
frente al poste orinado por un perro y un borracho
a la luz de un farol
nebulosa y fantasmal
yace la oficina de correo
y en un claro de luna
testigo de los dichos y los hechos
una banca en la plaza
guarda el rumor de nuestra plática
las palomas dormidas
confunden el recuerdo que dejamos
con el olor identitario
la nostalgia disemina en la vía pública
su esencia como vaho de incienso
y aroma de café recién tostado
en las horas que los lobos de la fuente
miraban unos muslos desnudos
que saltaban a la vista de todos
horas después la oscuridad está despejada
la silueta de un anciano
camina detrás de su errática sombra
figura triste y grisácea
de artritis y diabetes con demencia senil
el viento se ha llevado sus aires de grandeza
mientras un pobre diablo
llamado el camarón
anestesia su dolor de muelas
con licor de anís
entre perros que dormitan en el parque
sobre cartón desplegado
frente al mercado
para las ratas está por despertar el mundo feliz

en lo alto de una barda
el gato peludo, funámbulo y necio de la infancia de Serrat
mira extasiado al gato azul de Roberto Carlos
que devuelve la mirada
como reflejo de un espejo ante un espejo
que refleja otro reflejo
con infinita reciprocidad
y narcisismo indirecto
yo miro el tiempo hacia atrás
un pájaro bebé cayó del nido
lo descubrimos Carmen y yo
porque chillaba en la banqueta
y trepé al árbol con el ave en la mano
para devolverlo al nido
cuando una anciana me regañó desde su ventana
luego volvió a su soledad
con la edad hecha un nudo en la garganta
para seguir ignorando que sus sueños sin realizar
ya no eran ni siquiera sueños marchitos
o distorsión acumulada
sino polvo de cadáveres
vestigio de su hedor entre las sábanas

en el camino a Portales Sur
escuché más de una vez a los fantasmas
gritar desde la casa de Trotski
y una noche lloré por la muerte de Leticia
con veinte años de retraso
cada una de mis pérdidas
tiene su propio efecto con distinto retraso
posposición del duelo
por Francisco, por Lucía, por Graciela, por Gustavo
por todas las ausencias
que me acompañan cuando camino la ciudad
la memoria de los adoquines
atesora mi soliloquio como un eterno murmullo
conserva el silencio trashumado
en rutinaria ruta de soledad cotidiana
los árboles distinguen las lágrimas de la lluvia
bajo el cemento de aceras arboladas
suena el eco de mis pasos


Querida Asuka

Después de pensarlo durante muchas noches con obsesividad insomne, he decidido enviarte este mensaje y hacerlo público para que lo consideres muy en serio: Yo quiero ser tu masajista oficial, darte un masaje antes o después de cada pelea, o cuando tú lo desees, cuando lo necesites o te apetezca. Te garantizo por escrito su efectividad y mi profesionalismo, para relajarte y aliviar tus lesiones siempre que las haya. No te pido nada a cambio; con tu confianza y tu satisfacción estaré más que pagado; la satisfacción será mutua. Yo cuento con total disponibilidad de tiempo y puedo viajar a donde sea necesario en cualquier momento. Quizá también pueda ayudarte un poco con el idioma inglés, que no muy se te ha dado, aunque personalmente simpatizo con ese analfabetismo tuyo, porque todo en ti, hasta las faltas y omisiones, tiene gracia, y tu gracia es una delicia, una ganancia adicional a tus triunfos como luchadora.

También quiero pedirte que dejes de permitir tanta marrullería, tanta pinche tropelía; por favor, cuida tu retaguardia, ya nunca des la espalda por demasiado tiempo a tu oponente o contrincante, mucho menos si es alguien de la calaña de Carmella y su lacayo. Una cosa es que seas indiscutiblemente superior a toda la división femenina de la WWE, por ser invencible y tener una ética muy por encima de dicha empresa y sus empleados, y otra cosa es prestarte a ser juguete de gente como esa. Yo no dormiré tranquilo mientras no hayas vencido, en buena lid, como siempre, a Charlotte Flair y Carmella, cuyo lacayo no menos abyecto es lo de menos.

(Fuentes confiables que solicitan el anonimato, dicho sea entre paréntesis, han revelado que Charlotte Flair es un hombre que se hace pasar por mujer, que se amputó los órganos genitales y se puso tetas de silicona… Eso es evidente; cualquiera puede verlo, de modo que sale sobrando información de primera mano al respecto).

En fin, queridísima y admiradísima Asuka. Quedo, pues, en espera de tu respuesta. Recibe un fuerte abrazo y un montón de besos. Eres mi ídola.

A tus órdenes, a tu disposición, tuyo siempre, yo.


Coplas a Juchitán

La muy pícara
que se ha bañado con jícara
y ha comido con totopos,
ha dicho muchos piropos
como siempre en diidxazá,
la llamada lengua nube
que «nos dejara el querube»
de su pueblo binnizá,
y ahora duerme una siesta
la juchiteca en su hamaca,
sueña la próxima fiesta
con perfume de albahaca
y exuberante floresta
de naranjo y flamboyán;
duerme una siesta en su hamaca
la chamaca,
penden sus piernas desnudas,
fuertes, carnosas y tersas,
ante miradas perversas,
mientras baja las tlayudas,
tiende su carne morena
como pulida madera
de nogal americano,
y en la noche,
con tradicional derroche
de su encanto provinciano,
viste de huipil y enagua,
fresca siempre como el agua
que se escapa de la mano.

En el andador, las flores,
las garnachas,
las señoras, los señores,
las muchachas;
en el mercado, la fruta,
la verdura y el pescado,
que la población disfruta
como ruta del pecado,
y en las calles,
para no entrar en detalles,
la intensidad de la vida
junto con su despedida,
las procesiones mortuorias,
la tradición funeraria,
que se queda en la memoria
por ausencia voluntaria,
como un recuerdo cautivo
cuando escribo
llamaradas de petates,
y en la plaza, los zanates,
al oscurecer el día
de agonía,
trinan el ruidoso arribo
de su migración gregaria.

¡Oh, fiesta comunitaria!
¡Oh, limbo de la cerveza!
Luego ni quien lo recuerde
cuando amanece y bosteza,
de que la garganta pierde
la cabeza.

Nostalgia de la mirada
subjetiva y personal,
multitud en la enramada,
son, danzón y pedestal.

¡Oh, vela de las deidades!
¡Santísima tabernera!
¡Su ilustrísima merced!
Yo quisiera
compartir mis soledades
con usted.

Venga y siéntese conmigo,
su inconmensurable amigo,
para que brindemos juntos
«a salud de la tristeza».
¡Oh, limbo de la cerveza!
Por la paz de los difuntos.
Bidii na’ ti bixhidu’.

¡Juchitán ha renacido!
¡Juchitán nace de nuevo!
¡Juchitán vuelve a nacer!
Ese nido
tiene un huevo,
nuevo ser.

Juchitán es hoy retoño
de árbol ayer mutilado
que renueva en el otoño
su follaje inveterado,
una flor en los escombros,
para quien lo llevó en hombros
malherido,
se ha sacudido y es tronco
ramificado y florido,
pueblo generoso y bronco,
sabino fortificado.

¡Pero mira cómo goza
Juchitán de Zaragoza
con la fiesta y el trabajo!
Memoria de mis entrañas,
la cima de las montañas
lo contempla desde abajo.

¡Que así sea! ¡Salud!

Foto: Graciela Iturbide

 


Zapatos viejos

 

Foto: Ulises Castellanos

Unos años después,
caminé las cañadas
de la llamada selva Lacandona,
fui tiempo en su calor;
penetré a las montañas,
nube baja en el frío de Los Altos,
viento de agua;
sus ojos de obsidiana me miraron,
reflejaron mi propia rebeldía,
mi propia dignidad;
mi voz habló en la suya de su cosmogonía,
la eterna dualidad
de la noche y el día,
de la vida y la muerte,
de luz y oscuridad;
mientras el verde olivo de la bestia,
más que mimetizarse
con la naturaleza vegetal,
parecía imitar
a la naturaleza de la gran mosca verde.

Cinco lustros después,
la invasión militar
es parte del paisaje;
como la mosca verde,
la bestia prolifera y es coprófaga;
en la guerra biológica,
más bien bacteriológica,
su producción de mierda en abundancia
criminal
es un arma biológica,
más bien bacteriológica,
genocidio de baja intensidad,
complemento del plomo y de la pólvora,
defecación de muerte agusanada
y adelanto del polvo.

Identificación asimilada:
fundida y confundida con las sombras,
a través de la niebla, mi sombra fue una más
entre los caminantes de la noche
que desandan sus pasos por ocultas veredas
en silencios insomnes
para volver a ser, de madrugada,
población de fantasmas;
cinco lustros después,
su mirada nocturna y taciturna
sigue siendo un espejo
de «sueños que no caben en las urnas»,
reflejo de horizontes y utopías posibles,
quimeras suspendidas en la bruma.

La palabra tzotzil
significa murciélago en tzotzil;
el idioma tzeltal
es llamado también
palabra verdadera,
bats´il k´op;
los hombres, las mujeres, las niñas y los niños
que habitan estos mundos
tienden y extienden puentes
al hablar,
responden con su propia construcción
al odio destructivo de la bestia,
cuyo engendro asesino,
con ojos como espejos de la sangre
y espuma en el hocico,
pasea su impudicia,
su impunidad campante,
y exhibe la inmundicia
de su rabia,
se nutre de abyección
y deyección,
«armas que matan bien»
por cortesía de nuestros impuestos
en diálogo artillado:
ráfagas de palabras repelen la metralla
cuando calla.

La suma de masacres
amontona cadáveres al alba
para saciar el hambre
de la tierra;
la suma es una resta,
cúmulo de la pérdida,
que nos mancha de sangre,
nos impregna y desangra la memoria,
desangra y oscurece nuestra historia;
las heridas abiertas son abismos,
atisbos de la muerte de un país,
en los que mora un árido silencio,
abismos en tinieblas,
de los que mana olvido y emerge otro silencio,
que imitan los cobardes.

¡Todos somos Guajardos!

Y la estúpida moda
con paliacate rojo y paranoia
de la yupiza huera,
turba de advenedizos y turistas en pos
de una estúpida foto,
repite «digna rabia» como un eco vacío,
que «para todos todo, nada para nosotros»
los pobres mercenarios;
«Votán Zapata vive en nuestras muertes»
muy cómodamente.

Zapata es bienvenido en todas partes,
como todos los muertos y el folclor;
los indios son bien vistos en retratos,
su presencia decora las paredes
y los muebles de lujo;
la hipocresía que los llama hermanos,
¿tiene limpias las manos?

En tiempos de canallas,
históricas batallas,
ríos de valentía,
dignidad, rebeldía,
levantamiento armado
y ejército de paz,
de construcción humana;
cinco lustros después,
su ejemplo ha sido en vano.

Polhó invadido


La solución final

La noche parecía de papel,
un globo de Cantoya proyectado,
luz de aurora polar en agonía,
fenómeno envolvente,
cuando se abrió de pronto a nuestros pies
la boca del averno
con la voracidad de un cocodrilo
—coprófago y omnífago—
del tamaño de Marte,
y engulló cuanto había de construcción humana,
se tragó las maquetas de los dioses mutantes
y brotaron dragones, rayos de aves,
hipogrifos y grifos, estirges, cocatrices,
cucarachas gigantes,
víboras como cuellos sin cabeza,
monstruos como extensiones del subsuelo,
cada cual un cordón umbilical
sin más cuerpo que un ojo,
cuernos de caracol a gran escala,
pero sin caracol
y no menos babosos.

La noche asimiló a su oscuridad
el doloroso parto del engendro gestado
bajo tierra
para sustituirnos,
un mundo acumulado en las entrañas
del planeta indigesto, plagado hasta la náusea
de todos los volcanes, océanos y cielos,
de todos los abismos al acecho,
las tinieblas de lava incandescente,
cual sangre planetaria,
catástrofe volcánica, hecatombe,
catarsis necesaria, inevitable,
cosecha de milenios en que la humanidad
destruyó cuanto pudo por imbecilidad,
brutal metamorfosis de la era:
de la llamada civilización
ni el más mínimo rastro quedó en ninguna parte,
de su expansión enferma y enfermante
ni siquiera recuerdos sobreviven,
mucho menos metástasis.

¿Daños colaterales?
Ni quien se haya enterado.

En donde había guerras, epidemias,
miserias regionales y globales,
religiones, pasiones futboleras,
fumadores,
capital financiero, dispositivos móviles,
corre ahora un raudal
de fuego igualitario, llamas depurativas;
en donde gobernaba la codicia,
la estupidez extrema, la opresión, la injusticia,
las armas asesinas y las cárceles,
morarán manantiales, veneros y pantanos,
poblaciones de magia, flora y fauna de fábula,
donde también respira la corteza terrestre,
se genera y palpita la savia del otoño,
proliferan crisálidas
y huevos transparentes,
crece vegetación exuberante
de planeta salvaje,
vidas cálidas.

Átomos de la industria farmacéutica
y el otro narcotráfico
se dispersan ahora en gestaciones
de montañas y nubes
que pasan por debajo de las cimas
y llueven sobre ríos y los nutren
del agua que a su vez
alimenta la tierra en donde crecen
los árboles más grandes y nobles del planeta.

Si había bosque intacto quedó intacto,
si había selva intacta quedó intacta,
pero la evolución de las especies
emergentes
ocupará también esos espacios.

La justicia del toro torturado
superó a la del perro,
hizo suya la causa de la foca bebé,
de las presas de caza,
de los seres sin casa,
desahuciados,
la sentencia del pájaro sin árbol,
sin aire y asfixiado,
la del árbol talado,
mutilado,
la del bosque arrasado por el depredador
que amenazaba el cosmos,
la del mar inundado con basura,
la del yaciente valle bajo deshechos tóxicos,
yacimiento infestado por otro yacimiento,
la del aire viciado, convertido en veneno
por la peste parásita,
destructora del hábitat
en nombre del progreso entre comillas,
con gusanos de acero
que abren paso al cemento
y al neblumo.

El cambio radical fue literal,
la solución final fue visceral:
la destrucción acaba con la destructividad
y el tiempo se hace polvo de murciélago
que dormirá en las cuevas de sueños olvidados,
el hielo se hace música de lobos,
azufre la esperanza y la espiral
de males perpetuados por círculos viciosos,
la soledad es humo azul y malva
que vuela en el enjambre de las sombras
hacinadas,
y sopla un viento agudo, hálito, aliento
de inasibles dragones, aire nuevo
y arrullo de las aves milenarias,
aura del mundo acuático y terrestre,
campo abierto al relámpago,
cielo abierto al infierno, que ha de cambiar también
con la fusión orgánica.

Un barranco abismal
abrió y cerró sus fauces
de famélica bestia con hambre subterránea
y enterró para siempre nuestro mundo
que, ahora sepultado, se asimila,
degradación biológica en simiente
de materia que gesta otra materia
y otro mundo;
la sustancia inorgánica
será objeto fundente
de actividad volcánica
en la fragua candente
al centro de La Tierra,
telúrico epicentro de crisis que sanea,
cataclismo que acaba con desastres mayores;
fosa común del mundo es el barranco
porque llamamos mundo al mundo humano,
cuya soberbia es tanta
que negamos la vida de otros mundos
en el mismo planeta,
ni hablar de otros planetas,
mucho menos pensar otras galaxias.

Dinosaurio y humano en el pretérito
sin huella, sin legado, sin memoria,
barridos y borrados por la furia
de un viento inexorable,
para la nueva era son lo mismo,
su extinción los hermana.