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De aquellas noches

Edgar Ramírez | Asher

Diciembre 30 de 2007

En el filo de La Navaja bebo el último trago de la noche, último sorbo de oscuridad con luna menguada por la nebulosidad de la mirada, y respiro el último aliento de agonía y soledad en las calles, de las calles en soledad poblada todavía de silencio con eco de caracol, viento que barre la basura y surca el alba. Como quien dibuja el rostro de una mujer compulsivamente antes de perder para siempre su recuerdo, último presente de una relación pretérita, sueño insomne que borra el paso de las horas y los días, me aferro a los restos de este naufragio, vivo intensamente mi pérdida, espero caer la última gota de la noche vacía.

En La Navaja de Garibaldi es de noche todo el día, como en el 13 Negro de Acapulco, donde los noctámbulos de carrera larga prolongaban y extendían sus límites sin dejar de beber para no perder el vuelo, cada vez a menor altura, hasta caer, hasta que no fuera posible llegar más bajo, hasta el cabo del rastro sanguíneo que dejó de correr en alguna parte del subterráneo dédalo de cloacas, laberinto infestado por cucarachas gigantes y ratas en harapos. La Navaja es un punto crítico en la ruta de la muerte, del 33 al Tapanco, donde concurren matones de pacotilla y putas en reposo que no se han bañado ni han dormido en una cama desde su renuncia temporal, desde la primera ola de una marea de insomnio depresivo, desde que el calendario se quedó sin hojas por dárselas al árbol y el árbol tapizó con ellas el otoño, desde la muerte del tiempo con un infarto al reloj.

Del 33 llegan las “vestidas” que antes atracaron a borrachos incautos y solitarios en el cuarto oscuro del Famoso 49, que en paz descanse, a donde llegaban también soldados en sus días francos, francamente desesperados, en busca de un “trenecito”. El Viena era el punto de partida para hombres gay que gustaban de la barra y la sinfonola antes de que el lugar cambiara su look de cantina tradicional por el de la Zona Rosa y lo plagaran puras locas de Cabaretito. El ambiente homosexual degenera gradualmente, sin más pauta que el tedio ni más pausa que el miedo, hasta la sórdida continuidad del Tapanco, en donde la degradación empareja todas las tendencias y preferencias sexuales, dándoles el mismo color, el uniforme de la violencia, la monotonía del odio conservado en alcohol, ahogado en noches y días de rosas en el fango, tirado «a la borrachera y la perdición», dormido y desvalijado en la banqueta. Si el Cabaretito es la Jaula de las Locas, el Tapanco es el Club de la Eutanasia. En la pista de La Navaja una mujer baila desnuda y después tiene sexo allí mismo con cinco hombres, mientras otro es degollado por la espalda en la oscuridad y yo tomo nota desde mi atalaya clandestina.

«Esta es la canción de las noches perdidas», canta Joaquín Sabina con voz aguardientosa por «el aguardiente de la despedida». Subo las escaleras hasta que me detienen en seco las suculentas piernas de una vecina adolescente que mira con tanta intensidad como para provocar un segundo trastorno hormonal y dejarme en el viaje. Una puta de nombre falso dejó mojado mi pantalón en el Tapanco. Hay que llegar urgentemente al quinto piso y destapar una botella antes de padecer la resaca, y vivir encerrado más de un mes hasta que la soledad me haga descolgar el teléfono en cuanto pase la crisis de hipo. ¡Que escampe tu llanto hasta que amaine mi odio! Este departamento es el callejón sin salida en donde los gatos huraños se refugian y asimilan a las sombras y la basura y suben a la azotea para bañarse de luna y maullar sus dolencias del alma. Los vecinos del edificio viven con terror a mis recaídas etílicas, que sólo podré conjurar huyendo cada invierno de la ciudad.

Joaquín Sabina canta La canción de las noches perdidas, y recuerdo que debo continuar el cuento a ritmo de blues, Los muertos no mienten, narrado en forma de espiral, variación literaria de la película más original del cine negro. «Los fugitivos del deber cogen su maldición y se la beben». Supongo que el insomnio, así como es causa de mi adicción al vino tinto, es efecto a su vez de mi adicción a la noche, debilidad que no he padecido por mujer alguna, pero en este caso es imposible la ruptura. La canción de las noches perdidas, que me fascina en la voz de Pasión Vega y la de Mara Barros, es un homenaje de su autor al singularísimo Tom Waits. Mi variación o desvarío, en cambio, mejoraría su letra con el sabor amargo que deja la ruta de la muerte:

El consuelo es un hombre con nombre de mujer,
el odio se bebe hasta la embriaguez
y después se vomita con el estómago vacío…
No encuentro taxi libre que me lleve al infierno.

[…]

No encuentro taxi libre en el infierno.




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Inventario de silencios

En la noche que me habita he sido tránsito apacible de silencio y mansedumbre, letargo del instinto, cataclismo en reposo. «Entre los asfodelos de la sombra», del poema de Borges que me alude, troqué su diminuto colibrí por un murciélago gigante. Cuando las aves del olvido anidan en mi cama, la memoria despliega las alas del tiempo y, con el rumor de las horas muertas, levanta el vuelo. En el aire invadido por los fantasmas del insomnio, viciado por los ruidos viscerales de mi recaída en las inercias obsesivas, por el vaho de las incurias y abulias depresivas, en la oscuridad colmada por el odio y la envenenada calma de sus demonios, soy piedra que respira soledad por las heridas abiertas del alma, por sus poros alotrópicos, soy piedra pómez con osteoporosis leve y esguinces por infartos en las articulaciones, por inactividad física en mi época de borracho, por actividad vegetativa sin pausa ni descanso…

En las tinieblas del mundo humano y su negro abismo he sido un hálito de luz, un soplo al corazón, entre sístole y diástole, golpe que irriga sangre al tálamo cerebral en ebullición, estimulando «la glándula de los presagios» y las intuiciones. Como he dicho antes, pero no pones atención, entre dos gotas de agua, la eternidad naufraga y un silencio palpita. La erupción del volcán que llevo dentro desborda la noche que me habita.

Cuando amaina el pandemonio del infierno en la tierra y escampa el llanto inconsolable de los sauces, y los perros dejan de ladrar al paso de las nubes que desvelan el plenilunio, más o menos a las tres de la madrugada, escucho una voz de niña-diablo, un grito que se ahoga por el nudo en la garganta con el chiste del ahorcado, un estrépito de vidrios rotos y un tráfago de gatos en los contenedores de basura; el espejo de cuerpo entero ha cegado el reflejo de Medusa, como el de Narciso en un manantial de barro, y una racha de viento se ha llevado la música del fauno; un ilusorio canto de sirena hizo naufragar el soliloquio de mi romance con la noche, y volví al remanso amniótico de mi lecho con Tahoma, que suele caminar los sueños en el fondo más hondo y silencioso del mar, «donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia», como escribiera Gabo en sus mejores años, los de Macondo, la epopeya de un siglo de soledad. Como los murmullos de los difuntos en el Comala de Juan Rulfo, el acúfeno acuático es otra forma de silencio, y el agua de mujer descalza es tan cálida como sus pies. Tahoma boga desnuda en la bruma de los sueños, entre los palafitos de la noche.

Soy todo cuanto he sido y lo recuerdo: minotauro en su laberinto y laberinto sin minotauro, andadura de plantígrado y escritura de madrugada, penumbra de burdel marginal que hiede a cerveza rancia y huachinango crudo, anguila entre los húmedos muslos de Tahoma, sed insaciable que bebe de sus pétalos intensamente rojos el dulce rocío, cocodrilo de ciénaga que llora por la muerte de una flor, espesas lágrimas que inundan su pantano, espantajo sin ojos por culpa de los cuervos, pájaro lleno de paja, «pájaro lleno de pájaros, / canción que vuelve las alas / hacia arriba y hacia abajo», como canta la boca de Miguel Hernández.

He sido y soy acuático silencio de arrecifes en la isla de los murciélagos, silencio sepulcral en el cementerio de los monjes ciegos, litúrgico letargo entre palmatorias y candelabros, silencio de piedra pactado por las gárgolas y roto por los rayos, truenos y relámpagos de la tempestad, por la fuerza telúrica de un sacudimiento de la conciencia, silencio de la noche que me habita en la ciudad que llevo dentro, la de los cuatro perros que salen del parque Xicoténcatl a caminar de madrugada en unánime silencio.

Soy silencio de hielo que no hiela, pero hiere con saña y, debajo de la cama de una mujer encinta, hiede a mandrágora. Soy silencio del que mana otro silencio, como secuencia de la banda silente de una época, la que vivo y muere silenciosamente, la muerte que vivo y escribo en silencio. Que así sea.


Mariana

Anna Bocek

Anna Bocek

Tercera de tres o cuatro caídas

Cuanto más alto volamos, Mariana,
nos duele más la caída.

Alberto Cortez

Mariana me dice que acostumbra leer en Sanborns dos o tres veces a la semana, una o dos horas cada vez, y de entrada imagino que ojea revistas de chismes, pero lee Proceso, entre otras publicaciones políticas y culturales. Informada y sensible, no deja de sorprenderme, siempre en un sentido positivo, y platicar con ella deja una satisfacción que trasciende mi atracción por su belleza física.

Desde que peina trencitas en Coyoacán, la visito algunos fines de semana, pero ella está ocupada y me dedica poco tiempo, así que la convenzo de que nos veamos entre semana. Coyoacán es un punto intermedio entre su casa en el centro de la ciudad y la mía en avenida Tláhuac, y un lugar encantador si nos alejamos de las zonas más concurridas y contaminadas. Seguimos viéndonos allí y, a diferencia de la gente “normal” en México, ella suele llegar con horas de anticipación a nuestras citas para leer en Sanborns. Tomamos café jarocho caminando hacia el este o el oeste, nunca hacia el norte o el sur, y descansamos en alguna banca limpia de alguna plaza pequeña y solitaria, en donde la plática se prolonga por horas. A veces compramos una botella de tequila y bebemos con discreción, sin líos con la policía, ni con nadie. Un día encontramos en la banqueta un nido que, sin explicación lógica o convincente, cayó con todo y bebés gorriones; lo subo de nuevo y una mujer nos regaña desde su ventana por trepar al árbol, y amenaza con llamar a la policía. Mariana le explica la situación de tal modo que la mujer se tranquiliza y yo confirmo que mi joven amiga cuenta con eso que algunos llaman “don de gente” y yo prefiero llamar carisma, que le abrirá muchas puertas en la vida.

Del tequila en Coyoacán a su continuación en mi departamento más de una vez, indago con cuidado lo que haya dejado en el tintero sobre Los Hijos de la Calle, intento atar los cabos sueltos de su historia, pero ella mantiene sus reservas y yo insisto hasta una ocasión que estalla:

-¡Esa pinche historia me caga la madre!

-¿Por qué? -le pregunto extrañado.

-¡Es que siempre que nos vemos, preguntas lo mismo!

-Olvídalo pues, no vuelvo a tocar el tema.

La relación con Moieva también cambia en algo, y un día que tengo a mal visitarlo, me dice:

-Mariana es una muchacha de lucha, que ha sabido salir adelante con independencia y autogestión. Yo quería que la conocieras y la hicieras tu novia porque sería una gran conquista, pero lo que haces es corromperla… No me decepcionarías que dejaras de ser un revolucionario mientras no cayeras en el otro extremo y terminaras de proxeneta, vividor o algo así.

No recuerdo mi respuesta, pero seguramente puede resumirse así: ¡No mames! ¡A saber con qué diantre me confundes!

La actitud de Moieva hacia Mariana es protectora y paternal, en parte, porque Mariana lo adopta lúdicamente como su abuelo, igual que a la bruja como su madre, y ellos, además de afecto, le dan risa.

Twilight - Anna Bocek

Crepúsculo – Anna Bocek

***

La Campaña «500 Años de Resistencia» se intensifica; en septiembre y octubre de 1992 trabajamos hasta 24 horas diarias y prácticamente vivo en la casa de Equipo Pueblo; comienzan las pláticas con el gobierno, que logra dividir al Consejo Mexicano con tácticas de contrainsurgencia. Al terminar la campaña y comenzar 1993, tengo la crisis personal de quien detenta un pequeño poder sin entender que es efímero. Conozco a una pareja en el bar Soho de la Zona Rosa, pasamos la noche bebiendo allí, al día siguiente en un restaurante y terminamos en mi departamento; ellos echan un sicotrópico a mi trago y yo despierto unas 30 horas después en el departamento saqueado. Salgo de la crisis haciendo ejercicio y, al mes y medio de iniciar mi recuperación física y mental, me invitan a las velas de mayo en Juchitán. Le propongo a León Albino hacer un reportaje al respecto entre los dos, él la parte gráfica y yo la parte escrita, pero sus respuestas son las de alguien que no sabe decir no (así era Monsiváis, guardada la proporción) y tampoco tiene razón para negarse. “Tu propuesta es tan sublime que voy a pensarla muy bien y te digo después lo que haya pensado”. Nunca olvidaré eso. Al final, viajo solo a Juchitán, en donde esperan que llegue con un fotógrafo, porque allí mis proyectos gozan de una credibilidad sorprendente y hasta inexplicable.

(Y termino por entender que las bromas abstrusas de León Albino cada vez que le pregunto si recuerda a Mariana son para ocultar su amnesia, dicho sea entre paréntesis).

En Gárgolas insomnes, blog precedente del actual, narro aquel episodio de mi vida: que me invitan a coordinar el aspecto informativo de un periódico local y lo hago durante alrededor de tres meses, contando aparte mayo, el de las velas. Regreso a México en los huesos (literalmente, ahora sí), con una burbuja en el colon que me pone un susto marca diablo, y otra vez me recupero durante los últimos cuatro meses del año.

Aquel ciclo termina con el levantamiento zapatista, que inaugura, más que otro ciclo, una nueva era. Desde luego lo cubro como periodista independiente, acreditado por la revista Motivos, enviando información a distintos medios, entre ellos Voz Pública, y un día que envío mi reporte (siempre mi voz sin testimonios, como haría después), Paco Huerta me invita por teléfono a formar parte de su equipo. “Cuando regrese -dice- venga a las oficinas para que platiquemos”. Pero regreso a participar en proceso electoral de 1994, lo que me sirve nada más para empezar a tener preocupantes dolores en el pecho. Una vez consumado el fracaso de aquel esfuerzo, me integro a la Caravana de la Convención Nacional Democrática (CND), “Entre el EZLN y el ejército federal, ¡estamos nosotros!” Soy delegado por el Distrito Federal a la Segunda CND en Tuxtla Gutiérrez y asisto a la toma de posesión de Amado Avendaño Figueroa como gobernador de transición en rebeldía. Entonces conozco a Cecilia Santiago y, hablando con ella sobre mi programa en Televerdad, la primera radio libre de Ciudad Monstruo, surgen dos grandes ideas: equipar al gobierno de transición en rebeldía para que tenga su propia estación de radio y convencer a mi papá de convocar a la Convención Nacional Infantil. Esto último fracasa en cuanto lo menciono por teléfono, pero lo primero tiene un éxito inmediato.

Cecilia y otra estudiante de sicología buscan a alguien con quien compartir un departamento en Tuxtla Gutiérrez, así que maquino un proyecto y hablo con Paco Huerta; él me propone cubrir el Congreso de la Union para Voz Pública y yo le propongo ser su corresponsal en Chiapas; acepta entusiasmado y, mientras envío un reporte diario desde Tuxtla Gutiérrez, en febrero de 1995 el gobierno federal declara conocer la identidad del Subcomandante Marcos y otros mandos del EZLN, libera órdenes de aprehensión contra ellos y desata su mayor ofensiva militar, la que había detenido la sociedad civil trece meses antes, así que me desplazo a San Cristóbal de Las Casas y, con incursiones regulares a las cañadas de la selva Lacandona y Los Altos de Chiapas, cubro ese ascenso de la llamada “guerra de baja intensidad” y la contrainsurgencia hasta ocurrir el encuentro de San Miguel dos meses después, en el que se acuerdan los diálogos de San Andrés.

Anna Bocek

Anna Bocek

Regreso a la Ciudad de México y me dedico, entre otras cosas, a buscar una grabadora reportera profesional en la calle República del Salvador. Invierto días y semanas en eso, que ahora es fácil, pero entonces era punto menos que imposible. En una esquina me encuentro casualmente con Mariana y otra muchacha de su edad, caminando muy rápido; ella viste un pantalón cortísimo y holgado, y ombliguera sin mangas, para variar, creo que amarillas ambas prendas, pero tan sucias que más bien parecen color beich. La otra muchacha me parece bastante fea, pero su look es tan primaveral que juntas parecen prostitutas (en esa impresión influye la zona y el ambiente). A Mariana le ha crecido el pecho y algo de pancita, pero las piernas están igual de apetecibles, un poco más anchas; es evidente que no trae sostén y, a través de la tela, sus pezones saltan a la vista. La llamo, la saludo, y ella reacciona con dificultad para reconocerme y con el rostro demacrado como si tuviera una semana sin dormir; por mi propio aturdimiento, tardo unos segundos en entender que está drogada, mientras su compañera, en un estado ídem, alterna comentarios hostiles con peticiones de que les invite unos tragos.

Mientras hablamos, si acaso es hablar ese intercambio deprimente, pasan machos en brama que miran al par de hembras de pies a cabeza y de la cabeza a los pies, deteniendo la mirada sin pudor en las nalgas y las tetas. Nomás falta que alguno las toque y, de hecho, no hace falta.

-¡Mamacitas! -grita alguien desde la otra acera

-¡Qué ricos biscochitos! -exclama otro.

-¡Aquí está lo que buscan, lo que necesitan! ¡Ya no se cansen!

-¡Qué sabrosas tortas de jamón! ¡Yo pongo la salchicha y el par de huevos pa’ que estemos completos!

-¡La que no enseña no vende y yo traigo dinero!

-Pinche gente babosa -balbuce Mariana.

-¡Ya vámonos, ñera! -dice la compañera con jeta de pocos amigos- Ni dinero ha de traer el pinche prángana, si no ya nos hubiera invitado.

-¿Todavía vives en La Comuna? -le pregunto a Mariana, y ella gesticula como si un resplandor la cegara.

-Sí, ya tenemos teléfono, apúntalo -dice, arrastrando las palabras.

Lo anoto y prometo llamarla con la esperanza de que recupere algo de lucidez.

-Sí, llámame para volver a platicar las cosas de la vida.

-¡Es culero! ¡Nomás nos está quitando tiempo el ojete!

Con gracia y feminidad, Mariana ofrece la mejilla para que la bese y, cuando me acerco, cierra los ojos, la beso y percibo un tufo a mota y alcohol, que probablemente ha mezclado con fármacos o algún derivado barato de la coca… el sudor de varios días impregna el aire saturado por la contaminación de la zona.

Me niego a dirigir ni siquiera una mirada a la otra mujer, le doy la espalda y oigo voces en el pandemonio de la calle: una me insulta, otras ofenden la dignidad humana por su condición femenina, y me alejo de prisa hacia la estación más cercana del metro.

Según mis cálculos, Mariana tiene 18 años y ya está para el arrastre, acabada.

Anna Bocek

Anna Bocek

***

Regreso a Chiapas como corresponsal de Radio Bilingüe y Radio Pacífica, pero nunca les envío nada, además de mi trabajo anterior a manera de currículum por mensajería. Y aun así, me quedo seis meses en San Cristóbal de Las Casas, escribiendo, haciendo ejercicio y cultivando una amistad. Regreso a la Ciudad de México y, antes de comenzar el siguiente ciclo, que será la formación del Frente Zapatista de Liberación Nacional, paso en limpio la información vigente de mis libretas y me encuentro con el número de teléfono que me dio Mariana; la llamo y una voz masculina me responde:

-Comuna de Anáhuac.

-Buenas tardes. ¿Se encuentra Mariana?

Un silencio desconcertante sucede al otro lado del teléfono.

-Bueno, bueno, bueno -digo.

-¿Quién habla?

-Habla Iván Rincón. Quiero hablar con Mariana. ¿Se encuentra?

-¿Quién eres? ¿Qué quieres con ella?

-Soy amigo suyo y quiero hablar con ella.

-¿Pero de dónde la conoces?

-Eso no es de tu incumbencia y ya son demasiadas preguntas. ¿Quién eres tú?

-¡Yo soy su carnal de andanza, ñero!

-Pues comunícame con ella, carnal de andanza.

-Nel.

-¿Por qué?

-¡Mariana está muerta, ojete! ¡Murió por abortar! ¿Y yo cómo sé que no fuiste tú el que la embarazó?

Ahora soy yo quien guarda silencio.

-¿Qué pedo, culero? ¿Qué bisnes tenías con ella?

-Te lo diría si no fueras un pinche gañán con vocación de policía. Sigo sin saber quién eres porque no me has dado tu nombre. Tú ya tienes el mío y, así como no sabes quién la embarazó, yo no puedo saber si es verdad…

-Mariana murió y tú también te vas a morir se vuelves a llamar. Ya sé dónde vives…

-¡Uy!

Cuelgo el teléfono, más para reprimir todo lo que se me ocurre como respuesta mordaz, que para dejar de oír a un pelafustán, interrogando y amenazándome gratis. Lo que me urge es asimilar esa noticia, no sin antes confirmarla. Para eso, consigo una voz femenina y preparamos entre los dos otra llamada, esta vez con carácter “institucional”. No quiero narrar los detalles de la confirmación: el caso es que la hago.

Años después, al calor de unas chelas en Oaxaca, un colega que también alterna el periodismo con la militancia sin partido me informa que La Comuna desapareció cuando el gobierno de la ciudad le retiró el subsidio y perdió el apoyo de la sociedad civil: “El edificio se llenó de holgazanes que hasta hijos tuvieron, viviendo allí sin trabajar”.

Una noche, caminando por Coyoacán rumbo a mi departamento en Portales Sur, lloré por una pérdida ocurrida más de 20 años atrás, en mi adolescencia. Leticia murió de cáncer a los 17 años de edad. Ahora, que han pasado más de 20 años, cuando la soledad se aglomera en el vacío y lo desborda, es tiempo de recordar a Mariana.

Anna Bocek

Anna Bocek


Y fui Bukowski: Segunda parte

Imagen de Richard Tito

En la ciudad que llevo dentro

Orillado a la más violenta explosión de locura por la imbecilidad sin límites de su madre, Bukowski golpeó una pared de ladrillo con el puño derecho y se rompió la piel de los nudillos, además de hundirse los huesos; asió un pequeño cuadro por la orilla con la mano izquierda y trató de romperlo también contra la pared, pero no logró más que dislocarse la muñeca, de inmediato dolorida y amoratada, luego hinchada como una torta y casi negra. Ebrio de odio, terminó de emborracharse con whisky. En la madrugada, salió de casa y tomó un taxi a Garibaldi. En el tapanco, intercambió sonrisas con una puta que se movía de un asiento a otro, haciéndole creer, sin proponérselo, que se trataba de varias mujeres. En algún momento, él percibió su propio delirio, pero empezó a pelear verbalmente con todos los allí presentes. Hablando con otros hombres, la china le daba la espalda, hasta que él la reconoció, la abrazó por detrás y, al ver desde arriba un escote por el que asomaban unas tetas diminutas, introdujo la mano y las acarició. Al sentir el abrazo y más aún la mano intrusa, ella dejó de atender a sus acompañantes, hizo un comentario que intentaba dar la impresión de control y casi de indiferencia, pero cerró los ojos y respiró con fuerza, como preparando un sonoro gemido, que dejó escapar sin pensar en nada; uno de los acompañantes expresó enojo, y Bukowski lo ignoró; otro amenazó con una golpiza colectiva, y Bukowski repartió señas obscenas, a uno le enseñó el dedo más largo de la mano con los demás dedos flexionados, a otro le pintó cremas, como se dice vulgarmente, o sea, le enseñó cómo es que mean los caracoles. Todos guardaron silencio y ensombrecieron sus rostros. Bukowski bajó al baño y, cuando intentó subir de regreso, un nauseabundo barbaján se lo impedía, sentado en las escaleras, estorbando por nada y para nada.

-¡Quítate de mi camino, pinche pendejo de mierda! -gritó el poeta beodo.

El barbaján se levantó de un salto para golpearlo, pero la dueña del lugar detuvo en seco el pleito desde atrás de la barra:

-¡Nada de peleas aquí! ¡Si van a pelear se van a la calle!

-¡Vamos afuera, hijo de puta!

Y el barbaján tiró los primeros golpes, como suelen hacer los cobardes, gritando con los puños a los lados de la cara:

-¡Te voy a matar, cabrón!

Toda la concurrencia del bar salió a ser testigo de la pelea.

-Vamos a ver quién mata a quién -dijo Bukowski, y dio su primer golpe, que le dolió más que al receptor y más que los recibidos por él, así que lo intentó con la otra mano y fue peor. Decidió entonces usar las piernas, pero al intentar la primera patada perdió el equilibrio y calló al suelo, en donde recibió incontables puñetazos y algunas patadas certeras antes de que su oponente lo arrastrara, jalándolo de un pie, nomás para humillarlo. El poeta logró asir y tirar al barbaján, de modo que ambos continuaron la pelea revolcándose. Como no le servían los puños, Bukowski trataba de golpearlo con las rodillas, pero era inútil. Alguien intervino para separarlos cuando la sangre se hizo evidente, y otros lo ayudaron. Una vez detenida la pelea, todos regresaron al interior del bar, salvo los protagonistas, que tenían prohibido volver, pero los amigos le hacían llegar cervezas al barbaján para que las bebiera en la calle, y algunos desconocidos lo felicitaban cuando se iban. Desde su absoluta soledad, Bukowski no hacía más que observar la solidaridad identitaria y unilateral, la gélida lejanía de los demás, la unanimidad de su expulsión, el consenso de la hostilidad o la ley del hielo. Aun así, tardó más tiempo del necesario en irse; quería recobrar un poco de lucidez, de claridad visual y mental, quería limpiarse la sangre y la tierra. Su chamarra y su camisa estaban rotas; su pantalón y sus zapatos, raídos. Quiso entrar a otra cantina y le negaron el paso, inclusive al baño. Regresó al departamento de su madre y, aprovechando que había hecho mutis ella por tiempo indefinido, siguió bebiendo para evitar la resaca durante algunos días. Del whisky había pasado a la cerveza; de la cerveza pasó al vino tinto. En algún momento, quedóse dormido en el sillón y levantóse para caminar a la cama, pero dormido en la cama cerraba los puños y se abrían las heridas, no podía evitarlo, así que siguió bebiendo sin dormir durante semanas, que le sirvieron para cobrar conciencia del ridículo que había hecho. Desde luego, el tapanco no era para modosos ni miedosos, pero tampoco para borrachos con las manos rotas. Su madre regresó y le dijo: “No me provoques”. Él enfureció y destruyó todo cuanto había en el departamento; ella se fue de nuevo y él permaneció un mes y medio encerrado, mientras sanaban las heridas de las manos y de la cara, que le conferían un aspecto monstruoso, tiempo en el que una tía, hermana de su madre para mayor ironía, le llevó de comer y de beber.

Conclusion fatal: La vida es una vil porquería.

***

La ciudad que llevo dentro es un dédalo de calles y avenidas con puestos en las banquetas, puestos de tacos para comerlos de pie, puestos de jugos, de periódicos y revistas, de películas piratas, en banquetas para ratas y cucarachas, calles para perros callejeros y gatos que pepenan, concreto como asidero a la oscuridad, como título de un poema del viejo indecente, ciudad de sombras, que amanece y anochece rebosante de basura, pletórica de ruido, pródiga en emanaciones tóxicas; evoco sus asimetrías y contrastes: bajo el espectacular anuncio de una marca de chicles como cara de un monstruo industrial en expansión por obra y gracia del dios capital, un niño desnutrido (esquelético, jiotoso y con ojos de anemia) vende chicles de esa marca; antes lo hacía en los cruceros con energía infantil, luego de pie en la banqueta, y ahora lo intenta sentado, postrado por la debilidad; desdentado por el azúcar blanca no puede comerse los restos de sus zapatos…

Desde la saturación de la memoria por el odio racional, evoco también los semáforos como banderas que indican: aquí los niños limpian parabrisas, lanzan llamas como dragones y los llaman “tragafuegos” (el colmo es considerarlos “niños de la calle”), son payasitos con nalgas de globo que hacen pirámides acrobáticas, y dentro de aquel supermercado, otros niños trabajan sin sueldo… Ningún semáforo público indica el lugar en donde los niños sirven como repuestos de órganos humanos y como objetos de placer sexual para adultos que también son producto del fracaso de la humanidad, engendro de sus enfermedades congénitas. Sin filtros que depuren su crecimiento poblacional, la humanidad se masifica y amasa en las metrópolis, y la Ciudad de México es la más representativa del mundo como plataforma “concentracional” de la destrucción planetaria por la pequeñez humana (en la Ciudad de México, el metro condensa la expresión más nítida de la sociedad de masas, las subculturas de su diversidad y su movilidad heterogénea).

***

Bukowski en acción

Realismo sucio

Luego de una búsqueda exhaustiva, pero infructuosa, por donde creí que había dejado el coche, ahogué mi frustración en cerveza y fluidos corpóreos desde su lugar de origen durante cuatro días y noches sin dormir. De la “ciudad perdida” en un barranco miserable y la simbiosis de sus límites con los de un basurero próximo a sepultar la vecindad por la superioridad de su magnitud y la velocidad de su crecimiento, pasé a la singular alegría de la degradación etílica. ¡Que haga realidad mis sueños el insomnio! De la búsqueda en vano a la perdición en serio, nomás tantito, concentrando ahora mi esfuerzo en el alivio de la evasión, pues “cuando la gana llega, la gana gana”, aunque a veces la ganancia de la chingada gana es pura pérdida de tiempo.

Dormido en el camino de regreso a casa, me despertó la náusea y salí del metro corriendo sin ver en qué estación estaba. Una vez en la calle, la nausea disminuyó con el aire libre, pero sobrevino por efecto de la luz solar un dolor de cabeza que traté de paliar tapándome los ojos con la mano, sentado en una jardinera de lava. “Espérame allá”, dijo una voz. Asomé un ojo entre los dedos y percibí que una muchacha daba órdenes a una niña; tendría quince años una, y diez años la otra. Volví a proteger mi vista y escuché que la muchacha se me acercaba; miré al piso y confirmé que sus pies estaban frente a los míos.

-Oiga, señor -dijo, tocando suavemente mi hombro, y tensé todos los músculos de la cara para ver la suya-. ¿Se siente mal?

-¿Qué quieres? -le pregunté.

-Es que mi hermanita y yo nos escapamos de nuestra casa y no tenemos dinero. ¿Usted podría darnos algo para el camión o lo que sea?

En un estado mínimamente lúcido, yo habría respondido con un montón de preguntas, pero me limité a tolerar su impertinencia, quizás en espera de que cesara un poco la migraña y me permitiera pensar.

-¿Dinero? -rezongué- Los niños no necesitan dinero.

-¡Ándele! -dijo ella, metiendo un dedo entre los botones de mi camisa- ¡No sea malo! ¿Ya ve cómo es?

La escudriñé: morena de estatura media y complexión regular que, pasada la pubertad, adquiriría cuerpo de bolillo a falta de ejercicio; todo en ella era medio, incluida la cara, ni bonita ni fea; el estrato social era más bien de clase media jodida. Su hermana, o lo que fuera, nos miraba de lejos, casi de reojo, entre la indiferencia y el aburrimiento.

La contaminación auditiva del eje vial, además de torturar mi vapuleado cerebro, invadía el silencio que guardamos durante un rato, pero me devolvió la noción del tiempo que pasaba por ahí rumbo al departamento. La muchacha, en cambio, parecía dispuesta a invertir el tiempo necesario, quién sabe para qué. Y terminé sintiendo confianza.

-¿Qué es esto? -le pregunté, señalando su camiseta blanca a la altura del pecho.

-Mi Piolín -respondió de modo aniñado-. Es mi Piolín chico, el de atrás es el grande.

-A verlo.

Ella volteó y, en efecto, Piolín abarcaba toda la espalda. Como la camiseta era muy grande, la levanté por debajo para ver las nalgas enfundadas en un pantalón de mezclilla sucia y entallada, pero ella volteó para encararme de nuevo.

-¡Ay! ¿Ya ve? -protestó.

-¿Qué veo?

-¿Ya ve cómo es?

-¿Cómo soy?

-¡Bien pícaro!

La risa hizo que olvidara la sustitución de náusea por migraña.

-¡Ya vámonos! -gritó la niña, fastidiada.

Insistí con las manos que girara de nuevo y cedió con sorprendente docilidad; levanté su camiseta y ella levantó el trasero como un ofrecimiento, así que lo toqué sin pudor ni respeto ni consideración de ninguna especie, hasta meter la mano por la entrepierna.

-¡Ay, ya ve cómo es bien lujurioso y abusivo! -exclamó al voltear con una actitud contradictoria, pues acercó su cuerpo al mío todo lo posible por debajo de la cintura. El instinto hizo que mis manos la rodearan, pero reaccioné y la alejé con suavidad, miré la hora, busqué algo en mis bolsillos y no había más que un boleto del metro.

-Te daría otro -le dije-, pero es el único.

-Llévanos a tu casa -propuso ella.

-No.

-¿Por qué?

-Porque no me dejan tener hijos en mi casa.

Me incorporé, separándola de mí, siempre con amabilidad, pero también con ganas de hacer exactamente lo contrario, y volví sobre mis pasos.

“El amor es una niebla que se quema con el primer sol de la realidad”, escribió Bukowski. ¡Bravo! ¡Que tu claridad y tu profundidad nos sacudan, mi borracho y genial amigo!

Aluciné que la muchacha, en el fondo, agradecía mi alejamiento, pero me odiaría después al caer en manos de un hijo de la chingada. Ni modo. Aquí no hay posibilidad responsable. Y aprender duele…

Desde el pasillo del metro alcancé a ver las pequeñas figuras de las presuntas hermanas como elementos efímeros de un paisaje urbano, a su vez postal de la miseria humana en todos los ámbitos, y mi visión se tiñó de gris, con tonalidades sin color alguno, salvo acaso el rojo de algún contraste sicológico (si alguien entiende lo que estoy escribiendo, le agradeceré que me lo explique).

Charles Bukowski

***

La ciudad que llevo dentro y no me cabe, ni cabrá nunca en un texto, a menos que sea un libro y quién sabe, la ciudad que llevo dentro y me desvela, sobre todo ahora, que despierta de noche, que tengo a flor de piel, “a flor de tango” (como Buenos Aires en la nostalgia del exilio argentino, con la diferencia de que yo no emigré a París, sino a la más deprimente confirmación de que México es el PRI en territorio Telmex), la ciudad que me invade cuando llueve, cuando escampa, cuando amaina la tempestad, o repunta el odio misántropo, me gusta con el cuerpo a la vista y al alcance de las manos y los labios y la lengua, con el alma desnuda y liberada, irreverente y auténtica, inclusive sórdida, subversiva y rebelde, libre de ataduras, de prejuicios, de fobias, me gusta que rompa los cánones de la moral tradicional, que tenga ovarios para escandalizar a la gazmoñería, para que la mojigatería se rasgue las vestiduras, para poner y dejar en ridículo al hipócrita, me gusta la que es puta por su gusto y voluntad propia, la que dice lo que piensa, aunque pierda “amigos” en las redes sociales (esa pérdida es ganancia), la que no tiene miedo a quedarse sola y se caga en la amenaza: “Si sigues así, vas a quedarte sola”.

Me gusta la ciudad que osa decir su nombre, que no deja nada en el clóset, “la que humilla al cretino, la que salva a los niños de morir por llorar”, pero me disgusta cuando pretende hacer “una revisión de rutina”, cuando su arbitrariedad desconoce mis derechos y pisotea mi dignidad, cuando su bestialidad agrede mi sensibilidad, cuando el egoísmo amerita matar en defensa propia… También aquí los microbuses envenenan el aire con impunidad campante y entonces recuerdo a la ciudad de mis entrañas, tan asesina, tan destructiva, tan caótica y desastrosa, tan fétida y venenosa, tan estridente por adicción a la contaminación del aire, esa contaminación que mata por las orejas y la nariz y la boca, pero tan silenciosa por cobardía, la que se calla, la que no protesta, no propone, no dice nada, en fin, la ciudad tan como es.

La ciudad que llevo dentro me rebasa, me supera, me trasciende y, en resumidas cuentas, me gusta más imaginaria que real, me gusta más posible aunque improbable que real, la prefiero imposible y me disgusta ilusoria… En la triste realidad, todo cuanto haya de nefasto en la gente y su rastro criminal en el medio ambiente me recuerda lo que hace a la Ciudad de México.

***

A tres horas de La Ciudad, si no fuera porque respirar allí es un suicidio y porque la contaminación auditiva, el ruido que nos violenta, en lo personal me llena de una violencia defensiva que busca otros cauces, una violencia que también llevo dentro y tampoco me cabe y también me desborda, volvería. Pero además soy abstemio de alcohol y hay cosas que no son tolerables sin alcohol, hay que evitarlas, porque ya tengo bastante con este pueblucho rascuache que, tal como hace mucha gente conocida, confunde las causas con los efectos. A la infinita estupidez de la gente infinitesimal le puede más un enojo, inclusive una palabra del enojo, que la causa del enojo, le pueden más las patadas de un ahorcado que el acto de ahorcar a alguien.

Ahora que una suma de imbecilidad extrema y deshonestidad absoluta (como la que explica la existencia de Telmex y el PRI) se hace una también con la cobardía y concurre todo en masa, no como fenómeno propio de las grandes ciudades, sino como aborto aldeano del cuarto mundo, con gentuza infrahumana, vuelven a mí los recursos terapéuticos de hace quince o veinte años, los que Bukowski se llevó a la tumba. Yo no volvería hoy a ellos y quizá nunca jamás, pero tampoco me arrepiento de haber sido Bukowski, haber tenido en su momento una personalidad tan áspera como la suya, haber dicho las netas con todas sus letras, haberme batido a golpes más de cien veces, quizá cientos de veces, y seguir completo. Finalmente, como he dicho en otros lados, Bukowski era mejor bebedor que escritor, mientras que a mí, por el contrario, el alcohol sí me hizo estragos, mermó para siempre mis posibilidades, sobre todo físicas, pero no quiero lamentarlo, sino confirmar en todo caso que bebí antes de tiempo lo que podía beber en toda mi vida, que acabé demasiado pronto con la parte que me correspondía, que no era cualquier cosa, y sigo en pie.

Lo que necesito ahora, para no recaer en el abismo del alcohol ni asesinar a nadie (hay que preverlo, para no pisar la cárcel, aunque hay seres de tal calaña que merecen morir a golpes), son unas vacaciones.


Y fui Bukowski: Primera parte

bukowski en sepia

En la ciudad que llevo dentro

La casa estaba rumbo a la periferia de la ciudad, en una zona física y socialmente alta. Me fui de allí borracho a las dos o tres de la madrugada y manejé calles abajo hasta una cañada que me llevaba de nuevo hacia arriba. A saber si advertí el error antes o después de que acabara el camino; lo cierto es que intenté dar vuelta en un punto angosto y el carro cayó de frente en el arrollo seco; traté de sacarlo en reversa, pero no era posible; lo empujé casi cargándolo y tampoco. Surrealismo aparte, las cuatro llantas habían perdido contacto con el suelo. Para salir a pie de la boca del lobo en horas que matan gratis, metí la muñeca derecha a las asas de una bolsa de plástico y empuñé por el cuello una botella de ron jamaiquino, como arma defensiva, que sentí efectiva y hasta ganas me dieron de romper la cara y la cabeza de alguien. Caminé por la terracería sin alumbrado público entre casas pobres y sentí que alguien caminada detrás, así que preparé la defensa y el contraataque, y giré: un perro de raza mestiza y relativamente grande me seguía, tenía tres o cuatro años de edad y, con expresividad entrañable, parecía decirme: déjame acompañarte y ser tu amigo; me acompañó y fue mi amigo hasta el pavimento con banquetas y luz eléctrica, cerca del Anillo Periférico. “Aquí nos separamos: yo sigo mi camino y tú vuelves a casa”, le dije, y el perro entendió. No habré caminado mucho más cuando pasó un taxi, lo detuve y abordé; pedí que me llevara a la Zona Rosa y, en el camino, surgió una plática sobre las ventajas de ser, no taxista, sino dueño de un taxi, y tan entusiasmado estaba el chofer que, llegado a mi destino, le pagué, pero él no dejaba de hablar sin apagar el taxímetro; lo recuerdo joven, alto, atlético; le ordené muy macho que se echara un buche a pico de botella y obedeció, cuidando que no hubiera moros en la costa. Ya no era hora de moros ni de cristianos en la Zona Rosa y, como debí prever, estaban cerrados todos los lugares que me interesaban en ese momento, así que me lancé hasta Garibaldi, esperando que pasara otro taxi en el camino, hecho que nunca sucedió. Llegué caminando al corredor principal de los puteros al amanecer y, una vez allí, dos patrulleros exigieron que me cayera con lo que yo quisiera caerme para que no me cargaran por beber en la vía pública, según su versión; parecían imitar la experimentada corrupción de algún compañero curtido en la práctica, ejemplo a seguir, con el tono de cinismo propio de quien aplaude la deshonestidad (muy mexicano todo), así que los mandé olímpicamente al carajo, y el más joven me dio de patadas en las rodillas, esperando que yo cambiara de actitud, pero logró lo contrario; hasta risa me dieron sus patadas y eso le pudo más de lo confesable; me subieron a la patrulla entre los dos con una ira desproporcionada, y el de las pataditas consiguió un vaso en el antro más próximo y de mayor confianza para presentarlo en la delegación de policía como evidencia de mi “falta”. Nunca dejé de burlarme con hiriente sorna y risa ruidosa, pero al final perdí seis horas en una jaula que apestaba como la podredumbre que, llamándose país con orgullo y alegría, si acaso hace algo, es engendrar seres de la peor especie y perpetuar todos sus males; también perdí la botella porque el juez decidió que “no, eso no se devuelve”.

***

La ciudad que llevo dentro como extensión sicológica del tiempo que viví en sus entrañas hasta entrañarlas a mi vez con singular masoquismo y la reciprocidad propia de una relación destructiva, como el reflejo infinito de un par de espejos, uno frente al otro, me desborda y arrasa con el vacío de la tierra en donde germina la proliferación de negocios funerarios y templos evangélicos, la permanencia de cadáveres caninos y felinos al aire libre para que se ventilen, y montañas de tierra y cascajo en las calles y los terrenos baldíos junto a las casas habitadas, para culpar después al ventarrón de que vivamos enterrados entre moscas panteoneras y humedad que atraviesa los pisos y las paredes. Huichapan se llama esta peste.

La ciudad que llevo dentro despierta de noche para desandar distancias y remontar ausencias cuando la nostalgia duele como aglomeración de soledad en las horas de asedio pestilente, y cuando la estridencia demagógica de un nacionalismo fanático, valga la redundancia, rompe mi sueño en el milagroso instante de su apogeo, como ataque pirotécnico al cenit.

La ciudad que llevo a flor de piel es piel de asfalto, piel de mujer, muslos montados en los míos, con tequila o mezcal en abundancia de por medio, y cerveza en cantidades industriales, la que podamos beber sin dormir durante cuatro días y sus respectivas noches en el tapanco, hasta domar la neurosis, la percepción innecesaria del peligro en ciernes y de la saturación odorífera bajo la blusa y el calzón, estación de fluidos, en el tránsito insomne y etílico y social a la tolerancia igualitaria de la concurrencia “entablada”, el encuentro de las putas en reposo con los hígados en acción.

***

Si hubiera nacido mujer, seguro habría sido prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo, las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía quería conservarlo para mí.

Charles Bukowski

Bukowski en acción

El tapanco era una pequeña madriguera en donde concurría, durante 24 horas al día, siete días a la semana, fauna sumamente diversa: putas de traje, putos en minifalda, matones de pacotilla, estudiantes… Entre los personajes de planta, que parecían vivir allí o ser parte de la decoración, destaca la china que llamaban entonces Marta Sahagún, no porque se pareciera, sino por algún aspaviento de sus relaciones políticas; destaca también el bolero largo, violento y demente a quien conocí con el nombre de Bin Laden (cuando yo era el tal-Iván), cuya novia inexplicable por su intelectualidad era físicamente atractiva y gozaba de un cándido encanto (más bien lo gozaba yo), pero tenía prohibido beber alcohol y, en espera de que llegara su garañón, se abstenía también de hablar con nadie; leyendo y tomando notas, sin más consumo que un refresco, en apariencia desdeñosa y hermética, resultaba un elemento discordante, hasta el día que rompí el hielo en ausencia de Bin Laden, enviándole mensajes escritos en servilletas a un metro de distancia, y logré que bebiera y compartiera conmigo sus lecturas, pero llegó el bolero grande y, al verla bebiendo, enfureció y amenazó con darle una golpiza, y le dije tranquilo: No vas a golpear a nadie, así que mejor te calmas y te sientas por allá en donde no molestes ni te moleste nuestra plática mientras nos acabamos esta caguama y quizás una más y luego otra. Para sorpresa de todos, Bin Laden obedeció y me dejó el campo libre, y yo senté un precedente muy comentado por los demás en adelante.

Otro día, llegaron dos mujeres vestidas con saco y pantalón, de modo que nomás les faltaba la corbata, y una de ellas era la china y la otra, una década más joven, con una melena exuberante y un portentoso tetamen, era Fany; subieron al tapanco y bebieron de su caguama en vasos, con la misma elegancia de su presentación, así que mi amigo en turno y yo las abordamos y ellas cedieron; Fany pidió una sopa instantánea por la que pagué diez pesos y, una vez que la comió, se puso de pie, y acaricié sus muslos por encima del pantalón, y tomó asiento en mis piernas, y froté sus caderas, y se contorsionó y cambió de posición para quedar frente a mí.

-A ver, qué tenemos aquí -dije, desabotonando el saco.

-¿Tenemos, Kimosabi? -preguntó ella, impidiéndome continuar.

-¿Qué tienes aquí?

-Lo mío.

-¡Déjame ver!

-No. ¿Por qué? A poco vas a enamorarte de mí y te vas a casar conmigo.

-No creo que sea para tanto -dije, abriéndome paso con una destreza tan sutil que yo mismo no me conocía, y el saco se abrió, y debajo del tetamen había unas lonjas de tamaño aproximado con una blusa blanca encima, y toqué lo que me interesaba sin hallar resistencia, y de ahí al beso también accesible y placentero. Ella hacía pequeñas pausas con sonrisas adormiladas.

-¿Me esperas? -preguntó repentinamente demacrada- Voy al baño.

-Claro que te espero. Si quieres, te acompaño.

-No hace falta.

Se levantó, comentó con la china que yo le caía bien porque era buena onda, bajó al baño y no regresó. La china dijo después que ya me conocían, que años antes yo tenía un Mustang convertible y era novio de una mulata, que iba por ella al antro donde las tres bailaban “encueradas”. Un travesti compulsivo y sucio, que había desistido por fin de su acoso y la insistencia de sacar mi chóstomo de la bragueta para metérselo a la boca, preguntó de qué tamaño era, y la china respondió indicando un tamaño con los dedos, como si realmente conociera mi anatomía. ¿Tendría yo un doble? Con el tiempo, la china y yo nos hicimos amigos y, cuando le pregunté por Fany, me informó que estaba en el Reclusorio Norte por haber matado a un tipo, cortando su cuello con un vaso roto. A diferencia de Fany, la china tenía un busto mínimo, pero era hipersensible a los tocamientos, especialmente allí. Cuando yo metía una mano, ella cerraba los ojos y gemía con tanta fuerza que hasta espantaba.

-¿Por qué te excitas tanto? -le preguntó alguien demasiado simple.

-Porque soy mujer -respondió ella en justa correspondencia.

***

La ciudad que, noctámbula, crápula, iluminada con halógeno público y neón privado, me invade ahora como una obsesión insomne, como síndrome de abstinencia y soledad acumulada, me gusta despeinada y sudorosa. La ciudad que, abstemio de bebida espirituosa y escanciada como cálida caricia de cuerpo líquido en la garganta, ebrio de misantropía y soledad acumulada, recuerdo ahora, vuelve y devuelve al silencio de la noche un rumor de ambulancias y patrullas de la policía, como canto de sirenas a la deriva.

La ciudad que hace algún tiempo exportó a Huichapan su mierda en abundancia con descentralizada generosidad y Huichapan la importó con mucho gusto y absoluta indignidad, hiede hoy en los alcances de mi percepción, cuando he perdido la cuenta de los años que llevo sin beber ni una gota de alcohol, salvo acaso el que adereza los pasteles de moca y chocolate, aquí, donde cumplí cuarenta meses sin vivir más que la muerte de vivir muerto la monotonía y el vacío de la muerte en vida.

(Continuará…)

Charles Bukowski

 


Nocturnos

De putas a gatas

La segunda botella viene acompañada por la música de un disco y mi canto de borracho a todo pulmón. Entonces ella sale por la ventana del departamento y baja por la escalera de incendios. Un estrépito de botes metálicos y botellas de vidrio en la basura precede al tráfago de los gatos en orgía de plenilunio y rompe la inspiración de mi solitaria bohemia. Guardo silencio y un escalofriante maullido que parece llanto de bebé humano rasga las paredes del edificio y estremece, para mi sorpresa y espanto, el remanso de la noche. Horas después, al tocar fondo, caigo rendido en la cama o duermo en el sofá, o sentado en el sillón o mi silla de “trabajo”. Ella regresa por donde se fue y se acurruca en mi regazo, ronronea mientras ronco y sueño con mis lejanas correrías por la ruta de la degradación anímica en tugurios de mala muerte y vida peor, antros de vicio y perdición, lupanares de putas en reposo y rachas etílicas y depresivas, mis travesías de la misma índole por oscuros refugios del odio, que terminaban hasta despertar en esta morada siempre con amnesia, resaca y una puta gata junto a mí.

Demonio con templo

Una muchacha de angelical belleza entra bajo un rebozo al confesionario y, con levedad táctil, desliza los delgados y ligeros tirantes del vestido negro y escotado, haciéndolo caer al piso; no lleva ropa interior debajo y es la encarnación de la voluptuosidad en flor. Una mano grande y huesuda entra por la ventanilla y palpa la carnosa y húmeda fruta, objeto del pecado, entre la vellosidad. La muchacha libera una exhalación musical, y el confesor exhibe una mirada roja como diabólico destello en la penumbra, una lengua reptiliana con doble punta y una expresión de lascivia que babea sobre la pútrida grasa de la cara decrépita y el sudor del instante, seca sus largos y artríticos dedos con un pañuelo color sangre, y sentencia: “Tu penitencia, hija mía, será un conjuro brujeril en la oscuridad nocturna, diez minutos de oración al Maligno y volver aquí a medianoche”.

-Sí, padre -responde la muchacha en tono de virginal beatitud, devolviendo a su cuerpo blanco el vestido negro.

Días de noche

Al caer la noche, su peso aligera el de la vida con el paso del crepúsculo a la oscuridad, la ensangrentada muerte del día y el parto simultáneo de su legado, sangre y muerte como paradójica fuente de inmortalidad vampírica, origen de su acuidad. Al caer la noche y surgir el silencio, comienzo a despertar y termino de hacerlo seis horas después, cuando escucho en lontananza el romántico rumor de un viejo tren como paso del tiempo al recuerdo nostálgico en la memoria, reminiscencia de antigüedad en movimiento que, durante la noche, la mantiene al día. Despierto en el silencio de la noche, cuando termina un día y comienza el siguiente, viajero en el tren a través del tiempo, tres horas antes de que un perro ladre hasta las cuatro de la mañana y despierten también mis impulsos asesinos, el llamado instinto de conservación que mata para vivir… Ojalá murieran ahogados en el fango de su miseria los mortales, para comodidad de los inmortales que padecemos a diario la mediocridad de su existencia, pero en la vida real los vampiros son ellos.


La ruptura

-¡A mí no me hablen de su pinche Dios! -espeta un personaje de sexualidad ambigua y voz adrenalínica, pisando con furia las escaleras que suben al tapanco, donde los comensales, cerveza en mano, escuchamos atónitos su grito y lo vemos entrar con una borrachera de antología; parece que su falda, mínima de por sí, encogiera con los días hasta reducirse al tamaño de un cinturón de tela; hirsuta como su personalidad, la greña es un cúmulo de mugre y, no menos desastroso, el rastro de lo que alguna vez fuera maquillaje dibuja un mapa de la ruina como punto de partida y arribo, causa y efecto de la inercia depresiva, etílica, insomne, la crisis de soledad que, desde su acumulación de odio a la gente, provoca el odio de la gente, hasta el intercambio de violencia en todos los sentidos.

-¡Huevos, pinche bola de putos! ¿Qué me pinche ven, pendejos? Les voy a dar una pinche putiza, culeros. ¿Qué pedo? ¿Tú de qué te ríes, pinche niño castrado por tu puta madre?

Un borracho facineroso con aspecto de cargador de La Merced en su día de asueto se levanta con la evidente intención de propinarle una golpiza de su tamaño al personaje que lo insulta, cuando recibe un empellón hacia el barandal, el barandal se rompe y el borracho cae con estrépito expansivo sobre la barra de la planta baja. Todos nos levantamos de nuestros asientos, y el personaje nos rocía de gas pimienta. Alguien arroja una silla de madera pesada con destreza militar en día franco a la cara del recién llegado. Otro intenta lo mismo, pero yerra el golpe y lo recibe un tercero en disputa, cuyo amigo rompe una botella en la cabeza del segundo en justa correspondencia. La trifulca pierde forma y proporción. Todos golpeamos a lo que se mueva con lo que haya a mano como única forma de protegernos. Cuando logro bajar por las escaleras, auxiliado por una puta entrada en años a quien apodan La Gaviota, siento flaquear las piernas y ruedo. Una vez abajo, embadurno la sangre que moja mi frente y la que mana de mi nariz. Aturdido y golpeado en la rodilla derecha, el codo y la muñeca del lado izquierdo, mientras otro borracho cae a mis espaldas sobre la barra desde el tapanco, salgo en zigzag a la calle, y dos azules me someten. De ahí a la julia y luego a la jaula.

-¿Conocías a Bambi? -me pregunta en su turno el juez calificador.

-¿El cervatillo? -pregunto a mi vez.

-¡El travesti que inició el pleito en la cantina! -grita energúmeno el interrogador.

-No lo conocía, ¿por qué?

-Está muerto: una botella rota le cortó el cuello.

La noticia me deja sin habla. No sé qué decir. Así se rompe un círculo vicioso, reflexiono. El juez ordena que me lleven de regreso a la jaula. Y aquí me tienen, en espera de que un peritaje identifique al asesino de Bambi por medio de las huellas dactilares en el arma homicida, si acaso no sucumbió también. Los compañeros de juerga me llaman ingenuo por esperar algo propio del primer mundo en un país de cuarta, imperio de arbitrariedad en todos los ámbitos, inclusive los que se abrogan la categoría de institución y autoridad.