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Zapatos viejos

 

Foto: Ulises Castellanos

Unos años después,
caminé las cañadas
de la llamada selva Lacandona,
fui tiempo en su calor;
penetré a las montañas,
nube baja en el frío de Los Altos,
viento de agua;
sus ojos de obsidiana me miraron,
reflejaron mi propia rebeldía,
mi propia dignidad;
mi voz habló en la suya de su cosmogonía,
la eterna dualidad
de la noche y el día,
de la vida y la muerte,
de luz y oscuridad;
mientras el verde olivo de la bestia,
más que mimetizarse
con la naturaleza vegetal,
parecía imitar
a la naturaleza de la gran mosca verde.

Cinco lustros después,
la invasión militar
es parte del paisaje;
como la mosca verde,
la bestia prolifera y es coprófaga;
en la guerra biológica,
más bien bacteriológica,
su producción de mierda en abundancia
criminal
es un arma biológica,
más bien bacteriológica,
genocidio de baja intensidad,
complemento del plomo y de la pólvora,
defecación de muerte agusanada
y adelanto del polvo.

Identificación asimilada:
fundida y confundida con las sombras,
a través de la niebla, mi sombra fue una más
entre los caminantes de la noche
que desandan sus pasos por veredas ocultas
en silencios insomnes
para volver a ser, de madrugada,
población de fantasmas;
cinco lustros después,
su mirada nocturna y taciturna
sigue siendo un espejo
de «sueños que no caben en las urnas»,
reflejo de horizontes y utopías posibles,
quimeras suspendidas en la bruma.

La palabra tzotzil
significa murciélago en tzotzil;
el idioma tzeltal
es llamado también
palabra verdadera,
bats´il k´op;
los hombres, las mujeres, las niñas y los niños
que habitan estos mundos
tienden y extienden puentes
al hablar,
responden con su propia construcción
al odio destructivo de la bestia,
cuyo engendro asesino,
con ojos como espejos de la sangre
y espuma en el hocico,
pasea su impudicia,
su impunidad campante,
y exhibe la inmundicia
de su rabia,
se nutre de abyección
y deyección,
«armas que matan bien»
por cortesía de nuestros impuestos
en diálogo artillado:
ráfagas de palabras repelen la metralla
cuando calla.

La suma de masacres
amontona cadáveres al alba
para saciar el hambre
de la tierra;
la suma es una resta,
cúmulo de la pérdida,
que nos mancha de sangre,
nos impregna y desangra la memoria,
desangra y oscurece nuestra historia;
las heridas abiertas son abismos,
atisbos de la muerte de un país,
en los que mora un árido silencio,
de los que mana olvido y emerge otro silencio,
que imitan los cobardes.

¡Todos somos Guajardos!

Y la estúpida moda
con paliacate rojo y paranoia
de la yupiza huera,
turba de advenedizos y turistas en pos
de una estúpida foto,
repite «digna rabia» como un eco vacío,
que «para todos todo, nada para nosotros»
los pobres mercenarios;
«Votán Zapata vive en nuestras muertes»
muy cómodamente.

Zapata es bienvenido en todas partes,
como todos los muertos y el folclor;
los indios son bien vistos en retratos,
su presencia decora las paredes
y los muebles de lujo;
la hipocresía que los llama hermanos,
¿tiene limpias las manos?

En tiempos de canallas,
históricas batallas,
ríos de valentía,
dignidad, rebeldía,
levantamiento armado
y ejército de paz,
de construcción humana;
cinco lustros después,
su ejemplo ha sido en vano.

Polhó invadido

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Una mujer muy rara

Menuda y cuarentona, tiene la cabeza rapada, viste de negro con un alzacuello de sacerdote (sacerdotisa en su caso, aunque El Vaticano desconoce la ordenación de mujeres y excomulga ipso facto a quien tenga semejante osadía), lleva un crucifijo de metal colgando en el pecho, pantalón de piel, negro también, y los pies descalzos; esto último parece propio de una persona demente y quizás es precisamente la intención; tiene un pequeño ecualizador en la cintura, desde donde modula el volumen de su voz a través del micrófono y quizás el de los músicos que la acompañan. “Buenas noches, muchas gracias por venir”, saluda, y el público responde con una ovación. Sin más, ella comienza a cantar:

Yo quería cambiar el mundo y no podía ni siquiera cambiarme los calzones […]

Ahora me dices que mi vida se basa en una mentira. ¿De casualidad te dije que oriné en tu café? […]

No sé qué esperar del mundo, realmente no sé qué esperar del mundo, no sé qué espera el mundo de mí, nadie tiene ningún derecho a esperar de mí nada en absoluto […]

¡Eres un debilucho cobarde y un patético fraude!

Por el cuello y las muñecas se asoman sus tatuajes religiosos y, más adelante, se arremanga y deja a la vista sus antebrazos tatuados; si alguien no la conociera pensaría que es una fanática, pero quienes la conocemos perdonamos eso y más. Yo la amo y he visto en Tuiter que no soy el único. Es probable que haya eliminado su cuenta personal en Facebook, lo cual sería una lástima porque nos mantenía cotidianamente actualizados acerca de su existencia; allí escribió ella misma:

—Quienes me aman me llaman Magda Davitt, ya no Sinéad O’Connor, que es el pasado y quiero dejarlo atrás. Quienes me aman, entienden eso. Quienes no dejan de llamarme Sinéad O’Connor prefieren tratar con muertos.

Por cortesía de YouTube, uno puede ver y escuchar el concierto que ella dio en 1988 a los 22 años de edad, una maravilla en todos los aspectos. Comienza con Feel So Different, una de sus mejores canciones y de las más representativas, que personalmente me resulta obsesionante, sobre todo por su interpretación allí, una interpretación llena de mímica y lenguaje corporal de sutil expresividad; el arreglo es cautivante y cambia de armonía justamente a la mitad; el diseño de la iluminación es una obra maestra, dicho sea sin temor a exagerar, y tan sorprendente como la compositora y cantante que uno podría imaginar (por error del desconocimiento) siempre melancólica, pero es un torbellino de vitalidad y energía juvenil, que proyecta originalidad tanto en su obra como en toda su personalidad. La balada es cantada con lentes y gabardina, y movimientos lánguidos, pero en la segunda canción, su actitud parece preguntar: ¿Cuál melancolía? Y asegurar: ¡La juventud se impone! En la tercera canción se quita la gabardina mientras canta y emociona al gallinero. Su vestido vaporoso es de viuda negra, casi al estilo de Morticia Addams o Lily Munster y, para cantar la pieza que más fama le ha dado, gracias al “genio disperso” de Prince, se quita el vestido sin que nadie la vea y reaparece con un cubretodo negro y entallado; si la ves con cuidado te das cuenta que no lleva ropa interior, pero su cuerpo incipiente no es muy incitante; su estriptis gradual, más que una exhibición, es expresión de su actitud ante la vida y ante el mundo: está en la cima del éxito y hace lo que se le antoja; sus primeras canciones, aun antes del primer álbum, llegaron al número uno de popularidad en Irlanda y Gran Bretaña, y allí se mantuvieron durante semanas y meses sin competencia preocupante; su primer álbum The Lion and the Cobra (1987) vendió siete millones y medio de copias, y ella (con una congruencia nueva en el mundo del espectáculo) se dio el lujo de rechazar el Grammy, aun cuando el que se le otorgaba, más bien se le ofrecía, inauguraba con ella la categoría de música alternativa. “El Grammy premia el éxito comercial, aunque dicho éxito no se deba necesariamente a la calidad artística; a mí no me interesa un premio cuantitativo”, declaró en su momento.

Year of the Horse, se llamó aquella maravilla de concierto; el genial diseño de la iluminación permite apreciar el también maravilloso rostro de la diva entre sombras con un alto contraste que hace de la imagen algo estéticamente fascinante: la cabeza rapada, los inmensos ojos, la nariz puntiaguda, los labios delgados, y ella cantando sin pensar ni por un segundo en su aspecto físico. Ella, que homenajeó a Marilyn Monroe con una canción, es la antítesis de Marilyn Monroe. Y el concierto en general deja una sensación muy duradera, casi obsesionante: mi admiración se deja sorprender positivamente y crece más allá de los límites racionales.

Por cortesía de YouTube, el siguiente concierto de la misma compositora y cantante resulta más bien contrastante; de hecho, ya no es la misma persona, pues su transformación es profunda y notoria, y los prejuicios son muy fuertes y muy grandes (mal de familia paterna en mi caso). Un cuarto de siglo después, cuando la imperfecta belleza de quien fuera el icono más original en la historia de la música pop es gloria pretérita, verla con su indumentaria sacerdotal y ese crucifijo en el pecho, sus horrendos tatuajes asomando por las muñecas y el cuello, sus pies descalzos como de jipi que no respeta las formas, una producción muy modesta en comparación con la parafernalia del concierto que la consagraba… en fin; todo eso me hizo decir: no, gracias, me quedo con la diosa en su apogeo, y el público en su apoteosis, pero quién sabe cómo y por qué dejé pasar la primera canción y, no obstante que se trata de un divertimento comercial (si tuviera una versión en español, podría cantarla también Lupita D’Alessio), me gustó por la música y porque esa letra medio vulgar es característica de la franqueza y el sentido del humor que Magda Davitt se permite inclusive en días de crisis demoledora: “Ven a montarme, jefe. La última vez que un hombre tocó mi cuerpo fue hace dos años cuando el médico me extirpó la matriz”.

Y aunque la transformación de Sinéad O’Connor, ahora Magda Davitt, incluye su voz (más de 30 años fumando acaba por quebrar la garganta, entre otras cosas), algo tienen todavía sus interpretaciones que imprimen un sello muy personal, se hacen parte de la canción como tal y se quedan en la mente y la sensibilidad como una fijación. Yo no conocía La reina de Dinamarca, y además de gustarme, como ya dije, me sorprendió y me puso de buen humor. La siguiente canción del concierto (4th & Vine), sin cháchara de por medio, ni siquiera una mínima presentación, también es de su época madura, por decirlo así, de esta década; habla de la proyección alegre de un matrimonio y, cantada en vivo, me gusta más que en el video “oficial”.

Todas las canciones de ese concierto son geniales, incluida la interpretación y el arreglo, y ahora no dejo de escucharlas una y otra vez; en particular, me fascina Harbour: “Ella es un puerto / y no tiene puerto”, dicen los dos primeros versos, y mi obsesión me hace caer en la cuenta de lo que tienen en común los primeros versos de algunas letras: son poesía si entendemos la poesía como un lenguaje de símbolos. Otra canción que también se llama Harbour y es fácil confundir si no sabes inglés, comienza con un verso por demás interesante: “La calle no tiene alivio”. Voice of My Doctor, quizá pasaría desapercibida como una canción genial si no fuera por la catarsis casi explosiva; escucharla es una experiencia; escucharla y ver a la cantante hacer la mímica de un regaño con los ojos cerrados es otra experiencia. La última canción del video rompe con todo lo anterior y no me gusta.

En suma y en serio, me pregunto si alguien conoce a la compositora y cantante más allá de sus icónicos inicios y no la ama como yo. Sospecho que, así como el mundo está infestado de imbéciles y abunda la incomprensión y la mala leche (hay que leer la biografía de Wikipedia y la campaña difamatoria del diario español El País para saber hasta dónde suele llegar la vileza en aras de la identificación masiva y el consiguiente lucro), el extraordinario talento de Magda Davitt siempre será menos conocido que las controversias y los escándalos con efectos multiplicadores en la órbita mediática. Si uno busca en internet a la creadora encuentra chismes de fricciones entre las putas de moda y “la calva que habla con Dios”, nada sobre la calidad letrística-poética y musical de quien fusiona como nadie la composición con su interpretación en vivo.

Una última observación: cuando Sinéad O’Connor hizo un retiro espiritual y reapareció gorda, fea y peluda, un ademán de su mano izquierda sustituyó para siempre a la expresividad corporal de la mímica y el lánguido baile de Feel So Different. En su concierto Ancienne Belgique, un cuarto de siglo después, además del ademán, la cantante mueve la cabeza de tal modo que uno difícilmente sabe si lo hace para dar un efecto sonoro o es un tic nervioso. Con los prejuicios que tuve al principio, fue inevitable asociar ese movimiento con el hecho de que la mujer vive ahora empastillada por los siquiatras, y la siquiatría es la “ciencia” de la destrucción del cerebro como negocio de la industria farmacéutica. Más que problemas mentales, que sin duda los tiene, algo en el cerebro de esta brillante, sensible, valiente y honesta mujer, está fallando, y la siquiatría, más que solución, es la sustitución de un problema por otro.

Personalmente, me duele más de lo que puedo expresar el deterioro de Magda Davitt porque, al asomarme a su mundo y hacerlo mío, descubro que se trata del alma más grande y más hermosa de nuestra época, pero como dicen The Beatles en algún lado, nadie quiere a quien está para el arrastre.




 


De aquellas noches

Edgar Ramírez | Asher

Diciembre 30 de 2007

En el filo de La Navaja bebo el último trago de la noche, último sorbo de oscuridad con luna menguada por la nebulosidad de la mirada, y respiro el último aliento de agonía y soledad en las calles, de las calles en soledad poblada todavía de silencio con eco de caracol, viento que barre la basura y surca el alba. Como quien dibuja el rostro de una mujer compulsivamente antes de perder para siempre su recuerdo, último presente de una relación pretérita, sueño insomne que borra el paso de las horas y los días, me aferro a los restos de este naufragio, vivo intensamente mi pérdida, espero caer la última gota de la noche vacía.

En La Navaja de Garibaldi es de noche todo el día, como en el 13 Negro de Acapulco, donde los noctámbulos de carrera larga prolongaban y extendían sus límites sin dejar de beber para no perder el vuelo, cada vez a menor altura, hasta caer, hasta que no fuera posible llegar más bajo, hasta el cabo del rastro sanguíneo que dejó de correr en alguna parte del subterráneo dédalo de cloacas, laberinto infestado por cucarachas gigantes y ratas en harapos. La Navaja es un punto crítico en la ruta de la muerte, del 33 al Tapanco, donde concurren matones de pacotilla y putas en reposo que no se han bañado ni han dormido en una cama desde su renuncia temporal, desde la primera ola de una marea de insomnio depresivo, desde que el calendario se quedó sin hojas por dárselas al árbol y el árbol tapizó con ellas el otoño, desde la muerte del tiempo con un infarto al reloj.

Del 33 llegan las “vestidas” que antes atracaron a borrachos incautos y solitarios en el cuarto oscuro del Famoso 49, que en paz descanse, a donde llegaban también soldados en sus días francos, francamente desesperados, en busca de un “trenecito”. El Viena era el punto de partida para hombres gay que gustaban de la barra y la sinfonola antes de que el lugar cambiara su look de cantina tradicional por el de la Zona Rosa y lo plagaran puras locas de Cabaretito. El ambiente homosexual degenera gradualmente, sin más pauta que el tedio ni más pausa que el miedo, hasta la sórdida continuidad del Tapanco, en donde la degradación empareja todas las tendencias y preferencias sexuales, dándoles el mismo color, el uniforme de la violencia, la monotonía del odio conservado en alcohol, ahogado en noches y días de rosas en el fango, tirado «a la borrachera y la perdición», dormido y desvalijado en la banqueta. Si el Cabaretito es la Jaula de las Locas, el Tapanco es el Club de la Eutanasia. En la pista de La Navaja una mujer baila desnuda y después tiene sexo allí mismo con cinco hombres, mientras otro es degollado por la espalda en la oscuridad y yo tomo nota desde mi atalaya clandestina.

«Esta es la canción de las noches perdidas», canta Joaquín Sabina con voz aguardientosa por «el aguardiente de la despedida». Subo las escaleras hasta que me detienen en seco las suculentas piernas de una vecina adolescente que mira con tanta intensidad como para provocar un segundo trastorno hormonal y dejarme en el viaje. Una puta de nombre falso dejó mojado mi pantalón en el Tapanco. Hay que llegar urgentemente al quinto piso y destapar una botella antes de padecer la resaca, y vivir encerrado más de un mes hasta que la soledad me haga descolgar el teléfono en cuanto pase la crisis de hipo. ¡Que escampe tu llanto hasta que amaine mi odio! Este departamento es el callejón sin salida en donde los gatos huraños se refugian y asimilan a las sombras y la basura y suben a la azotea para bañarse de luna y maullar sus dolencias del alma. Los vecinos del edificio viven con terror a mis recaídas etílicas, que sólo podré conjurar huyendo cada invierno de la ciudad.

Joaquín Sabina canta La canción de las noches perdidas, y recuerdo que debo continuar el cuento a ritmo de blues, Los muertos no mienten, narrado en forma de espiral, variación literaria de la película más original del cine negro. «Los fugitivos del deber cogen su maldición y se la beben». Supongo que el insomnio, así como es causa de mi adicción al vino tinto, es efecto a su vez de mi adicción a la noche, debilidad que no he padecido por mujer alguna, pero en este caso es imposible la ruptura. La canción de las noches perdidas, que me fascina en la voz de Pasión Vega y la de Mara Barros, es un homenaje de su autor al singularísimo Tom Waits. Mi variación o desvarío, en cambio, mejoraría su letra con el sabor amargo que deja la ruta de la muerte:

El consuelo es un hombre con nombre de mujer,
el odio se bebe hasta la embriaguez
y después se vomita con el estómago vacío…
No encuentro taxi libre que me lleve al infierno.

[…]

No encuentro taxi libre en el infierno.





La bestia oligofrénica

Hoy a mediodía hice ejercicio totalmente desnudo en mi patio delantero y recordé la película Capitán Fantástico, cuando Viggo Mortensen bebe café también desnudo en un parque público y unos ancianos lo miran. “Se llama pene”, les dice Mortensen; “usted también tiene uno”. Yo recordaba eso, que me hacía pensar a su vez en la desnaturalización de algo tan natural como la desnudez, cuando salió de su casa el vecino que llamo la bestia oligofrénica, calculé que subiría a su carro y se iría sin verme, pero en vez de irse avanzó, me vio y cometí un segundo error: entrar a mi casa como si tuviera algo que ocultar. Entonces la bestia gritó: “¡Voy a poner mi queja en la presidencia (sic) porque no es posible que hagas esas majaderías!” Asomé por mi ventana y respondí, también gritando:

–¿Para qué me avisas? ¡Córrele! ¡Y no olvides decirles que dejas montones de basura en mi puerta, remueves la tierra del empedrado y la dejas en la banqueta, invades mi patio y echas comida por mi ventana!

La bestia se puso a gritar algo que no escuché porque yo seguía diciéndole, tratando de gritar más fuerte que él:

–¡Corre a decirles que encementaste el empedrado de la calle y construiste jardineras en la vía pública sin consultar a nadie, que tu árbol invade mi patio y deja caer duraznos podridos!

Ninguno de los dos dejaba de gritar ni nos escuchábamos y todavía me quedaba un arsenal de quejas y hasta de amenazas cuando la bestia se largó por fin. Ya no le recordé que su hija con parálisis cerebral arrastra muebles a las cuatro de la mañana, escucha el televisor a todo volumen y hace clic hasta dos horas consecutivas en un apagador, y que él poda su pasto con podadora eléctrica cuando yo intento dormir. Tampoco le recordé que mi perra Naomi perdió el ritmo alimenticio y enfermó porque presumiblemente él arrojó comida descompuesta, quién sabe cuántas veces, cuando ella vivía en el patio trasero. En fin.

Me bañé en chinga y salí a pagar el agua con ganas de toparme otra vez a la bestia para decirle que, si vuelve a dejar su montón de basura en mi puerta, la arrojaré a su patio. Cuando regresé, allí estaba su coche de nuevo, pero no nos topamos. Hice jardinería durante dos horas (con ropa deportiva y tapabocas, ni siquiera pantalón corto) y pensé que, por suerte, no se me ocurrió decirle:

–Córrele a poner tu queja en “la presidencia”, pero no me avises porque me da mucho miedo, mucho miedo, mucho miedo.

Seguro que no habría entendido mi burla, pero sabiendo que me escucharía, podando el pasto con tijeras, en la barrida me puse a cantar: “Cuidadito, cuidadito, cuidaaaadito. Me vas a matar de un susto y no es justo, porque yo sufro del corazón. Cuidadito, cuidadito, cuidaaaaaadito”.

Del incidente saco muchas conclusiones; entre ellas, que la imbecilidad suele ser sorprendente, no tiene límites ni remedio que no sea la muerte (tampoco estoy amenazando, consigno un hecho objetivo), y suele haber un egoísmo absoluto en la imbecilidad extrema, y absoluta deshonestidad. Al oligofrénico no le importa que sus pendejadas afecten a otros, pero hace un escándalo rabioso por nada, en este caso, porque me ejercito desnudo en mi patio, calculando que nadie me ve…

¡Qué atrasado está México y el mundo! Y Huichapan es un pueblucho muy representativo de ese atraso y de la pequeñez infrahumana. Quizá las “normas comunitarias” de Facebook están inspiradas en esta mojigatería gritona.

Acerca de “la presidencia” y la autoridad que le atribuye la insignificancia pueblerina-provinciana, mejor no digo nada.

Tengo cinco años y medio sin vacaciones y cómo extraño Zipolite. ¡Ya me urge!


Magda Davitt

Identidad propia

¿En dónde comienza mi admiración a la cantante y compositora irlandesa Sinéad O’Connor, ahora Magda Davitt? Quizás en su calidad musical como punto de partida; quizás en el momento que se rapó la cabeza para siempre al advertir que la sociedad de consumo, a través de sus medios de difusión, pretendía convertirla en símbolo sexual; quizás en su rechazo al Grammy (no obstante que inauguraba con ella la categoría de música alternativa) por considerar que premiaba más el éxito comercial que la calidad artística; quizás en la prohibición de que un concierto suyo en Estados Unidos comenzara con el himno nacional de ese país y su amenaza de hacer mutis si le era impuesto; quizás en el simbólico momento que rompió una foto del Papa Juan Pablo II y gritó “lucha contra el verdadero enemigo” frente a las cámaras de televisión durante un programa de “máxima audiencia” en vivo, también en Estados Unidos; quizá cuando respondió al abucheo en el Madison Square Garden gritando la canción War, de Bob Marley, que había cantado a capela en aquel programa de televisión; quizás al declararse partidaria del Ejército Republicano Irlandés y festejar después la independencia de Irlanda; quizá desde la continuación de su protesta contra el abuso sexual de niños por curas pederastas y la complicidad encubridora del Vaticano; quizá desde que empezó a denunciar los abusos y maltratos de sus propios padres; quizá desde su defensa del derecho al aborto; quizá desde el reconocimiento público de su propia bisexualidad; quizá desde su crítica y su denuncia de la sociedad de consumo, algo que los medios difusores de chismes reducen a la fricción con cantantes representativ@s del vacío y la superficialidad…

Todo eso tiene su propia historia de pormenores importantes y su contexto no menos trascendental, cuya omisión hace imposible entender cada uno de los actos de rebeldía temeraria que los seres mediocres, insignificantes y cobardes confunden con la secuela del maltrato en la infancia, según los diagnósticos siquiátricos. Las mujeres y los hombres inconformes con el mundo suelen vivir rodeados de una incomprensión aplastante y, a menudo, son tildados de locos, “conflictivos”, protagónicos en busca de notoriedad… ¿Por qué no habría de inconformarse y rebelarse contra el mundo, empezando por su familia, una mujer con más dignidad y sensibilidad que la gente ordinaria, si el mundo es un cúmulo de aberraciones execrables.

Ahora, inspirada en los “afroamericanos” que, además de las cadenas, se quitaban los nombres de esclavos, ella se ha cambiado el “nombre patriarcal” de Sinéad O’Connor por Magda Davitt, después de hacer las revelaciones familiares que he publicado aquí en cuanto suceden. Un acto de ruptura radical a los 50 años de edad. Admirable.



La causa de mi creciente admiración en este caso es que una mujer hermosa decida cantar y componer música alternativa de gran calidad y desafiar al poder criminal con actitudes y comportamientos rebeldes, subversivos, inclusive revolucionarios, además de temerarios, valientes y “terriblemente honestos”, como diría Vanessa Bauche. Eso es obvio. Pero también hay un antecedente familiar: ella es sobreviviente del divorcio de sus padres (algo estigmatizado por el conservadurismo católico de Irlanda), así como del maltrato que sufrió en la infancia, primero por parte de sus padres y después por el colegio-reclusorio en donde fue internada para castigar y reprimir su rebeldía. Al protestar por el abuso sexual de curas pederastas y el encubrimiento del Papa y la jerarquía católica, lo hacía también por el maltrato y el abuso de los que fue víctima ella misma. Pero algo tan fácil de comprender por alguien medianamente informado, sensible y solidario, es más bien imposible para la turba irremediablemente aturdida por la religión. Cuando ella era víctima de vejaciones y abuso sexual en su infancia, buscaba refugio en Dios, a quien prometió que, si lograba salir de ese infierno, denunciaría con todas sus fuerzas a “quienes usan el nombre Dios para hacer el mal”, y empezó por el principal encubridor de la pederastia en el Vaticano, organización a la que acusó de ser un “nido de demonios”. Pocos años después de aquel escándalo en el mundo del espectáculo, y el veto de por vida en la televisión gringa, Sinéad se ordenó sacerdotisa para “rescatar a Dios de la religión”, ordenación que, desde luego, desconoció el Vaticano y la excomulgó.



Desde que Sinéad O’Connor, ahora Magda Davitt, publicó un video en el que habla entre lágrimas y a bocajarro de su soledad, su enfermedad y su crisis en general, me empapo obsesivamente de todo cuanto se refiere a ella y, en la búsqueda, antes de sus revelaciones familiares con dos cartas a su padre, tuve este gran hallazgo, una auténtica joya que también me permito compartir. Se trata de un texto escrito por ella en abril de 2010 y publicado en español por El País (diario que ahora sirve y obedece a la estrategia mediática de Washington, el Pentágono y la CIA contra el pueblo y el gobierno de Venezuela, entre otras cosas). Si alguien no conoce a Magda Davitt, en aquel entonces Sinéad O’Connor, ni es capaz de intuir las razones de su rebeldía y su temeridad, se quedará boquiabierto ante la valentía y la honestidad con que denuncia la hipocresía y la incongruencia criminal de la iglesia católica y el Vaticano ante los abusos sexuales de miles de niños, particularmente irlandeses y gringos, por curas pederastas. El texto es también un testimonio personal, un relato en primera persona de su propia experiencia, lo que añade valor a la denuncia. Los errores de sintaxis, sobre todo hacia el final del texto, son atribuibles a la traducción.

Una variante brutal del catolicismo



Yo soy misántropo y, si acaso tengo algún tipo de fe, la deposito en los seres excepcionales, extraordinarios.


 


Más revelaciones

Sinead O’Connor sigue haciendo revelaciones personales y denuncias públicas, en este caso, de la conducta sexual de su padre. Ella misma es producto de una violación sexual, nos dice. Luego de confesar en un video sus impulsos suicidas y dar un testimonio desgarrador de la crisis desolada por la que atravesaba y seguía padeciendo al hacer público un segundo video (nítida y desnuda expresión de su ruina, con un aspecto decrépito a los 50 años de edad), la cantante y compositora irlandesa recibió “tratamiento de trauma” durante las semanas recientes, algo que la llevó a la decisión de hacer estas revelaciones.

De nuevo en su cuenta personal de Facebook, Sinead publicó un párrafo en los primeros minutos del 30 de agosto (hora de México), y una segunda carta dirigida a su padre unas horas después. Ambos textos se orientan en el mismo sentido y, como siempre, sin rodeos o circunloquios ni eufemismos suavizantes ni sutilezas de ninguna especie, tienen un lenguaje crudo y directo, un tono áspero por su comprensible carga de rencor. Salvo por la declaración de amor a su madre, tanto el contenido como la forma en que está escrito parecen buscar el efecto de un balde de agua fría, arrojado a la cara, o por lo menos dejan un mal sabor de boca.

El traductor de Facebook está peor que nunca, así que de nuevo hice mi propia traducción. Va pues, primero ambos textos en inglés y, enseguida, mi versión en español.


I need to make this disclosure. Because I don’t believe any more in protecting the perpetrator and demonizing the victim/s (of which I am one). Until 1990 rape was legal within marriage in ireland. Hard to believe but it’s true. What’s also hard to believe but is true, is that I am the product of the rape of my mother by my father. He will lie of course, most likely as usual via my siblings (who didn’t witness the rape) and claim I am lying. But watch closely. He will not sue. Because he knows I can subpoena the transcripts of every court case that went on between my parents between 1974 and 1975. And he doesn’t want my poor mother’s voice heard. Why am I disclosing this now? Because I have received trauma treatment over the last few weeks and have learned my mother’s voice deserves hearing. I love you Mammy. With all My soul. He didn’t get away with it. Because I am brave, and honest, and I love you. And I came into this world to protect you. My father also beat my mother. She naked, he dressed. I had him arrested for it at age four. It’s a matter of public record. Fuck him. She deserves to be heard and believed, like any other victim of domestic violence or rape. And all she did do me was what he did to her. May she Rest In Peace until I can hold her in my arms.


Letter To My Father

Mr O’Connor

In your drinking days, during my second wedding, you felt up a woman,s breasts. What you failed to notice was that woman was my mother in law, who told my husband about it, crying.

In your drinking days you also one night, the night of your brother Billy (who sexually molested me once)’s party, you imagined I was my mother and started trying to kiss and hug me outside the gate of your house.

Then you snapped out out of it saying “Oh youre not Marie! But you’ll hug me, won’t you?

I was pregnant with one of my sons at the time and you made lewd remarks about my breasts. While making sucking sounds. So I know my mother in law was not lying. You’re a tits man.

You raped my mother in your drinking days and that is how I was conceived.

And what you and she fought about all those years, so selfishly in front of your children, was your drunken sexual misconduct within and without the marital home.

You are a sexual molester and a rapist.

Don’t imagine you’ve gotten away with it.

Neither imagine that any of the “many women” you boast will be at your funeral will be there for any other reason than to make sure you’re actually dead.

Your ex daughter.


Necesito hacer esta revelación. Porque ya no creo más en proteger al perpetrador y demonizar a la/s víctima/s (de las cuales soy una). Hasta 1990 la violación sexual era legal dentro del matrimonio en Irlanda. Es difícil de creer, pero es verdad. Lo que también es difícil de creer, pero cierto, es que soy el producto de la violación de mi madre por mi padre. Él mentirá, por supuesto, muy probablemente como de costumbre a través de mis hermanos, que no fueron testigos de la violación y afirman que estoy mintiendo. Pero él observa atentamente, vigila de cerca. Y no demandará. Porque sabe que puedo citar las transcripciones de cada caso judicial que ocurrió entre mis padres en 1974 y 1975. Y no quiere que se escuche la voz de mi pobre madre. ¿Por qué estoy revelando esto ahora? Porque he recibido tratamiento de trauma durante las últimas semanas y he aprendido que la voz de mi madre merece ser oída. Te amo, mami. Con toda mi alma. Él no se saldrá con la suya. Porque soy valiente y honesta, y te amo. Y vine a este mundo para protegerte. Mi padre también golpeó a mi madre. Ella desnuda, se vistió. Lo hice arrestar por eso a los cuatro años. Es una cuestión de registro público. Que se chingue. Ella merece ser escuchada y creída, como cualquier otra víctima de violencia doméstica o violación. Y todo lo que me hizo fue lo que le hizo a ella. Que ella descanse en paz hasta que pueda tenerla en mis brazos.


Carta a mi padre

Sr. O ‘ Connor

En sus días de beber, durante mi segunda boda, sintió usted los pechos de una mujer. Lo que no notó es que esa mujer era mi suegra, quien se lo dijo a mi marido, llorando.

En sus días de beber, también una noche, en la fiesta de su hermano Billy (que me molestó sexualmente a mí una vez), se imaginó usted que yo era mi madre y trató usted de besarme y abrazarme en la puerta de su casa.

Luego salió usted de ella, diciendo: “Oh, no eres Marie, pero me abrazarás, ¿verdad?”

Yo estaba embarazada de uno de mis hijos en ese momento y usted hizo comentarios obscenos sobre mis pechos, además de sonidos de succión. Por eso sé que mi suegra no estaba mintiendo. Es usted un hombre de tetas.

Violó usted a mi madre en sus días de beber y así fui concebida.

Y lo que usted y ella pelearon durante todos esos años, tan egoístamente delante de sus hijos, fue su mala conducta sexual de borracho dentro y fuera del hogar conyugal.

Es usted un acosador sexual y un violador.

No se imagine que se ha salido con la suya.

Tampoco imagine que cualquiera de las “muchas mujeres” que usted se jacta de que estarán en su funeral estará allí por cualquier otra razón que no sea asegurarse de que usted está realmente muerto.

Su ex hija.


Su antigua hija

Carta abierta de Sinead O’Connor a su padre, publicada por ella el pasado 4 de junio en su cuenta personal de Facebook, donde sólo es posible leer la versión original en inglés y su traducción automática, legible pero imprecisa y, a ratos, confusa, por lo que me he permitido hacer mi propia traducción con la esperanza de obtener, en algún momento, el visto bueno de la autora, que la presenta como «una carta abierta al hombre que se ha follado a mi madre en más de un sentido».

Como es característico de la cantante y compositora irlandesa, todo es dicho tan a bocajarro, en un tono tan crudo que sacude la conciencia, lacera el alma y la sensibilidad.

Va pues, primero la versión original en inglés y luego mi versión en español:


Mr. O’Connor

Between my ages of three and eight, you were absent from our family home for literally scores of sets of weeks and months at a time. Despite being well aware of exactly what your chosen wife was doing to your children. Indeed there is no doubt you knew, since your eldest daughter was during that time placed in residential care for protection from the violence of her mother.

One morning I begged you not to leave the house because I knew my mother was going to hurt me and my little brother very badly, but you left anyway. And I will always remember the look we exchanged as you walked out the door. That look was the beginning of our lifelong war with each other.

During your absences and Your eldest daughter’s time in Protective care, (why did you assume only she was being abused?) I became the subject of multiple rapes and intense sexual violence as well as other extreme violence and psychological torture at the hands of your chosen wife, my mother.

You were with your current wife, raising her children, making love with her, being happy with her, then sleeping soundly, while I was being ravaged and disintegrated.

Your fatherly duty of care to me did not kick into action until 1975. At which time merely in order to hurt my mother, you sought and gained custody of your children. Two of whom, including myself, were so hurt by your previous years of abandonment that they preferred to return to their mother. One of whom did not let you take him. As frightening as she was.

During the nine months or so that three of your children stayed with you, you were advised by your current wife that I needed therapy, since I would not come out from under my brother’s bed, and spent my days howling like a wolf for my mother. You ignored your wife. Again failing in your duty of care. And you left your current wife entirely alone in ‘dealing with’ me.

Had you not ignored her, I would be a well woman today and I would be with my four children instead of yet another hospital trying to recover.

Between 1966 and 1975 I suffered eight and a half years of torture that you don’t know about and neither do my elder siblings.

As a result of this torture and your abandonment of me to it, I have suffered all my life with three very painful mental illnesses (BPD, CPTSD AND MDD) which have cost me almost half a million euro in therapy and hospitals. And have destroyed my own family, from whom I am estranged now, due in significant part to your malevolent influence on their behavior toward me as a sufferer of mental illness.

Had you acted responsibly and not knowingly neglected to protect me for the first eight years of my life, I would not have to carry the burden of these illnesses and their effect on my life and my children’s lives.

I would like renumeration in the sum of five hundred thousand euro for what I have had to fork out in medical costs and for emotional damages caused by your abandonment and neglect, sent to me via my accountant. And if they are not, I shall have no option but to bring legal proceedings against you in order to obtain them.

It is entirely outrageous that victims of parental abuse and neglect, who have to suffer the burden of the wounds they carry for life should also have to suffer the financial burden of recovering.

Please have no doubt that I am serious. I will become the first person in ireland to sue an abusive parent for renumeration and I will expose everything you’ve tried all your life to revise and hide and lie about (most notedly by the use of the cunning last paragraph of your memoir, and by having my older brother call me a liar thirty years ago when I first began to tell my truth. Thus ending our sibling relationship forever) unless you for once do right by me and show your sincere remorse by making this payment.

I’m attaching this photo so that you may examine the eyes of us both. The stance. The relationship. There is no protection.

There is no connection.

Your former daughter, Sinead.


Sr. O’Connor:

Entre mis edades de tres y ocho años, usted se ausentó de nuestra casa familiar por decenas de semanas y meses cada vez, a pesar de saber exactamente lo que su esposa elegida estaba haciendo a sus hijos. De hecho, no hay duda de que usted lo sabía, ya que su hija mayor, durante ese tiempo, fue colocada en cuidado residencial para protegerla de la violencia de su madre.

Una mañana le rogué a usted que no se fuera de casa porque sabía que mi madre nos haría mucho daño, a mí y a mi hermanito, pero usted se fue de todos modos. Y siempre recordaré la mirada que intercambiamos cuando salió por la puerta. Esa mirada fue el comienzo de nuestra guerra de toda la vida.

Durante sus ausencias y el tiempo que su hija mayor pasó en el cuidado protector (¿por qué asumió usted que sólo ella era maltratada?), fui objeto de múltiples violaciones y de intensa violencia sexual, así como de muchos otros actos de violencia extrema y tortura psicológica en manos de su esposa elegida, mi madre.

Usted estaba con su esposa actual, criando a sus hijos, haciendo el amor con ella, siendo feliz con ella, luego durmiendo profundamente, mientras yo era devastada y desintegrada.

Su deber paternal de cuidar de mí no entró en acción sino hasta 1975. Entonces con el único fin de lastimar a mi madre, usted buscó y obtuvo la custodia de sus hijos, dos de los cuales estábamos tan heridos por los años anteriores de abandono que preferíamos volver con nuestra madre, y a uno de los cuales no le permitió llevárselo. Era tan aterrador como ella.

Durante los nueve meses o algo así que tres de sus hijos se quedaron con usted, su esposa actual sugirió que yo necesitaba terapia, ya que no salía de abajo de la cama de mi hermano y pasaba mis días aullando como una loba por mi madre. Usted ignoró la sugerencia, fallando una vez más en su deber de cuidado, y dejó a su actual esposa completamente sola en la tarea de “tratar conmigo”.

Si no la hubiese ignorado, yo sería hoy una buena mujer, estaría con mis cuatro hijos y no en otro hospital, tratando de recuperarme.

Entre 1966 y 1975 sufrí ocho años y medio de tortura que usted no conoce y tampoco mis hermanos mayores.

Como resultado de esta tortura y el abandono de mi persona por usted, he padecido toda mi vida tres enfermedades mentales muy dolorosas (BPD, CPTSD y MDD) [1] que me han costado casi medio millón de euros en terapia y hospitales, y han destruido a mi propia familia, de la que ahora estoy separada y distanciada, debido en gran parte a la malévola influencia de usted en la actitud de ellos hacia mí por ser víctima de enfermedad mental.

Si usted hubiera actuado con responsabilidad y no hubiera descuidado conscientemente su protección durante los primeros ocho años de mi vida, no tendría la carga de estas enfermedades y sus efectos en mi vida y en la de mis hijos.

Quisiera una remuneración por la suma de quinientos mil euros, por lo que he tenido que pagar en gastos médicos y por los daños emocionales causados ​​por su abandono y su negligencia, y que me los envíe a través de mi contador. Si no lo hace, no tendré más opción que entablar acción legal contra usted para obtenerlos.

Es totalmente indignante que las víctimas de maltrato y abusos, así como del descuido negligente de los padres, además de la carga de las heridas que llevan de por vida, sufran la carga financiera de la recuperación.

Por favor, no dude que hablo en serio. Me convertiré en la primera persona en Irlanda que demandará a un padre abusivo para obtener la remuneración y expondré todas las pruebas que usted ha tenido toda su vida para revisar, esconder y mentir (sobre todo por el uso astuto del último párrafo de sus memorias y por contar con mi hermano mayor para llamarme mentirosa hace treinta años cuando comencé a decir mi verdad, terminando así nuestra relación de hermanos para siempre), a menos que usted, por una vez, haga lo correcto para mí y muestre sincero remordimiento al hacer este pago.

Adjunto esta foto para que pueda examinar los ojos de ambos. La postura. La relación. No hay protección.

No hay conexión.

Su antigua hija, Sinead.


1. Siglas de los diagnósticos psiquiátricos en inglés que se refieren, en español, a: trastorno bipolar, trastorno de estrés postraumático complejo y trastorno depresivo mayor. Las tres siglas terminan con D por la palabra disorder, no por diagnosis. Los desórdenes mentales, según su diagnóstico psiquiátrico, son llamados «trastornos» en español.