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Zapatos viejos

 

Foto: Ulises Castellanos

Unos años después,
caminé las cañadas
de la llamada selva Lacandona,
fui tiempo en su calor;
penetré a las montañas,
nube baja en el frío de Los Altos,
viento de agua;
sus ojos de obsidiana me miraron,
reflejaron mi propia rebeldía,
mi propia dignidad;
mi voz habló en la suya de su cosmogonía,
la eterna dualidad
de la noche y el día,
de la vida y la muerte,
de luz y oscuridad;
mientras el verde olivo de la bestia,
más que mimetizarse
con la naturaleza vegetal,
parecía imitar
a la naturaleza de la gran mosca verde.

Cinco lustros después,
la invasión militar
es parte del paisaje;
como la mosca verde,
la bestia prolifera y es coprófaga;
en la guerra biológica,
más bien bacteriológica,
su producción de mierda en abundancia
criminal
es un arma biológica,
más bien bacteriológica,
genocidio de baja intensidad,
complemento del plomo y de la pólvora,
defecación de muerte agusanada
y adelanto del polvo.

Identificación asimilada:
fundida y confundida con las sombras,
a través de la niebla, mi sombra fue una más
entre los caminantes de la noche
que desandan sus pasos por veredas ocultas
en silencios insomnes
para volver a ser, de madrugada,
población de fantasmas;
cinco lustros después,
su mirada nocturna y taciturna
sigue siendo un espejo
de «sueños que no caben en las urnas»,
reflejo de horizontes y utopías posibles,
quimeras suspendidas en la bruma.

La palabra tzotzil
significa murciélago en tzotzil;
el idioma tzeltal
es llamado también
palabra verdadera,
bats´il k´op;
los hombres, las mujeres, las niñas y los niños
que habitan estos mundos
tienden y extienden puentes
al hablar,
responden con su propia construcción
al odio destructivo de la bestia,
cuyo engendro asesino,
con ojos como espejos de la sangre
y espuma en el hocico,
pasea su impudicia,
su impunidad campante,
y exhibe la inmundicia
de su rabia,
se nutre de abyección
y deyección,
«armas que matan bien»
por cortesía de nuestros impuestos
en diálogo artillado:
ráfagas de palabras repelen la metralla
cuando calla.

La suma de masacres
amontona cadáveres al alba
para saciar el hambre
de la tierra;
la suma es una resta,
cúmulo de la pérdida,
que nos mancha de sangre,
nos impregna y desangra la memoria,
desangra y oscurece nuestra historia;
las heridas abiertas son abismos,
atisbos de la muerte de un país,
en los que mora un árido silencio,
de los que mana olvido y emerge otro silencio,
que imitan los cobardes.

¡Todos somos Guajardos!

Y la estúpida moda
con paliacate rojo y paranoia
de la yupiza huera,
turba de advenedizos y turistas en pos
de una estúpida foto,
repite «digna rabia» como un eco vacío,
que «para todos todo, nada para nosotros»
los pobres mercenarios;
«Votán Zapata vive en nuestras muertes»
muy cómodamente.

Zapata es bienvenido en todas partes,
como todos los muertos y el folclor;
los indios son bien vistos en retratos,
su presencia decora las paredes
y los muebles de lujo;
la hipocresía que los llama hermanos,
¿tiene limpias las manos?

En tiempos de canallas,
históricas batallas,
ríos de valentía,
dignidad, rebeldía,
levantamiento armado
y ejército de paz,
de construcción humana;
cinco lustros después,
su ejemplo ha sido en vano.

Polhó invadido

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Tiempo de ira

I

Ahora llevo un lastre de plomo en arsenal
que me quema las manos y las habas,
una carga que arrastro por el suelo sinuoso
de tortuosas pedreas;
ahora estoy a punto de arrasar con la turba,
la caterva de abyectos y canallas
al amparo del zulo criminal;
ahora soy acopio de coraje iracundo
que sueña con masacres de caníbales
por voluntad humana,
con desatar mi propio cataclismo,
depuración que acabe con monstruos bien peinados,
sanguijuelas de blanca dentadura,
sonrientes alimañas,
asesinos detrás de su escritorio,
ladrones de corbata y cuello blanco…
ahora tengo impulsos kamikazes
de tomar el infierno por asalto
y apagar el incendio con nitroglicerina,
prender fuego al tumulto de impunidad campante
y ajustar viejas cuentas con furia justiciera
y en resumidas cuentas,
devolver el dolor, la enfermedad,
la violencia vigente,
con nunchakus de acero y un martillo ergonómico
de hacer añicos todo, romper todos los huesos,
incluyendo los cráneos,
de aplastar cobardías como a las cucarachas,
y un hacha y un machete de filos carniceros
que acaben con la plaga putrefacta,
con la enfermante peste,
me brinde un desahogo y un respiro:
la colmena me colma y ha rebasado el límite;
ahora me contengo y me reprimo.

«Es preciso matar
para seguir viviendo»,
cantó Miguel Hernández;
es preciso barrer
con la escoria infrahumana
para nacer de nuevo y empezar a vivir,
cantaré cuando muera.

II

En la cueva del hambre un niño llora,
su madre lo esclaviza, pervierte su inocencia,
lo nutre de violencia cotidiana,
vejaciones y abusos,
inclusive sexuales, genitales,
hasta que los asalta una jauría
sin dirección humana
y hace trizas de carne
con jirones de piel
a la madre de sangre
que succionan,
reduciendo su vórtice a los huesos,
y se llevan al niño, liberado,
para educarlo en la naturaleza
legada por los lobos a los perros
más libres y salvajes.
Que así sea.



De aquellas noches

Edgar Ramírez | Asher

Diciembre 30 de 2007

En el filo de La Navaja bebo el último trago de la noche, último sorbo de oscuridad con luna menguada por la nebulosidad de la mirada, y respiro el último aliento de agonía y soledad en las calles, de las calles en soledad poblada todavía de silencio con eco de caracol, viento que barre la basura y surca el alba. Como quien dibuja el rostro de una mujer compulsivamente antes de perder para siempre su recuerdo, último presente de una relación pretérita, sueño insomne que borra el paso de las horas y los días, me aferro a los restos de este naufragio, vivo intensamente mi pérdida, espero caer la última gota de la noche vacía.

En La Navaja de Garibaldi es de noche todo el día, como en el 13 Negro de Acapulco, donde los noctámbulos de carrera larga prolongaban y extendían sus límites sin dejar de beber para no perder el vuelo, cada vez a menor altura, hasta caer, hasta que no fuera posible llegar más bajo, hasta el cabo del rastro sanguíneo que dejó de correr en alguna parte del subterráneo dédalo de cloacas, laberinto infestado por cucarachas gigantes y ratas en harapos. La Navaja es un punto crítico en la ruta de la muerte, del 33 al Tapanco, donde concurren matones de pacotilla y putas en reposo que no se han bañado ni han dormido en una cama desde su renuncia temporal, desde la primera ola de una marea de insomnio depresivo, desde que el calendario se quedó sin hojas por dárselas al árbol y el árbol tapizó con ellas el otoño, desde la muerte del tiempo con un infarto al reloj.

Del 33 llegan las “vestidas” que antes atracaron a borrachos incautos y solitarios en el cuarto oscuro del Famoso 49, que en paz descanse, a donde llegaban también soldados en sus días francos, francamente desesperados, en busca de un “trenecito”. El Viena era el punto de partida para hombres gay que gustaban de la barra y la sinfonola antes de que el lugar cambiara su look de cantina tradicional por el de la Zona Rosa y lo plagaran puras locas de Cabaretito. El ambiente homosexual degenera gradualmente, sin más pauta que el tedio ni más pausa que el miedo, hasta la sórdida continuidad del Tapanco, en donde la degradación empareja todas las tendencias y preferencias sexuales, dándoles el mismo color, el uniforme de la violencia, la monotonía del odio conservado en alcohol, ahogado en noches y días de rosas en el fango, tirado «a la borrachera y la perdición», dormido y desvalijado en la banqueta. Si el Cabaretito es la Jaula de las Locas, el Tapanco es el Club de la Eutanasia. En la pista de La Navaja una mujer baila desnuda y después tiene sexo allí mismo con cinco hombres, mientras otro es degollado por la espalda en la oscuridad y yo tomo nota desde mi atalaya clandestina.

«Esta es la canción de las noches perdidas», canta Joaquín Sabina con voz aguardientosa por «el aguardiente de la despedida». Subo las escaleras hasta que me detienen en seco las suculentas piernas de una vecina adolescente que mira con tanta intensidad como para provocar un segundo trastorno hormonal y dejarme en el viaje. Una puta de nombre falso dejó mojado mi pantalón en el Tapanco. Hay que llegar urgentemente al quinto piso y destapar una botella antes de padecer la resaca, y vivir encerrado más de un mes hasta que la soledad me haga descolgar el teléfono en cuanto pase la crisis de hipo. ¡Que escampe tu llanto hasta que amaine mi odio! Este departamento es el callejón sin salida en donde los gatos huraños se refugian y asimilan a las sombras y la basura y suben a la azotea para bañarse de luna y maullar sus dolencias del alma. Los vecinos del edificio viven con terror a mis recaídas etílicas, que sólo podré conjurar huyendo cada invierno de la ciudad.

Joaquín Sabina canta La canción de las noches perdidas, y recuerdo que debo continuar el cuento a ritmo de blues, Los muertos no mienten, narrado en forma de espiral, variación literaria de la película más original del cine negro. «Los fugitivos del deber cogen su maldición y se la beben». Supongo que el insomnio, así como es causa de mi adicción al vino tinto, es efecto a su vez de mi adicción a la noche, debilidad que no he padecido por mujer alguna, pero en este caso es imposible la ruptura. La canción de las noches perdidas, que me fascina en la voz de Pasión Vega y la de Mara Barros, es un homenaje de su autor al singularísimo Tom Waits. Mi variación o desvarío, en cambio, mejoraría su letra con el sabor amargo que deja la ruta de la muerte:

El consuelo es un hombre con nombre de mujer,
el odio se bebe hasta la embriaguez
y después se vomita con el estómago vacío…
No encuentro taxi libre que me lleve al infierno.

[…]

No encuentro taxi libre en el infierno.





La soledad de Sinéad O’Connor

(Un poema solidario)

La soledad de Sinéad O’Connor
su desesperación
sus lágrimas
su proyecto a medio camino
“rescatar a Dios de la religión”
su denuncia su protesta
un canto salvaje que responde al abucheo
un grito desgarrado que pide auxilio
la traición de su familia
ser isla en el océano de la incomprensión
buscar algo a que asirse
como tabla en el naufragio
estar en medio de nada
la belleza que fue vuelve a ser
la sensualidad que al crecer
se hizo voz se hizo mirada

Sinéad O’Connor
también eres mi heroína
te amé en 1993
conocí tu rebeldía
te admiré
tus ojos no envejecen
permite que brillen
deja que sean espejo
de lunas anegadas
que lloren hasta inundar
y ahogar la vileza
que no amaine la tormenta de tu llanto
mientras no desahogues
tu desesperanza
para que descanses liberada
cuando escampes
y sueñes y concibas
a Dios sin religión organizada
a Dios fuera de la jaula
que aprisiona la creencia
la pureza de toda ingenuidad
inmortalmente infantil
eternamente risueña
que sueñes y concibas
a Dios noción espiritual
de un ente imaginario
inexistente pero posible
que harás realidad
adiós a la Iglesia y sus curas pederastas
al abuso genital
a los jerarcas del encubrimiento
descansa cuando escampes
Sinéad O’Connor
y nunca te suicides
por favor no lo hagas
deja que te acaricien
las manos del sueño
la brisa
viento que se lleva el polvo
del desamor
volverás a cantar a componer
a gritar a rebelarte
a sentir la cercanía
que ahora te falta
volverás a volar
con la certeza de ser alma
del camino andado
que ahora desandas
volverás a la victoria
contra la tristeza
vencerás al pantano
de la melancolía
de las voces que aturden
tu sensibilidad
trituran tu pensamiento
y torturan el alma
volverás a ser canción
de pájaro que había enmudecido
y amaneció con el día y se hizo luz
volverás a ser su vuelo
su mirada en las alturas
su espíritu emancipado
resurgirás de las cenizas
que sepultan nuestras ruinas
Sinéad O’Connor
también eres mi heroína
y todavía te amo




Jorge Ochoterena


Era perfecto en todos sus errores; vivía para tener pasado.

La brutalidad y la minucia construyen la infamia en torno al vacío.

El procedimiento digestivo es el holocausto del alma.

Este video es un hallazgo fascinante, una reliquia en todos los sentidos. El entrevistado parece más joven y, sobre todo, más delgado que durante la época de mis visitas a su departamento en un viejo edificio de avenida Juárez, hoy Plaza de la República, pero la atmósfera es la misma: sombría, nomás falta una calavera de cartón piedra que guardaba las espaldas de nuestro anfitrión en esa esquina de La Carverna, como la llamaban. Cuando nos conocimos, dos o tres años después de la entrevista, Jorge Ochoterena Bergstrom, alias «El Ocho», era más corpulento y tenía un aire de Orson Welles, muy discreto, casi taciturno, menos ególatra que su visitante, entonces más interesado en Lorena Cuerno, la compañera en turno (cuando la entrevista, su compañera era otra mujer, como podemos ver al final, quizá la «esposa oficial»).

Aquí Ochoterena se niega como artista y reflexiona en voz alta sobre su relación personal con el arte. En la fenomenología –dice la semblanza de Carlos Franco Muñoz en la voz, entonces joven, de Patricia Kelly– Ochoterena «encuentra el terreno propicio para explorar la razón verdadera del ser». El austero sueldo que tenía como docente, afirma, era suficiente para «obstinarse en su sincero cometido: estar siendo, no más, como conde excelentísimo de los hipogeos nocturnos que gobierna bajo los ecos insomnes de Anton A. Nartov, Martin Heidegger y Lucha Reyes».

Además de la semblanza, Paty Kelly declama fragmentos poéticos y aforismos filosóficos del entrevistado: «El acto distante responde a una desbordada sensualidad y en la abstención está el extremo del deseo: despojarse», por ejemplo. «La sutileza demencial y la falta de perspicacia onírica te dejan a mitad de la incisión, sin pretéritos qué disgregar; los instantes de dolor transgreden el tiempo», es otro ejemplo. «Han creído en su materia, detraen las sombras perdidas en la memoria», es un ejemplo más.

Ochoterena habla con los ojos cerrados, como si buscara en su interior las mejores palabras para expresar el pensamiento, y resulta paradójico verlo y escucharlo así, de entrada, en su disertación sobre «un mundo en el que las imágenes tienen un valor absoluto, pero no superior a la realidad de su origen, es decir, al fenómeno que las conceptúa, las erige y las contempla».

El entrevistado reflexiona sobre la culpa y su origen en la religión, que sirve al poder; diserta sobre la existencia de Dios como noción en el imaginario de la ignorancia y el miedo a la muerte; define al cinismo como «solución» a la muerte de la especie humana: la humanidad, para él, son las ratas de un barco que se hunde sin remedio; habla de las drogas en general y el alcohol en particular. En la penumbra de la esquina que ocupaba también ante sus visitantes, razona sobre la dimensión marginal que llamamos underground…

Huraño en «sociedad» o reacio a la vida socialmente abierta, más bien solitario, Jorge parecía tener en casa una tertulia permanente, como si el simple hecho de visitarlo fuera pasar por un filtro selectivo. Irónica paradoja, digo en el texto sobre la noticia de su muerte, haber sido tan sociable y al mismo tiempo tan solitario, tan lo uno como lo otro.

«La soledad –nos dice aquí– tiene un valor absoluto en el entendimiento de la realidad: entender la realidad te confina a la soledad». Y acerca de su principal motivación como persona: «La autenticidad es la correlación que estableces contigo mismo ante la realidad».

«La vida es un conjunto de fantasmas animados por un cierto acto de aprehensión», parafrasea.

Durante la entrevista, se emborracha con vodka y, ya borracho, sigue disertando con profundidad y lucidez hasta que empieza a delirar y emerge discretamente la genialidad. Tumbado en su cama, salta del amor a la muerte. «El amor no existe», delira medio dormido, mientras la voz de Cruz Mejía canta Pregúntale a las estrellas. «¿Qué puede extrañar la vida sin la muerte? El amor de la vida es la muerte, es el otro lado, el extraño ser que no se es, a lo que se va, a la muerte».

(En otros momentos, acompaña la entrevista Louis Armstrong).

Y Ochoterena rubrica su colofón cantando el Himno Nacional, como las transmisiones radiofónicas al terminar el día.

Los dejo, pues, con el video y la entrevista, no sin antes comentar a título personal que, hasta donde recuerdo, nunca estuve consciente de tratar con un sabio y mucho menos con un genio, aunque siempre tuvo atisbos; se reservaba conmigo el ego intelectual, como si prefiriera conocerme que darse a conocer, como si prefiriera escucharme a que yo lo escuchara, quizá para confirmar primero su identificación a cuentagotas; quizá yo era demasiado ignorante y superficial como interlocutor de alguien de su talla y veinte años mayor. Lo seguro es que su reserva no era desconfianza, pues conocí aspectos de su personalidad que no son de interés público. Más que oscuro, él era hospitalario, pero discreto, insisto, reservado, buen cocinero y enemigo de la violencia en cualquiera de sus formas. No recuerdo que recitara en algún momento poemas suyos, pero sí recuerdo que una vez leímos en voz alta letras de las canciones de Lorena Cuerno. Hay muchas anécdotas, que platicaré quizá más adelante… Como Lorena, a quien ya dediqué una publicación en este blog, Jorge era un personaje de antología. La reliquia que hallé sin búsqueda en YouTube da cuenta de ello con elocuencia inusual. Vaya pues.

Necrofilia con vodka

Necrofilia con vodka

Léanse también: Coincidencia macabra y Una ruta irrepetible


Inventario de silencios

En la noche que me habita he sido tránsito apacible de silencio y mansedumbre, letargo del instinto, cataclismo en reposo. «Entre los asfodelos de la sombra», del poema de Borges que me alude, troqué su diminuto colibrí por un murciélago gigante. Cuando las aves del olvido anidan en mi cama, la memoria despliega las alas del tiempo y, con el rumor de las horas muertas, levanta el vuelo. En el aire invadido por los fantasmas del insomnio, viciado por los ruidos viscerales de mi recaída en las inercias obsesivas, por el vaho de las incurias y abulias depresivas, en la oscuridad colmada por el odio y la envenenada calma de sus demonios, soy piedra que respira soledad por las heridas abiertas del alma, por sus poros alotrópicos, soy piedra pómez con osteoporosis leve y esguinces por infartos en las articulaciones, por inactividad física en mi época de borracho, por actividad vegetativa sin pausa ni descanso…

En las tinieblas del mundo humano y su negro abismo he sido un hálito de luz, un soplo al corazón, entre sístole y diástole, golpe que irriga sangre al tálamo cerebral en ebullición, estimulando «la glándula de los presagios» y las intuiciones. Como he dicho antes, pero no pones atención, entre dos gotas de agua, la eternidad naufraga y un silencio palpita. La erupción del volcán que llevo dentro desborda la noche que me habita.

Cuando amaina el pandemonio del infierno en la tierra y escampa el llanto inconsolable de los sauces, y los perros dejan de ladrar al paso de las nubes que desvelan el plenilunio, más o menos a las tres de la madrugada, escucho una voz de niña-diablo, un grito que se ahoga por el nudo en la garganta con el chiste del ahorcado, un estrépito de vidrios rotos y un tráfago de gatos en los contenedores de basura; el espejo de cuerpo entero ha cegado el reflejo de Medusa, como el de Narciso en un manantial de barro, y una racha de viento se ha llevado la música del fauno; un ilusorio canto de sirena hizo naufragar el soliloquio de mi romance con la noche, y volví al remanso amniótico de mi lecho con Tahoma, que suele caminar los sueños en el fondo más hondo y silencioso del mar, «donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia», como escribiera Gabo en sus mejores años, los de Macondo, la epopeya de un siglo de soledad. Como los murmullos de los difuntos en el Comala de Juan Rulfo, el acúfeno acuático es otra forma de silencio, y el agua de mujer descalza es tan cálida como sus pies. Tahoma boga desnuda en la bruma de los sueños, entre los palafitos de la noche.

Soy todo cuanto he sido y lo recuerdo: minotauro en su laberinto y laberinto sin minotauro, andadura de plantígrado y escritura de madrugada, penumbra de burdel marginal que hiede a cerveza rancia y huachinango crudo, anguila entre los húmedos muslos de Tahoma, sed insaciable que bebe de sus pétalos intensamente rojos el dulce rocío, cocodrilo de ciénaga que llora por la muerte de una flor, espesas lágrimas que inundan su pantano, espantajo sin ojos por culpa de los cuervos, pájaro lleno de paja, «pájaro lleno de pájaros, / canción que vuelve las alas / hacia arriba y hacia abajo», como canta la boca de Miguel Hernández.

He sido y soy acuático silencio de arrecifes en la isla de los murciélagos, silencio sepulcral en el cementerio de los monjes ciegos, litúrgico letargo entre palmatorias y candelabros, silencio de piedra pactado por las gárgolas y roto por los rayos, truenos y relámpagos de la tempestad, por la fuerza telúrica de un sacudimiento de la conciencia, silencio de la noche que me habita en la ciudad que llevo dentro, la de los cuatro perros que salen del parque Xicoténcatl a caminar de madrugada en unánime silencio.

Soy silencio de hielo que no hiela, pero hiere con saña y, debajo de la cama de una mujer encinta, hiede a mandrágora. Soy silencio del que mana otro silencio, como secuencia de la banda silente de una época, la que vivo y muere silenciosamente, la muerte que vivo y escribo en silencio. Que así sea.


Berceuse

Nana para una mujer desnuda

Reptar bajo las sábanas de tu cama desde la oscuridad de los íntimos deseos y la soledad de los sueños húmedos hasta la tremedal de los bajos instintos, como serpiente ciega que se refugia en el interior de mi casa cuando llueve de noche y, al amanecer, encuentro sus restos secos y tiesos porque buscaba refugio de la vida en la muerte. Eso hago mientras duermes. El néctar de tu piel en el viento de la vid, un rumor que te acaricia, una brisa que te besa, belleza en flor donde me imbuyo. Eso somos tú y yo en esta hora de amnesia y ambrosía: maridaje y simbiosis, manjar para los dioses y apoteosis.

No despiertes aún, que seré tabla en el mar de tu naufragio cuando amaine la tormenta y escampe tu llanto, mujer de agua dulce, cuerpo alado que mengua con la sal y entraño en su desamparo, su orfandad, su aire ubicuo de inasible vulnerabilidad. Duerme, duerme, no despiertes, mujer fronda que se funde y confunde con el árbol vecino, follaje trémulo que magrea y abraza la proximidad del alba cuando baila con el viento en su canto de albada.

El lenguaje de tu cuerpo desnudo y efebo, nítida expresión de su deseo, incita el tránsito mutuo del remanso de la noche al tórrido romance. Que así sea. El orgasmo es un salto al abismo que nos libera, un grito que, además de romper el silencio, atraviesa el laberinto y te lleva de la mano de la muerte al zulo vaporoso del Diablo para que tu lívido espectro alivie su libido. Sea pues.