Pinches zombis

zombies

Simulé ser uno de ellos para pasar desapercibido, pero a la hora de comer gente viva entendí que yo había dejado de simular.

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Lo más nefasto de ser devorado por zombis es reconocer, entre sus rostros famélicos, los de mi familia.

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Los zombis se alimentaban con gente viva, las momias caminaban como sonámbulos y yo bostezaba mientras los cerebros del público se hacían pedazos.

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En una película serbia, el horror se tornó bizarro cuando, asediado por los zombis, el protagonista se atragantó de Viagra.

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Aquella película causó la bancarrota de los estudios cuando, a mitad del rodaje, miles de zombis emplazaron a huelga de extras.

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–¡Un ángel! –exclamó alguien.
–¡Te amo! -declaró una muchacha.
Grenouille se había echado encima el perfume y, con pasividad saturnina, esperó a que sus antiguos compañeros de penurias lo devoraran. ¡Hasta sus ropas y zapatos se tragaron los muertos de hambre!

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El homenaje multitudinaria a los grandes veteranos del rock degeneró en catarsis caníbal cuando las hordas zombis irrumpieron en la gradería. No quedó nadie vivo.

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Infestaron el mundo, caminando con la vista fija en las pantallas de sus teléfonos celulares y pasaron del autismo a la muerte cerebral.

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No era un bodrio de horror barato ni un simple problema de lenguaje, sino la realidad mexicana: estaba en tierra de zombis.

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Un escalofrío invadió mi cuerpo al ver el zócalo infestado por una desbordante y aplastante masa de zombis. En el templete, los arengaba El Peje.

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La moda zombi alcanzó tal desproporción que, en México, por ejemplo, formaron partidos políticos y ganaron todas las elecciones.

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En México, la epidemia zombi se generalizó y terminó por identificar y unir a los infectados, que ahora la llaman nacionalismo. zombies


Relatos sucios

Foto de García-Gálvez

Foto de García-Gálvez

Irrealidad verídica

Miguel Badillo, Juan Antonio Zúñiga y yo hicimos escala en un tramo selvático de la cañada para comer antes de llegar a La Realidad. Badillo había comprado 50 pesos de tostadas en la primera comunidad sin calcular que llenarían un costal y no sabíamos qué hacer con ellas, pues ocupaban un espacio privilegiado en el bocho que nos había prestado el matrimonio Avendaño-Villafuerte, cuando algo sorprendente y sorpresivo solucionó el problema. El sonido de unos pasos y gruñidos entre la maleza nos alteró. Las inmensas hojas de las plantas se agitaban. Unos puercos marca Diablo irrumpieron furiosos en el camino real, de pronto invadido por la irrealidad como recordatorio de que todavía no llegábamos a La Realidad. De un salto, nos pusimos de pie, y los puercos aprovecharon nuestra reacción de pánico para atragantarse de tostadas preparadas con frijoles, sardinas, mayonesa y chiles en rajas; batieron todo cuanto dejamos en el piso y se fueron sobre el costal de las tostadas que habíamos dejamos provisionalmente apoyado en el coche. Una vez agandallada nuestra comida, se retiraron satisfechos, no sólo por el atracón, sino también por el susto que nos dieron; en cierto modo, la retirada fue más prepotente que la llegada. Y no bien asimilábamos lo que acababa de suceder cuando escuchamos otros ruidos amenazantes en la maleza: unas gallinas saltaron frenéticas sobre los restos del banquetazo, aleteando y cacareando con histérica estridencia. Menos conscientes de su comportamiento y más grotescas, tan pronto acabaron con lo que podían, siguieron los pasos de los puercos. Badillo, Zúñiga y yo nos miramos sin atinar qué decir y, en cuanto volvimos a respirar, soltamos una carcajada. Los puercos se alejaban tranquilos con las gallinas detrás y nomás les faltaba pedorrearse.

El frígido esperpento

En venganza por una mirada, la profesora de geografía –mujer prematuramente anciana, más deforme y flácida que obesa– llevó al extremo su fealdad con un castigo desproporcionado y fuera de lugar, empuñando el cabello del insolente y osado alumno para zarandearlo con tal violencia que se quedó con el cabello en las manos, antes de obligarlo a cargar sus pesados bolsos de un salón a otro durante horas. Muy caro pagaría la decrépita bestia por ese abuso: Primero encontró ponchadas las llantas, rotos los vidrios y rayada la pintura de su coche; días después, alguien arrancó los faros, los espejos laterales y la antena del mismo coche; luego, alguien escribió palabras obscenas con tinta roja de nuevo en el exterior del coche. Por último, el inconfesable origen de sus fantasías sexuales pasó de los sueños pervertidos y depravados al insomnio con fiebre y ansiedad sin remedio ni control. Al mes de ausencia laboral, la encontraron muerta en su cama con los ojos bizcos, una sonrisa idiota y ambas manos adentro de su húmeda cueva. La baba en abundancia que había manado espumosa de su horrenda boca estaba seca. Un tufo nauseabundo a pescado pútrido y sudor rancio impregnaba el aire. Nadie nunca supo que sus últimas palabras fueron: “Nadie nunca me había mirado así”.

De mi diario adolescente

Un error de cálculo llegó a ser exhibicionismo: se encamaban en la recámara central cuando los demás habitantes de la casa dormíamos, y el gemido a dos voces culminaba en un grito unánime; si alguien todavía no despertaba, lo hacía entonces, y sobrevenía el insomnio colectivo en la oscuridad. Un primo, compañero de cuarto, se masturbaba inspirado en el sonido, que sumaba el rechinar de la cama desvencijándose y unas inquietantes palmadas al resuello lascivo y voluptuoso. “No prendas la luz”, me dijo un susurro la primera vez. Entre la pareja y yo no había más que una pared atravesada por la impudicia sonora de sus actos, hasta que, memorizada la rutina, entendí por qué llaman gatas a las sirvientas: ella salía de la recámara siempre a oscuras con felino sigilo, sus sandalias de plástico en la mano y sus resabios de adolescencia en el silencio de sus pasos, se encerraba en el baño más grande sin correr el seguro ni prender la luz y se calzaba para saltar a las escaleras de caracol por la ventana y subir a la azotea. Una noche hice lo mismo tras la interfecta y, desde entonces, me revuelco en el “cuarto de servicio” con ese animal insaciable que, a falta de un regaderazo con agua que tarda media hora en calentarse, huele a sus propios fluidos y los de mi adúltero tío cuando agrego los míos.

 


33 microrrelatos

Círculos del infierno | Perversión erótica

Círculos del infierno | Perversión erótica

Crímenes pasionales

Al escuchar el gemido pasional de su adúltera madre, el hijo ediposo irrumpió furioso en la recámara con una sierra eléctrica, pero tal era su ofuscación que no pudo encenderla y rompió en llanto, así que los amantes lo consolaron: “No te sientas mal, son cosas que pasan”.

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Al escuchar el gemido pasional en ausencia de su padre, el hijo ediposo irrumpió furioso en la recámara con una sierra eléctrica y se destazó ante los ojos de su adúltera madre y el amante.

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Un niño observa desde adentro del armario que su madre se acuesta con el amante, que su padre irrumpe furioso en la recámara y los acribilla, que oye algo en el armario y también lo acribilla.

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Un niño escondido en el armario los observa: su madre tiene un acostón con el amigo; su padre irrumpe furioso en la recámara con un hacha y… ¡Corte!

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Ella roció de balas a la pareja de amantes en pleno acto de adulterio y, una vez acribillados, les quitó de encima la cobija: ambos eran hombres.

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Convencida por el amante, la esposa infiel se dejó esposar a la cama; el amante se fue y llegó el marido con un bidón de gasolina y unos cerillos.

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–Golpeas la puerta y gritas: ¡Abre, desgraciada, sé que estás allí! –le propuse a Chucho, y él agregó: ¡Sé que estás con otro, sé que estás con otro!

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Escribe un crimen pasional, me pidieron, pensando en celos conyugales o algo así, pero yo imaginé el asesinato de Trotsky por la pasión estalinista.

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Un asesinato pasional, dijo el profesor, pensando en celos maritales o algo así, pero el alumno imaginó la crucifixión de Jesucristo.

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El cuento debía narrar un asesinato pasional, así que describí la relación de una pareja que asesinaba esperma con gran pasión.

Asesinato de Trotsky

Asesinato de Trotsky

Círculos del infierno

El primer círculo del infierno está en la tierra invadida: el soldado que lanza llamas recibe un disparo que lo hace arder.

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El segundo círculo del infierno es la retirada: los japoneses expulsan a los invasores, salvo al que trata de sacar a los heridos.

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El tercer círculo del infierno es la pérdida total: no queda nada más que dolor entre las llamas, las cenizas, los cadáveres humeantes…

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El cuarto círculo del infierno es el tránsito: de los escombros al hospital y la certeza de que no queda motivo alguno para vivir.

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El quinto círculo del infierno prolonga su agonía para nada que no sea saberse un bulto sin extremidades ni comunicación…

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El sexto círculo del infierno es la conciencia del pasado sin futuro en el presente. Cuanto más dulce la memoria más duele.

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El séptimo círculo del infierno es un mensaje en clave morse que responde al S.O.S. y la súplica de eutanasia: derecho denegado.

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El octavo círculo del infierno: cuando el paciente sabe que debe tener paciencia pues ahora sus restos sirven a la ciencia.

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El noveno círculo del infierno es un repaso frustrante: mordería su lengua para desangrarse, pero no tiene dientes ni lengua.

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No hay décimo círculo en el infierno: una enfermera piadosa pone fin al dolor, permitiendo al bulto el alivio de la muerte.

Hasta el último hombre | Johnny cogió su fusil

Hasta el último hombre | Johnny tomó su fusil

Perversión erótica

Ella finge indiferencia; un ruco toca sus nalgas y levanta lentamente la minúscula falda. En la siguiente estación, otro usuario ocupa el lugar del ruco.

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Fantaseaba que su marido la llevara, sin ropa interior, a una de esas reuniones y, en algún momento, perder la cuenta de los hombres a su alrededor…

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Su fantasía: que los ancianos jefes pasaran de las miradas lujuriosas al encuentro en un edificio abandonado, a desnudarla y usarla.

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Ella en el restaurante sentada entre los dos que vendaron sus ojos, abrieron su vestido y llamaron en silencio al mesero negro.

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–Padre, quiero confesar mis pecados.
–¿Cuándo los cometiste, hija?
–Lo hago ahora mismo, padre.
–¡Detente, pecadora!
–¡No puedo!

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Disfrazada de plebeya, salía del castillo a medianoche para confundirse con las putas de las tabernas y quitarles la clientela.

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Tahoma y yo les agradecemos por este jueves de perversión erótica y placentera; pueden pasar ahora por nuestros fluidos y suciedades.

Hans Bellmer

Hans Bellmer

Pérdidas

La vida no es más que pérdida de tiempo, se dijo el pesimista cuando, en busca de un atajo, saltó a las vías del metro y pasó al otro lado.

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Herido por la pérdida, regresé a la soledad de la casa y me recibió esparcida en abundancia tal que no era posible ni siquiera caminar.

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–¡Has perdido la sazón! –espetó el marido ante un plato de sopa, sonó una música de tragedia telenovelera y la esposa rompió en llanto.

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Desde que tengo uso de razón tengo también memoria y recuerdo que, de niño, tenía razón pero no la usaba. ¡He perdido la razón!

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–¡Basta de pérdidas! –grité cuando, abandonado por las musas (que siempre fueron unas perdidas), me quedé también sin reflejo ni sombra.

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“El sueño americano”

El innombrable

Érase un país tan pobre que ni siquiera tenía nombre ni cultura propia y tan loco estaba el pobre que solía confundir su demencia con democracia.


25 microrrelatos

Simon Marsden

Simon Marsden

Casas embrujadas

La enfermedad de la casa es contagiosa, pero los mortales que viven en ella  son indolentes, como los fantasmas y otros habitantes etéreos, a diferencia de los duendes y demonios, que optaron por emigrar. Tan enferma está la casa que hasta las gárgolas se han ido.

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El fantasma de un niño atormentó a su padre hasta el suicidio por haberlo asesinado y, reconciliados en la muerte, para evitar el aburrimiento, ambos impiden ahora que alguien más viva en esa casa.

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Era una casa lóbrega y fría, llena de ruidos y presencias invisibles, hasta que un exorcismo acabó con la invasión de seres mortales y, desde entonces, los fantasmas deambulan en armonía.

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Los demonios de la casa expulsaron a Norman Bates, que se mudó a su propio hotel, cuyos huéspedes son peores, pero a diferencia de los demonios, es posible exterminarlos.

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Se dice que la casa está embrujada porque todos los martes a las diez de la noche, los fantasmas de las brujas que siglos atrás vivieron allí hacen sus aquelarres.

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Guillermo del Toro rodaría otra cinta sobre una casa embrujada, pero los fantasmas se pusieron en huelga por el abuso de efectos especiales.

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El director de la cinta hizo morar a los actores en la casa embrujada para que se aclimataran y ahora sólo escucha sus pasos.

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Las casas embrujadas estaban tan choteadas que el autor optó por inventar una calle poblada por los fantasmas del teatro Tívoli.

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Agobiados por susurros, pasos y sombras en movimiento, los habitantes abandonaron la casa y, fuera de su hábitat, se desintegraron.

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La casa no estaba embrujada, sino aburrida; no soportaba el vacío y la soledad porque todos se iban cuando ella quería jugar…

Corazones destrozados

Al arrancarlo de su pecho, el corazón de la bestia se disipó en la niebla del bosque a la luz de la luna llena y, con música muy triste, comenzaron los créditos finales.

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Le declaró su amor con el corazón en la mano, pero ella respondió con horror a tal escena (por gráfica, sanguinaria y aberrante) y el corazón dejó de palpitar.

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Ella no lo dijo en sentido metafórico y él lo supo al ver los pedazos de su corazón esparcidos por el suelo al cabo de rastros de sangre.

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–Ahora eres un hombre –dijo su padre al entregar el corazón del ciervo que su hijo había cazado; él se lo comió y murió esa noche.

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Todos lo imaginaban encantador, pero “El Rompecorazones” era un vulgar asesino que hacía de las suyas con martillo y cincel en mano.

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Cuando Frankenstein era niño, su madre murió de un infarto y él extirpó el corazón de su perro, pero el implante fue un fracaso.

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Una sombra invadió el sueño de Ellen y le arrancó el corazón. Al despertar, ella lo encontró palpitando fuera de su pecho.

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–Me comeré tu corazón –dijo Hannibal Lecter al enfermo cardíaco, provocándole un infarto, y su corazón le supo del carajo.

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Al estallar dentro de ella con un deseo acumulado desde su despertar sexual, también estalló su corazón. Fin de la historia.

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La paradoja de un corazón de vampiro es que, a pesar de no latir, hay que atravesarlo con una estaca para matar al portador.

Brevedad erótica

Primero ascendí; mis labios fueron alpinistas para escalar hasta la cima de tu busto en donde mi descanso fue saliva; luego descendí hacia tu selva y penetré a la cueva en donde mi urgencia fue alivio.

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Las estrellas dormidas en el agua son como las mujeres cuando nos sumergirnos en ellas y bogamos en la profunda intimidad de sus humedades.

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De su acumulación durante años, el deseo pasó en segundos a las caricias apremiantes y los besos húmedos, el estallido y la lluvia…

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Demoré cuanto pude la cerveza más cara de mi vida en espera de la bailarina que, tras bambalinas, gemía un coito dilatorio.

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Atravesé el desierto de la ciudad a medianoche para saciar mi sed en el oasis de tu regazo y ser pes dentro de ti.


Ejercicio

Propósito inalcanzable

Un año mayor que yo, siempre fuiste mi horizonte, paradigma identitario, ejemplo a seguir. Con ayuda familiar, me inscribí a la misma escuela que tú, luego a los mismos cursos, participé también en los mismos concursos, conseguí empleo después en la misma empresa, imitando sin descanso tus formas de hablar, de caminar, inclusive de mirar y gesticular, copiando tu estilo de ropa… en fin, reproduciendo tu conducta. Para ser como tú, debía estar siempre contigo, cerca de ti, lo más que fuera posible, y hacer de mi admiración una constante asimilación de tu personalidad, un aprendizaje basado en el reflejo, una escuela como espejo metafórico y sistémico. Pero nunca logré más que hartarte de mi presencia, de mi cercanía. Cuanto más próximo a ti lograba estar yo, más remoto resultabas, más distante y frío eras. Cuando más coincidíamos, menos caso me hacías. Hasta que optaste por ignorarme de plano, como si yo no existiera, como si estuviese ausente o no me conocieras, negándome posibilidad alguna de hablarte, de llamar tu atención, o escribirte con la esperanza de que algún día me leas y respondas, pues también me has bloqueado en el correo electrónico y las redes sociales. Más lejos de ti no puedo estar, así que me doy por vencido, asumo el fracaso y su paradójica lección como ironía de la vida: Seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti.

Decepción

Querida Shakira:

Aunque te considero mejor bailarina que cantante y me gustas más por tu belleza física, tu energía y tu sensualidad que por tus canciones, siempre he sido un devoto y acucioso admirador tuyo. Como no soy Gabriel García Márquez ni por asomo encarno su espíritu (brincos diera yo), tampoco espero iniciar una conversación epistolar contigo, sino simplemente enterarte de mi decepción. En su momento, me decepcionó que hicieras alianza con Carlos Slim, así fuera para una “causa noble”, al menos en apariencia, pero lo toleraré, y me decepcionó que te presentaras en Israel y asumieras así complicidad con la invasión y el genocidio que perpetra su Estado terrorista en Palestina, pero lo toleraré. Lo que no tolero ni perdono es lo siguiente:

Soy quien caminaba tras de ti hace unos días en la plaza comercial. Al verte sin guardaespaldas, me propuse hablarte, pero tus pasos me llevaron hacia ellos, que te “protegen” de todos, como si todos fuéramos acosadores sexuales, y nos impiden acercarnos a ti, decirte algo, lo que sea, viéndote a los ojos, y ni hablar de tocarte. Ahora me pregunto si ellos, cuya labor es hacerte inaccesible, pueden hablarte; en tal caso, me pregunto si los escuchas. Ellos y tú, ¿se miran a los ojos? Lo seguro es que, ante la ilusión de estar al mismo nivel por pisar el mismo suelo, seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti. Sea pues. Te dejo entonces con ellos.

Hasta siempre y adiós.

Metáfora surrealista

Seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti, porque no eran tus pasos propiamente, sino su reflejo, y yo caí en la trampa de caminar en la dirección del espejo, mientras tú lo hacías hacia el otro lado. Seguí unos pasos ilusorios y, al acortar la distancia entre tú y yo, entendí que no eres tú en realidad, y que nada en torno tuyo era realidad, sólo yo en la dimensión equivocada. Si caminamos un kilometro, tú estás a dos kilómetros de distancia, y de ahí quizás esa lejanía de quien parece que no me percibiera, como si yo fuera un fantasma sin sábana.

Variación

Seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti, porque no sigues tus propios pasos, te quedas en el punto de partida, mientras ellos se alejan, avanzan y te dejan atrás, estacionada…

El despiste

Un sabueso no habría sido tan fácil de engañar como yo: caminaste con dirección al mar y volviste sobre tus pasos hasta el río, de modo que tus pisadas fueron las mismas de ida y vuelta. Así engañado, seguí tus pasos y ellos me alejaron de ti.


Micro pesadillas

Pesadilla kafkiana

Pesadilla kafkiana

En el sueño, yo sabía que estaba dormido y despertaba con el cuerpo inerte dentro de un ataúd, cerraba los ojos para dormir y despertar otra vez, pero entonces moría y, al despertar de la muerte soñada, estaba de nuevo dentro de un ataúd, esta vez afuera de mi cuerpo: yo me concedía la última mirada.

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La pesadilla del sueño continuaba en la vigilia, de modo que la vida era una pesadilla continua, sin pausa ni descanso, hasta que decidió ponerle fin, se tragó de golpe todos los ansiolíticos de una caja y logró así acabar con el sueño y la vigilia, pero no con la pesadilla.

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Soñó que una granada lo dejaba sin brazos ni piernas, que lo envolvían en una hoja de tamal sobre la mesa y lo echaban a una olla, que despertaba y el sueño era realidad.

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Murió dormido con fiebre y dejó sus pesadillas en las paredes y el techo de la recámara donde ahora mueren todos sus descendientes.

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Soñé que despertaba en un ataúd abierto y dormía de nuevo para despertar en mi cama, pero entonces alguien cerraba por fuera el ataúd.

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Desperté del sueño a la pesadilla del insomnio y, desde entonces, trato de soñar despierto, pero los mosquitos mantienen en vigilia la realidad.

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De niño, dibujaba monstruos antes de acostarme para que, mientras durmiera, cobraran vida, pero despertaba siempre cuando se habían ido todos.

Kafka

Padecía una burocracia de pesadilla y soñaba con un castillo al que debía pedir permiso para todo, hasta que despertó y –¡oh, sorpresa!– era una cucaracha.


24 microrrelatos

scary-horror

Juguetes diabólicos

Decía ver las muñecas de porcelana cada vez más cerca de la chimenea; una noche oyó que lloraban, se levantó de la cama, bajó corriendo las escaleras y confirmó que la casa estaba en llamas.

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La cuerda para saltar se enredó en un tronco del árbol por un extremo y en su cuello por otro extremo. ¡Juro que no fue suicidio!

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El terremoto imaginado por un niño al destruir su maqueta de mecano tuvo réplicas en la realidad de su país, Estados Unidos.

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Ted, el osito de peluche, parece inofensivo, pero es un violador sexual que mata a sus víctimas y trafica droga en su interior.

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El juguete rabioso que inspiró la novela y el nombre de la banda de rock, ha servido para más de cien suicidios y sigue activo.

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La muñeca enferma por contagio recíproco, llora, moquea, echa gases, eructos, suda con olor a toxinas, muerde y tiene rabia.

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Con su pistola de agua hirviente, José dejó ciego a Luis, quemó al perro y, harto de tanto chillido, mate a los tres a balazos.

Whiplash

Whiplash

Profesores enfurecidos

En venganza por una mirada, la profesora de geografía llevó al extremo su fealdad con un castigo desproporcionado por el que pagó muy caro: su fantasía sexual pasó de los sueños pervertidos al insomnio con fiebre y ansiedad, sin remedio ni control.

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Mientras el ogro daba clases, yo lo dibujaba con implacable sorna, pero un día me descubrió y, desde entonces, aunque ya cagué lo que me obligó a tragar, mi estómago no deja de gruñir.

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El profesor gruñía y yo dibujaba miniaturas rabiosas, hasta que me descubrió y, con espuma en la boca, dejó sin dedos mis manos a dentelladas.

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El profesor daba clase fumando y, en su imaginación, apagaba el cigarro sobre los desnudos muslos de alumnas deseables pero poco esmeradas.

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“La letra con sangre entra”, era su lema y, cada vez más literal, pasó del castigo corporal a la transfusión sanguínea.

time-travellerViajes por el tiempo

Volaba como ave y viajaba por el tiempo, a veces al mismo tiempo, en sueños de los cuales no quería despertar; soñaba que fueran eternos, y un día no despertó, se quedó en el viaje, volando como ave por el infinito del más allá.

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Su nave para viajar por el tiempo era una cama en la que soñaba con el pasado mientras viajaba al futuro; un día despertó y había pasado medio siglo de vida inútil, desperdiciada.

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He viajado por el tiempo durante medio siglo: comencé en 1965, estoy en 2017 y espero llegar a 2046 para entonces desandar el camino de mis antiguos amores en Hong Kong.

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Para que me transportara el túnel del tiempo, levanté una alcantarilla, bajé a la cloaca, jugué con niños indigentes y, cuando me dio hambre, volví a mi época.

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No recordaba su entrada al túnel; una rata lo guió para salir y, por fin afuera, el borracho en harapos supo que habían pasado cinco siglos.

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En los intentos de volver a mi época he lidiado con simios que hablan, coches que vuelan, androides asesinos, manicomios y públicos estúpidos.

Maira Cepeda Fernández

Ilustración de Maira Cepeda Fernández

Ahogados

“El ahogado más hermoso del mundo” era un cadáver amarillento, hinchado y flatulento que las mujeres del pueblo se negaban a enterrar o devolver al mar.

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Ahogado en alcohol, sumergido en el agua que anegaba la bañera, con rocas encima, el marido infiel abrió los ojos en blanco y miró hacia sus adentros.

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El mar devolvió su cuerpo a la playa, como quien tira sobras de comida, y su familia se conformó con eso para la despedida.

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Ahogado en su propia sangre, México yace bajo tierra como una fosa común, otrora campo de concentración, orgulloso de sí mismo.

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Ahogado con la sangre de sus víctimas, el capital vampiro, sanguijuela del trabajo de otros, parásito del pueblo, ha revivido.

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Pálido, con rémoras de naufragio y los ojos en blanco, arrastró sus pasos hasta el camarote y estranguló al niño que dormía. Fin