Archivo de la categoría: Social

Sin datos del autor

Primer Tren de la Mañana, Japón,1964 (el fotógrafo sentía que soñaba)

Esta deprimente imagen media entre la lluvia negra y el primer lugar en suicidios a nivel mundial. Hace unos 30 años, Japón llegó a ser también el mayor productor y consumidor de Sex Doll’s en el mundo, lo que puede interpretarse como un dramático síntoma de soledad colectiva, y ahora satura los canales porno de internet con videos de violaciones sexuales en el metro, donde las víctimas son siempre mujeres, casi todas colegialas, nunca hombres.

La historia narrada por la película The Sea of Trees (Mar de árboles, o El bosque de los sueños), de Gus Van Sant, tiene lugar en el “bosque del suicidio”, que existe en realidad y al que acuden los japoneses para quitarse la vida.

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El 68 y yo

Tengo 53 años de edad, así que tenía tres al ocurrir el movimiento estudiantil de 1968 y la masacre de Tlatelolco…

En 1985 fui dibujante en una fundidora de hierro y acero, donde trabajaba también un obrero fundidor de aspecto imponente que había sido soldado; a veces se emborrachaba y, atormentado por la culpa, confesaba llorando que había participado en los llamados vuelos de la muerte, que arrojaban al mar desde un avión militar a los presos torturados; según su confesión, los arrojaban vivos en donde hubiera tiburones…

En 1988 fui editor (director en los hechos) de la revista Ollinmecah, cuyo tercer número duplicaba el tamaño del segundo número que a su vez había duplicado el tamaño del primero; era prácticamente un dossier llamado La sociedad a 20 años del 68 y reunía colaboraciones de Adolfo Gilly, Salvador Martínez della Rocca, alias «El Pino», Daniel Cazés, Julio Moguel, Axel Didriksson y muchos otros; contenía también una entrevista con Carlos Monsiváis… y aparecería por primera vez un texto mío de 24 cuartillas sobre la reestructuración del capitalismo en México. Cuando la revista llegó a su fase de “laminado”, uno de los saboteadores primigenios de la revista llevó las “láminas” a las oficinas del SUTIN para que las convirtieran en negativos, dizque por solidaridad. Allí estuvieron durante meses y, cuando quise llevármelas, no supieron decirme si las habían perdido o había ido por ellas el saboteador primigenio: Adrián Gurza Lavalle, quien me llamó por teléfono tiempo después para invitarme a participar en un proyecto de revista donde tendrían derecho a publicar quienes la financiaran, y colgué antes de que terminara su perorata insoportable. Casi una década más tarde, al término de una manifestación zapatista, reconocí en el Zócalo defeño a una de las diseñadoras y ella me dijo que había renunciado a la revista porque, en una excursión, Adrián Gurza y su novia Irma Méndez, Germán Méndez y su novia Mónica Rizo, habían dejado morir al diseñador principal (de cuyo nombre no quiero acordarme), quien cayó a un barranco y pidió auxilio durante horas, inmovilizado por sus lesiones. Quizá más adelante narre la historia de Ollinmecah y ventile, hasta donde conozco, este capítulo de negligencia criminal. Lo seguro es que esos cuatro vivirán hasta morir con la conciencia de aquella muerte…

En 1993, al cumplir 25 años el 68, devoré La Jornada y Proceso, y escuché Radio Educación con una permanencia difícil de entender y explicar. También leí los periódicos a la mano en la cafetería Gandhi, donde supe que el reportero de Proceso Elías Chávez lo era de Excélsior 25 años antes (¿salió de allí con Julio Scherer?) y 21 años después era todo un gangster, lo cual hablaba muy mal de Proceso y era prácticamente inexplicable. Ese gangster y yo coincidimos primero en Juchitán y después en Guanajuato…

Lo más importante, para mí, fue el papel de Radio Educación en aquel 25 aniversario, pues la emisora fue tribuna de todas las teorías de la conspiración favorables al gobierno; terminó creando una atmósfera viciada con versiones ficticias cuyo presentador más entusiasta era el locutor Héctor García Robledo; ahí podía uno escuchar, por ejemplo, que la Unión Soviética había armado a los estudiantes para que sabotearan las Olimpiadas, que Luis Echeverría se enteró de la masacre hasta después de perpetrada y gritó por teléfono tan fuerte que su grito rompió las ventanas de Bucareli… En fin. Incontables ondas por el estilo, que ofendían la inteligencia del público y exhibían una monstruosa indignidad.

En la bohemia snob de gente relacionada con Francisco Toledo, conocí a Javier Molina, que había sido representante de la Escuela de Ciencias Políticas ante el Concejo Nacional de Huelga en el 68 y, a raíz del levantamiento zapatista, conocí también su historia, que está narrada en este blog y resumo aquí: una especie de premonición hizo que Molina y sus compañeros decidieran retirarse de Tlatelolco al comenzar la embocada, pero la masacre le afectó a tal punto que dejó de hablar durante un año y se fue a caminar la cierra de Oaxaca, en donde conoció a María Sabina y vivió la experiencia de los hongos alucinógenos; después cayó en el alcoholismo y terminó poeta. Sobre nuestras andanzas etílicas, léase la página San Cristóbal de Las Casas.

Los líderes: conocí a Raúl Álvarez Garín en 1988 cuando La Jornada me obligó a recolectar las rúbricas de quienes habían firmado una iniciativa mía; en 1990, como reportero, tuve un desencuentro con el prepotente Pablo Gómez, que después fue director nominal (o sea, decorativo) del semanario Motivos, con el cual colaboré durante tres años desde que me invitaron a cubrir la Campaña «500 Años de Resistencia» para la entones revista. Cuando el semanario 6 de Julio vio firmada su acta de defunción y las oficinas pasaron a ser de Motivos, me dediqué de tiempo casi completo al activismo, alternando esporádicamente con el periodismo independiente, y Raúl Álvarez Garín insistió durante dos años en que yo trabajara con él (no reniego de mi experiencia con La Unidad, 6 de Julio y Motivos, pero haber sido reportero de Corre la Voz me daría tanta o más vergüenza que la cárcel); conocí a su hermana en la solidaridad con Cuba y puedo decir ahora que era una de las mujeres maduras más atractivas y encantadoras que he tratado en la vida. Tuve contacto en Facebook con Marcelino Perelló, quien me trató siempre con un respeto parecido al miedo, hasta que rompí dicho contacto por su misoginia partidaria de violentar a las mujeres y, pocos días después, falleció. El líder estudiantil había muerto cuando empezó a decir en público que tocaba las nalgas de su hija con singular alegría.

Cada lustro que pasa me cae un veinte más, que a veces no depende necesariamente de conmemoración alguna. Al morir Luis González de Alba, por ejemplo, conocí los detalles del plagio cometido por Elena Poniatowska y el chantaje grillesco de Monsiváis para echar de La Jornada al plagiado. Imprescindible para conocer en verdad a los protagonistas, esa historia es pública.

(Y esta otra continuará…)


Micro realidad

El legado

Había una pareja que, a partir de su identificación ideológica y sus fuertes lazos de unidad, se puso un membrete panfletario para participar en el lucrativo negocio de la prostitución política; tuvo muchos vástagos y, con el paso de lustros y décadas, uno de los hijos se unió a la causa de los padres, de modo que la organización creció y siguió creciendo cuando, al paso de más lustros y décadas, uno de los nietos se unió también a la causa de los abuelos, y vino el homenaje a la perseverancia y la tenacidad, la unidad inquebrantable, los principios y los fines, todo inflexible y puro en teoría. La pareja fundadora de la organización murió al pie del cañón, en pie de guerra, y su legado es conocido por las nuevas generaciones de activistas que ven el imaginativo membrete de panfleto en las redes sociales, con cuentas administradas por el hijo y su pareja, el nieto y su pareja. “¡Seguimos unidos y cada vez somos más! ¡La lucha sigue! ¡Venceremos!” –reza el perfil de la empresa.

El anatema

“Pero queremos dejar claro –dijo el gran líder– que nos referimos a la prensa y no a la policía con gafete de prensa”. Entonces todos aplaudieron con entusiasmo fanático: frenético y estridente, incluidos los incontables emisarios de corporaciones policíacas y militares que trataban de pasar desapercibidos; sólo se abstuvo alguien por disentir de la fórmula discursiva y advertir su fracaso, alguien que ahora es señalado por todos desde la sombra: ¡Policía!

Los universitarios progres

Reunidos en Sanborns, llevaban puestos blue jeans Levi’s y tenis Nike, y fumaban Marlboro en el área de fumadores; pusieron sus dispositivos Apple en la mesa, pidieron Coca Cola y Banana Split, y se aventaron cinco horas disertando en tono yupi sobre la vigencia del marxismo y la revolución socialista.

El amor obligatorio

–¡Debes amar a tu país! –sentenció el profesor de civismo, señalando con un dedo flamígero el rostro de su alumno, a quien inculcan “amor” desde entonces con la hiriente disonancia de tambores y trompetas, obligándolo a marchar en solemne ceremonia de corte militar, cuando él todavía no despierta del todo, pesadilla semanal que recordará con rencor durante décadas, una vez liberado, y optará por el odio y la violencia retroactiva como efecto directo, no colateral, de asociar el verbo “amar” con la imposición de nociones demagógicas y vacuas, obligaciones irracionales, así como el sustantivo “país” con ausencia de contenidos y significados reales, acumulación de vacío y verborrea, y preferirá vivir por su parte a morir por la patria.

Degradación privada

El Chupacabras vendió Telmex a su prestanombres, que primero reemplazó a los humanos por máquinas y luego contrató a miles de autómatas infrahumanos que, además de creer en el mito de la infalibilidad sistémica y obedecer a ciegas, son baratos. Desde entonces, mi contestadora telefónica recibe hasta diez llamadas que, a veces con voz grabada, me cobran durante una semana o más, después de que pago muy caro por un mes de servicio incompleto y pésimo.

(Esta historia continuará…)

Democracia

Érase un restaurante llamado México en el que había dos opciones de bebidas: Coca Cola y Pepsi, pero algunos comensales no querían beber eso; entonces Coca Cola se mezcló con Pepsi y surgió así «la izquierda»; luego Pepsi mezclóse con Coca Cola y surgieron los «candidatos independientes»; unos cuantos millones de pendejos creyeron ser electores de sus bebidas; los dueños del restaurante les dieron a comer mierda, y ellos bebieron y vivieron infelices para siempre. Fin.

Perpetuación de la enfermedad

Hubo dos candidatos en la elección municipal. El primero declaraba: “Soy orgullosamente mexicano; amo a mi país”, mientras el segundo espetaba: “La naturaleza del mexicano es una porquería y por eso México perpetúa todos sus males, en vez de erradicarlos de raíz”. Como era previsible, el candidato nacionalista ganó con el cien por ciento de los votos, y el oponente confirmó el acierto de su diagnóstico.

El votante

Al ensuciar su dedo, limpió su conciencia y, cuando despertó, el dinosaurio era él.


El demente

Érase un candidato a presidente de México que, para acabar con la corrupción, ofrecía perdonar a los corruptos y, para acabar con la violencia, ofrecía perdonar a los capos del crimen organizado, y todo era perdón en su programa de impunidad llamado Proyecto de Amor y Paz 2018.

Calabaza

El 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, se registró AMLO como candidato del partido Morena del Tepeyac y envió una carta a los Reyes Magos en la que decía: “Prometo ser buen priista si me dejan llegar”. Pero llegó el esperado 6 de enero y San Peje se quedó esperando su regalo.

La contienda

–¡Respetable público: Lucharaaán a dos de tres caídaaas sin límite de tiempo, en esta esquinaaa el PRI original y, en esta otraaa, su copiaaa “morena”!

En campaña

Un escalofrío invadió mi cuerpo al ver el Zócalo infestado por una desbordante y aplastante masa de zombis. En el templete, los arengaba El Peje.

Masoquismo

La moda zombi alcanzó tal desproporción que, en México, por ejemplo, formaron partidos políticos y ganaron todas las elecciones.

En México

La epidemia zombi se generalizó y terminó por identificar y unir a los infectados, que ahora la llaman nacionalismo.


Obnubilación

El Maratón Guadalupe – Reyes fue creado por el Diablo para que sus abyectos súbditos en México pudieran engendrar la nueva Ley de Seguridad Interior, también llamada Ley de Represión Interior, pues en vísperas de la próxima sucesión presidencial no estaba programado ningún partido de la Selección Nacional de Futbol.

Mucho gusto

Aquí entre sicópatas, me presento: Causé un genocidio con 121 mil 683 personas asesinadas y más de 26 mil desaparecidas en seis años, según cifras oficiales, y ahora pretendo que mi cónyuge (una buena para nada que ni siquiera sabe hablar) lo continúe.

No es cuento

Los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki tuvieron una réplica mexicana que duró dos sexenios con el nombre de «guerra contra el narcotráfico», un número similar de bajas mortales y 38 mil desaparecidos, pero en versión perpetua y empeorada, pues México se acostumbra siempre a lo que sea y terminó legalizando el genocidio y la barbarie.

Desvergüenza

El Partido presentó en comisiones y al pleno de la Cámara de Diputados un proyecto de Ley para la abolición de la vergüenza y la conciencia, castigando con cárcel y elevadas multas a quien fomente sedición informativa y pesquisas morales cuando atenten contra la falta de principios y valores éticos. [1]


El innombrable

Érase un país tan pobre que ni siquiera tenía nombre ni cultura propia y tan loco estaba el pobre que solía confundir su demencia con democracia.


1. Premonición: Días después de publicado este microrrelato en Tuiter, el Senado de la República devolvió a la Cámara de Diputados el proyecto de Ley de Seguridad Interior, también llamada Ley de Represión Interior, y la Cámara baja envió a la Cámara alta un proyecto de «Ley Mordaza».


Crónica indignante (continuación)

Juchitán de Zaragoza, Oaxaca. Sábado 14 de octubre. Vicente Marcial Cerqueda, como dijimos en la primera entrega, es presidente de un comité ciudadano que fue constituido junto con otros 67 para recibir y repartir en total 19.5 millones de pesos entre la gente con casas gravemente afectadas por el terremoto del 7 de septiembre, como “apoyo de empleo temporal” que consiste en 2 mil 370 pesos para cada familia.

Más conocido en su pueblo como Chente Marcial, el también lingüista y promotor cultural se prepara para salir de casa y llegar puntual a la cita, cuando recibe una llamada: Liz Rasgado, también presidente de comité, le propone una junta inmediata entre los representantes ciudadanos de la cuarta sección de Juchitán, pues la ha llamado un tal Miguel Ángel Olmedo Cárdenas, funcionario del gobierno estatal, para decirle que todavía no llega el dinero y que habrá que recogerlo en algún lugar distinto a Juchitán.

Los seis presidentes de comité que llegan a casa de Chente traen información encontrada. Unos dicen que les han llamado para que vayan con la gente del gobierno estatal a la base aérea militar de Ixtepec, a donde los habían llevado un día antes para nada; otros dicen que los llamaron a firmar más documentos dizque necesarios para obtener los recursos.

Chente Marcial, en cambio, nunca recibe alguna de esas llamadas. Alrededor de las diez de la mañana, alguien llama de nuevo al teléfono móvil de Liz Rasgado para decirle que debe convencer a todos de ir a la base aérea militar. Todavía reunidos en casa de Chente, los siete representantes de la cuarta sección acuerdan negarse a firmar ningún documento más y exigen a los funcionarios que, en cuanto tengan el dinero, les avisen para que se presenten ellos en las mesas.

Mientras tanto, la gente que tenía dos días formada cuando la dispersó el temblor de 5.5 grados ha vuelto a formarse desde las ocho de la mañana. Y, entre la fila, corre un rumor: “Chente Marcial se niega a ir por el dinero y por eso se está retrasando el pago”. La gente empieza a alborotarse. Las mesas de la cuarta sección están instaladas a una cuadra de la casa de Chente y la gente sabe que los presidentes de comité están reunidos allí.

Liz Rasgado se comunica con Miguel Ángel Olmedo para exigir que dejen de jugar y les informen exactamente qué pasa con el dinero. El funcionario responde que todavía no llega Cometra, la empresa contratada para el “traslado de valores”. Liz Rasgado exige que, cuando tengan el dinero, los llamen y, por lo pronto, informen a la gente que espera formada, y termina la llamada con furia juchiteca.

–¡Hay que tener muy poca madre para salir con lo que salen ustedes, de veras!

En las filas de algunas secciones (cada cual recibe un trato distinto), la gente de Paco Piza con Miguel Ángel Olmedo al frente reparte papelitos numerados y hace correr el rumor de que el ayuntamiento le pide a la gente formada regresar a sus casas.

10:45 AM. Alguien llama para informar que ha llegado por fin la camioneta blindada de Cometra y que los comités ciudadanos deben recoger el dinero en el hotel Delice, donde se hospedan las delegaciones gubernamentales.

Los representantes de la cuarta sección salen de casa de Chente y piden un taxi. Debido a que la calle Juárez está bloqueada por escombros, caminan hacia la esquina de la calle 2 de Noviembre y, a unos metros de la gente que espera amontonada, sale una vecina al encuentro con Chente para informarle del chisme que ha corrido a lo largo de las filas: “El responsable de que no llegue la lana es Vicente Marcial, que se niega a ir por el dinero”. Chente advierte que la multitud lo mira. Se retrasa el taxi que han pedido; llaman de lejos a los que pasan, pero todos están ocupados.

Visiblemente preocupada, la vecina pide a Chente y compañía que se cuiden, pues parece que alguien azuza un linchamiento entre las hordas priistas, y Chente responde que los responsables de la tardanza son los funcionarios que usan y engañan a los comités ciudadanos, que esa gente ya tiene el dinero y que ellos van a recogerlo.

Abordan el taxi que habían llamado y que se abre paso entre la multitud; Chente fija la vista al frente con gesto adusto sin mirar a nadie.

Llegan al hotel y son guiados por funcionarios estatales con un federal metralleta en mano hacia el pequeño salón en donde los habían amontonado el día anterior.

Los funcionarios federales son de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat); los estatales, de la Secretaría de Vialidad y Transporte (Sevitra) y del Instituto Estatal de Educación para Adultos (IEEA).

Ahora, en el salón, hay varias mesas y, sobre las mesas, unas bolsas negras con fajos de billetes de 500 pesos. Cada quien recibe 237 mil pesos para que los cuente, pero ellos protestan, pues el compromiso de Paco Piza (todavía ojo de hormiga) era entregar el dinero en sobres de 2 mil 370 pesos.

Los funcionarios exaltan su prepotencia, vociferando que ya dejen de discutir y que se apresuren a contar y llevar el dinero a la gente. Los representantes juchitecos paran en seco a los funcionarios y alegan tener derecho a indignarse por la irresponsabilidad gubernamental y la falta de palabra.

Los funcionarios dicen que han avisado a la gente para que se presente con 130 pesos de cambio, que ya está distribuida por mesa con su número de turno y que tienen disponible un vehículo.

A cada quien le entregan una mochila de Adidas para que meta el dinero contado. Los representantes ciudadanos salen cada uno con 237 mil pesos en su mochila. En el estacionamiento del hotel hay una camionetita Nissan con cabina; las mujeres ingresan adelante y los hombres se amontonan en la batea. Con un millón 650 mil pesos, se desplazan entre promontorios de escombros hasta 2 de Noviembre, esquina con Efraín R. Gómez.

El estand instalado por las “autoridades” da sombra sólo a la mitad del espacio en donde trabajarán dos comités por mesa.

En cuanto llegan, los presidentes informan todo cuanto les hicieron pasar los funcionarios; que haber mantenido a todos en ascuas se debe a esos burócratas. La gente escucha, aunque algunos gritan que se callen y empiecen a pagar ya; son una nube de priistas identificados, artífices de propagar rumores y generar caos a conveniencia.

Los representantes acuerdan que el comité ciudadano haga su instalación formal y, desde ahí, asumir toda la responsabilidad de conducir la entrega de los recursos.

Reaparece entonces, como por arte de magia, un montón de funcionarios estatales, aduciendo que ellos conocían las reglas de operación y, por consiguiente, iban a conducir el proceso. Los presidentes les dicen con firmeza, recuento de agravios mediante, que ya los han soportado bastante y que mejor se mantengan al margen.

La multitud escucha callada esa queja y dirige una mirada de enojo a los burócratas; ellos y sus secuaces gritones se escurren entonces como cucarachas. Cesan los gritos y la gente se dirige ordenada y exclusivamente a los comités ciudadanos.

Una señora se acerca a la mesa con unas hojas en la mano, argumentando que viene en representación de su marido… Un funcionario estatal se acerca también y dice: “Las reglas de operación marcan que…”. Lo representantes ciudadanos, una vez más, lo detienen en seco y le dicen que el comité decidirá, que si él trae consigo las mentadas reglas de operación las entregue para que ellos guíen sus criterios. “Mientras no estén a la vista dichas reglas, nos atenemos al conocimiento de los vecinos para dar certeza de cada caso”, deciden.

Algunos vecinos llevan cartas poder, otros las dos credenciales, otros más sus hojas de seguro popular enmicadas. En casos especiales, los vecinos simplemente dicen: “Viene a nombre de su marido porque si él falta al trabajo le descuentan…” Y en esos casos, los comités deciden que a la persona se le paga. Los funcionarios federales y estatales, callados, sólo miran.

Al final, la fuerza que tiene la transparencia del conocimiento popular, a través del criterio de su representatividad, se impone a las rígidas reglas de la burocracia.

Corre la voz de que los funcionarios estatales quieren tomar el control para quedarse con el dinero que no sea cobrado.

La decisión de los comités ciudadanos es que, si algún vecino no llega, será porque tiene un problema mayor, así que ellos asumen también la responsabilidad de hacerle llegar el dinero a como dé lugar.

Hasta el domingo en la noche, faltaba por localizar a doce beneficiarios, y los presidentes de los comités están dispuestos a remover escombros hasta encontrar a los faltantes.

Sin contar los escasos recesos ni los esporádicos relevos, la gente hizo fila durante 60 horas (para el Record Guiness).

Después del viacrucis causado por su vergonzosa ineptitud, los funcionarios públicos no se han quedado con el dinero sobrante, sino con un palmo de narices. La actitud solidaria de la gente otra vez ha salido avante.


Crónica indignante

Un trance de manipuleo gubernamental

Juchitán de Zaragoza, Oaxaca. Jueves 5 de octubre. Se instalan mesas en cada una de las nueve secciones del municipio para que la gente con viviendas afectadas por el terremoto del 7 de septiembre reciba un “apoyo de empleo temporal” por la cantidad de 2 mil 370 pesos; dicho “empleo temporal” es el retiro de escombros de sus viviendas. La gente se forma desde las cuatro de la mañana para anotarse en las mesas instaladas.

En la cuarta sección, el registro termina quince horas después, a las siete de la noche.

Los funcionarios estatales y federales seleccionan entre la gente formada a un comité por cada cien personas de la fila; este comité se integra con un presidente, un secretario, un tesorero y dos vocales, a quienes hacen firmar una serie de documentos por triplicado sin oportunidad de leerlos por la prisa.

Una vez inscrita, la gente es citada para el 12 de octubre a primera hora.

Jueves 12 de octubre, oficialmente “Día de la Raza”. El pueblo madruga de nuevo para formarse y, así formado, espera todo el día bajo el sol para recibir el mentado “apoyo de empleo temporal”. Cae la noche y la gente, haciendo fila, duerme en la calle.

Cerca de la medianoche de ese día, los presidentes de los comités ciudadanos reciben una llamada, indicándoles que se presenten en el Hotel Delice, donde se hospedan las delegaciones gubernamentales, a las ocho de la mañana del día siguiente.

Viernes 13 de octubre, ocho de la mañana. Hotel Delice. Llegan alrededor de ochenta presidentes de comité de las nueve secciones. Después de varias horas de espera, se les hace pasar a un pequeño auditorio como para cuarenta personas y, todos amontonados, los ponen frente a una mesa de los funcionarios públicos: Tomás González Ilescas, delegado federal de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), y Francisco Javier García López, conocido como Paco Piza, delegado estatal.

Los funcionarios hacen esperar tres horas más a los representantes ciudadanos para decirles que, de un total de 19 millones 525 mil pesos de “apoyo” a los damnificados, sólo se podían retirar dos millones al día, por lo que el pago será realizado durante diez días.

Los presidentes de los comités responden indignados, pues la gente se ha formado desde la madrugada del día anterior y, más de 24 horas después, no se les puede decir eso.

González Ilescas pide que le den “oportunidad de hacer el trabajo bien”, y muestra un documento que comprueba el depósito de 19 millones 525 mil pesos el 11 de octubre. Enrique Peña Nieto lo había anunciado desde hacía más de quince días.

Tiene lugar una discusión y los funcionarios piden media hora para solucionar el entuerto. Después de una hora, Paco Piza propone cobrar el cheque en el banco HSBC de Salina Cruz y dice que disponen de tres autobuses para transportarlos de ida y vuelta y que sea posible entregar el dinero a la gente formada en las nueve secciones de Juchitán.

A algunos de los representantes ciudadanos les toca un sándwich y un refresco, pero la mayoría no tiene tanta suerte, y así los enchiqueran en tres autobuses istmeños.

Los escolta una patrulla con seis policías federales y la promesa de custodiar el regreso de Salina Cruz a Juchitán, debido a que cada persona llevaría 237 mil pesos; en suma, los tres autobuses cargarían con gente indefensa y casi 20 millones de pesos; una irresistible tentación para la delincuencia organizada y un alto riesgo para los presidentes de los comités que, por lo demás, no tenían obligación de trasladar dinero. Aun así, por consideración al sacrificio de sus paisanos, asumen el riesgo.

Llegan al banco y el gerente se muestra sorprendido porque no sabe nada del asunto; el delegado federal se encierra con él durante hora y media, hasta que una comisión de ciudadanos irrumpe en la oficina y exige una explicación. Finalmente, se acuerda que cada uno de los presidentes endosen el cheque y recojan el efectivo en la base aérea militar de Ixtepec. En el banco los tienen de once de la mañana a seis y media de la tarde, siete horas y media.

Cada uno sale con dos copias del cheque y el sello de “pagado”, pero sin un sólo peso en la mano. Desde que parten hacia Salina Cruz, Paco Piza se hace ojo de hormiga.

Mientras tanto, a la gente que hace fila en las nueve secciones de Juchitán le dicen que van a pagarle a las cuatro de la tarde; a sus representantes les dicen que a partir de las seis pueden pasar por el dinero a la base aérea militar; salen del banco a las 18:30 y los llevan a la base aérea militar. En el “centro de comando” hay una mesa de presidium y varias sillas que no alcanzan para que todos tomen asiento. En el presidium hay funcionarios estatales y el delegado federal; hay también un jefe militar y uno de la policía federal. El solemne y ceremonial ambiente sirve para enmarcar un anuncio: No hay dinero.

Salvo Paco Piza, los funcionarios estatales señalan al delegado federal como responsable de todo y dicen que ellos pueden ayudar a resolver el embrollo, como lo han hecho antes con la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) para el mismo asunto. El aplausómetro indica que hay partidarios de los personeros gubernamentales entre los presidentes de los comités ciudadanos.

Por su parte, alguien hace correr el rumor entre la gente formada en Juchitán de que la presidenta municipal, Gloria Sánchez López, ha ordenado que se vayan a sus casas y que el pago se haga hasta el día siguiente. Cunde un legítimo enojo, pero el ayuntamiento disipa el rumor a las cuatro de la tarde con un comunicado de indignación por la falta de seriedad de los funcionarios estatales y federales.

El rumor deja en evidencia la perversidad intrínseca del gobierno en los dos niveles superiores al ayuntamiento, pero resulta efectivo entre la gente del pueblo por el descontento acumulado con el gobierno también a nivel municipal, por múltiples y conocidas razones.

Algunos pobladores de la segunda sección bloquean la entrada este de Juchitán y exigen que se les pague.

A las 19:20, un temblor de 5.5 grados (proveniente de Salina Cruz, casualmente) dispersa a la mayoría de la gente que tiene más de 48 horas formada, salvo en la segunda y la sexta secciones, donde se mantiene haciendo fila; de ahí que los representantes de esas secciones decidan quedarse en la base aérea militar para salir hasta tener el dinero para sus vecinos.

Los demás suben a los autobuses y regresan a Juchitán cansados y con las manos vacías, después de trece horas y media de engaños, de que los llevaran y trajeran como manada de animales, de que los pastorearan por toda la región, mientras sus representados esperaban día y noche, noche y día, 24 horas más, haciendo fila.

De nuevo, quince minutos antes de la medianoche, Vicente Marcial Cerqueda, presidente de comité, recibe una llamada de la Semarnat para que se presente en media hora –¡bromas aparte!– en la base aérea militar de Ixtepec. Chente reprime una mentada de madre al funcionario federal y responde que ya basta de tanta burla, que los espera a las nueve de la mañana, como informaron en el templete del centro de comando.

Ningún funcionario se hace responsable, todos se lavan las manos luego de lanzarse la pelota unos a otros entre ellos, pidiendo comprensión.

La gente se fue humillada y frustrada, pero con la esperanza de que los mismos burócratas lleguen con el dinero a las nueve de la mañana de hoy sábado 14 de octubre.

(Continuará…)


«Ya nunca seremos los mismos»

Segunda parte

Mientras tanto, los velorios tienen lugar en la vía pública por temor a las réplicas o por la destrucción de la casa que habitaba el hoy difunto; las calles heridas por la devastación son escenario de cortejos fúnebres como parte de la cotidianidad emergente; sus expresiones de luto y tristeza –llantos y canciones, por ejemplo– coinciden con otras procesiones funerarias en los dos panteones municipales, ahora más concurridos que nunca y, para colmo, dañados por el terremoto; el más viejo se llama Domingo de Ramos y está en la primera sección, cerca del Hospital General; el otro tiene por nombre Miércoles Santo y está en la octava sección Cheguigo.

Suceden 10.5 réplicas por hora en promedio, de 4, 5 y 6 grados. A 24 horas del terremoto, se cuentan 36 muertos, más de 300 heridos y unas 260 réplicas, que aumentarán a dos mil, siete días después.

Las familias pernoctan en sus patios o en la calle por temor a las réplicas y para proteger sus pertenencias de la posible rapiña, o por su propia condición damnificada; otras acampan en canchas de baloncesto o balompié, otras más lo hacen en los parques y las plazas, y muchas otras en los albergues acondicionados en las escuelas todavía servibles, aprovechando que no hay clases. La Casa de la Cultura, con tradición de ser albergue durante desastres naturales como la inundación de 1993, está colapsada esta vez.

Las redes sociales son el medio masivo para dar a conocer la situación en toda o casi toda la región y las necesidades más apremiantes de los afectados; con ligeras variaciones, urgen medicamentos y material de curación, asistencia médica, alimentos no perecederos y agua potable, croquetas, productos de higiene y limpieza, colchonetas, cobijas o cobertores, lámparas y pilas, cinta adhesiva, cajas de cartón, rescatistas de otras partes del país…

La solidaridad de la sociedad civil no se hace esperar: en diversos puntos del territorio nacional y hasta en otros países del mundo (desde la República bolivariana de Venezuela hasta el Estado sionista, genocida y terrorista de Israel) se organizan brigadas médicas y de rescate, que arriban a Juchitán para cubrir desde allí todo el Istmo oaxaqueño, desplazándose también a otros municipios golpeados: proliferan centros de acopio, se dan a conocer cuentas bancarias para recibir donativos de cualquier parte del mundo…

No obstante, se enfila una crisis alimentaria, pues la comida se reduce a lo que tenían los pobladores en sus casas y lograron rescatar; al acabarse, hay desbasto, pues las tiendas grandes y los restaurantes no abren sus puertas al público; tampoco hay mercado tradicional por el colapso de sus instalaciones.

Entre la desorganización, la improvisación y la mala leche de algunos, parece que los cargamentos de víveres y demás llegan a manos equivocadas. Abundan denuncias en las redes sociales: que la ayuda humanitaria es acaparada por tenderos o termina en bodegas de partidos políticos para repartirla como despensa con sus respectivos membretes al calor de la próxima campaña electoral (el PRD compite con el PRI en esta rapiña y lo supera desde el poder local), que la presidenta municipal Gloria Sánchez López, de extracción perredista, desvía una parte y otra la entrega con criterios clientelares; si eso hace con los víveres, cabe sospechar que también con el dinero. Cámara en mano, un grupo de mujeres sorprende a hombres que descargan dos camiones de acopio humanitario en la casa del secretario municipal Óscar Cruz López.

En las redes sociales abundan también testimonios de angustia y desolación por la súbita pérdida de todo cuanto poseía la gente pobre. Algunas de estas expresiones son desgarradoras, como gritos desesperados que piden auxilio.

–Peña Nieto llegó rapidísimo en helicóptero a Juchitán; así debía de llegar la ayuda, ¿no? Pero no llega –protesta una señora, cuya comparación resume el abismo entre gobernantes y gobernados.

La destrucción telúrica no hizo distinciones entre ricos y pobres, arrasó con sus casas más o menos parejo, pero quienes acaparan lo que llega para todos son los mismos que acaparan capital en detrimento del pueblo, a expensas del trabajo y la precariedad de los demás.

Entre tanto, el levantamiento de los escombros y el cascajo con palas, unas mecánicas, otras manuales, abre paso a las demoliciones, unas con maquinaria pesada, otras con zapapicos y mazos; en casos intermedios, personas, bestias o carros tiran de sogas amarradas a muros o restos de muros inestables, esfuerzos a los cuales sigue la recolección otra vez con palas…

¿En dónde está el gobierno?

El 11 de septiembre, a cuatro días del terremoto, habitantes de la colonia «5 de Abril», ubicada en las inmediaciones del centro de la ciudad, bloquean la carretera Juchitán-Ixtepec para exigir al gobierno del estado y al ayuntamiento municipal que atiendan sus necesidades; casi un centenar de personas informan que peligran sus vidas y las de sus familias ante la falta de alimentos, principalmente. En esa colonia popular, unas 120 familias viven a la intemperie, a expensas de las víboras, desde la medianoche del terremoto.

Agencias municipales de Juchitán como Santa María del Mar, en la zona huave o ikoot’s, continúan incomunicadas, mientras pobladores de Chicapa de Castro y Álvaro Obregón denuncian el mismo “abandono gubernamental”.

A mediados del mes comenzarán las lluvias y la gente que sigue a la intemperie requerirá, entre otras cosas, de lonas en abundancia y plástico grueso, cuerda o mecate, cosas que pueden abastecer a tiempo las voluntades solidarias, pues la prioridad del gobierno local es el palacio municipal, su propio beneficio y su propio bienestar.

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Además de la solidaridad efectiva, la que se asegura de que los víveres y demás lleguen a quienes lo requieren con más urgencia, un atisbo de regreso paulatino a la normalidad, aunque nunca será como antes, es también un respiro: algunos comerciantes comienzan a traer comida –carne y pescado, huevo y queso, fruta y verdura, totopo y tortilla– de Oaxaca de Juárez, capital del estado, y otros lugares, para venderla frente al palacio de gobierno, en el Parque Municipal Juchitán; este parque albergará quizás a una parte del nuevo mercado popular en la construcción de lo que sería una nueva normalidad, con diferencias formales y sustanciales a la vida anterior, sobre todo por la asimilación de una experiencia inesperada y brutal, para la que no estaba preparado el pueblo ni el gobierno, a pesar de su pasado más o menos reciente, que ha sido intenso.

Por lo que veo, la gente de Juchitán ha cambiado en relación con la que, hace casi treinta años, conocí al calor de una contienda electoral y el regreso de la COCEI al poder municipal, ahora en alianza con el PRD. A partir de la medianoche del 7 de septiembre opera un cambio más rápido, quizás en otra dirección. El tiempo lo dirá.

La reconstrucción de Juchitán, ciudad heredera de los antiguos binnizá, en la medida que recurra de nuevo al trabajo comunitario, puede unir, cohesionar y fortalecer al pueblo. El gobierno local y los partidos políticos pueden dividirlo y debilitarlo, deliberada o inconscientemente. El tiempo tiene la palabra.


«Ya nunca seremos los mismos»

Primera parte

Jueves 7 de septiembre a partir de las 23:49 horas. Un terremoto de 8.2 grados en la escala de Richter, con epicentro en el golfo de Tehuantepec, frente a las costas de Tonalá, Chiapas, sacude al sur y al centro de México durante 87 segundos, casi un minuto y medio. El sacudimiento, que abarca doce entidades federativas en total, contando a la Ciudad de México, se extiende más allá de la frontera con Guatemala hasta El Salvador y Honduras. Las regiones más golpeadas son el Istmo oaxaqueño y la costa de Chiapas, en ese orden y, en menor medida, los estados de Tabasco y Veracruz.

Juchitán, zona cero

Juchitán de Zaragoza, la capital política y cultural del Istmo, sufre los mayores estragos; las primeras imágenes que aparecen ante los ojos del mundo en la televisión y las redes sociales muestran derrumbada la mitad del palacio municipal; en sentido estricto, es la tercera parte del edificio, la segunda parte de la planta alta, que tenía debajo una porción del Mercado «5 de Septiembre» con alrededor de 50 puestos de comida, ahora sepultados. El emblemático edificio fue construido en 1860, así que 157 años de historia se vinieron abajo. El resto del inmueble, que se mantiene de pie, tiene daños estructurales, por lo que se contempla su demolición.

Todo el municipio –cabecera, rancherías y agencias municipales, con alrededor de 150 mil habitantes en total– queda sin luz eléctrica; en la oscuridad de la medianoche, un reportero de la televisión local describe la situación, mientras alguien levanta de las ruinas una bandera de México en perfecto estado y planta el asta sobre la desolación; la imagen del estandarte nacional que ondea con el viento en la penumbra y lo más alto del promontorio de escombros se convierte de pronto en icono por su fuerte simbolismo, y recorre el mundo.

La policía municipal, Protección Civl y los bomberos, entre otras corporaciones y brigadas de auxilio, no se dan abasto. Los vecinos se movilizan para sacar a la gente atrapada bajo los escombros y llevar a los heridos al Hospital General «Dr. Macedonio Benítez Fuentes», que está devastado; más del 90 por ciento de la estructura hospitalaria queda inservible, por lo que son evacuados los pacientes sobre sus camillas para que el personal médico los atienda en la explanada y el patio, a donde siguen llegando lesionados que se cuentan por decenas y quizá centenares durante la madrugada. El espacio es enorme, pero aun así es rebasado por la aglomeración, de modo que algunas personas reciben atención médica en la calle. Esa noche mueren allí quince personas, cuyos cuerpos son retirados de inmediato.

Este nosocomio se llama general, pero es regional en la medida que atiende a la región del Istmo, principalmente a las agencias municipales de Juchitán –Álvaro Obregón, Chicapa de Castro, La Venta, La Ventosa y Santa María del Mar–, además de los municipios cercanos y menos urbanos, como El Espinal y Santa María Xadani, cuando los enfermos pueden trasladarse.

A nueve cuadras del hospital, mueren cuatro personas al desplomarse el Bar Jardín, y fallecen dos huéspedes bajo el techo del hotel Juchitán. El Hotel del Río, en las afueras de la ciudad, se viene abajo y sepulta, entre otros, a la propietaria, que no sobrevive.

En las secciones séptima y novena, históricamente las más marginales del municipio, las casas son muy viejas en la mayoría de los casos, por lo que no resisten la violencia telúrica y se desmoronan; las que siguen de pie lo hacen con fragilidad y un equilibrio precario. Luego del derrumbe y el apagón, cuando los pobladores intentan sobreponerse, ocurre una serie de explosiones por las fugas de gas.

Media hora después del terremoto, sucede una réplica de 6.1 grados, que será la de mayor intensidad. Además de los muertos, heridos y desaparecidos, hay víctimas de pánico.

Al amanecer, las imágenes son impactantes y deprimentes. Del centro a la periferia, casas, establecimientos comerciales y edificios de diversa índole se reducen a escombros. Saltan a la vista, por alucinantes, los pisos altos con inclinaciones de unos 180 grados. Algunas casas parecen intactas desde la calle, pero por adentro se aprecian hoyos en el techo y grietas o cuarteaduras en las paredes, además de cascajo sobre los muebles y en el suelo. Sobre las banquetas hay también escombros y árboles caídos. En las orillas de calles y avenidas yacen automóviles aplastados por pedazos de fachadas y postes. El pavimento de las calles está roto, inclusive abierto. Hacia las afueras, carreteras y puentes con grietas o, de plano, destruidos.

La Escuela Primaria «Centro Escolar Juchitán», fundada en 1938 por el general Lázaro Cárdenas y emblemática de Juchitán por ser la más grande del Istmo, se halla totalmente devastada. En el templo de San Vicente Ferrer, patrón de Juchitán, junto a la Casa de la Cultura, los muros están derruidos o rotos, ha caído entera una de sus torres y, en la otra, se mantiene en vilo una cúpula, como para venirse abajo con alguna de las réplicas. Son algunas de las edificaciones más antiguas desde los cimientos, con reparaciones, arreglos o remodelaciones posteriores de la obra original hasta nuestros días.

El ogro filantrópico

En la mañana del viernes 8 de septiembre, arriban el ejército federal y la Marina, que activan el Plan Nacional de Respuesta MX y rescatan de las ruinas a personas con vida o recuperan sus cadáveres; opera un equipo especial de la Marina, compuesto por 25 socorristas y tres perros rastreadores, uno de ellos hembra de raza labrador, y dos pastores belgas…

En general, todo cuanto depende del gobierno en cualquiera de sus tres niveles sucede con retraso y es insuficiente. Las vidas que salvan las fuerzas armadas en su ostentoso despliegue y su operativo escenográfico (la friolera de tres o cuatro personas en total) no son más que las rescatadas por bomberos y paramédicos sin tanto alarde. Los Topos de Tlatelolco, brigada histórica de rescatistas voluntarios, realiza una discreta pero heroica labor de salvamento, a pesar del trato recibido y el comportamiento gubernamental.

Más de mil 800 soldados son distribuidos en la región y su “labor social” se reduce a remover y levantar escombros. Se habla de repartir despensas y hay imágenes de soldados descargándolas de aviones y camiones militares, pero no existen testimonios (auténticos sin lugar a dudas) en las redes sociales al respecto. Quizás hubo algo de “ayuda humanitaria” en este aspecto, pero nomás para la foto y el video que verá después el mundo por televisión.

El censo gubernamental de inmuebles afectados por el terremoto, para empezar, burocratiza y retrasa literalmente al máximo “los apoyos” monetarios del Fondo de Desastres Naturales (sic), pero un cálculo preliminar contabiliza más de 5 mil casas con afectaciones graves, dato que no es confiable, pues los soldados califican superficialmente los daños, sin entrar a las casas. En realidad, todas las casas, sin excepción, están dañadas en alguna medida, sea con daños totales o parciales. El censo preliminar contabiliza también alrededor de 50 mil damnificados, pero no abarca más allá de la cabecera municipal.

Como siempre, la visita oficial que realizan los titulares del Ejecutivo federal y del estado, así como de las secretarías concernientes y sus comitivas, limita su función a la emisión de promesas y al baño de pueblo, que aprovecha la ocasión para una sesión de fotos. Gracias a la demagogia declarativa, el 7 de septiembre será oficialmente «Día de luto nacional» y, para efectos inmediatos, se declara también «Zona de desastre» a la región. ¡Uf, qué alivio! Después viene la ocurrencia totalitaria de que las fuerzas armadas repartan el acopio de la sociedad civil.

Segunda parte