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Más poemas breves

Entelequia

Si el cuerpo que habito
más que mi casa
fuera un puerto
y el alma fuera un barco
y el universo mar
zarparía sin recuerdos
al planeta que miro y me mira
todas la noches
cuando la imaginación
transgrede la distancia
con el arte de lo imposible
desde mi utopía

Delirios

Quiero poblar de plantas
el interior de un espejo
y sembrar palabras en el silencio
para cosechar colores
que bailen en los ojos
de un niño ciego

Quiero tatuar el aire
con el dibujo críptico del cielo
encerrado en las alas
de una mariposa nocturna
para disecar su vuelo

Quiero enjaular el vuelo de las horas
para causar la muerte del tiempo
y encausarla por la oscuridad
de su carcelario pabellón
hasta un agujero negro

Ruptura

Endecha de las horas
que musitan la música del viento
como lamento de violín
en la noche primigenia
susurro de las estrofas
entre suspiro por la herida
y reproche de mirada
colmada por la lluvia
el tiempo sangra
se desangra
respiro gotas de sangre
como lágrimas del techo
que transpiran las paredes
manantial de soledades
soliloquios delirantes
deprimentes
el canto de los pájaros es hielo
en el frío de la parálisis
hay que romperlo todo
para empezar de nuevo
que así sea

Confesión

Memoria que naufraga en la playa del olvido
recuerdos que se rompen contra los acantilados
mi barco encalla entre arrecifes de rencor
estoy anclado

¿Cómo hacer del naufragio mi refugio?
¿cómo hacer del insomnio un incendio?
¿prendo fuego a las cortinas
al ocurrir el milagro del sueño?

Prefiero subir al barco de la muerte
para que me lleve al otro lado de la noche
y encontrarme allí
con Alejandra Pizarnik

Cirugía mayor

Para triturar la piedra de la tristeza
que mora en tu mirada
y extraer del alma
el émbolo del insomnio
y curar la tiricia
que acaricia la idea
de hallar alivio
en el suicidio
de la muerte en vida
esa muerte que dura
lo que tarda en llegar
a veces demasiado
la segunda muerte
la definitiva

Proyecto

Cuando pierda la vista
y el oído y el olfato
y el tacto y el gusto
y el buen gusto
la sensibilidad
la percepción
cuando esté muerto en vida y no lo sepa
me sentaré a fumar
beber coca cola y comer chatarra
frente al televisor

Cuando ya no tenga dientes
ni cabello
y mis entrañas
estén llenas de ruido
y mi sexo no sea
ni siquiera nostalgia
de la gloria pretérita
por haber perdido
también la memoria
escribiré un escalofrío
y lo llamaré poema

Ostracismo

Quiero escribir un libro que me guarde
que sea mi refugio
mi escondite
que me proteja del mundo humano
de su oligofrenia y su miseria
un libro donde no exista la realidad
esta pesadilla engendrada por la humanidad
un libro que sea inaccesible para ella
un libro que tenga y contenga
su propio universo
mi universo

Niños rata

Los ojos que brillan
bajo las alcantarillas
tienen cuerpos con órganos
para el mercado negro
las ciudades son criaderos
sus dueños son empresas
que cotizan en la bolsa
de precios con acciones
a falta de valores
y de principios éticos
sólo fines de lucro
negocio del ultraje y del estupro
una vez exprimido
el producto se vacía
y sigue dando jugo

Epopeya

Narra la historia
del monte Vesubio
desde su nacimiento
hasta las últimas noches
de Pompeya
los negros capítulos
que siguen
son páginas en blanco

Incoherencia

Mi cama vuela en parvada
con otras camas gregarias
en los sueños de sus dueños
y en los míos
crece una crisis larvada
bajo el cielo de los parias
entre nubes y risueños
caseríos

FIN

 

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La solución final

La noche parecía de papel,
un globo de Cantoya proyectado,
luz de aurora polar en agonía,
fenómeno envolvente,
cuando se abrió de pronto a nuestros pies
la boca del averno
con la voracidad de un cocodrilo
—coprófago y omnífago—
del tamaño de Marte,
y engulló cuanto había de construcción humana,
se tragó las maquetas de los dioses mutantes
y brotaron dragones, rayos de aves,
hipogrifos y grifos, estirges, cocatrices,
cucarachas gigantes,
víboras como cuellos sin cabeza,
monstruos como extensiones del subsuelo,
cada cual un cordón umbilical
sin más cuerpo que un ojo,
cuernos de caracol a gran escala,
pero sin caracol
y no menos babosos.

La noche asimiló a su oscuridad
el doloroso parto del engendro gestado
bajo tierra
para sustituirnos,
un mundo acumulado en las entrañas
del planeta indigesto, plagado hasta la náusea
de todos los volcanes, océanos y cielos,
de todos los abismos al acecho,
las tinieblas de lava incandescente,
cual sangre planetaria,
catástrofe volcánica, hecatombe,
catarsis necesaria, inevitable,
cosecha de milenios en que la humanidad
destruyó cuanto pudo por imbecilidad,
brutal metamorfosis de la era:
de la llamada civilización
ni el más mínimo rastro quedó en ninguna parte,
de su expansión enferma y enfermante
ni siquiera recuerdos sobreviven,
mucho menos metástasis.

¿Daños colaterales?
Ni quien se haya enterado.

En donde había guerras, epidemias,
miserias regionales y globales,
religiones, pasiones futboleras,
fumadores,
capital financiero, dispositivos móviles,
corre ahora un raudal
de fuego igualitario, llamas depurativas;
en donde gobernaba la codicia,
la estupidez extrema, la opresión, la injusticia,
las armas asesinas y las cárceles,
morarán manantiales, veneros y pantanos,
poblaciones de magia, flora y fauna de fábula,
donde también respira la corteza terrestre,
se genera y palpita la savia del otoño,
proliferan crisálidas
y huevos transparentes,
crece vegetación exuberante
de planeta salvaje,
vidas cálidas.

Átomos de la industria farmacéutica
y el otro narcotráfico
se dispersan ahora en gestaciones
de montañas y nubes
que pasan por debajo de las cimas
y llueven sobre ríos y los nutren
del agua que a su vez
alimenta la tierra en donde crecen
los árboles más grandes y nobles del planeta.

Si había bosque intacto quedó intacto,
si había selva intacta quedó intacta,
pero la evolución de las especies
emergentes
ocupará también esos espacios.

La justicia del toro torturado
superó a la del perro,
hizo suya la causa de la foca bebé,
de las presas de caza,
de los seres sin casa,
desahuciados,
la sentencia del pájaro sin árbol,
sin aire y asfixiado,
la del árbol talado,
mutilado,
la del bosque arrasado por el depredador
que amenazaba el cosmos,
la del mar inundado con basura,
la del yaciente valle bajo deshechos tóxicos,
yacimiento infestado por otro yacimiento,
la del aire viciado, convertido en veneno
por la peste parásita,
destructora del hábitat
en nombre del progreso entre comillas,
con gusanos de acero
que abren paso al cemento
y al neblumo.

El cambio radical fue literal,
la solución final fue visceral:
la destrucción acaba con la destructividad
y el tiempo se hace polvo de murciélago
que dormirá en las cuevas de sueños olvidados,
el hielo se hace música de lobos,
azufre la esperanza y la espiral
de males perpetuados por círculos viciosos,
la soledad es humo azul y malva
que vuela en el enjambre de las sombras
hacinadas,
y sopla un viento agudo, hálito, aliento
de inasibles dragones, aire nuevo
y arrullo de las aves milenarias,
aura del mundo acuático y terrestre,
campo abierto al relámpago,
cielo abierto al infierno, que ha de cambiar también
con la fusión orgánica.

Un barranco abismal
abrió y cerró sus fauces
de famélica bestia con hambre subterránea
y enterró para siempre nuestro mundo
que, ahora sepultado, se asimila,
degradación biológica en simiente
de materia que gesta otra materia
y otro mundo;
la sustancia inorgánica
será objeto fundente
de actividad volcánica
en la fragua candente
al centro de La Tierra,
telúrico epicentro de crisis que sanea,
cataclismo que acaba con desastres mayores;
fosa común del mundo es el barranco
porque llamamos mundo al mundo humano,
cuya soberbia es tanta
que negamos la vida de otros mundos
en el mismo planeta,
ni hablar de otros planetas,
mucho menos pensar otras galaxias.

Dinosaurio y humano en el pretérito
sin huella, sin legado, sin memoria,
barridos y borrados por la furia
de un viento inexorable,
para la nueva era son lo mismo,
su extinción los hermana.


Micro realidad

El legado

Había una pareja que, a partir de su identificación ideológica y sus fuertes lazos de unidad, se puso un membrete panfletario para participar en el lucrativo negocio de la prostitución política; tuvo muchos vástagos y, con el paso de lustros y décadas, uno de los hijos se unió a la causa de los padres, de modo que la organización creció y siguió creciendo cuando, al paso de más lustros y décadas, uno de los nietos se unió también a la causa de los abuelos, y vino el homenaje a la perseverancia y la tenacidad, la unidad inquebrantable, los principios y los fines, todo inflexible y puro en teoría. La pareja fundadora de la organización murió al pie del cañón, en pie de guerra, y su legado es conocido por las nuevas generaciones de activistas que ven el imaginativo membrete de panfleto en las redes sociales, con cuentas administradas por el hijo y su pareja, el nieto y su pareja. “¡Seguimos unidos y cada vez somos más! ¡La lucha sigue! ¡Venceremos!” –reza el perfil de la empresa.

El anatema

“Pero queremos dejar claro –dijo el gran líder– que nos referimos a la prensa y no a la policía con gafete de prensa”. Entonces todos aplaudieron con entusiasmo fanático: frenético y estridente, incluidos los incontables emisarios de corporaciones policíacas y militares que trataban de pasar desapercibidos; sólo se abstuvo alguien por disentir de la fórmula discursiva y advertir su fracaso, alguien que ahora es señalado por todos desde la sombra: ¡Policía!

Los universitarios progres

Reunidos en Sanborns, llevaban puestos blue jeans Levi’s y tenis Nike, y fumaban Marlboro en el área de fumadores; pusieron sus dispositivos Apple en la mesa, pidieron Coca Cola y Banana Split, y se aventaron cinco horas disertando en tono yupi sobre la vigencia del marxismo y la revolución socialista.

El amor obligatorio

–¡Debes amar a tu país! –sentenció el profesor de civismo, señalando con un dedo flamígero el rostro de su alumno, a quien inculcan “amor” desde entonces con la hiriente disonancia de tambores y trompetas, obligándolo a marchar en solemne ceremonia de corte militar, cuando él todavía no despierta del todo, pesadilla semanal que recordará con rencor durante décadas, una vez liberado, y optará por el odio y la violencia retroactiva como efecto directo, no colateral, de asociar el verbo “amar” con la imposición de nociones demagógicas y vacuas, obligaciones irracionales, así como el sustantivo “país” con ausencia de contenidos y significados reales, acumulación de vacío y verborrea, y preferirá vivir por su parte a morir por la patria.

Degradación privada

El Chupacabras vendió Telmex a su prestanombres, que primero reemplazó a los humanos por máquinas y luego contrató a miles de autómatas infrahumanos que, además de creer en el mito de la infalibilidad sistémica y obedecer a ciegas, son baratos. Desde entonces, mi contestadora telefónica recibe hasta diez llamadas que, a veces con voz grabada, me cobran durante una semana o más, después de que pago muy caro por un mes de servicio incompleto y pésimo.

(Esta historia continuará…)

Democracia

Érase un restaurante llamado México en el que había dos opciones de bebidas: Coca Cola y Pepsi, pero algunos comensales no querían beber eso; entonces Coca Cola se mezcló con Pepsi y surgió así «la izquierda»; luego Pepsi mezclóse con Coca Cola y surgieron los «candidatos independientes»; unos cuantos millones de pendejos creyeron ser electores de sus bebidas; los dueños del restaurante les dieron a comer mierda, y ellos bebieron y vivieron infelices para siempre. Fin.

Perpetuación de la enfermedad

Hubo dos candidatos en la elección municipal. El primero declaraba: “Soy orgullosamente mexicano; amo a mi país”, mientras el segundo espetaba: “La naturaleza del mexicano es una porquería y por eso México perpetúa todos sus males, en vez de erradicarlos de raíz”. Como era previsible, el candidato nacionalista ganó con el cien por ciento de los votos, y el oponente confirmó el acierto de su diagnóstico.

El votante

Al ensuciar su dedo, limpió su conciencia y, cuando despertó, el dinosaurio era él.


El demente

Érase un candidato a presidente de México que, para acabar con la corrupción, ofrecía perdonar a los corruptos y, para acabar con la violencia, ofrecía perdonar a los capos del crimen organizado, y todo era perdón en su programa de impunidad llamado Proyecto de Amor y Paz 2018.

Calabaza

El 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, se registró AMLO como candidato del partido Morena del Tepeyac y envió una carta a los Reyes Magos en la que decía: “Prometo ser buen priista si me dejan llegar”. Pero llegó el esperado 6 de enero y San Peje se quedó esperando su regalo.

La contienda

–¡Respetable público: Lucharaaán a dos de tres caídaaas sin límite de tiempo, en esta esquinaaa el PRI original y, en esta otraaa, su copiaaa “morena”!

En campaña

Un escalofrío invadió mi cuerpo al ver el Zócalo infestado por una desbordante y aplastante masa de zombis. En el templete, los arengaba El Peje.

Masoquismo

La moda zombi alcanzó tal desproporción que, en México, por ejemplo, formaron partidos políticos y ganaron todas las elecciones.

En México

La epidemia zombi se generalizó y terminó por identificar y unir a los infectados, que ahora la llaman nacionalismo.


Obnubilación

El Maratón Guadalupe – Reyes fue creado por el Diablo para que sus abyectos súbditos en México pudieran engendrar la nueva Ley de Seguridad Interior, también llamada Ley de Represión Interior, pues en vísperas de la próxima sucesión presidencial no estaba programado ningún partido de la Selección Nacional de Futbol.

Mucho gusto

Aquí entre sicópatas, me presento: Causé un genocidio con 121 mil 683 personas asesinadas y más de 26 mil desaparecidas en seis años, según cifras oficiales, y ahora pretendo que mi cónyuge (una buena para nada que ni siquiera sabe hablar) lo continúe.

No es cuento

Los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki tuvieron una réplica mexicana que duró dos sexenios con el nombre de «guerra contra el narcotráfico», un número similar de bajas mortales y 38 mil desaparecidos, pero en versión perpetua y empeorada, pues México se acostumbra siempre a lo que sea y terminó legalizando el genocidio y la barbarie.

Desvergüenza

El Partido presentó en comisiones y al pleno de la Cámara de Diputados un proyecto de Ley para la abolición de la vergüenza y la conciencia, castigando con cárcel y elevadas multas a quien fomente sedición informativa y pesquisas morales cuando atenten contra la falta de principios y valores éticos. [1]


El innombrable

Érase un país tan pobre que ni siquiera tenía nombre ni cultura propia y tan loco estaba el pobre que solía confundir su demencia con democracia.


1. Premonición: Días después de publicado este microrrelato en Tuiter, el Senado de la República devolvió a la Cámara de Diputados el proyecto de Ley de Seguridad Interior, también llamada Ley de Represión Interior, y la Cámara baja envió a la Cámara alta un proyecto de «Ley Mordaza».


La bestia oligofrénica

Hoy a mediodía hice ejercicio totalmente desnudo en mi patio delantero y recordé la película Capitán Fantástico, cuando Viggo Mortensen bebe café también desnudo en un parque público y unos ancianos lo miran. “Se llama pene”, les dice Mortensen; “usted también tiene uno”. Yo recordaba eso, que me hacía pensar a su vez en la desnaturalización de algo tan natural como la desnudez, cuando salió de su casa el vecino que llamo la bestia oligofrénica, calculé que subiría a su carro y se iría sin verme, pero en vez de irse avanzó, me vio y cometí un segundo error: entrar a mi casa como si tuviera algo que ocultar. Entonces la bestia gritó: “¡Voy a poner mi queja en la presidencia (sic) porque no es posible que hagas esas majaderías!” Asomé por mi ventana y respondí, también gritando:

–¿Para qué me avisas? ¡Córrele! ¡Y no olvides decirles que dejas montones de basura en mi puerta, remueves la tierra del empedrado y la dejas en la banqueta, invades mi patio y echas comida por mi ventana!

La bestia se puso a gritar algo que no escuché porque yo seguía diciéndole, tratando de gritar más fuerte que él:

–¡Corre a decirles que encementaste el empedrado de la calle y construiste jardineras en la vía pública sin consultar a nadie, que tu árbol invade mi patio y deja caer duraznos podridos!

Ninguno de los dos dejaba de gritar ni nos escuchábamos y todavía me quedaba un arsenal de quejas y hasta de amenazas cuando la bestia se largó por fin. Ya no le recordé que su hija con parálisis cerebral arrastra muebles a las cuatro de la mañana, escucha el televisor a todo volumen y hace clic hasta dos horas consecutivas en un apagador, y que él poda su pasto con podadora eléctrica cuando yo intento dormir. Tampoco le recordé que mi perra Naomi perdió el ritmo alimenticio y enfermó porque presumiblemente él arrojó comida descompuesta, quién sabe cuántas veces, cuando ella vivía en el patio trasero. En fin.

Me bañé en chinga y salí a pagar el agua con ganas de toparme otra vez a la bestia para decirle que, si vuelve a dejar su montón de basura en mi puerta, la arrojaré a su patio. Cuando regresé, allí estaba su coche de nuevo, pero no nos topamos. Hice jardinería durante dos horas (con ropa deportiva y tapabocas, ni siquiera pantalón corto) y pensé que, por suerte, no se me ocurrió decirle:

–Córrele a poner tu queja en “la presidencia”, pero no me avises porque me da mucho miedo, mucho miedo, mucho miedo.

Seguro que no habría entendido mi burla, pero sabiendo que me escucharía, podando el pasto con tijeras, en la barrida me puse a cantar: “Cuidadito, cuidadito, cuidaaaadito. Me vas a matar de un susto y no es justo, porque yo sufro del corazón. Cuidadito, cuidadito, cuidaaaaaadito”.

Del incidente saco muchas conclusiones; entre ellas, que la imbecilidad suele ser sorprendente, no tiene límites ni remedio que no sea la muerte (tampoco estoy amenazando, consigno un hecho objetivo), y suele haber un egoísmo absoluto en la imbecilidad extrema, y absoluta deshonestidad. Al oligofrénico no le importa que sus pendejadas afecten a otros, pero hace un escándalo rabioso por nada, en este caso, porque me ejercito desnudo en mi patio, calculando que nadie me ve…

¡Qué atrasado está México y el mundo! Y Huichapan es un pueblucho muy representativo de ese atraso y de la pequeñez infrahumana. Quizá las “normas comunitarias” de Facebook están inspiradas en esta mojigatería gritona.

Acerca de “la presidencia” y la autoridad que le atribuye la insignificancia pueblerina-provinciana, mejor no digo nada.

Tengo cinco años y medio sin vacaciones y cómo extraño Zipolite. ¡Ya me urge!


Crónica indignante (continuación)

Juchitán de Zaragoza, Oaxaca. Sábado 14 de octubre. Vicente Marcial Cerqueda, como dijimos en la primera entrega, es presidente de un comité ciudadano que fue constituido junto con otros 67 para recibir y repartir en total 19.5 millones de pesos entre la gente con casas gravemente afectadas por el terremoto del 7 de septiembre, como “apoyo de empleo temporal” que consiste en 2 mil 370 pesos para cada familia.

Más conocido en su pueblo como Chente Marcial, el también lingüista y promotor cultural se prepara para salir de casa y llegar puntual a la cita, cuando recibe una llamada: Liz Rasgado, también presidente de comité, le propone una junta inmediata entre los representantes ciudadanos de la cuarta sección de Juchitán, pues la ha llamado un tal Miguel Ángel Olmedo Cárdenas, funcionario del gobierno estatal, para decirle que todavía no llega el dinero y que habrá que recogerlo en algún lugar distinto a Juchitán.

Los seis presidentes de comité que llegan a casa de Chente traen información encontrada. Unos dicen que les han llamado para que vayan con la gente del gobierno estatal a la base aérea militar de Ixtepec, a donde los habían llevado un día antes para nada; otros dicen que los llamaron a firmar más documentos dizque necesarios para obtener los recursos.

Chente Marcial, en cambio, nunca recibe alguna de esas llamadas. Alrededor de las diez de la mañana, alguien llama de nuevo al teléfono móvil de Liz Rasgado para decirle que debe convencer a todos de ir a la base aérea militar. Todavía reunidos en casa de Chente, los siete representantes de la cuarta sección acuerdan negarse a firmar ningún documento más y exigen a los funcionarios que, en cuanto tengan el dinero, les avisen para que se presenten ellos en las mesas.

Mientras tanto, la gente que tenía dos días formada cuando la dispersó el temblor de 5.5 grados ha vuelto a formarse desde las ocho de la mañana. Y, entre la fila, corre un rumor: “Chente Marcial se niega a ir por el dinero y por eso se está retrasando el pago”. La gente empieza a alborotarse. Las mesas de la cuarta sección están instaladas a una cuadra de la casa de Chente y la gente sabe que los presidentes de comité están reunidos allí.

Liz Rasgado se comunica con Miguel Ángel Olmedo para exigir que dejen de jugar y les informen exactamente qué pasa con el dinero. El funcionario responde que todavía no llega Cometra, la empresa contratada para el “traslado de valores”. Liz Rasgado exige que, cuando tengan el dinero, los llamen y, por lo pronto, informen a la gente que espera formada, y termina la llamada con furia juchiteca.

–¡Hay que tener muy poca madre para salir con lo que salen ustedes, de veras!

En las filas de algunas secciones (cada cual recibe un trato distinto), la gente de Paco Piza con Miguel Ángel Olmedo al frente reparte papelitos numerados y hace correr el rumor de que el ayuntamiento le pide a la gente formada regresar a sus casas.

10:45 AM. Alguien llama para informar que ha llegado por fin la camioneta blindada de Cometra y que los comités ciudadanos deben recoger el dinero en el hotel Delice, donde se hospedan las delegaciones gubernamentales.

Los representantes de la cuarta sección salen de casa de Chente y piden un taxi. Debido a que la calle Juárez está bloqueada por escombros, caminan hacia la esquina de la calle 2 de Noviembre y, a unos metros de la gente que espera amontonada, sale una vecina al encuentro con Chente para informarle del chisme que ha corrido a lo largo de las filas: “El responsable de que no llegue la lana es Vicente Marcial, que se niega a ir por el dinero”. Chente advierte que la multitud lo mira. Se retrasa el taxi que han pedido; llaman de lejos a los que pasan, pero todos están ocupados.

Visiblemente preocupada, la vecina pide a Chente y compañía que se cuiden, pues parece que alguien azuza un linchamiento entre las hordas priistas, y Chente responde que los responsables de la tardanza son los funcionarios que usan y engañan a los comités ciudadanos, que esa gente ya tiene el dinero y que ellos van a recogerlo.

Abordan el taxi que habían llamado y que se abre paso entre la multitud; Chente fija la vista al frente con gesto adusto sin mirar a nadie.

Llegan al hotel y son guiados por funcionarios estatales con un federal metralleta en mano hacia el pequeño salón en donde los habían amontonado el día anterior.

Los funcionarios federales son de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat); los estatales, de la Secretaría de Vialidad y Transporte (Sevitra) y del Instituto Estatal de Educación para Adultos (IEEA).

Ahora, en el salón, hay varias mesas y, sobre las mesas, unas bolsas negras con fajos de billetes de 500 pesos. Cada quien recibe 237 mil pesos para que los cuente, pero ellos protestan, pues el compromiso de Paco Piza (todavía ojo de hormiga) era entregar el dinero en sobres de 2 mil 370 pesos.

Los funcionarios exaltan su prepotencia, vociferando que ya dejen de discutir y que se apresuren a contar y llevar el dinero a la gente. Los representantes juchitecos paran en seco a los funcionarios y alegan tener derecho a indignarse por la irresponsabilidad gubernamental y la falta de palabra.

Los funcionarios dicen que han avisado a la gente para que se presente con 130 pesos de cambio, que ya está distribuida por mesa con su número de turno y que tienen disponible un vehículo.

A cada quien le entregan una mochila de Adidas para que meta el dinero contado. Los representantes ciudadanos salen cada uno con 237 mil pesos en su mochila. En el estacionamiento del hotel hay una camionetita Nissan con cabina; las mujeres ingresan adelante y los hombres se amontonan en la batea. Con un millón 650 mil pesos, se desplazan entre promontorios de escombros hasta 2 de Noviembre, esquina con Efraín R. Gómez.

El estand instalado por las “autoridades” da sombra sólo a la mitad del espacio en donde trabajarán dos comités por mesa.

En cuanto llegan, los presidentes informan todo cuanto les hicieron pasar los funcionarios; que haber mantenido a todos en ascuas se debe a esos burócratas. La gente escucha, aunque algunos gritan que se callen y empiecen a pagar ya; son una nube de priistas identificados, artífices de propagar rumores y generar caos a conveniencia.

Los representantes acuerdan que el comité ciudadano haga su instalación formal y, desde ahí, asumir toda la responsabilidad de conducir la entrega de los recursos.

Reaparece entonces, como por arte de magia, un montón de funcionarios estatales, aduciendo que ellos conocían las reglas de operación y, por consiguiente, iban a conducir el proceso. Los presidentes les dicen con firmeza, recuento de agravios mediante, que ya los han soportado bastante y que mejor se mantengan al margen.

La multitud escucha callada esa queja y dirige una mirada de enojo a los burócratas; ellos y sus secuaces gritones se escurren entonces como cucarachas. Cesan los gritos y la gente se dirige ordenada y exclusivamente a los comités ciudadanos.

Una señora se acerca a la mesa con unas hojas en la mano, argumentando que viene en representación de su marido… Un funcionario estatal se acerca también y dice: “Las reglas de operación marcan que…”. Lo representantes ciudadanos, una vez más, lo detienen en seco y le dicen que el comité decidirá, que si él trae consigo las mentadas reglas de operación las entregue para que ellos guíen sus criterios. “Mientras no estén a la vista dichas reglas, nos atenemos al conocimiento de los vecinos para dar certeza de cada caso”, deciden.

Algunos vecinos llevan cartas poder, otros las dos credenciales, otros más sus hojas de seguro popular enmicadas. En casos especiales, los vecinos simplemente dicen: “Viene a nombre de su marido porque si él falta al trabajo le descuentan…” Y en esos casos, los comités deciden que a la persona se le paga. Los funcionarios federales y estatales, callados, sólo miran.

Al final, la fuerza que tiene la transparencia del conocimiento popular, a través del criterio de su representatividad, se impone a las rígidas reglas de la burocracia.

Corre la voz de que los funcionarios estatales quieren tomar el control para quedarse con el dinero que no sea cobrado.

La decisión de los comités ciudadanos es que, si algún vecino no llega, será porque tiene un problema mayor, así que ellos asumen también la responsabilidad de hacerle llegar el dinero a como dé lugar.

Hasta el domingo en la noche, faltaba por localizar a doce beneficiarios, y los presidentes de los comités están dispuestos a remover escombros hasta encontrar a los faltantes.

Sin contar los escasos recesos ni los esporádicos relevos, la gente hizo fila durante 60 horas (para el Record Guiness).

Después del viacrucis causado por su vergonzosa ineptitud, los funcionarios públicos no se han quedado con el dinero sobrante, sino con un palmo de narices. La actitud solidaria de la gente otra vez ha salido avante.


Relatos sucios

Foto de García-Gálvez

Foto de García-Gálvez

Irrealidad verídica

Miguel Badillo, Juan Antonio Zúñiga y yo hicimos escala en un tramo selvático de la cañada para comer antes de llegar a La Realidad. Badillo había comprado 50 pesos de tostadas en la primera comunidad sin calcular que llenarían un costal y no sabíamos qué hacer con ellas, pues ocupaban un espacio privilegiado en el bocho que nos había prestado el matrimonio Avendaño-Villafuerte, cuando algo sorprendente y sorpresivo solucionó el problema. El sonido de unos pasos y gruñidos entre la maleza nos alteró. Las inmensas hojas de las plantas se agitaban. Unos puercos marca Diablo irrumpieron furiosos en el camino real, de pronto invadido por la irrealidad como recordatorio de que todavía no llegábamos a La Realidad. De un salto, nos pusimos de pie, y los puercos aprovecharon nuestra reacción de pánico para atragantarse de tostadas preparadas con frijoles, sardinas, mayonesa y chiles en rajas; batieron todo cuanto dejamos en el piso y se fueron sobre el costal de las tostadas que habíamos dejamos provisionalmente apoyado en el coche. Una vez agandallada nuestra comida, se retiraron satisfechos, no sólo por el atracón, sino también por el susto que nos dieron; en cierto modo, la retirada fue más prepotente que la llegada. Y no bien asimilábamos lo que acababa de suceder cuando escuchamos otros ruidos amenazantes en la maleza: unas gallinas saltaron frenéticas sobre los restos del banquetazo, aleteando y cacareando con histérica estridencia. Menos conscientes de su comportamiento y más grotescas, tan pronto acabaron con lo que podían, siguieron los pasos de los puercos. Badillo, Zúñiga y yo nos miramos sin atinar qué decir y, en cuanto volvimos a respirar, soltamos una carcajada. Los puercos se alejaban tranquilos con las gallinas detrás y nomás les faltaba pedorrearse.

El frígido esperpento

En venganza por una mirada, la profesora de geografía –mujer prematuramente anciana, más deforme y flácida que obesa– llevó al extremo su fealdad con un castigo desproporcionado y fuera de lugar, empuñando el cabello del insolente y osado alumno para zarandearlo con tal violencia que se quedó con el cabello en las manos, antes de obligarlo a cargar sus pesados bolsos de un salón a otro durante horas. Muy caro pagaría la decrépita bestia por ese abuso: Primero encontró ponchadas las llantas, rotos los vidrios y rayada la pintura de su coche; días después, alguien arrancó los faros, los espejos laterales y la antena del mismo coche; luego, alguien escribió palabras obscenas con tinta roja de nuevo en el exterior del coche. Por último, el inconfesable origen de sus fantasías sexuales pasó de los sueños pervertidos y depravados al insomnio con fiebre y ansiedad sin remedio ni control. Al mes de ausencia laboral, la encontraron muerta en su cama con los ojos bizcos, una sonrisa idiota y ambas manos adentro de su húmeda cueva. La baba en abundancia que había manado espumosa de su horrenda boca estaba seca. Un tufo nauseabundo a pescado pútrido y sudor rancio impregnaba el aire. Nadie nunca supo que sus últimas palabras fueron: “Nadie nunca me había mirado así”.

De mi diario adolescente

Un error de cálculo llegó a ser exhibicionismo: se encamaban en la recámara central cuando los demás habitantes de la casa dormíamos, y el gemido a dos voces culminaba en un grito unánime; si alguien todavía no despertaba, lo hacía entonces, y sobrevenía el insomnio colectivo en la oscuridad. Un primo, compañero de cuarto, se masturbaba inspirado en el sonido, que sumaba el rechinar de la cama desvencijándose y unas inquietantes palmadas al resuello lascivo y voluptuoso. “No prendas la luz”, me dijo un susurro la primera vez. Entre la pareja y yo no había más que una pared atravesada por la impudicia sonora de sus actos, hasta que, memorizada la rutina, entendí por qué llaman gatas a las sirvientas: ella salía de la recámara siempre a oscuras con felino sigilo, sus sandalias de plástico en la mano y sus resabios de adolescencia en el silencio de sus pasos, se encerraba en el baño más grande sin correr el seguro ni prender la luz y se calzaba para saltar a las escaleras de caracol por la ventana y subir a la azotea. Una noche hice lo mismo tras la interfecta y, desde entonces, me revuelco en el “cuarto de servicio” con ese animal insaciable que, a falta de un regaderazo con agua que tarda media hora en calentarse, huele a sus propios fluidos y los de mi adúltero tío cuando agrego los míos.

 


Contrastes

Es alentador que Holanda haya legalizado hace lustros el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como la producción y el consumo de marihuana, y que ahora construya sus carreteras con plástico rescatado del mar y no tenga contaminación ni perros sin hogar. Es alentador que Noruega prohíba los vehículos con gasolina y la tala de árboles, que la población de Islandia sea cien por ciento atea y que Suecia cierre sus cárceles por falta de presos. Es alentador inclusive que Japón haga sus fiestas patrias con pirotecnia silenciosa para dejar de agredir, sobre todo, a los perros.

Mientras Nigeria prohíbe la mutilación genital de mujeres y niñas como paso tardío hacia una sociedad civilizada, la normalidad musulmana pasa por encima de toda normatividad cuando una niña de ocho años es casada por la fuerza con un hombre de cuarenta y muere en la noche de bodas, aberración que manifiesta el atraso de la humanidad en su conjunto, incluidos los países más “avanzados”.

México prohíbe las corridas de toros y los circos con animales en algunos estados, pero la despenalización del legrado voluntario también por algunas legislaturas locales enfrenta una efectiva resistencia de sectores retrógrados que atentan contra el carácter laico de la función pública en los hechos, pues la normalidad en nuestro caso es la perpetuación de los males, que nunca desaparecen del todo y sólo empeoran; esta normalidad es una cultura nacional de la miseria y el atraso, un pueblo amorfo con mentes colonizadas, que asume con devoción una religión impuesta y la usa como anestesia para evadir la realidad que lo destruye…

En México, por cada paso que damos hacia adelante, la Iglesia católica nos lleva de regreso a la Edad Media, porque la Santa Inquisición permanece agazapada entre nosotros hasta nuestros días, los del fundamentalismo juangabrielero como fenómeno de masas, cuando el pueblo festeja su involución con petardos y campanadas. Aunque teóricamente laica, la educación primaria y secundaria inculca el “amor a la patria” como resignación popular al arraigo de la corrupción en el Estado y la sociedad, a la parasitocracia. En la llamada educación cívica, el nacionalismo no es más que un disfraz demagógico del conformismo y la mediocridad en masa, como asimilación obligatoria y obligatoriamente alegre a la injusticia social, a un sistema patriarcal de relaciones opresivas, inclusive a la barbarie de la destrucción capitalista por costumbre y tradición, a la depredación de la vorágine megalópata que la ignorancia institucional llama progreso.

La identidad idiosincrásica de México no tiene virtudes ni cualidades, sino defectos y lacras, es un lastre que impide al país existir como tal. Ahogado en su propia sangre y en cada parto de la historia, México está muerto desde entonces y ni siquiera lo sabe. De ahí que lo más difícil para el hijo devorado por una madre sanguinaria sea entender que su construcción como nación requerirá de que primero asuma su condición de cadáver y declare formalmente su defunción.

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