Darvulia fragmentaria

La hora de los murciélagos

Quien goza del atributo de la crueldad, por una confusión olfática del inconsciente, trueca el olor de la sangre por el perfume del amor.

Marianne Van Hirtum

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De niña, Ariadne pensaba que adentrarse de noche en el mar, a través de la niebla, era navegar entre las nubes de un cielo al alcance de la mano. Seducida por el canto de las sirenas, el encanto de los buques fantasmas y el sueño de los dragones dormidos en el fondo del océano, su imaginación bogaba en las húmedas tinieblas de un mundo fantástico. Paradójicamente, sería su decepción por el mundo real el motivo de que una noche, a los veinte años de edad, Ariadne robara un bote de remos para llevarse mar adentro, a la deriva, desde la vera rocosa del puerto, sus penas y tristezas acumuladas, sus frustraciones y amarguras tempranas, y que tratara de ahogarlas en aguas ignotas y remotas, como su felicidad, profundas y recónditas, como su soledad, abundantes y saladas, como sus lágrimas.

Esa noche, la niebla era tan densa que se fundía y confundía con la superficie del mar. Ariadne remó sin rumbo hasta cansarse y arrojó los remos al agua; se dejó llevar por la corriente, bebiendo vino tinto a pico de botella, sorbo tras sorbo hasta la última gota. “El único mensaje que puede enviar este pomo es su vacío”, pensó, antes de aventarlo; “al cabo soy yo la pequeña isla en medio de un mar de incomprensión”. Sin remos y sin brújula o rosa náutica, sin astrolabio ni sextante, y sin la posibilidad de ver más allá de su entorno inmediato, flotó durante horas sobre las mansas aguas del mar nocturno, hasta encallar entre rocas y arrecifes de una isla cercana.

Desconcertada, Ariadne observó el lugar y, desde luego, descartó el intento de zarpar otra vez, por lo que salió del bote y rodeó, cuesta arriba, la escarpada pendiente de los acantilados; llegó a la planicie alta y, en medio de un paisaje nebuloso y sombrío, en el que las ramas de los árboles secos parecían grietas en el cielo sin estrellas, caminó hasta el antiguo cementerio de los monjes ciegos; lo escudriñó sin dejar de caminar y se recostó agotada sobre una lápida. Bajo el influjo del plenilunio velado por nubes pasajeras, entre el silbido del viento y el rumor de las hojas muertas, la bruma de sus ojos se convirtió de pronto en un caudal de lágrimas, un llanto incontenible y sin consuelo. Ariadne se quitó entonces la cazadora, de donde sacó una vieja navaja marinera, y cortó de tajo las venas de sus muñecas; esperó a que desangraran, y empezaba a perder la conciencia cuando percibió, con un esfuerzo postrero, que alrededor suyo revoloteaban unos inmensos murciélagos, que lo hacían cada vez más cerca de ella y aumentaban en cantidad. Un repentino ataque de angustia invadió a la joven que, aterrorizada, se protegió por instinto con una posición fetal. Y la creciente nube de murciélagos abrió paso a la escultural silueta de un cuerpo femenino que se aproximaba de espaldas a la intensa claridad de la luna llena, como una sombra proyectada en el aire; era un cuerpo desnudo y maquillado a manera de camuflaje, como para mimetizarse con la oscuridad de la noche; el cuerpo atlético, alto y esbelto de una mujer de tez muy blanca y cabello muy negro, de ojos grises y mirada penetrante; una mujer de belleza enigmática y espectral. “No temas”, le dijo a Ariadne; “los murciélagos no te harán ningún daño”. Acarició su cabeza y sus hombros, secó sus lágrimas, la envolvió con un abrazo cálido y la llevó cargando, entre los ecos de las tumbas vacías y los esqueletos de olmos que arañaban el cielo, hasta un castillo ruinoso.

Desde la cima de un peñasco de granito, en el último rincón de la isla, unas altas torres miraban a través de sus ventanas, angostas y verticales, el cielo sobre el mar y las montañas, hasta el valle en donde descansaba el antiguo cementerio de los monjes ciegos, y desde ahí, al filo de una delgada cordillera, la vereda serpenteaba hasta la boca del monstruoso edificio como si fuera su lengua. Indiferentes al revoloteo de los murciélagos, siete gárgolas de cuerpo entero, apostadas en cada uno de los costados, vigilaban el exterior, mientras en su interior guardaban celosamente un silencio de piedra. Aquel castillo era oscuro y lóbrego; el paso de los siglos por sus muros los había cubierto de musgo negro. En la entrada principal, un desvencijado y erosionado puente, otrora levadizo, crujía sacudido por las rachas de viento.

II

Al despertar, Ariadne recordó que había llegado allí en brazos del ser más hermoso que hubiera visto nunca: una mujer fantasmal, que le impidió desangrarse y morir de frío y tristeza en la intemperie del cementerio; una mujer que, a fuerza de amorosas atenciones y delicado esmero, curó las heridas que palpitaban en su cuerpo, no así las de su alma. Era de noche aún y Ariadne se encontraba sobre una cama de madera de nogal, bajo sábanas de bramante, dentro de una inmensa habitación de mobiliario antiguo, tenuemente alumbrada por el fuego agonizante del hogar y perfumada por el vaho de fragancias orientales. Las calurosas brazas de unos leños se hacían carbón en la chimenea, igual que las ramas del aromático incienso en el pebetero. La piel cortada un momento antes cicatrizaba con rapidez inexplicable, cubierta de vendas. En el buró izquierdo había una jarra llena de suero, que la paciente bebió con ansia. Y en cuanto se creyó recuperada quiso averiguar en dónde estaba; trató de explorar la morada, pero apenas dio unos pasos y sintió flaquear sus fuerzas; las rodillas se doblaron bajo el peso del cuerpo, que ni sus propios aposentos pudo atravesar.

Con la curiosidad frustrada, Ariadne volvió a su lecho de convalecencia y, como el reflejo del búho en el estremecimiento de un estanque de agua que vuelve paulatinamente a la calma, al quedarse dormida, una secuencia de imágenes difusas adquirió nitidez. Al principio, confundió este delirio con una repetición de la realidad en versión corregida y aumentada, al verse recostada sobre una lápida, luego de cortar las venas de sus muñecas, cuando una mujer vampiro emergió de la noche a la superficie de la muerte, acudiendo al llamado vital de la sangre que manaba de las venas abiertas. Y la sensación de vivir aquella experiencia le resultó profundamente placentera. La mujer, después de saciar sus primeros apetitos, la miró con un deseo voluptuoso a través de sus penetrantes ojos, y Ariadne sucumbió con pasividad saturnina a la embriagadora lascivia del instante, al macabro erotismo de su fantasía, y se dejó llevar, como si en el fondo supiera que nada de eso era real, que todo era un sueño. Y su boca buscó los rojos labios, y sus manos buscaron el cuerpo sin sombra, y sus grandes ojos pardos buscaron su reflejo en los afilados ojos grises… hasta que se encontró de nuevo en el vacío y despertó poco a poco, tanteando a ciegas las cobijas. Sus párpados se levantaron con dificultad y reconoció los primeros rayos de la luz del día.

La recámara tenía un baño propio, de donde provenía el sonido del agua que brotaba de un grifo abierto. Ariadne se levantó y caminó de puntillas hasta allí; se asomó con timidez y vio que una mucama adolescente arrojaba esencias, la infusión de plantas depurativas y pétalos de rosas en una bañera de peltre, mientras esperaba a que se inundara. “Buen día”, le dijo Ariadne. La muchacha la miró y su cara se iluminó con una sonrisa; hizo girar las llaves del agua y le ofreció la tina del baño con un gracioso y gentil ademán; pasó a su lado expresando una cierta inocencia infantil y se fue de allí sin decir palabra y sin dar oportunidad de preguntar nada. La mucama encantó y atendió encantada a Ariadne durante todo el día, pero no pudo responder a ninguna de sus preguntas, porque era muda.

Ariadne conoció a su anfitriona en el crepúsculo; decía llamarse Darvulia, como la horrible y decrépita bruja que recomendó a la condesa Elizabeth Bathory bañarse con sangre fresca de campesinas vírgenes para mantenerse joven eternamente; pero el nombre nada tenía que ver con Transilvania, cuna de Vlad Tepes, Drácula, o de la propia Erzsébet. Darvulia era de origen griego, y de inmediato cautivó a Ariadne, que había sucumbido ya, como parte de un trance tétrico, al misterioso encanto de la dama pálida, pero quedó fascinada al conocerla realmente. Envuelta en velos de ceda que simulaban un vestido vaporoso, Darvulia tocaba el chelo en medio de una sensual atmósfera de luces mortecinas y fuegos fatuos, rodeada de velas encendidas, entre palmatorias, candeleros y candelabros. Ariadne habló con ella en un aire romántico, de cálida intimidad, y no le sorprendió que supiera de su desdicha, que conociera el vacío insoportable de su gran soledad, ni que hubiera espiado sus sueños e inclusive se hubiera presentado en ellos, ni que fuera un súcubo, un ser inmortal, y además ejerciera poder telepático sobre los murciélagos y las gárgolas revinientes del castillo.

Sin pensarlo, Ariadne asumía su propia muerte, como si la hubiera logrado finalmente y estuviera libre de penas, soledades y miserias. De por sí, nunca había sido fácil asombrarla ni sorprenderla; conocía el supuesto mito de los monjes ciegos y la historia de los vampiros trashumantes que, siglos atrás, invadieron las alcantarillas de la antigua ciudad y los sótanos de las iglesias coloniales; conocía también la vida nocturna del puerto, cuyas tabernas seguían siendo un semillero de leyendas, como la de Sarah, una mujer vampiro que aparentaba ser prostituta para seducir a los marineros y beber su sangre…

III

Durante varias épocas o temporadas, desde hacía cinco siglos, el súcubo había escrito un diario, una bitácora de su relación con los mortales. Algunos de estos apuntes se perdieron en otras partes del tiempo y del mundo, o los destruyó ella misma, o sucumbieron por fin a la carcoma, la corrupción por el polvo y las células muertas, la naturaleza oculta de los rincones y el aire dormido, la voracidad insaciable del abandono y la acumulación de olvido; pero la mayoría se mantenía intacta, como su autora, que había escrito de nuevo los pasajes más vetustos, aunque ni ella misma entendía el motivo de seguir escribiendo; quizás era una forma de ajustar cuentas con la eternidad, o quizás un refugio de la memoria, o un recurso para contener la fugacidad del pensamiento; quizás era una búsqueda de su propia identidad. ¿Habría escrito acaso durante cinco siglos para que la conociera alguien con el talento y la sensibilidad de Ariadne? Ni ella misma lo sabía, pero en algún lugar de los inmensos y laberínticos sótanos del castillo, sus manuscritos emparedaban los cuartos, junto con pequeñas reliquias y mamotretos incunables, viejas enciclopedias y uno que otro ejemplar de edición reciente. Cada tomo del diario tenía en su lomo el relieve del pico aquilino de un ave y, al abrir las pastas, un cuervo de cartón desplegaba las alas.

Ante la cantidad de texto, Ariadne pensó que requeriría de toda una vida para digerirlo, así que se entregó apasionada y obsesivamente a su lectura.

IV

Se besaban sin prisa, como si lograran así detener el tiempo, o como si, a través de su aliento y el contacto de sus labios, pasara la eternidad misma. Se acariciaban explorando, una el cuerpo de la otra, con lascivia y curiosidad embriagadora. Sus caricias, al principio sutiles, eran cada vez más apremiantes y llegaban simultáneamente a la urgencia, la necesidad recíproca de placer culminante, culminación como estallido de una tormenta de estrellas, conjunción que provoca una respiración anhelante, suspiros, gemidos, estertores, gritos, sensaciones agónicas y movimiento incesante, en el intercambio de fluidos y calor.

Una noche, Ariadne ofreció al súcubo su sangre, le pidió que la bebiera, pero su amante, un ser inmortal y quizás eterno, se vaporizó ante ella y desvaneció en el aire.

V

Las brujas hacían desnudas su aquelarre a la luz de la luna en el antiguo cementerio de los monjes ciegos, y Darvulia las miraba desde la oscuridad, entre los árboles del bosque, excitada por ese misterioso rito y, sobre todo, por la voluptuosidad de su danza macabra. “Aradia”, gemía una muchacha que, en los próximos minutos, cumpliría quince años de edad, mientras las brujas sacrificaban a un hombre que lloraba y gritaba en el más sanguinario de los espectáculos.

Era una noche cálida y el paso de las nubes hacía variar la intensidad del plenilunio y su efecto narcótico. “Aradia”, gemía una y otra vez la muchacha con la vista puesta en el cielo para no encontrarse con la sangre que muchas manos suaves embadurnaban en su cuerpo. Un coro de voces acompañaban lascivas el bacanal cuando los gritos del hombre perdían fuerza y se reducían al llanto.

Darvulia compartía el placer dionisiaco de las brujas al amparo de las sombras y, acariciando el filo de una daga egipcia, ejercitaba sádicamente su poder telepático. “No mueras todavía”, ordenaba, “sigue sufriendo”. Cuando la sangre dejó de manar por las heridas, el hombre seguía respirando, pero sus ojos estaban en blanco…

Entonces el espejo de cuerpo entero que adherí a la pared del cuarto hace cuatro meses cayó al piso y quedó hecho pedazos. El estrépito me despertó, y el grito de una vecina terminó de volverme y devolverme a la realidad. “Puta madre”, dije y, de regreso en la almohada, cerré los ojos para seguir durmiendo. No recuerdo qué soñé después, pero nada tenía que ver con brujas ni aquelarres.

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