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El 68 y yo

Tengo 53 años de edad, así que tenía tres al ocurrir el movimiento estudiantil de 1968 y la masacre de Tlatelolco…

En 1985 fui dibujante en una fundidora de hierro y acero, donde trabajaba también un obrero fundidor de aspecto imponente que había sido soldado; a veces se emborrachaba y, atormentado por la culpa, confesaba llorando que había participado en los llamados vuelos de la muerte, que arrojaban al mar desde un avión militar a los presos torturados; según su confesión, los arrojaban vivos en donde hubiera tiburones…

En 1988 fui editor (director en los hechos) de la revista Ollinmecah, cuyo tercer número duplicaba el tamaño del segundo número que a su vez había duplicado el tamaño del primero; era prácticamente un dossier llamado La sociedad a 20 años del 68 y reunía colaboraciones de Adolfo Gilly, Salvador Martínez della Rocca, alias «El Pino», Daniel Cazés, Julio Moguel, Axel Didriksson y muchos otros; contenía también una entrevista con Carlos Monsiváis… y aparecería por primera vez un texto mío de 24 cuartillas sobre la reestructuración del capitalismo en México. Cuando la revista llegó a su fase de “laminado”, uno de los saboteadores primigenios de la revista llevó las “láminas” a las oficinas del SUTIN para que las convirtieran en negativos, dizque por solidaridad. Allí estuvieron durante meses y, cuando quise llevármelas, no supieron decirme si las habían perdido o había ido por ellas el saboteador primigenio: Adrián Gurza Lavalle, quien me llamó por teléfono tiempo después para invitarme a participar en un proyecto de revista donde tendrían derecho a publicar quienes la financiaran, y colgué antes de que terminara su perorata insoportable. Casi una década más tarde, al término de una manifestación zapatista, reconocí en el Zócalo defeño a una de las diseñadoras y ella me dijo que había renunciado a la revista porque, en una excursión, Adrián Gurza y su novia Irma Méndez, Germán Méndez y su novia Mónica Rizo, habían dejado morir al diseñador principal (de cuyo nombre no quiero acordarme), quien cayó a un barranco y pidió auxilio durante horas, inmovilizado por sus lesiones. Quizá más adelante narre la historia de Ollinmecah y ventile, hasta donde conozco, este capítulo de negligencia criminal. Lo seguro es que esos cuatro vivirán hasta morir con la conciencia de aquella muerte…

En 1993, al cumplir 25 años el 68, devoré La Jornada y Proceso, y escuché Radio Educación con una permanencia difícil de entender y explicar. También leí los periódicos a la mano en la cafetería Gandhi, donde supe que el reportero de Proceso Elías Chávez lo era de Excélsior 25 años antes (¿salió de allí con Julio Scherer?) y 21 años después era todo un gangster, lo cual hablaba muy mal de Proceso y era prácticamente inexplicable. Ese gangster y yo coincidimos primero en Juchitán y después en Guanajuato…

Lo más importante, para mí, fue el papel de Radio Educación en aquel 25 aniversario, pues la emisora fue tribuna de todas las teorías de la conspiración favorables al gobierno; terminó creando una atmósfera viciada con versiones ficticias cuyo presentador más entusiasta era el locutor Héctor García Robledo; ahí podía uno escuchar, por ejemplo, que la Unión Soviética había armado a los estudiantes para que sabotearan las Olimpiadas, que Luis Echeverría se enteró de la masacre hasta después de perpetrada y gritó por teléfono tan fuerte que su grito rompió las ventanas de Bucareli… En fin. Incontables ondas por el estilo, que ofendían la inteligencia del público y exhibían una monstruosa indignidad.

En la bohemia snob de gente relacionada con Francisco Toledo, conocí a Javier Molina, que había sido representante de la Escuela de Ciencias Políticas ante el Concejo Nacional de Huelga en el 68 y, a raíz del levantamiento zapatista, conocí también su historia, que está narrada en este blog y resumo aquí: una especie de premonición hizo que Molina y sus compañeros decidieran retirarse de Tlatelolco al comenzar la embocada, pero la masacre le afectó a tal punto que dejó de hablar durante un año y se fue a caminar la cierra de Oaxaca, en donde conoció a María Sabina y vivió la experiencia de los hongos alucinógenos; después cayó en el alcoholismo y terminó poeta. Sobre nuestras andanzas etílicas, léase la página San Cristóbal de Las Casas.

Los líderes: conocí a Raúl Álvarez Garín en 1988 cuando La Jornada me obligó a recolectar las rúbricas de quienes habían firmado una iniciativa mía; en 1990, como reportero, tuve un desencuentro con el prepotente Pablo Gómez, que después fue director nominal (o sea, decorativo) del semanario Motivos, con el cual colaboré durante tres años desde que me invitaron a cubrir la Campaña «500 Años de Resistencia» para la entones revista. Cuando el semanario 6 de Julio vio firmada su acta de defunción y las oficinas pasaron a ser de Motivos, me dediqué de tiempo casi completo al activismo, alternando esporádicamente con el periodismo independiente, y Raúl Álvarez Garín insistió durante dos años en que yo trabajara con él (no reniego de mi experiencia con La Unidad, 6 de Julio y Motivos, pero haber sido reportero de Corre la Voz me daría tanta o más vergüenza que la cárcel); conocí a su hermana en la solidaridad con Cuba y puedo decir ahora que era una de las mujeres maduras más atractivas y encantadoras que he tratado en la vida. Tuve contacto en Facebook con Marcelino Perelló, quien me trató siempre con un respeto parecido al miedo, hasta que rompí dicho contacto por su misoginia partidaria de violentar a las mujeres y, pocos días después, falleció. El líder estudiantil había muerto cuando empezó a decir en público que tocaba las nalgas de su hija con singular alegría.

Cada lustro que pasa me cae un veinte más, que a veces no depende necesariamente de conmemoración alguna. Al morir Luis González de Alba, por ejemplo, conocí los detalles del plagio cometido por Elena Poniatowska y el chantaje grillesco de Monsiváis para echar de La Jornada al plagiado. Imprescindible para conocer en verdad a los protagonistas, esa historia es pública.

(Y esta otra continuará…)

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¿Ser o no ser?

Irreconocible, Porfirio Muñoz Ledo en el papel de Hamlet. Lo acompañan Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, trajeados como buenos estudiantes de leyes, que solían ser jóvenes aspirantes a cuadros del sistema, en su caso miembros distinguidísimos de la autodenominada Generación “Medio Siglo” en la Facultad de Derecho de la UNAM.

Es difícil imaginar que ciertas personas fueron jóvenes alguna vez, acaso en una vida pasada, que lo es en estricto sentido cronológico, valga la tautología.

También el ala juvenil del PRI vestía de traje y corbata, lo cual resultaba del todo antijuvenil.

Y pensar que algunos crecimos viendo al PRI desde lejos, pero lejos de veras, como un ente infinitamente distante a nuestras vidas, hasta el fenómeno Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, la gestación del PRD y la subordinación de la izquierda política (salvo el trotskismo y escasas reminiscencias del comunismo) al priismo escindido.

Y ahora que rebasamos los cincuenta años de edad entendemos que el PRI no era un partido político, sino la espiral del tiempo en un país ilusorio.

Paradoja de filósofo trasnochado: Si la niñez termina cuando sabes por fin que vas a morir, la vejez nos llega con la conciencia de que mala yerba nunca muere, amargura propia de viejos que nos resistimos a ser y reconocernos. Moriremos antes que nuestro enemigo eterno.

En 1990 fui enviado a Guanajuato por el semanario “6 de Julio” a cubrir un congreso en el que Porfirio Muñoz Ledo se autodestaparía como candidato del PRD a gobernador del estado. Luego del congreso hubo una reunión de petit comité en una bodega de sandía que le ofrecieron a Moñoz Ledo como almacén de propaganda. Allí, Muñoz Ledo exclamó: “¡Este lugar es perfecto para un acopio de armas!” A lo cual respondió alguien: “¡A sus órdenes, senador! ¡Cuando usted diga!” Por lo que él reculó: “Yo me refiero a las armas de la sabiduría, la inteligencia y la sensatez”. En la reunión había un tipo gordo y homosexual que confrontaba a Muñoz Ledo con muchos huevos: “¡Usted será muy senador de la República, pero aquí el partido elige a sus candidatos de manera democrática!” De ahí nos fuimos a una antigua hacienda que Muñoz Ledo hizo pasar por su domicilio en Guanajuato cuando finalmente se registró como candidato. Y nos echamos unos tragos de Johnnie Walker​. Fuimos a comer quesadillas (anécdota censurada) y pasamos la noche en esa antigua hacienda. Al día siguiente buscamos una calle que se llamaba, y quizá se llama todavía, “Porfirio Muñoz Ledo”, nombre que gestionó el PRI cuando el personaje era presidente del Consejo de Seguridad de la ONU o algo así. Al escindirse del PRI con la Corriente Democrática que encabezaba Cuauhtémoc Cárdenas, el mismo PRI quitó la placa con el nombre de la calle, pero una vecina le dio un recibo de teléfono o de electricidad con la dirección: “Calle Porfirio Muñoz Ledo”. Una vez allí, la entonces esposa le preguntó si ya se creía mucho (junto con una broma que también censuro). Yo solté una carcajada y Muñoz Ledo me preguntó muy serio: “¿Te ríes de mí?” A lo cual respondí que sí. Entonces él miró a su esposa y le preguntó: “¿Ves lo que ocasionas?” Lo entrevisté en el camino de regreso al DF y noté que, al pasar por las casetas de cobro, el chofer mostraba la charola del Senado y no le cobraban el peaje. En fin. Platico todo esto porque ya estoy viejo y voy a tomar mi chocolatito caliente antes de dormir. Buenas noches.

 


Zapatos viejos

 

Foto: Ulises Castellanos

Unos años después,
caminé las cañadas
de la llamada selva Lacandona,
fui tiempo en su calor;
penetré a las montañas,
nube baja en el frío de Los Altos,
viento de agua;
sus ojos de obsidiana me miraron,
reflejaron mi propia rebeldía,
mi propia dignidad;
mi voz habló en la suya de su cosmogonía,
la eterna dualidad
de la noche y el día,
de la vida y la muerte,
de luz y oscuridad;
mientras el verde olivo de la bestia,
más que mimetizarse
con la naturaleza vegetal,
parecía imitar
a la naturaleza de la gran mosca verde.

Cinco lustros después,
la invasión militar
es parte del paisaje;
como la mosca verde,
la bestia prolifera y es coprófaga;
en la guerra biológica,
más bien bacteriológica,
su producción de mierda en abundancia
criminal
es un arma biológica,
más bien bacteriológica,
genocidio de baja intensidad,
complemento del plomo y de la pólvora,
defecación de muerte agusanada
y adelanto del polvo.

Identificación asimilada:
fundida y confundida con las sombras,
a través de la niebla, mi sombra fue una más
entre los caminantes de la noche
que desandan sus pasos por ocultas veredas
en silencios insomnes
para volver a ser, de madrugada,
población de fantasmas;
cinco lustros después,
su mirada nocturna y taciturna
sigue siendo un espejo
de «sueños que no caben en las urnas»,
reflejo de horizontes y utopías posibles,
quimeras suspendidas en la bruma.

La palabra tzotzil
significa murciélago en tzotzil;
el idioma tzeltal
es llamado también
palabra verdadera,
bats´il k´op;
los hombres, las mujeres, las niñas y los niños
que habitan estos mundos
tienden y extienden puentes
al hablar,
responden con su propia construcción
al odio destructivo de la bestia,
cuyo engendro asesino,
con ojos como espejos de la sangre
y espuma en el hocico,
pasea su impudicia,
su impunidad campante,
y exhibe la inmundicia
de su rabia,
se nutre de abyección
y deyección,
«armas que matan bien»
por cortesía de nuestros impuestos
en diálogo artillado:
ráfagas de palabras repelen la metralla
cuando calla.

La suma de masacres
amontona cadáveres al alba
para saciar el hambre
de la tierra;
la suma es una resta,
cúmulo de la pérdida,
que nos mancha de sangre,
nos impregna y desangra la memoria,
desangra y oscurece nuestra historia;
las heridas abiertas son abismos,
atisbos de la muerte de un país,
en los que mora un árido silencio,
abismos en tinieblas,
de los que mana olvido y emerge otro silencio,
que imitan los cobardes.

¡Todos somos Guajardos!

Y la estúpida moda
con paliacate rojo y paranoia
de la yupiza huera,
turba de advenedizos y turistas en pos
de una estúpida foto,
repite «digna rabia» como un eco vacío,
que «para todos todo, nada para nosotros»
los pobres mercenarios;
«Votán Zapata vive en nuestras muertes»
muy cómodamente.

Zapata es bienvenido en todas partes,
como todos los muertos y el folclor;
los indios son bien vistos en retratos,
su presencia decora las paredes
y los muebles de lujo;
la hipocresía que los llama hermanos,
¿tiene limpias las manos?

En tiempos de canallas,
históricas batallas,
ríos de valentía,
dignidad, rebeldía,
levantamiento armado
y ejército de paz,
de construcción humana;
cinco lustros después,
su ejemplo ha sido en vano.

Polhó invadido


Cuentos circenses

Fuentes confiables que solicitaron el anonimato han revelado que, a diferencia de lo que nos vende la historia oficial, el gran jefe de los indios sioux, Toro Sentado, formó parte del circo de Buffalo Bill hasta rebelarse, no por el exterminio de su propio pueblo y los demás nativos de Norteamérica, sino porque otro actor del espectáculo, un hombre blanco de la peor calaña, soldado en retiro con el que debía representar la escena teatral de una batalla verídica, le arrancaba las orejas postizas y nunca se las devolvía.

«Mujer que camina como hombre», así llamada por los indios del circo, había sido pistolera en su juventud y ahora era una tiradora infalible de tamaño monumental, que solía defender del hombre blanco al jefe indio y regalarle un nuevo par de orejas hechas a pedido, pero un día encontró en su casa rodante al abusador y sus cómplices descuartizados a golpes de hacha y sin cuero cabelludo.

Buffalo Bill reprendió a Toro Sentado, lo echó del circo a mitad de una gira por Europa y amenazó con asesinarlo si volvía, pero el legendario cazador y enemigo de los indios fue también objeto de la ira del gran jefe y acabó como sus antiguas víctimas: muerto y desollado.

Con su fundador pasó a la historia el circo de la ignominia yanqui, y Toro Sentado vivió sus últimos días en las tabernas de Inglaterra, borracho, amargado, sin pueblo, sin casa y sin orejas.

***

La mayor atracción del circo rodante de Bronco Billy era el propio Bronco Billy, que lanzaba cuchillos con los ojos vendados al cuerpo giratorio de una mujer, disparaba desde su caballo en movimiento a platos voladores y aconsejaba que los niños comieran avena… hasta que empezó a envejecer y, cada vez con más frecuencia, sus cuchillos se incrustaban en las piernas y los brazos del cuerpo giratorio y, en una ocasión, apuñaló el cuello de la mujer, y también con frecuencia creciente, las balas de sus disparos daban en los postes de la carpa y, en una ocasión, la hizo caer entera sobre el público y, en otra ocasión, disparó a la cabeza de un niño que, desde entonces, compite con el causante de su desgracia como atracción circense: es el niño sin cabeza, y el viejo Bronco Billy, aunque sigue siendo el dueño nominal de la empresa, ya no hace más que mantenerse borracho y cometer despropósitos y descalabros seniles, no da una el pobre diablo ni sirve para nada… ¡puras vergüenzas!

***

Cazada en África y vendida como esclava en Estados Unidos, fue comprada por el dueño de un circo y exhibida como fenómeno, pues era poseedora de unas inmensas nalgas, las más grandes y carnosas del mundo conocido hasta entonces por la “civilización” occidental. Muchos hombres ofrecieron dinero al dueño por usar esas nalgas en la intimidad para saciar el deseo y la curiosidad morbosa, y el dueño, muy complaciente, acumuló una fortuna de tamaño proporcional al de su principal negocio: las nalgas de Saartjie, también llamada «La Venus Hotentote» por su origen en esa tribu del suroeste africano.

Así fue durante años, hasta que unos pescadores hallaron a orillas del río más cercano al circo el cadáver del cirquero venido a proxeneta y muerto de asfixia. La policía, desde luego, averiguó que habían desaparecido al mismo tiempo la negra de nalgas descomunales y la fortuna amasada a costa suya. Tiempo después, se oyó el rumor de que la mujer se ocultaba en la mansión de un nuevo rico en función de prestanombres, donde ella regenteaba un prostíbulo de esclavas liberadas a medias.

***

Una mujer barbuda y con pelo en el pecho, otra con cuerpo de gallina por haber sido infiel a su marido, una niña con cuerpo de araña por desobedecer a sus padres, unos trapecistas sin piernas, unos payasos que hacen de las suyas (quemar vivos a los indigentes mientras duermen) en los parques de noche, unas hermanas siamesas con diferentes gustos, sobre todo sexuales, unos enanos pedófilos, un gigante con gerontofilia y un domador de miniaturas, entre otros fenómenos y atracciones circenses por curiosidad antropológica, se presentan en compañía de animales mutantes no menos fenomenales por la indefinición de sus especies, y hacen las delicias para el público demente de manicomios infantiles en Serbia.

***

Uno de los locos del público reconoció bajo el maquillaje y los disfraces, entre los fenómenos del circo visitante, a sus antiguos compañeros que escaparon del manicomio y volvieron para dar, ahora de entrada por salida, un espectáculo alucinante.

***

Animales esclavos: un elefante maltratado en el circo, torturado con descargas eléctricas y golpeado con un gancho por el actor Christoph Waltz en el rodaje de la película Water for Elephants, anciano de por sí, fue liberado por una asociación defensora de los derechos animales y, desde entonces, aprende a dibujar y pintar junto con otros de su especie; tres leones sin dientes y domados a latigazos fueron liberados por la misma asociación y ahora se dedican a descansar…

Eso “informaba” el reportaje de un periodista que, chayote mediante, más bien desinformaba para ocultar la triste realidad: que los elefantes aprendían a dibujar y pintar estimulados con más toques y choques eléctricos, o pequeños premios en su caso, y que el descanso de los leones era verídico, pero eterno, todo en eras del dinero que mucha gente donaba para el rescate de animales esclavizados por los circos.

***

Una de las máximas atracciones del circo era una contorsionista que hacía pasar los brazos, el torso y la cabeza entre las piernas hasta volver al lugar original ocho veces, de modo que al final parecía más bien un ser de otra especie, un rarísimo espécimen, y comenzó a cobrar el doble, como contorsionista y fenómeno, lo que originó fricciones y conflictos laborales, causantes a su vez de la bancarrota del espectáculo…

FIN


«Ya nunca seremos los mismos»

Segunda parte

Mientras tanto, los velorios tienen lugar en la vía pública por temor a las réplicas o por la destrucción de la casa que habitaba el hoy difunto; las calles heridas por la devastación son escenario de cortejos fúnebres como parte de la cotidianidad emergente; sus expresiones de luto y tristeza –llantos y canciones, por ejemplo– coinciden con otras procesiones funerarias en los dos panteones municipales, ahora más concurridos que nunca y, para colmo, dañados por el terremoto; el más viejo se llama Domingo de Ramos y está en la primera sección, cerca del Hospital General; el otro tiene por nombre Miércoles Santo y está en la octava sección Cheguigo.

Suceden 10.5 réplicas por hora en promedio, de 4, 5 y 6 grados. A 24 horas del terremoto, se cuentan 36 muertos, más de 300 heridos y unas 260 réplicas, que aumentarán a dos mil, siete días después.

Las familias pernoctan en sus patios o en la calle por temor a las réplicas y para proteger sus pertenencias de la posible rapiña, o por su propia condición damnificada; otras acampan en canchas de baloncesto o balompié, otras más lo hacen en los parques y las plazas, y muchas otras en los albergues acondicionados en las escuelas todavía servibles, aprovechando que no hay clases. La Casa de la Cultura, con tradición de ser albergue durante desastres naturales como la inundación de 1993, está colapsada esta vez.

Las redes sociales son el medio masivo para dar a conocer la situación en toda o casi toda la región y las necesidades más apremiantes de los afectados; con ligeras variaciones, urgen medicamentos y material de curación, asistencia médica, alimentos no perecederos y agua potable, croquetas, productos de higiene y limpieza, colchonetas, cobijas o cobertores, lámparas y pilas, cinta adhesiva, cajas de cartón, rescatistas de otras partes del país…

La solidaridad de la sociedad civil no se hace esperar: en diversos puntos del territorio nacional y hasta en otros países del mundo (desde la República bolivariana de Venezuela hasta el Estado sionista, genocida y terrorista de Israel) se organizan brigadas médicas y de rescate, que arriban a Juchitán para cubrir desde allí todo el Istmo oaxaqueño, desplazándose también a otros municipios golpeados: proliferan centros de acopio, se dan a conocer cuentas bancarias para recibir donativos de cualquier parte del mundo…

No obstante, se enfila una crisis alimentaria, pues la comida se reduce a lo que tenían los pobladores en sus casas y lograron rescatar; al acabarse, hay desbasto, pues las tiendas grandes y los restaurantes no abren sus puertas al público; tampoco hay mercado tradicional por el colapso de sus instalaciones.

Entre la desorganización, la improvisación y la mala leche de algunos, parece que los cargamentos de víveres y demás llegan a manos equivocadas. Abundan denuncias en las redes sociales: que la ayuda humanitaria es acaparada por tenderos o termina en bodegas de partidos políticos para repartirla como despensa con sus respectivos membretes al calor de la próxima campaña electoral (el PRD compite con el PRI en esta rapiña y lo supera desde el poder local), que la presidenta municipal Gloria Sánchez López, de extracción perredista, desvía una parte y otra la entrega con criterios clientelares; si eso hace con los víveres, cabe sospechar que también con el dinero. Cámara en mano, un grupo de mujeres sorprende a hombres que descargan dos camiones de acopio humanitario en la casa del secretario municipal Óscar Cruz López.

En las redes sociales abundan también testimonios de angustia y desolación por la súbita pérdida de todo cuanto poseía la gente pobre. Algunas de estas expresiones son desgarradoras, como gritos desesperados que piden auxilio.

–Peña Nieto llegó rapidísimo en helicóptero a Juchitán; así debía de llegar la ayuda, ¿no? Pero no llega –protesta una señora, cuya comparación resume el abismo entre gobernantes y gobernados.

La destrucción telúrica no hizo distinciones entre ricos y pobres, arrasó con sus casas más o menos parejo, pero quienes acaparan lo que llega para todos son los mismos que acaparan capital en detrimento del pueblo, a expensas del trabajo y la precariedad de los demás.

Entre tanto, el levantamiento de los escombros y el cascajo con palas, unas mecánicas, otras manuales, abre paso a las demoliciones, unas con maquinaria pesada, otras con zapapicos y mazos; en casos intermedios, personas, bestias o carros tiran de sogas amarradas a muros o restos de muros inestables, esfuerzos a los cuales sigue la recolección otra vez con palas…

¿En dónde está el gobierno?

El 11 de septiembre, a cuatro días del terremoto, habitantes de la colonia «5 de Abril», ubicada en las inmediaciones del centro de la ciudad, bloquean la carretera Juchitán-Ixtepec para exigir al gobierno del estado y al ayuntamiento municipal que atiendan sus necesidades; casi un centenar de personas informan que peligran sus vidas y las de sus familias ante la falta de alimentos, principalmente. En esa colonia popular, unas 120 familias viven a la intemperie, a expensas de las víboras, desde la medianoche del terremoto.

Agencias municipales de Juchitán como Santa María del Mar, en la zona huave o ikoot’s, continúan incomunicadas, mientras pobladores de Chicapa de Castro y Álvaro Obregón denuncian el mismo “abandono gubernamental”.

A mediados del mes comenzarán las lluvias y la gente que sigue a la intemperie requerirá, entre otras cosas, de lonas en abundancia y plástico grueso, cuerda o mecate, cosas que pueden abastecer a tiempo las voluntades solidarias, pues la prioridad del gobierno local es el palacio municipal, su propio beneficio y su propio bienestar.

***

Además de la solidaridad efectiva, la que se asegura de que los víveres y demás lleguen a quienes lo requieren con más urgencia, un atisbo de regreso paulatino a la normalidad, aunque nunca será como antes, es también un respiro: algunos comerciantes comienzan a traer comida –carne y pescado, huevo y queso, fruta y verdura, totopo y tortilla– de Oaxaca de Juárez, capital del estado, y otros lugares, para venderla frente al palacio de gobierno, en el Parque Municipal Juchitán; este parque albergará quizás a una parte del nuevo mercado popular en la construcción de lo que sería una nueva normalidad, con diferencias formales y sustanciales a la vida anterior, sobre todo por la asimilación de una experiencia inesperada y brutal, para la que no estaba preparado el pueblo ni el gobierno, a pesar de su pasado más o menos reciente, que ha sido intenso.

Por lo que veo, la gente de Juchitán ha cambiado en relación con la que, hace casi treinta años, conocí al calor de una contienda electoral y el regreso de la COCEI al poder municipal, ahora en alianza con el PRD. A partir de la medianoche del 7 de septiembre opera un cambio más rápido, quizás en otra dirección. El tiempo lo dirá.

La reconstrucción de Juchitán, ciudad heredera de los antiguos binnizá, en la medida que recurra de nuevo al trabajo comunitario, puede unir, cohesionar y fortalecer al pueblo. El gobierno local y los partidos políticos pueden dividirlo y debilitarlo, deliberada o inconscientemente. El tiempo tiene la palabra.


«Ya nunca seremos los mismos»

Primera parte

Jueves 7 de septiembre a partir de las 23:49 horas. Un terremoto de 8.2 grados en la escala de Richter, con epicentro en el golfo de Tehuantepec, frente a las costas de Tonalá, Chiapas, sacude al sur y al centro de México durante 87 segundos, casi un minuto y medio. El sacudimiento, que abarca doce entidades federativas en total, contando a la Ciudad de México, se extiende más allá de la frontera con Guatemala hasta El Salvador y Honduras. Las regiones más golpeadas son el Istmo oaxaqueño y la costa de Chiapas, en ese orden y, en menor medida, los estados de Tabasco y Veracruz.

Juchitán, zona cero

Juchitán de Zaragoza, la capital política y cultural del Istmo, sufre los mayores estragos; las primeras imágenes que aparecen ante los ojos del mundo en la televisión y las redes sociales muestran derrumbada la mitad del palacio municipal; en sentido estricto, es la tercera parte del edificio, la segunda parte de la planta alta, que tenía debajo una porción del Mercado «5 de Septiembre» con alrededor de 50 puestos de comida, ahora sepultados. El emblemático edificio fue construido en 1860, así que 157 años de historia se vinieron abajo. El resto del inmueble, que se mantiene de pie, tiene daños estructurales, por lo que se contempla su demolición.

Todo el municipio –cabecera, rancherías y agencias municipales, con alrededor de 150 mil habitantes en total– queda sin luz eléctrica; en la oscuridad de la medianoche, un reportero de la televisión local describe la situación, mientras alguien levanta de las ruinas una bandera de México en perfecto estado y planta el asta sobre la desolación; la imagen del estandarte nacional que ondea con el viento en la penumbra y lo más alto del promontorio de escombros se convierte de pronto en icono por su fuerte simbolismo, y recorre el mundo.

La policía municipal, Protección Civl y los bomberos, entre otras corporaciones y brigadas de auxilio, no se dan abasto. Los vecinos se movilizan para sacar a la gente atrapada bajo los escombros y llevar a los heridos al Hospital General «Dr. Macedonio Benítez Fuentes», que está devastado; más del 90 por ciento de la estructura hospitalaria queda inservible, por lo que son evacuados los pacientes sobre sus camillas para que el personal médico los atienda en la explanada y el patio, a donde siguen llegando lesionados que se cuentan por decenas y quizá centenares durante la madrugada. El espacio es enorme, pero aun así es rebasado por la aglomeración, de modo que algunas personas reciben atención médica en la calle. Esa noche mueren allí quince personas, cuyos cuerpos son retirados de inmediato.

Este nosocomio se llama general, pero es regional en la medida que atiende a la región del Istmo, principalmente a las agencias municipales de Juchitán –Álvaro Obregón, Chicapa de Castro, La Venta, La Ventosa y Santa María del Mar–, además de los municipios cercanos y menos urbanos, como El Espinal y Santa María Xadani, cuando los enfermos pueden trasladarse.

A nueve cuadras del hospital, mueren cuatro personas al desplomarse el Bar Jardín, y fallecen dos huéspedes bajo el techo del hotel Juchitán. El Hotel del Río, en las afueras de la ciudad, se viene abajo y sepulta, entre otros, a la propietaria, que no sobrevive.

En las secciones séptima y novena, históricamente las más marginales del municipio, las casas son muy viejas en la mayoría de los casos, por lo que no resisten la violencia telúrica y se desmoronan; las que siguen de pie lo hacen con fragilidad y un equilibrio precario. Luego del derrumbe y el apagón, cuando los pobladores intentan sobreponerse, ocurre una serie de explosiones por las fugas de gas.

Media hora después del terremoto, sucede una réplica de 6.1 grados, que será la de mayor intensidad. Además de los muertos, heridos y desaparecidos, hay víctimas de pánico.

Al amanecer, las imágenes son impactantes y deprimentes. Del centro a la periferia, casas, establecimientos comerciales y edificios de diversa índole se reducen a escombros. Saltan a la vista, por alucinantes, los pisos altos con inclinaciones de unos 180 grados. Algunas casas parecen intactas desde la calle, pero por adentro se aprecian hoyos en el techo y grietas o cuarteaduras en las paredes, además de cascajo sobre los muebles y en el suelo. Sobre las banquetas hay también escombros y árboles caídos. En las orillas de calles y avenidas yacen automóviles aplastados por pedazos de fachadas y postes. El pavimento de las calles está roto, inclusive abierto. Hacia las afueras, carreteras y puentes con grietas o, de plano, destruidos.

La Escuela Primaria «Centro Escolar Juchitán», fundada en 1938 por el general Lázaro Cárdenas y emblemática de Juchitán por ser la más grande del Istmo, se halla totalmente devastada. En el templo de San Vicente Ferrer, patrón de Juchitán, junto a la Casa de la Cultura, los muros están derruidos o rotos, ha caído entera una de sus torres y, en la otra, se mantiene en vilo una cúpula, como para venirse abajo con alguna de las réplicas. Son algunas de las edificaciones más antiguas desde los cimientos, con reparaciones, arreglos o remodelaciones posteriores de la obra original hasta nuestros días.

El ogro filantrópico

En la mañana del viernes 8 de septiembre, arriban el ejército federal y la Marina, que activan el Plan Nacional de Respuesta MX y rescatan de las ruinas a personas con vida o recuperan sus cadáveres; opera un equipo especial de la Marina, compuesto por 25 socorristas y tres perros rastreadores, uno de ellos hembra de raza labrador, y dos pastores belgas…

En general, todo cuanto depende del gobierno en cualquiera de sus tres niveles sucede con retraso y es insuficiente. Las vidas que salvan las fuerzas armadas en su ostentoso despliegue y su operativo escenográfico (la friolera de tres o cuatro personas en total) no son más que las rescatadas por bomberos y paramédicos sin tanto alarde. Los Topos de Tlatelolco, brigada histórica de rescatistas voluntarios, realiza una discreta pero heroica labor de salvamento, a pesar del trato recibido y el comportamiento gubernamental.

Más de mil 800 soldados son distribuidos en la región y su “labor social” se reduce a remover y levantar escombros. Se habla de repartir despensas y hay imágenes de soldados descargándolas de aviones y camiones militares, pero no existen testimonios (auténticos sin lugar a dudas) en las redes sociales al respecto. Quizás hubo algo de “ayuda humanitaria” en este aspecto, pero nomás para la foto y el video que verá después el mundo por televisión.

El censo gubernamental de inmuebles afectados por el terremoto, para empezar, burocratiza y retrasa literalmente al máximo “los apoyos” monetarios del Fondo de Desastres Naturales (sic), pero un cálculo preliminar contabiliza más de 5 mil casas con afectaciones graves, dato que no es confiable, pues los soldados califican superficialmente los daños, sin entrar a las casas. En realidad, todas las casas, sin excepción, están dañadas en alguna medida, sea con daños totales o parciales. El censo preliminar contabiliza también alrededor de 50 mil damnificados, pero no abarca más allá de la cabecera municipal.

Como siempre, la visita oficial que realizan los titulares del Ejecutivo federal y del estado, así como de las secretarías concernientes y sus comitivas, limita su función a la emisión de promesas y al baño de pueblo, que aprovecha la ocasión para una sesión de fotos. Gracias a la demagogia declarativa, el 7 de septiembre será oficialmente «Día de luto nacional» y, para efectos inmediatos, se declara también «Zona de desastre» a la región. ¡Uf, qué alivio! Después viene la ocurrencia totalitaria de que las fuerzas armadas repartan el acopio de la sociedad civil.

Segunda parte


Hasta siempre, querido Rius

Hubo un momento, a principios de mis años veinte, en que yo había leído suficientes libros de Rius como para creer que eran todos, seguramente más de veinte, quizá más de treinta, algunos más de una vez, hasta que descubrí muchos títulos nuevos para mí en uno de esos clavados que me aventaba durante horas en la librería Siglo XXI de San Ángel, donde nunca había gente y por eso me gustaba. Cuando el autor llegó a los cien títulos y los tuve todos frente a los ojos en Gandhi, El Sótano, El Parnaso o la librería de la Cineteca Nacional, yo no conocía ni siquiera la mitad, y así me quedé. Pasé de los “monitos” a la bibliografía que los inspiró y documentó, una vez radicalizado el lector, no sólo por el marxismo, sino también por el ateísmo y las posturas más anticlericales, así como por el naturismo y el vegetarianismo, entre otras cosas.

En mi decálogo de libros favoritos, desde hace tres décadas o más, hay dos de Rius: El diablo se llama Trotsky y La vida de cuadritos. El primero lo leí unas veinte veces y transcribí su contenido a máquina, con obsesividad compulsiva y casi fanática. Aun así, nunca fui trotskista, sino un simple admirador de Trotsky.

De la bibliografía consultada para la elaboración de los librajos o libracos (así los llamaba su autor), me hice de títulos que serían lectura obligada en mi formación marxista, y entonces detecté abundantes errores, imprecisiones y hasta falsificaciones deliberadas, como la historia del muro de Berlín en algo más que una frase, por lo mucho un párrafo breve, pasajes de la Revolución Cubana que parecen la versión oficial para poner en ridículo al imperialismo yanqui… etcétera. Luego vino el viraje crítico, de Cuba para principiantes y Cuba libre a Lástima de Cuba, del homenaje romántico a las hazañas de los barbudos, al furioso anticastrismo, un viraje que no comparto en términos generales.

De la gran obra de Rius quizá lo peor sea Marx para principiantes, que para los “marxistas” de bolsillo (analfabetas por hueva) fue una especie de manual deformativo, por contener algunos de los errores más burdos que suelen cometer los simplificadores del marxismo, como confundir a Marx con Dios y hacer un revoltijo marca Diablo en la introducción.

Entre los títulos más importantes en mi vida, por ser primero una muy sonada referencia durante años y por la influencia que tuvo después su lectura, está La panza es primero, que algo tiene de icono en uno de los temas recurrentes de Rius. Años después leí en las mismas sentadas los librajos naturistas de Rius y los manuales de Shaya Michán, que prácticamente coinciden en todo, por lo que sus enseñanzas están en el mismo lugar de la memoria como si fueran de la misma persona.

Los títulos de Rius cuyo consumo recuerdo sin lugar a dudas son, en orden cronológico: La joven Alemania, Cristo de carne y hueso, La panza es primero, Lenin para principiantes, La trukulenta historia del capitalismo, ABChé, Mao en su tinta, Historia rapidísima de España, Manual del perfecto ateo, El diablo se llama Trotsky, La vida de cuadritos, El amor en los tiempos del SIDA, La Revolucioncita Mexicana… Que escapan al orden cronológico: Marx para principiantes, Economía para ignorantes (en economía), El hierverito ilustrado, los dedicados a Cuba…

Los que no estoy seguro de haber leído (es probable que lo haya hecho, pero no pasan la prueba del añejo) son: Compa Nicaragua, Hitler para masoquistas, La iglesia y otros cuentos, Toros sí, toreros no, Puré de Papas

Algunos eran prestados cuando los leí; otros los tengo en cajas que no he desempacado. A la mano, tengo La Invención del Cristianismo, que me regaló mi mamá recientemente y no he leído.

Tan memorable como algunos pasajes del autor es el berrinche que hizo el locutor José González Márquez al aire en Radio Educación por el título de La Revolucioncita Mexicana (¡No fue ninguna “revolucioncita”, sino una gran revolución!) y porque Rius, según su espontáneo crítico, era un “todólogo”, como si eso implicara ser especialista en nada. Yo diría que Rius, un auténtico sabio, era especialista en historia del marxismo, en la crítica del cristianismo y de la Iglesia católica, en naturismo y vegetarianismo (tanto como Shaya Michán, que es autoridad en la materia).

Por lo basto y prolífico de la obra de Rius, por la influencia que tuvo en la radicalización del pensamiento joven y la formación autodidacta (en el transporte colectivo al bachillerato y la universidad), sería un error quedarnos en el lamento por su muerte, que debe ser más bien ocasión para revisar dicha influencia y medir su trascendencia. En lo personal, me apena que Rius padeciera de cáncer y no haya vivido más tiempo, así fuera para descansar y ser feliz. Hace un cuarto de siglo (la mitad de mi vida) confesó en una presentación que se dedicaba principalmente a su salud, y lo entendí, pero nunca dejó de trabajar porque la gente creativa y productiva no lo puede evitar, ni lo intenta. Se va el autor, pero su obra se queda. ¡Hasta siempre! Vaya pues.