Diez poemas breves

Reproducción alienante

Gime una mancha en el tiempo
duele arena corrosiva y oquedad
por el odio que respiro
reptan despojos de la descomposición
sombras que hieden su estridencia
miasmas infalibles y obligatorios
como un himno nacional
emergen pesadillas de la luz del día
hirientes disonancias y torturas
horrores infantiles de guerra
llamados honores a la bandera
no hay descanso del caos
escarbo mi piel en busca de ideas
ato y desato mis venas
hago y deshago nudos gordianos
bebo mi propia sangre
si dormito los veo
con los ojos cerrados
su imagen en el Aleph
es cada vez más nítida
bajo un monte de basura
yacen los niños muertos
si abro los ojos siguen allí
la escuela y sus padres
alienan sus cadáveres

Compulsión

Exploración de las calles
en la noche infatigable
su dédalo se repite
cada vez más pequeño
soledad en el bullicio
tránsito por las estaciones
y los estacionamientos
dinámica y estática
búsqueda ubicua de la profundidad
entre los intersticios
y las intríngulis
de una ciudad en ebullición
con un plazo fatal
siempre intuido
si acaso tiene hallazgo
tanta y tan apremiante intensidad
como angustia inconsciente
del instinto que me juego
es un trágico límite
de la pérdida sin tregua
su final forzado

Sendero sonámbulo

En el atajo de la cotidianidad
mis pasos desbrozan el campo baldío
dibujan una estrada
la rutina se hace ruta
vereda entre la flora de la noche
sendero en punto muerto a la memoria
senda que vuelve del olvido
ahora en punto vivo
desandando su rastro
el viento se abre paso entre las nubes
y descubre una brecha
camino en el vacío y la oscuridad
como un ciego sin báculo
mis pies guían al barro
dibujan una estrada
la rutina se hace ruta
y la ruta rutina
que siguen los sonámbulos

Nocturno

Camino en el remanso de la noche
por donde pastan caballos y corren los perros
que ahora duermen
a la sombra de sus sueños en silencio
soy soledad que busca soledad
y abreva de su elemento
galápago que surca el agua dulce
piedra lisa que salta sobre un lago
luego me hundo entre paredes
voy del cuerpo al pensamiento y de regreso
cuando me llama el dolor aprisionado
la enfermedad de la casa
las venas abiertas del alba
intento dormir

Síndrome de abstinencia

Alucinación famélica
de mi casa hecha refugio
como cueva de osos flacos
o murciélagos que duermen
el sueño de los justos
exilio de la lluvia
cielo plenilunar
difuminada esfinge de la luna roja
luz del sol en agonía
pirámide mortuoria del eclipse
pero esta casa
no es refugio de nada
sino sepulcro de todo
yacimiento de mis huesos
sofocante cautiverio
de las células muertas
como polvo de estrellas
en el fuego

Ambiciones

Las llamas de las velas
bailan con el céfiro entre tinieblas
y con la esperanza de ser albores
al despertar

Las llamas de las antorchas
son menos ambiciosas
se conforman
con incendiar la noche
para llamar al sol

¿Qué tenemos aquí?

Galerías de sombras de sombreros
espejos que reflejan su vacío
ventanas al abismo de los sueños
un salto del trapecio perdido en el espacio
y el instante inundado
por la lluvia de arroz

Soy parte del incendio
medio siglo de incidencia
de insidiosa insolencia
de acumular insomnio
y aguzar el instinto

En deuda con Serrat

Penélope confundía
las estaciones del año
con las del tren
y el paso de las horas
con el rumor del viento
y el reloj del andén
con su propio corazón
y su espera inútil
con la esperanza
de un improbable regreso
y el luto de la noche
con el duelo de la vida
por el tiempo muerto

Saeta

Cuando te atrevas a mirar
todas las cosas
detrás de sus máscaras
conocerás el rostro de algún astro
pero también el rastro
de las víboras
que mediante círculos viciosos
y concéntricos
han vuelto al gobierno
de la muerte
con otros nombres

Seducción

Una mujer otoñal
peina plata del invierno
pero mira con un sol de primavera
cuando el verano sonríe
y humedece los labios
para que bebamos juntos
las cuatro estaciones del año
resumidas en horas de felicidad
desde la noche que fue su cabello
hasta el amanecer
que sigue siendo el mío

FIN

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Poemas breves

Vuelo enjaulado

Sembrar escaleras en los tremedales
para escalar al mar desde las nubes
sumergirme a las montañas
y volar hacia la noche
desde la madrugada

Las almas no tienen alas
pero vuelan
como fantasmas entre las ruinas
de un pueblo abandonado por la vida
páramo de sombras y susurros
descrito por Juan Rulfo

Las almas vuelan
hacia la proximidad ilusoria del alba
desde un poema que anochece
duerme y sueña
que jamás despertará

Cuatro y cuarto

En mi recámara
proliferaron las arañas y sus redes
el polvo y la pelusa
las grietas en el techo
los mosquitos aplastados
que tapizan las paredes
los mosquitos que vuelan
y zumban en mi oído
asimilados al insomnio
las horas que succionan mi sangre
inasibles vampiros
mientras un coro de ladridos
hiere la oscuridad de la intemperie
y arrastra las hebras
del tiempo muerto
los guiñapos de la noche
rastro del sueño hecho pedazos
por fin asesinado
cuatro de la mañana
entre muros de rabia
sobreviene la claustrofobia
cuando todo empequeñece
y el rencor me sofoca

Espiral

Amanece
los pájaros cantan y vuelan
las personas trabajan
anochece
los perros ladran
el mundo humano duerme
los gatos maúllan
en mi delirio insomne
los gatos cantan y vuelan
los pájaros trabajan
las personas ladran
los perros duermen
el mundo humano maúlla
y amanece
los pájaros cantan y vuelan
las personas trabajan
anochece

Verano

Quisiera estar allí donde las olas
del mar insomne a veces o sonámbulo
mustio también a veces y asesino
son un vaivén hipnótico
de cadencioso ritmo
que aplaca la neurosis estridente
del esperado estío

Quisiera estar aquí ciudad vacía
que respira por fin y en cuyas calles
los árboles conocen
un momento de alivio
los pájaros alegran la mañana
con la sencilla magia
de sus trinos
libre de ruido humano
mientras el mundo humano
pepena en el olvido
su nostalgia

Leyenda lapidaria

Antiguos soles decantan
el vino de los dioses del Olimpo
curso del agua y de mi sed
río arriba y hacia el sur
de un país que no existe
porque todavía nadie
lo imagina

Depresión climática

Negra luna con leucemia
el cielo tiene ojos tristes
como si hubiera llorado
míticos vientos debaten
el destino de la lluvia
cuando el luto de la noche
a falta de estrellas
quiere seguir llorando

Reciprocidad

Ayer sembramos lunas
y hoy cosechamos soles
un reflejo de luz
se ha materializado
y ahora es otro espejo
que refleja otra luz
o la contiene

Mudanza

Los cuatro perros que salían
del parque de día
y caminaban
en unánime silencio
por el parque de noche
ahora exploran el bosque
de mis sueños

La vecina creció

Volar como vuela una caricia
de la voz al oído
en un sueño adolescente
la obesidad no obsta ni merma el deseo
ella despertó incipiente mujer
en una cama húmeda
con urgencias tan grandes
como su cuerpo

Café de la tarde

Silencio de resolana
luz silente y palpitante
que irriga el tímido músculo
-cuidadosa filigrana-
de la soledad pensante
con la sangre del crepúsculo
a través de mi ventana

FIN

 


Alejandra

La soledad que habita este lado de la noche
te esperaba también del otro lado
la escalera tejida con tus venas
ha caído al mar
de sangre que anega el silencio
donde naufraga el tiempo
bajo el agua de mujer
que ahoga los suspiros
el eco de las olas
dentro de caracolas
enterradas
el rumor de la música
de palabras legadas sin alivio
evasión del suicidio
del pájaro hecho jaula
como el viento sin alas encerrado en tus ojos
abismos desolados entre sombras
abismales ventanas
al desierto en tinieblas
árida sepultura
de un vuelo en llamas
«pájaro asido a su fuga»
como eterno retorno
incendio de tu sueño sin edad
sin nombre
el olvido que puebla este lado de la noche
duerme también del otro lado
espejo de la soledad
y el reloj que latía dentro de ti
para que nunca despertaras
yace desde entonces
en el fondo del mar



Zipolite

Algo había rasgado el manto de la noche
para bañar de luz el mar
y el pueblo que dormía;
algo había corrido el negro telón del cielo
para desvelar la plenitud lunar
y prolongar mi vigilia;
tanto y tan intrusivo era el efluvio
que mi soledad insomne,
sofocada,
optó por salir a caminar
«la playa de los muertos»,
simbiosis de las olas
entre clepsidra y reloj de arena,
acuático vaivén de ritmo hipnótico,
rumor que arrulla el sueño de las aves
como terapia musical.

Mis pasos me llevaron al más lejano extremo
de la playa en forma de luna menguante,
donde las rocas se nublan
al morir un día y nacer otro;
allí terminaba el claro de luna llena
y comenzaba el oscuro de sol vacío,
misterioso lindero,
como si también allí terminara el verano
y comenzara un otoño invernal,
así que me dispuse a desandar el camino,
volver sobre mis pasos
a la claridad estival,
cuando sentí su presencia,
y un escalofrío de pies a cabeza
me paralizó por un instante;
era una muchacha de melancólica belleza
y aura espectral,
ataviada con velos de insinuante transparencia,
desnudez velada,
y el viento de agua, cada vez más furioso,
no se llevaba sus nubes ni su aire fantasmal;
su piel era de nácar,
su pelo una cascada
más negra que los cuervos de mis sueños,
sus húmedos muslos de marfil pulido
se abrían paso entre los lirios de su talle,
descalza para siempre;
sus labios tenían el color de la sangre,
sus ojos afilados me miraban,
grises como los peces que saltaban
o se asomaban a verla,
y una sonrisa tenue iluminó de pronto
el astro de su rostro.

-Hermosa noche -dijo.
¡Qué voz profunda y sensual!
-Lo es gracias a ti -respondí sin pensarlo,
y ella tocó su pecho intacto
con un ademán que agradecía
mi espontánea sinceridad.

-Vengo todas las noches de plenilunio
cuando su luz disipa las sombras del estío,
inminente agonía de paraíso infestado,
entre la primavera y el otoño;
como puedes ver
por ser un alma solitaria,
caminante de zonas que habitan los fantasmas
del deseo y la nostalgia,
como puedes ver,
el solsticio de verano boreal
comienza en el otro extremo de la playa
y aquí el equinoccio de otoño
hacia donde las olas,
como las gaviotas y los náufragos,
se rompen contra las rocas.

-¿Puedo saber a qué vienes,
milagro del destino,
lucero que ilumina mi extravío
entre un pasado que me bebe
y el presente de mi sed?
¿Acaso eres astrónoma?

Sutil como la brisa que nos acariciaba,
ella esbozó una mueca de ambigüedad
que parecía burlarse de mi pretendido ingenio
por ser más bien ingenuo.

-Espero el barco tripulado por el tiempo
de la oscuridad océana
para que me lleve al otro lado
del mar de la tristeza y la desolación
cuando acabe mi condena,
si acaso tiene final,
esta pena perpetua de vacío que llena
la eternidad en el limbo.

-¿Quién te condenó y por qué?
-Me condenó la muerte por preferirla.
-¿Puedo hacer algo por ti?
-Puedes venir conmigo a morir
y acompañarme hasta que olvidemos juntos el olvido;
por caminar la noche a solas
al margen de las olas
y escuchar sin miedo alguno
los cantos de sirenas,
dispuesto a su fatal seducción,
eres el elegido.

-¡Enorme privilegio!
¿Morir a tu lado? ¡Lo haré con gusto!
¡Seré tu fiel compañero
en esta dilatada orfandad de caracolas!
Mi vida no ha sido más que tedio,
penumbra y miseria humana.

Con la generosidad de un árbol,
extendió los brazos hacia mí,
tomé sus manos pálidas
pero sorprendentemente cálidas
y caminamos como si flotáramos
sobre las rocas nubladas
y pulidas por la tenacidad marina,
con testigos y cómplices
en los intersticios azules y salados,
refugio de las hadas,
población oculta
de cangrejo, arbacia y musgo.

En el letargo del abrazo,
un placer desbordante se hizo alma
y abandonó su cárcel,
derramado como espuma de champán,
hasta perder la conciencia y la memoria.

Los pescadores del pueblo
hallaron mi cadáver al amanecer,
mi cuerpo sin sangre
ni explicación alguna de su pérdida,
y ahora estoy aquí
sin restos mortales,
desnudo como el aire,
esperando el arribo
del barco tripulado por el tiempo
que ha de llevarme al otro lado
del mar de la tristeza y la desolación
para encontrarme algún día
con aquella encarnación de leyenda inmortal
y experimentar de nuevo,
si la suerte vuelve a sonreírme,
su caricia infinita.

Los muertos nos aburrimos en el limbo
y, aunque algunas mujeres
han caminado el claro de luna llena
sin compañía masculina
hasta el oscuro de sol vacío,
yo no logro más que espantarlas;
un siglo de repudio,
como una maldición,
ha sido el precio de mi desprecio a los hombres,
un siglo de mirar la arena del verano
desde las rocas del otoño nublado,
siempre de noche.

FIN

 


Espectros

Coyoacán a medianoche
tiempo en trance que parece detenido
postal de la eternidad inmóvil
frente al poste orinado por un perro y un borracho
a la luz de un farol
nebulosa y fantasmal
yace la oficina de correo
y en un claro de luna
testigo de los dichos y los hechos
una banca en la plaza
guarda el rumor de nuestra plática
las palomas dormidas
confunden el recuerdo que dejamos
con el olor identitario
la nostalgia disemina en la vía pública
su esencia como vaho de incienso
y aroma de café recién tostado
en las horas que los lobos de la fuente
miraban unos muslos desnudos
que saltaban a la vista de todos
horas después la oscuridad está despejada
la silueta de un anciano
camina detrás de su errática sombra
figura triste y grisácea
de artritis y diabetes con demencia senil
el viento se ha llevado sus aires de grandeza
mientras un pobre diablo
llamado el camarón
anestesia su dolor de muelas
con licor de anís
entre perros que dormitan en el parque
sobre cartón desplegado
frente al mercado
para las ratas está por despertar el mundo feliz

en lo alto de una barda
el gato peludo, funámbulo y necio de la infancia de Serrat
mira extasiado al gato azul de Roberto Carlos
que devuelve la mirada
como reflejo de un espejo ante un espejo
que refleja otro reflejo
con infinita reciprocidad
y narcisismo indirecto
yo miro el tiempo hacia atrás
un pájaro bebé cayó del nido
lo descubrimos Carmen y yo
porque chillaba en la banqueta
y trepé al árbol con el ave en la mano
para devolverlo al nido
cuando una anciana me regañó desde su ventana
luego volvió a su soledad
con la edad hecha un nudo en la garganta
para seguir ignorando que sus sueños sin realizar
ya no eran ni siquiera sueños marchitos
o distorsión acumulada
sino polvo de cadáveres
vestigio de su hedor entre las sábanas

en el camino a Portales Sur
escuché más de una vez a los fantasmas
gritar desde la casa de Trotski
y una noche lloré por la muerte de Leticia
con veinte años de retraso
cada una de mis pérdidas
tiene su propio efecto con distinto retraso
posposición del duelo
por Francisco, por Lucía, por Graciela, por Gustavo
por todas las ausencias
que me acompañan cuando camino la ciudad
la memoria de los adoquines
atesora mi soliloquio como un eterno murmullo
conserva el silencio trashumado
en rutinaria ruta de soledad cotidiana
los árboles distinguen las lágrimas de la lluvia
bajo el cemento de aceras arboladas
suena el eco de mis pasos


Coplas a Juchitán

La muy pícara
que se ha bañado con jícara
y ha comido con totopos,
ha dicho muchos piropos
como siempre en diidxazá,
la llamada lengua nube
que «nos dejara el querube»
de su pueblo binnizá,
y ahora duerme una siesta
la juchiteca en su hamaca,
sueña la próxima fiesta
con perfume de albahaca
y exuberante floresta
de naranjo y flamboyán;
duerme una siesta en su hamaca
la chamaca,
penden sus piernas desnudas,
fuertes, carnosas y tersas,
ante miradas perversas,
mientras baja las tlayudas,
tiende su carne morena
como pulida madera
de nogal americano,
y en la noche,
con tradicional derroche
de su encanto provinciano,
viste de huipil y enagua,
fresca siempre como el agua
que se escapa de la mano.

En el andador, las flores,
las garnachas,
las señoras, los señores,
las muchachas;
en el mercado, la fruta,
la verdura y el pescado,
que la población disfruta
como ruta del pecado,
y en las calles,
para no entrar en detalles,
la intensidad de la vida
junto con su despedida,
las procesiones mortuorias,
la tradición funeraria,
que se queda en la memoria
por ausencia voluntaria,
como un recuerdo cautivo
cuando escribo
llamaradas de petates,
y en la plaza, los zanates,
al oscurecer el día
de agonía,
trinan el ruidoso arribo
de su migración gregaria.

¡Oh, fiesta comunitaria!
¡Oh, limbo de la cerveza!
Luego ni quien lo recuerde
cuando amanece y bosteza,
de que la garganta pierde
la cabeza.

Nostalgia de la mirada
subjetiva y personal,
multitud en la enramada,
son, danzón y pedestal.

¡Oh, vela de las deidades!
¡Santísima tabernera!
¡Su ilustrísima merced!
Yo quisiera
compartir mis soledades
con usted.

Venga y siéntese conmigo,
su inconmensurable amigo,
para que brindemos juntos
«a salud de la tristeza».
¡Oh, limbo de la cerveza!
Por la paz de los difuntos.
Bidii na’ ti bixhidu’.

¡Juchitán ha renacido!
¡Juchitán nace de nuevo!
¡Juchitán vuelve a nacer!
Ese nido
tiene un huevo,
nuevo ser.

Juchitán es hoy retoño
de árbol ayer mutilado
que renueva en el otoño
su follaje inveterado,
una flor en los escombros,
para quien lo llevó en hombros
malherido,
se ha sacudido y es tronco
ramificado y florido,
pueblo generoso y bronco,
sabino fortificado.

¡Pero mira cómo goza
Juchitán de Zaragoza
con la fiesta y el trabajo!
Memoria de mis entrañas,
la cima de las montañas
lo contempla desde abajo.

¡Que así sea! ¡Salud!

Foto: Graciela Iturbide

 


Zapatos viejos

 

Foto: Ulises Castellanos

Unos años después,
caminé las cañadas
de la llamada selva Lacandona,
fui tiempo en su calor;
penetré a las montañas,
nube baja en el frío de Los Altos,
viento de agua;
sus ojos de obsidiana me miraron,
reflejaron mi propia rebeldía,
mi propia dignidad;
mi voz habló en la suya de su cosmogonía,
la eterna dualidad
de la noche y el día,
de la vida y la muerte,
de luz y oscuridad;
mientras el verde olivo de la bestia,
más que mimetizarse
con la naturaleza vegetal,
parecía imitar
a la naturaleza de la gran mosca verde.

Cinco lustros después,
la invasión militar
es parte del paisaje;
como la mosca verde,
la bestia prolifera y es coprófaga;
en la guerra biológica,
más bien bacteriológica,
su producción de mierda en abundancia
criminal
es un arma biológica,
más bien bacteriológica,
genocidio de baja intensidad,
complemento del plomo y de la pólvora,
defecación de muerte agusanada
y adelanto del polvo.

Identificación asimilada:
fundida y confundida con las sombras,
a través de la niebla, mi sombra fue una más
entre los caminantes de la noche
que desandan sus pasos por ocultas veredas
en silencios insomnes
para volver a ser, de madrugada,
población de fantasmas;
cinco lustros después,
su mirada nocturna y taciturna
sigue siendo un espejo
de «sueños que no caben en las urnas»,
reflejo de horizontes y utopías posibles,
quimeras suspendidas en la bruma.

La palabra tzotzil
significa murciélago en tzotzil;
el idioma tzeltal
es llamado también
palabra verdadera,
bats´il k´op;
los hombres, las mujeres, las niñas y los niños
que habitan estos mundos
tienden y extienden puentes
al hablar,
responden con su propia construcción
al odio destructivo de la bestia,
cuyo engendro asesino,
con ojos como espejos de la sangre
y espuma en el hocico,
pasea su impudicia,
su impunidad campante,
y exhibe la inmundicia
de su rabia,
se nutre de abyección
y deyección,
«armas que matan bien»
por cortesía de nuestros impuestos
en diálogo artillado:
ráfagas de palabras repelen la metralla
cuando calla.

La suma de masacres
amontona cadáveres al alba
para saciar el hambre
de la tierra;
la suma es una resta,
cúmulo de la pérdida,
que nos mancha de sangre,
nos impregna y desangra la memoria,
desangra y oscurece nuestra historia;
las heridas abiertas son abismos,
atisbos de la muerte de un país,
en los que mora un árido silencio,
abismos en tinieblas,
de los que mana olvido y emerge otro silencio,
que imitan los cobardes.

¡Todos somos Guajardos!

Y la estúpida moda
con paliacate rojo y paranoia
de la yupiza huera,
turba de advenedizos y turistas en pos
de una estúpida foto,
repite «digna rabia» como un eco vacío,
que «para todos todo, nada para nosotros»
los pobres mercenarios;
«Votán Zapata vive en nuestras muertes»
muy cómodamente.

Zapata es bienvenido en todas partes,
como todos los muertos y el folclor;
los indios son bien vistos en retratos,
su presencia decora las paredes
y los muebles de lujo;
la hipocresía que los llama hermanos,
¿tiene limpias las manos?

En tiempos de canallas,
históricas batallas,
ríos de valentía,
dignidad, rebeldía,
levantamiento armado
y ejército de paz,
de construcción humana;
cinco lustros después,
su ejemplo ha sido en vano.

Polhó invadido