Puro cuento

El polaco loco

Era un viejo harapiento y desdentado que, a su paso por las calles frías y desiertas de la madrugada, levantaba latas de metal, botellas de vidrio y envases de plástico, así como papel y cartón, dejando un olor a sudor rancio y a ceniza de cigarro acumulada. Lo acompañaban siempre seis perros igual de sucios y mal alimentados que una noche decidieron seguirlo y calentar su sueño a la intemperie. Además de la rutina, el hambre y el calor corporal, el viejo y los perros compartían liendres.

Un taquero de banqueta le regalaba a diario cinco tacos de suadero envueltos en papel con la condición de que se los comiera lejos del puesto, y el viejo a su vez les regalaba uno de esos tacos a los perros. “Es para todos”, les decía. “Tienen que aprender a compartir”. El vendedor de jugos, vecino del taquero, le daba un agua de limón en bolsa de plástico para que se la tomara con popote en otra parte. Y algunos habitantes del barrio habían encontrado la manera de sacarle provecho a la indigencia del viejo; tiraban dividida la basura y dejaban a las puertas de sus casas dos bolsas, una con objetos reciclables y otra con materia orgánica. El viejo se llevaba ambas; una la echaba en los contenedores del mercado y otra la vendía por kilo; el metal por un lado, el vidrio por otro, el plástico aparte y el papel o cartón por separado. En este último caso, tratándose de libros, folletos, revistas, pasquines o panfletos, primero los leía y después los integraba a su mercancía. De los periódicos hacía una rápida revisión, leyendo nada más los encabezados, balazos y sumarios, así como algunos pies de foto; los textos casi nunca, pero en general se mantenía bastante informado. Un día, como reacción instintiva a sus crecientes dificultades para subsistir, sorprendió a todos poniéndose en huelga, al dejar de recoger la basura de las casas mientras no le dieran a cambio un poco de dinero o algo de comer.

La historia del personaje era inaudita. De origen polaco, había sido marinero, poeta en alta mar y después fugitivo de la guardia costera por insubordinación, una vez que desobedeció y desafió al capitán y al resto de la tripulación mercante por considerar que sus órdenes eran injustas y lo esclavizaban; entonces lo acusaron de robar a bordo y consumir drogas prohibidas, por lo que una noche huyó del barco en uno de sus botes, llevándose cuanto pudo de la mercancía que le endilgaban. Después de algunos días, el marinero rebelde encalló en la Isla de la Tortue y, durante cuatro años, hizo de todo para sobrevivir; fue cargador de legumbres, repartidor de paquetes y vendedor de cuarta; fue empleado mínimo en un bar, lavó platos en varios restaurantes, robó carteras y relojes en los camiones, arrebató bolsas a las ancianas en los camellones y parques. Pero, siempre vigilado y, al final, perseguido por la policía local, emigró por los caminos más difíciles hasta México, en donde estableció, con los años, una residencia ilegal, lumpenizando su existencia.

Los habitantes del barrio en donde al parecer sentó cabeza lo veían leer en español cuanto caía en sus manos; lo escuchaban farfullar en italiano, francés, inglés y polaco, y lo tenían por un ser singular y lamentable, que se hundía sin remedio en la miseria, la locura y la soledad.

“Al confundir los límites del tiempo vivo con los médanos del Mar Muerto, enloquecí”, decía una parte de su soliloquio intermitente. “¡Claro, claro!”, le contestaban los niños del crucero que mantenían en jaque a los transeúntes. “Mejor llévale uno de tus perros desnutridos al taquero para que te nutras, pinche loco”. Un día se enfrentó a pedradas con esos niños y, ante la superioridad táctica y numérica de la pandilla, terminó tan golpeado que su rostro tumefacto y su cuerpo contuso lo aislaron aún más y no pudo trabajar durante algunos días de convalecencia solitaria, al cabo de la cual, aunque nunca se bañaba, sintió de pronto la urgencia de lavarse la cara y el torso para quitarse la sangre seca, una vez cicatrizadas las heridas. En la batalla campal, los perros no hicieron más que ladrar y recibir también una que otra pedrada.

-Perdimos esta vez, compañeros, pero no se amilanen; tienen que aprender a perder y volver a levantarse.

Las profundas cuarteaduras de su piel árida le imprimían una dureza o rudeza que parecía diluirse en el trato humilde y tímido a la gente en general; de hecho, a nadie engañaba ya su apariencia agresiva que antes inspiraba desconfianza o causaba miedo; por el contrario; con excepción de la policía, autoritaria y arbitraria, prepotente y déspota, y los niños del crucero, terribles y temibles, pequeños vándalos que, sumados, lograban el milagro de multiplicarse, entre la mayoría de los habitantes del barrio existía el consenso de que este recolector de basura reciclable merecía un lugar mínimamente cómodo donde pasar la noche, en vez de dormir acurrucado entre perros, debajo de un puente; por lo que no faltó quien ofreciera “colocarlo” en una casa para indigentes, pero el viejo reaccionó a la defensiva cuando supo que sus únicos amigos serían llevados a la perrera, en donde los “dormirían” de una vez para siempre.

-A ver, váyanse ustedes al asilo ese y déjenme vivir con los perros en sus casas; a ver… a ver qué sienten.

Uno de los perros, visiblemente más débil que los demás, estaba muy enfermo y nadie supo nunca lo que aquejaba al pobre animal. En la salvaje arrebatiña por la comida era excluido siempre, por lo que dejó de comer durante los días suficientes para que su anemia lo postrara definitivamente; murió dormido al calor de los otros perros y el pepenador. Sus compañeros aullaron con tristeza al amanecer, y el viejo acarició sin llanto el cadáver, casi una hora, antes de llevarlo al crucero invadido por niños tremendos, y dejarlo allí.

Poco después, armados con piedras y botellas, los niños del crucero atacaron al viejo y a los perros; esperaron su paso por la avenida, recurriendo al cerco y al factor sorpresa con estrategia militar. Tuvo que llegar la policía para que terminara la desigual batalla, y mientras los guardianes del orden interrogaban al viejo golpeado, un perro agonizaba. Se lo llevó el personal de sanidad que había recogido antes el cadáver canino abandonado a mitad del crucero; sólo que ahora el perro no estaba muerto, sino herido, pero ya no tenía remedio, así que lo “durmieron”.

-Perdimos otra vez, compañeros, pero no se amilanen; tienen que aprender a perder y volver a levantarse.

Además de los cuatro perros sobrevivientes, el polaco tenía un amigo humano; era un artesano que nunca lo recibía en el local de su negocio, pero aceptaba que lo visitara en su casa; el viejo pasaba dos o tres veces a la semana a recoger la basura, y el artesano a veces le daba dinero para que regresara con unas caguamas; toleraba su hedor y el horror de su aspecto mientras bebían cerveza, y trataba de rescatar cuidadosamente los últimos recuerdos que quedaran en su mermada memoria. En el barrio nadie conocía tanto al polaco de los perros (que, por cierto, lo esperaban siempre a la puerta de aquella casa) como su amigo el artesano, que se había ganado progresivamente su confianza y, al cabo de muchas sesiones, logró “sacarle” relatos insólitos de antiguos viajes.

Una noche, mientras el artesano convidaba cerveza y papas fritas al polaco, pasó por allí una camioneta de la perrera y los persecutores dieron alcance a los dos perros más torpes. Al escuchar sus ladridos y chillidos, el viejo y su amigo salieron corriendo, pero la camioneta se había ido. Los otros dos perros llegaron más tarde al lugar en donde pasaban la noche con el viejo debajo de un puente. “Nos están haciendo menos”, les dijo éste, abrazándolos. “Tenemos que irnos de aquí, antes de que nos extingan”. Pasaron una noche de perros, más fría y triste que ninguna anterior, hasta donde recordaban, y al amanecer emigraron; nadie supo a dónde ni con qué dirección.

Los habitantes del barrio que dejaban separada la basura a las puertas de sus casas reaccionaron primero con enojo, después con preocupación y, por último, con tristeza. A finales de año, el viento invernal hacía volar por los aires el papel que antes recogía el polaco. Los borrachos rezagados continuaron sus fiestas rompiendo botellas y arrojando latas en plena calle. Un perro solitario y miedoso fue arrollado a media noche por una ambulancia, y aplastado por otros carros, su cadáver tuvo que ser levantado con pala por el personal de sanidad al día siguiente.

Nadie conoce la suerte que les deparó el camino al polaco y los dos perros restantes, pero hace poco supe que no fue buena.

 

El mequetrefe y el prángana

“¿Quién es Gregorio Samsa?”, preguntó el mequetrefe intempestivamente, apoyado en la barra del bar, una vez que los músicos se retiraron. Pero la respuesta de los últimos clientes fue la indiferencia fingida, como siempre. Los empleados, en cambio, compartían la sorna que les permitía la discreción. “Se fue en cuanto llegaste”, le dijo el mesero que limpiaba la mesa más concurrida horas antes. “¿Y no te dejó un recado para mí?”, preguntó de nuevo el mequetrefe, como si el alcohol no mermara su agilidad mental y, por el contrario, pusiera en duda quién se burlaba de quién. “Este pobre pendejo no ha de saber siquiera quién es Kafka”, pensó el mequetrefe.

Algunos parroquianos lo observaban a distancia; lo conocían y respetaban, pero también se abstenían de tratar con él cuando alcanzaba un nivel de embriaguez como ese, porque entonces se volvía despectivo, humillante, hiriente, ofensivo; era el espíritu chocarrero de todas las fiestas y noches de juerga en esta pequeña ciudad. “¿Quién teme a Virginia Wolf?”, preguntaba altisonante. Y los meseros reprimían sus deseos de sacarlo arrastrando o echarlo a patadas y empellones del bar, porque sabían que, a pesar de la distancia, los demás clientes se dejaban contaminar con simpatía por su irreverencia, su antisolemnidad, su rebeldía contra los cánones establecidos y convencionalismos estúpidos.

Sintiéndose aislado, el mequetrefe declamaba poemas suyos y de otros, como aprovechando el último aire de inspiración que le quedaba. “Tiempo de niños”, dijo esta vez, y los demás esperaron tímidamente la continuación de su impredecible soliloquio, pero el poeta beodo, al parecer consciente del límite al que había llegado, guardó silencio por fin.

El intenso frío de la madrugada campeaba por las calles desoladas; las ráfagas de viento húmedo hacían volar la basura de plástico y papel. Había luna llena (como en todo relato que se respete). Y el mequetrefe caminaba cabisbajo, con las manos en los bolsillos, pensando en la muchacha que nunca dejó de mirarlo; aquella preciosa imagen, apenas iluminada por una veladora. Así quería recordarla, como algo intangible, inasible, etéreo.

¿Quién de todos esos seres, más o menos mediocres, absolutamente gregarios y, desde luego, pedestres y cobardes, era mínimamente capaz de comprenderlo? “Cuando nadie se atreve a romper las reglas del juego es preferible la soledad”, pensaba. “Y de aquí a otro bar”.

El mequetrefe encaminó sus pasos hacia el único antro cercano que debía de estar abierto, pero en el camino se cruzó con el más repulsivo de sus conocidos, que venía de regreso y trató de prolongar una plática insulsa y vacía; le declamó poemas ajenos y al final le pidió, como era de esperar, la invitación de un trago. Pero el mequetrefe lo envió olímpicamente al carajo. De por sí no quedaba suficiente dinero en su bolsillo como para pagarse la continuación de la correría, pero en el tugurio al que iba le daban crédito, o le invitaban un trago con la condición de que, una vez terminado, se fuera. En esos casos, el mequetrefe se tardaba dos horas para bebérselo, pues rellenaba el baso con lo que dejaban o le invitaban otros clientes.

El prángana siguió al mequetrefe unos metros atrás, tambaleándose, pero en la puerta del antro, el mequetrefe dijo: “ese tipo no viene conmigo y, es más, no sé ni siquiera dónde estudió”; entonces entró riéndose, mientras al prángana le negaban la entrada. “Tú no pasas, pinche güey. ¿Traes dinero? ¡A verlo, quiero verlo!”. Y cuando el prángana comenzó a balbucir, un empellón lo tiró de bruces al suelo. “¡Sácate a la chingada, pendejo! ¡Si te vuelvo a ver por aquí, te parto la madre!”.

Cuanto más avanzada estaba la borrachera colectiva, mucho más festejadas eran las ocurrencias del mequetrefe. “¿Qué sería de la revolución sin poesía?, ¿qué será de mi vida sin ti?”, le dijo a la más bella mujer que se encontraba en ese lupanar. Ella acarició su cabello y le dio un beso en la mejilla. “Sobrevivirás”.

La noche fue larga, memorable; la fiesta, apoteósica, desaforada. Y el mequetrefe hizo crecer sus deudas con el dueño del lugar, a pesar de la abundante cantidad de bebida que le invitaron. Con las manos en los bolsillos, caminó cabisbajo hacia el paradero de taxis, pensando en la hermosa joven que le había plantado un beso en la mejilla sudada. “Sobrevivirás”. Y la palabra retumbaba en su mente solitaria como un eco interminable.

El frío de la madrugada seguía siendo el frío de la madrugada, pero algunas personas salían ya, recién bañadas, para dirigirse al trabajo, y el cielo sin estrellas comenzaba a perder su oscuridad.

Más que los peores congales, los de más mala fama, si alguien mantenía su negocio en pie toda la noche era el vendedor de hot dogs & hamburguesas. En la esquina donde invariablemente se encontraba estacionado su carrito, el susodicho recibió al mequetrefe con un saludo ruidoso, y éste pidió, como siempre, “uno de cada uno y su refresco”. Entonces escuchó de espaldas aquella conocida y desagradable voz. “¿Me invitas uno?”. El mequetrefe confirmó que se trataba del prángana y, desde luego, lo envió al carajo. “¿Otra vez tú? ¡Ya trabaja, cabrón! Por lo menos, aprende a robar”. Y el prángana se le acercó desprendiendo su acumulado tufo etílico. “Sabía que me ibas a salir con eso y yo te guardaba esto”. Un picahielos penetró de súbito el abdomen del mequetrefe y después su costado, una y otra vez.

El prángana está preso; el mequetrefe, muerto.

Hace unos días, la madre del prángana visitó a su hijo en la cárcel y le dijo: “Tendrás doble condena, porque en el pueblo nadie te perdona, así que, al salir de aquí, si es que sales, deberás irte a vivir a otra parte, y trabajar… a menos que aprendas, por lo menos, a robar”.

 

Puro cuento

Cuando dormía, parecía moribunda; ahora que ha muerto, parece dormir.
Bram Stoker

“Se murió la que había resucitado”. Así decía el encabezado principal de un diario que, a mitad de la borrachera, recogimos del pavimento a nuestro paso por las calles que separaban a la fiesta de su continuación en casa de una amiga común. Oscar leyó la crónica en el camino, interrumpiendo su lectura con una carcajada incontenible, contagiosa. Se trataba del velorio de una mujer muy fea y de mediana edad, muerta prematuramente, según el consenso de médicos y parientes. El momento era solemne, como suelen ser todos los velorios, con flores y rezos, pésames falsos y reconocimientos póstumos. Los familiares y conocidos ocasionales de la difunta desfilaron durante dos días ante su féretro con singular hipocresía, porque nadie la había querido nunca (alguien la quiso matar, pero prefirió esperar a que muriera sin ayuda), hasta que, en la última despedida, uno de los presentes percibió un movimiento en el párpado derecho de la occisa. “¿Vieron eso?”, preguntó a los demás, señalando con el índice el interior del ataúd. Un reducido grupo de personas se asomó al féretro y advirtió que la mujer supuestamente muerta gesticulaba como si más bien estuviera dormida y, de pronto, abrió los ojos, miró al techo, a los alrededores, a los deudos, y al encontrarse dentro de un ataúd se alteró, se incorporó y espantó a todos; constató que se trataba de su propio velorio y, exaltada, les reclamó el despropósito de enterrarla viva, pero nadie la escuchó, todos gritaron; ella salió de la caja fúnebre y exigió explicaciones, pero el ambiente ya era de histeria colectiva. Entonces la invadió un ataque de cólera; comenzó a gritar también, preguntando por qué y cómo era posible que le hicieran eso. La respuesta unánime fue la sorpresa y el pánico. Asustados, no hacían más que gritar y correr. Algunos trataron de encerrarla en la sala mortuoria, pero cuando la mujer comenzó a destrozar todo cuanto había a su alcance, incluyendo el ataúd, un grupo masculino de familiares suyos regresó al recinto y, entre golpes, manotazos, arañazos, contorsiones, mordidas y escupitajos, lograron sujetarla y someterla. Para contener también los insultos, el grupo decidió amordazarla. Sólo una persona permaneció impasible durante la crisis. “Esto es un milagro”, dijo. “Es obra de Dios, nuestro Creador; démosle gracias. ¡Oh!, alabado sea el Señor”.

La mujer era epiléptica, obviamente, y sufría de múltiples males cardíacos, así que lo menos recomendable para su precaria salud era enojarse como lo hizo. Terminó llorando al constatar la insensibilidad y la sordera voluntaria de aquellos a quienes consideraba cercanos. Un infarto al corazón detuvo sus latidos. Vino la inmovilidad. La sangre dejó de circular. Su cara palideció y después se puso morada. La concurrencia funeraria presenció una muerte real, pero esta vez -por si las dudas- llamaron al médico para que la confirmara. Una vez confirmada, continuaron el velorio, lo llevaron a buen término (aunque fue necesario reparar el ataúd) y, al día siguiente, enterraron por fin el cadáver. Lo demás pasó al anecdotario.

Así era, aproximadamente, la crónica de aquel periódico infame que Oscar y yo levantamos del pavimento, y él leyó entre carcajadas, hasta que, de plano, terminó revolcándose en la alfombra, una vez que llegamos a la casa de la amiga que hasta de madrugada festejaba nuestras visitas.

Para desgracia de los tres, Oscar también tenía problemas cardíacos, y yo no lo sabía. En medio de su ataque de risa, sufrió un infarto al miocardio, y el paro masivo tuvo un efecto parecido al de sus intenciones histriónicas, de su gran borrachera y su risa desquiciada. Nuestra amiga y yo creímos que se trataba de una farsa, un simulacro, pero Oscar había muerto realmente, mientras nosotros platicábamos, bebíamos y bailábamos. “A ver a qué horas se levanta este farsante”, nos decíamos. Pero el “farsante” nunca se levantó; se quedó inmóvil durante horas, se puso pálido y después morado. Las articulaciones de su cuerpo dejaron de serlo.

Lloré durante días, pero sin lágrimas, tratando de exorcizar el sentimiento de culpa con mis habituales recursos de autodestrucción, hasta que un día llamé al reportero del periodicucho; le pedí el nombre de la mujer resucitada y luego muerta de verdad. “No, mano”, me contestó; “esa historia yo la inventé”. Le hice creer que su relato me había fascinado y lo cité en un bar del centro de la ciudad. Llegaré tarde para que se tome unos tragos esperándome y, cuando esté borracho, lo voy a matar.

 

Hasta que ni la muerte los separe

Ambos se quitan la dentadura postiza para dormir. Doña Clara saca de la cuenca su ojo falso y lo coloca en el buró. Don Oscuro acomoda la prótesis de su pierna junto a la cama. Los dos roncan fieramente y empapan de saliva la almohada. Huelen al sudor intoxicado que han dejado acumular desde hace una semana, olor al que suelen sumarse las flatulencias. Cambian de posición cada quince minutos durante la noche. Y uno sueña con el otro.

Ella sueña que él ha muerto y lo desentierra para robarle un ojo, pero no encuentra más que la prótesis. Los gatos del cementerio -gatos que ni de noche son pardos- invaden de pronto la caja fúnebre y, con felina seriedad, la miran esperando a que ponga de nuevo la tapa encima; ella lo hace y se pregunta qué habrá pasado con él. Mientras camina absorta por sus cavilaciones mortuorias, comienzan a seguirla todas las ranas del panteón, que terminan croando con entusiasmo unánime y despiertan a los muertos, pero ella sigue autista, como si nada, encerrada en sí misma, dentro de la sordera. Los muertos se quejan del ruido, exigen guardar silencio y vuelven a morirse. Doña Clara decide pasarse al sueño de su marido para descifrar la incógnita, pero no lo consigue. Se queda en el puente que crece en la medida que uno avanza, y tampoco puede regresar porque no se atreve a pasar encima de las ranas… cientos de ranas.

Mientras tanto, don Oscuro sueña que duerme y ella es un fantasma que lo visita, ya sin dentadura postiza y ojo falso, para esconder la prótesis en un lugar distinto cada noche, dentro de la vieja casa donde viven. Don Oscuro sueña que despierta y no encuentra su prótesis; que la busca por todas partes y la halla, finalmente, cuando ya es hora de volver a la cama.

Don Oscuro despierta siempre a mitad de la noche; va al baño y confunde los crujidos de las endebles muletas con los de sus huesos, igual de frágiles. Regresa a la cama, que también cruje, y comprueba que la prótesis está donde la había dejado. “¡Pinche vieja!”, espeta, al cabo doña Clara está sorda, y vuelve a dormirse. Entonces sueña que ella es un fantasma que le esconde la dentadura postiza mientras él duerme para que, al despertar, tenga que buscarla todo el día. Sueña que después duerme con la dentadura puesta, pero que despierta desdentado, y la mujer se ríe, también sin dientes, con la cuenca del ojo vacía. Y la carcajada lo despierta. “¡Pinche vieja!”, le dice, pero como ella no lo escucha la golpea sin fuerza. Doña Clara despierta alterada, mira el reloj y vuelve a dormirse. “¿En dónde estabas?”, pregunta inconscientemente antes de roncar de nuevo. Don Oscuro tarda en reconciliar el sueño por temor a la posible repetición de la pesadilla, pero termina profundamente dormido.

Al despertar en la mañana comienza un día rutinario, monótono y, al menos para ellos, normal. Todos sus actos son lentos y débiles. Han perdido la voluntad de comunicarse. La relación cotidiana se basa en valores entendidos. En el fondo se detestan, se aborrecen, pero han creado una dependencia mutua de la que ninguno de los dos intenta liberarse. Parecen resignados a la soledad. Son indolentes. A estas alturas de la vida comienza el declive y lo único que pueden hacer con fuerza es roncar.

 

Diciembre de 2005

–¡Vimos unos pavos tan grandes que parecían guajolotes! –gritó Paquita, corriendo desde la puerta de la casa hacia las enaguas de su abuela en un arranque de euforia, antes de tropezar con una muleta y caer al suelo, rodando redonda como era. Unas gafas de miope continuaron la carrera de la niña hasta los pies de la anciana, que reaccionó con un paso torpe y las hizo añicos. “¡Ay, escuincla, escuincla, qué tonta eres!”. Paquita se puso a gatear, palpando a ciegas el piso. “¡Mis lentes! –exclamó apenada– ¡Mira cómo quedaron: ya no sirven!” Entonces entró su madre y tropezó también con la muleta. Una bolsa y varias cajas para regalo cayeron al suelo, por donde rodaron esferas brillosas y quedaron esparcidos foquitos chinos. La abuela tropezó por su cuenta con el cable de los foquitos y cayó encima de Paquita, quien rompió en llanto. Este alboroto alarmó al viejo Rufus, que a su vez alertó a toda la vecindad. “¿Qué pasa?” –preguntó el papá de Paquita, caguama en mano, al tiempo que pateaba las cajas y las esferas y pisaba los foquitos. “¡Cabrón borracho!” –gritó la mamá, levantándose con obesa dificultad. “¡Mira lo que haces, inútil, holgazán, lárgate de aquí!” Y como Paquita seguía llorando, el perro no dejaba de ladrar. “¿Qué pinche desmadre es este?” –insistió confundido el papá, mientras la abuela se incorporaba con artrítica lentitud. “¡Los foquitos, las esferas, hasta la estrella, todo está roto!” –lamentó la mamá (y le mentó la mamá al papá), recogiendo el tiradero. “Sólo por eso no te va traer nada Santa Clos” –sentenció la niña, con hondo rencor. “¡Chingue a su madre Santa Clos!” –espetó el papá. “¿Cuándo le he pedido algo a ese pinche gordo acolchonado y con barba de algodón, ese pendejo que se ríe de todo? ¡Yo nunca le pido nada a nadie; mi dinero me cuesta embriagarme, y ultimadamente váyanse las tres al carajo! No es cierto, mijita, no chilles. ¿Qué les pasó a tus lentes? Papá te va comprar otros… cuando le paguen esos ojetes de mierda, pero mientras, ¡tengan, culeros, tengan pa’ que se entretengan!” Y estrelló la botella contra la pared, y el estrépito alteró de nuevo al viejo Rufus, que primero ladró enloquecido y después acompañó en el mismo tono un llanto a tres voces.

–Eso es lo único bueno de la pinche Navidad: la chela Noche Buena. ¡Ah, qué buena es la noche con esa chela! ¡Hip! Miren a dónde vino a parar esta puta muleta como su puta madre, hasta dónde vino a dar.

Paquita distinguió a través de las lágrimas, como en un sueño con miopía, la difusa figura de su padre que levantaba la muleta para regresar cojeando a la sala y caer en el nacimiento. Allí pasó la noche el señor, entre figuritas de barro, sobre musgo y heno.

Ese año tampoco cenaron pavo… ni guajolote.

 

El muerto

El muerto lamentaba su muerte con dulce melancolía y amargo rencor. No es justo, se decía… Sumido en la depresión que lo había caracterizado en vida, la soledad acumulada en el entierro y la descomposición física, seguía padeciendo de insomnio y claustrofobia dentro de su ataúd, hasta que una noche de luna llena, cielo abierto y estrellado, una noche poblada de grillos y luciérnagas, sapos y ranas, el alma dejó las últimas ruinas del cuerpo en su lecho y emprendió un recorrido por calles y avenidas, parques y plazas; atravesó puertas y ventanas, pasillos y escaleras. En un lapso incalculable de tiempo muerto, la ciudad había cambiado tanto que el ánima en pena terminó perdida entre casas y edificios, tiendas y restaurantes, entre los sitios tradicionales y las novedades.

Nebulosa como era, el alma deambuló durante días grises y noches frías, hasta encontrar su antigua casa, en donde había muerto de amor. Ahora era un casino clandestino con venta de narcóticos y servicio de putas adolescentes, negocio regenteado por el vástago de la mujer que amó literalmente hasta morir. Y vinieron más decepciones, una tras otra, como si el paso de los años por la vida no causara más que olvido, como si no hiciera más que mermar la memoria y enterrar para siempre a los ausentes en el pasado. Este muerto no esperaba encontrar una flama perpetua en el altar que nunca tuvo, pero la frivolidad y el egoísmo de la gente viva era más triste que la voracidad de los gusanos, así que decidió regresar a la llamada paz de los sepulcros y los restos mortales de su cuerpo. Deambuló una vez más por calles, callejones, avenidas y camellones, plazas, plazuelas, parques y alamedas, entre casas y oficinas, restaurantes, bares y cafés, cines, teatros y museos, tiendas y templos, pero nunca encontró el cementerio, el refugio de su eterno descanso.

Habría sido quizá la peor decepción de todas saber que, en lugar de grillos y luciérnagas, sapos y ranas, había moscas y cucarachas, ratones y ratas, desde el día en que empezó a erigirse allí una gran cárcel…

 

Los muertos no mienten

I

Subí arrastrando los pasos a la azotea del edificio para acabar con la botella de ron, de cara a la ciudad, antes de acostarme a dormir. Estaba cansado y borracho. Aquel había sido un día intenso, que terminó, como todos los fines de semana, en El Callejón Azul. Miré las luces diminutas bajo su estrellado reflejo en el cielo y me pareció que la somnolencia y el alcohol las borraban. Que no quede nada, pensé en voz alta, y bebí directamente del pomo el último trago. Que no quede nada, además de vacío y soledad, oscuridad y silencio… Entonces sentí una presencia extraña, como si alguien se ocultara entre los tendederos. ¿Quién anda allí? La silueta de un hombre alto y delgado salió de las sombras y se detuvo, nebulosa y opaca, bajo el fulgor de la luna. Tendría unos sesenta años, estaba calvo y vestía de traje y corbata.

-¿Quién es usted? -inquirí.

-Soy Octavio Leres -contestó.

Intenté reconocerlo, empuñando la botella como arma defensiva, y me abstuve de comentar lo que el hombre seguramente sabía, que Octavio Leres estaba muerto.

-¿De qué se trata? -le pregunté- ¿Es una broma?

-Ninguna broma -dijo- y tranquilícese, que no le haré daño. ¿Cuándo ha visto usted que un fantasma le haga daño a alguien?

Desperté con dolor de cabeza y decidí que, ahora sí, dejaría de beber.

II

Una semana antes, la muerte del empresario Octavio Leres estaba por pasar inadvertida ante la opinión pública, más allá de múltiples esquelas en los principales diarios y una que otra nota informativa muy breve, cuando el cadáver desapareció inexplicablemente de la funeraria. La joven y hermosa viuda, Lorena Contes, había pedido a parientes y amigos que le permitieran estar sola un momento en la sala mortuoria, donde habló detrás de un oscuro velo, elegantemente ataviada toda de negro, con su difunto marido. Entre otros agravios y ofensas, le reprochó en voz baja que hubiera recurrido a los encantos de ella para sobornar al jefe de la policía que lo investigaba.

-Sabías que el desgraciado no se conformaría con tu dinero -le dijo- y por eso me enviaste a mí, como antes lo habías hecho con el ministro, y sabías que tampoco se conformaría con un acostón. ¡Hijo de la chingada! Pero tengo algo que decirte, para que no te vayas tan tranquilo, para que te revuelques en la tumba antes de pudrirte…

Lorena Contes fingía que lloraba antes del apagón. Después del apagón, que duró cinco minutos, el cuerpo de Octavio Leres ya no estaba, y ella entonces lloró de verdad.

III

Un pie de foto en la prensa sensacionalista lo fue también del escándalo en todos los medios de comunicación, que aprovecharon la noticia sobre la desaparición del cadáver para vender su contexto, a falta de una explicación convincente. “El influyente hombre de negocios, dueño de hoteles y amigo de presidentes -dijo la televisión comercial-, falleció este viernes de un paro cardíaco, luego de una crisis respiratoria y haber padecido en los últimos años de hepatitis y diabetes”. Al momento de su muerte, informó por su parte un diario de circulación nacional, “el magnate era investigado en varios países por sus presuntos vínculos con el crimen organizado, en particular por lavado de dinero proveniente del tráfico de armas, narcóticos y órganos humanos, así como de la trata de blancas y la corrupción de menores”.

Nada de eso era novedad, al menos para mí, pues el pianista del grupo que tocaba los fines de semana en El Callejón Azul, Rolando Helguera, alias El Campamocha, había trabajado antes en el bar de un hotel propiedad del prominente personaje de origen cubano, y parecía estar enterado tanto de sus negocios sucios como de sus conflictos familiares. Según El Campamocha, al descubrir la relación de Octavio Leres con Lorena Contes, la esposa lo demandó por adulterio y maltrato. Asesorada por un abogado implacable, después de conseguir el divorcio y una pensión millonaria, entabló otra demanda, ahora por amenazas. El pleito legal con su familia, incluidos los hijos -dos hombres casados, una mujer soltera y una menor de edad-, fue la principal causa de una prolongada sucesión de enfermedades que mermó la salud del empresario hasta matarlo. Para evitar que la antigua esposa y sus hijos, que buscaban el camino legal a los bienes del padre, provocaran su ruina en vida, Octavio Leres contrajo matrimonio con Lorena Contes y le heredó todo, incluso el estigma del origen ilícito de la fortuna.

Con esos elementos, decidí escribir mi propia versión del caso.

IV

La noche que Octavio Leres apareció en la azotea de mi edificio, no era yo el primero en verlo y hablar con él desde que, una semana antes, se esfumara en la repentina oscuridad de la funeraria. Para cólera de la familia consanguínea y “para darlo por muerto de todos modos”, Lorena Contes había dispuesto que el ataúd de su marido fuera enterrado vacío. Se trataba, obviamente, de algo simbólico. Los parientes y amigos que hablaron con la policía descartaban la posibilidad de que el empresario no estuviera muerto; para eso había inclusive un certificado médico. Pero el día de su desaparición, Octavio Leres se presentó a media noche en la habitación que compartía con Lorena Contes. Ella regresaba de declarar en la delegación de policía, cuando sintió la presencia de su difunto esposo antes de prender la luz. Él estaba de pie y de espaldas a la ventana, con las cortinas abiertas, esperándola. Ella contuvo la respiración y, al verlo, dio un salto hacia atrás, sin gritar. Él cerró las cortinas y se sentó en la única silla de la recámara. “Tú y mi hija”, murmuró cruzando las piernas, con parsimonia. “Mi hija y tú”.

-¿No estabas muerto? -preguntó la mujer, y agitó bruscamente la cabeza como reacción a su propia idiotez.

-¡Bien muerto! -contestó el marido- Pero tenías que perturbar mi descanso, confesando tu felonía. ¿Para qué? ¿Para sentirte menos culpable o para quedar satisfecha por fin?

Ante el pasmo neurótico de Lorena Contes, Octavio Leres amenazó con impedirle hasta el más mínimo instante de paz, a menos que ella rematara las acciones que le correspondían de los hoteles, así como el resto de los bienes, incluyendo la mansión en donde se hallaban, y donara el dinero recaudado a un instituto de ayuda a niños con cáncer. “Solo muerto se le podía ocurrir semejante altruismo”, pensó la joven viuda, pero no lo dijo. “¿Y qué más?”, preguntó.

-Y te alejas para siempre de mi familia.

-¡Vete al infierno! Para mí, ya estás muerto.

-Para todos, preciosa, y peor para ti.

V

Yo tenía seis años sin trabajo formal. No recuerdo si comencé a beber por carecer de empleo o si perdí el empleo a causa de la bebida. Lo cierto es que, al conocer la versión de Rolando Helguera, decidí escribirla. Seducido por el escándalo, dejé un intento literario a la mitad y convencí a Nuemes Acosta, director del semanario Espejo roto, de hacer una investigación propia y publicarla por entregas. Basada en información pública y datos aportados por Rolando Helguera, la primera parte de la serie apareció una semana después de que Octavio Leres hiciera mutis. Entonces fui a El Callejón Azul en compañía de Nuemes Acosta y el jefe de información, así como de un reportero y un redactor de la revista, y llevé suficientes ejemplares del nuevo número para los músicos. Al calor de los tragos, El Campamocha leyó mi texto en voz alta, haciendo comentarios. “Todo está claro”, dijo. “Lo único oscuro aquí es la desaparición del muerto”.

La policía barajaba dos hipótesis, la primera de las cuales hacía sospechosa a Lorena Contes; la segunda partía de una posible conspiración de los hijos para sembrar suspicacia y cosechar el desprestigio de la hermosa viuda, ahora una de las mujeres más codiciadas del mundo, y en ambos casos se hablaba de que el famoso y mafioso hotelero quizá seguía con vida.

En eso pensaba yo aquella noche, botella de ron en mano y de cara a la ciudad en la azotea de mi edificio, cuando apareció ante mis ojos Octavio Leres. “Hay algo que usted no sabe”, murmuró sin dejar de mirar sus pulidas uñas y sin esfuerzo alguno por ser original. La primera esposa y sus vástagos, rebeló por fin, estaban ganando el pleito legal con ayuda de Lorena Contes, que tenía relaciones íntimas con la hija mayor.

-¿Cómo sabe usted eso? -le pregunté.

-Eso y más confesó ella en mi funeral… ¡y no pude soportarlo!

-Váyase al carajo.

-De acuerdo, amigo mío -dijo caminando hacia atrás-, pero confirme usted lo que acabo de informarle. ¡Hasta la vista!

Llegó al barandal de la azotea, hizo una señal de adiós con la mano y se dejó caer de espaldas al abismo. Corrí demasiado tarde para detenerlo y mi alertada vista lo buscó por todos lados, pero no lo halló; había desaparecido como una semana antes, sin dejar rastro.

(Continuará…)

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One response to “Puro cuento

  • Ivanrin

    En 2009, salió a la luz el libro Los muertos no mienten, de Luis Gusmán, pero este cuento está publicado en Gárgolas Insomnes desde 2007. No demando al plagiario porque no registré el título y no lo hice porque tampoco pretendía ser original. Se trata de un remake literario (valga la expresión, o refrito, si lo prefieres, o versión mejorada, para mi gusto) de la película titulada en español La muerte no miente (1988), de Lloyd Fonvielle, y cuyo nombre original es Gotham (TV). En 2004, The Dead Will Tell fue “traducida” como La muerte no miente (El fantasma de Nueva Orleans), porque los gringos inventan un título para el cine y otro para la televisión, y los mexicanos perdimos la originalidad por influencia nociva de la vecindad, la penetración cultural y un complejo de inferioridad colectiva, ¿o es complejo colectivo de inferioridad?
    Yo invierto los papeles y, en vez de Virginia Madsen, pienso en Monica Beluchi (¡qué diferencia!). El empresario está inspirado en Kamel Nacif y, en vez del detective sin trabajo, encarnado por Tommy Lee Jones, el periodista desempleado que pretende ser escritor, pero no deja de beber, ¿quién crees que soy? También hay un guiño con Adiós a Las Vegas
    La narración fragmentaria y cíclica es mía, no por falta de ejemplos geniales en el cine, sino porque no es el caso en esta fuente. Y si quieres saber más, tendrás que leer el libro.

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