Intolerancia

Misantropía

Para Einstein, valga el lugar común, sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, aunque de la primera no estaba seguro. Para mí, en cambio, la estupidez humana es más grande que el universo.

No existe peor depredador que el humano; su vocación destructiva puede más que la naturaleza en sustantivo: la corrompe, como suelen hacer los corruptos; arrasa con bosques y selvas; extermina especies enteras de animales y vegetales, y con cada una, desaparece todo un sistema ecológico; envenena el aire y el agua; eleva el nivel del mar sobre la tierra, cuya extensión empequeñece, al derretir el hielo polar con el calentamiento de la atmósfera. No obstante, nos creemos superiores al resto de los seres vivientes: a diferencia suya, la nuestra es una especie racional, civilizada… Of course! Tan racionales y civilizados somos que, desde hace décadas, la capacidad bélica del mundo industrializado es suficiente para borrar todo vestigio de vida en el planeta cuatro veces o más, por si en la primera hecatombe sobrevive una cucaracha, al cabo también hemos alcanzado suficiente automatización como para prescindir de nosotros mismos, o sea, sustituirnos.

Toda la fauna contamina con mierda y sus propios cadáveres, pero ningún animal “irracional” produce más contaminación y mucho menos como el humano: en magnitud que supera su “preservación”, como concibe la constante multiplicación de seres hereditarios, reproducción cada vez mayor en cantidad y menor en calidad, cada vez más alienígena su condición mutante, asimilada generacionalmente al medio ambiente que desangra para poblarlo como parásito, habitarlo en guerra de progresiva invasión, colonizarlo como un país a otro, para edificar una “civilización” sobre las ruinas de lo que pudo ser su casa y dejar de existir al mismo tiempo, en un futuro cada vez más presente, que de tan cercano resulta imposible vislumbrar, al menos por gente de visión escasa, la más ordinaria, mayoritaria. La naturaleza de la humanidad, en vez de adaptarse a la del planeta, lo destruye y se adapta más bien a sus restos mortales y la destrucción. Entre todas las posibilidades existentes de vida, ninguna otra produce tanta muerte y enfermedad en masa descendente como para que su hábitad deje de ser habitable y como si tuviéramos a donde mudarnos una vez acabado el espacio que nos queda.

Ningún otro animal requiere, ni por asomo, de fábricas ostensiblemente contaminantes del aire, la tierra y el agua, fábricas de basura en abundancia; tampoco de grandes vehículos para su transporte o vehículos pequeños en grandes cantidades, que también son fábricas de ruido y emanaciones tóxicas. Nomás el humano transforma un río de peces en uno de coches (el síndrome de Río Churubusco). Ningún otro animal fuma, vicio paradigmático de la imbecilidad sin límites, al menos por su voluntad; producir humo en la boca y arrojarlo al aire de todos es un “derecho humano”. En la ciudad, fauna y flora respiran por obligación el asesino tufo de la gente, el que produce por “necesidad” y el que agrega por “gusto”, como llaman los adictos a su adicción. Ni entre todas las demás especies pueden hacer del mundo un basurero y del basurero un mundo como hace la gente cotidiana y tranquilamente; ni todas juntas hacen tanto como cuanto deshace la gente: deshechos orgánicos -un mar de mierda, sobre todo- y no orgánicos ni biológicamente “degradables”, es decir, asimilables como fertilizante y abono en la composta por la madre tierra; lo que se degrada es más bien la inteligencia de seres tan estúpidos que requieren de plástico para todo.

“Muy humano”, en el demagógico lenguaje del humanismo callejero, es el límite que nos identifica, pero no distingue a nuestra especie de la supuesta inferioridad animal; característica y exclusiva de la pretendida superioridad humana es la guerra entre nosotros y contra otros, a veces por diversión, la tortura de seres indefensos, la tiranía y pueblos que no tienen más que hambre y miseria por la perpetuación y el crecimiento mundial de asimetrías y desigualdades económicas y sociales. En los hechos, si algo es propio de la especie humana en comparación con la otredad viviente es nuestra destructividad, el desastre concebido como normalidad, el exterminio de las demás formas de vida en aras de la construcción de cementerios poblados por autómatas que obedecen a las máquinas, metrópolis en donde respirar es un suicidio y salir a la calle, eutanasia. Según la noción humanista de bolsillo, ignorancia inducida por los dueños del mundo a través de la televisión, ecocidio no es asesinato sistemático del sistema ecológico en turno, sino el nacimiento de nueva naturaleza llamada progreso, la prioridad del asfalto sobre los árboles y de los coches sobre los peatones, pues caminar es cada vez menos humano; efecto colateral de la modernidad es su dependencia crónica del petróleo, cuyo principal derivado es la barbarie imperialista, el genocidio como efecto secundario del efecto colateral, mal necesario, la eliminación de una civilización antigua por una “moderna”, basada en la cultura bélica (si acaso es cultura tal demencia), la del poder por la fuerza bruta, la de vencer en vez de convencer, la que siembra Hiroshima y Nagasaki, 200 guerras en un siglo, y cosecha su 11 de Septiembre, una de kamikaze por las que van de medallas al mérito de la destrucción masiva.

Muy humano es el júbilo de un público embrutecido, como en el antiguo circo romano, por la carnicería llamada fiesta brava o tauromaquia, por el espectáculo también sanguinario que son las peleas de perros y de gallos, y por la cacería como “deporte” de potentados y magnates que lo mismo barren con extensas reservas de la biosfera, pobladas por especies de flora y fauna en peligro de extinción, para jugar golf. ¿Qué otro animal es capaz de semejante atrocidad? Solo al más irracional divierte y causa placer el video snuff, o la prostitución y la pornografía infantiles, como los clubes de “ruleta rusa”, entre otros juegos clandestinos de apuestas para ludópatas y pedófilos pederastas en negocios tan sórdidos y criminales como el tráfico de órganos humanos. ¿Qué podíamos esperar de un ser viviente que se alimenta de cadáveres, que viste de cadáveres, a veces nomás de adorno, y adorna también sus paredes de cadáveres como trofeos? ¿Qué podíamos esperar de una clase de vida que produce bienes de consumo a cambio de males que nos consumen: la explotación de minorías a mayorías, la apropiación del producto del trabajo por el capital vampiro?

Según Serrat, la humanidad es “el alimento que engorda la ciudad”. Según yo, es más bien una plaga que infesta cuanto puede con sus turbas de pasiones patrioteras y futboleras, fanatismos religiosos y otras formas de fundamentalismo, ambientes enfermos en donde gobierna el miedo porque abunda la debilidad mental, la desconfianza paranoica y la histeria colectiva, nada más propicio para linchamientos y expulsiones; la humanidad es una epidemia que asola el planeta con su cauda escandalosa y pestilente, su rastro de humos y gases, de basura personal en cantidades industriales, moscas y cucarachas, ratas y ratones, gatos que hurgan y pergoñan las noches de tiraderos en plena calle, perros enanos que sirven para ladrar agudo en casas y edificios, además de cagar en la vía pública y dejar allí su mierda; la humanidad es un virus que urge erradicar…

Si Marx y Engels aspiraban a que desapareciera definitivamente la familia como unitaria institución de una sociedad patriarcal basada en relaciones opresivas, yo sueño con la desaparición de la humanidad como ha sido hasta hoy: con menos obras que sobras en este proceso involutivo, y demasiada infelicidad para los demás por su egoísmo, estulticia que anda suelta y es la suma de todos los egoísmos, así que ni un ápice de respeto conoce; todos pagamos en especie su mediocridad y pequeñez todos los días de avasallante soledad y miseria humana.

¡Por amor a la vida, odio a la humanidad!

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abril de 2008
Enanismo magno

Lo padece este planeta que no es nuestro, este mundo que no es nuestro, este país que tampoco es nuestro. Cuanto mayor es el poder, más enano resulta quien lo tiene, lo detenta, lo ejerce. Decía Mao que vemos grandes a los tiranos porque estamos de rodillas ante ellos. Eso es un lugar común, al que yo agregaría: el tamaño del tirano es inversamente proporcional al de su tiranía; el tamaño humano, político, ético, moral… Ejemplos abundan y hasta sobran, desde Calígula o Nerón hasta Bush el pequeño (sobran), desde los dueños de la empresa privada que llamamos México hasta la plaga infrahumana que infesta el edificio donde vivo. Un poder tan grande como el de George Wácala Bush no podía menos que acabar de enloquecer a un ser microbiótico y demente de por sí. Como su émulo de tercer mundo, Felipe el espurio hace perfectamente el papel de enano por antonomasia. La ciudad más grande y contaminada del mundo está secuestrada por una turba de enanos erigidos en columna bertebrard de parapléjico jorobado. En proporción inversa al tamaño de esta ciudad, la mafia que ocasiona el infinito caos en que vivimos es infinitesimal. Cuanto más diminuto es alguien, más grandes son sus estupideces. La onda Ebrard (que las obras afecten a la mayor cantidad posible de gente) es el colmo de la irracionalidad, el ejercicio del poder llevado al extremo de la imbecilidad, la estulticia demencial; es la magnificencia del enanismo, porque además del desquiciamiento urbano, además de los trastornos causados cotidianamente hasta nuestra máxima capacidad de tolerancia, hemos padecido la máxima capacidad de autoengaño en ellos, nuestros captores, una megalomanía similar a la de Hitler en su bunker ante la inminencia de la contundente derrota; así es la onda Ebrard ante la evidencia del rotundo fracaso: ebriedad de autoelogio y autocomplacencia, espejo metafórico del rey con un traje que solamente él podía ver, ebrierard o el síndrome de Foxilandia a escala defeña y en amarillo.

La misma vocación de irrealidad vemos en casos que solo varían de tamaño y, por lo demás, son idénticos. El secuestro del país, de la ciudad, de la Cineteca Nacional… Los enanos que despedazaron el piso histórico de la Cineteca Nacional, de losetas con nombres de personalidades entre quienes, obviamente, no figuraba ningún Leonardo García Tsao, no son menos brutos y destructivos que los bándalos al servicio del chacal Ulises Ruiz, quienes incendiaron edificios públicos con un valor histórico para tener de qué culpar a la APPO (cabeza que no piensa, embiste). La estatura de los enanos que proyectan las películas en la Cineteca Nacional con la sensibilidad de un burro en una cristalería es inversamente proporcional a la estatura de quienes realizaron esas películas. El sindicato criminal de enanos inamovibles de los cuartos de proyección es una mafia insignificante y miserable que nunca ha visto una película en condiciones dignas porque sabe tanto de cine como de dignidad. Su noción de la Cineteca Nacional es la misma que tienen las cucarachas del edificio que infestan.

El enanismo magno autosabotea todo proyecto que rebase la capacidad mental de un microcéfalo para concebirlo, entenderlo o, por lo menos, verlo desde lejos (una cucaracha tendría que alejarse demasiado de un edificio para verlo y, en vez de eso, llevaría su ignorancia a otra coladera), como hizo la horda advenediza de Filosofía y Letras de la UNAM con el Frente Zapatista de Liberación Nacional, o como hicieron los patrones de Cafetlán y como pretenden hacer ahora sus “trabajadores”, grupúsculo encabezado por una enana que, después de fracasar estrepitosamente como directora en la Casa de la Cultura del Centro Histórico, acabó de mesera con harta “degnidad”; este enanísimo personaje, que tiene dos nombres, dos edades y dos caras, según convenga, se dice ahora estudiante de la UNAM y pide aportaciones de diez mil pesos para su propio Cafetlán; tampoco estuvo a la altura de un auténtico foro de discusión en internet (cosa que no existe más que en mi imaginación). La diferencia entre lo que yo concebía como un foro de discusión en internet y la realidad es la misma que hay entre un edificio y un nido de cucarachas.

El enanismo magno, en el caso de la peste que infesta el edificio donde vivo, asume su “administración” como coto de poder minúsculo para gente diminuta que cree crecer al tenerlo, ejercerlo, detentarlo; por lo menos le sirve como terapia de “superación personal”. El enano se sube a un ladrillo y se marea, se emborracha. Ebrio de poder, no hace más que cometer estupideces y hasta delitos, con la misma impunidad que Ebrard y su pandilla o Felipe el espurio y su ejército de violadores y torturadores. El enano se inviste de una autoridad que nadie más puede ver (por eso se llama poder), como el traje invisible del rey, como la “degnidad” de los “trabajadores” de Cafetlán, ahora vividores de la solidaridad envilecida, prostituida al más puro estilo salinista, como la “modernización” de la Cineteca Nacional, que terminará copiando en DVD todo el cine de carrete y después quemándolo, como la onda Ebrard, también llamada ebrierard, que excluye toda posibilidad de planeación básica, elemental, de proyección lógica y mínimamente inteligente, racional, o como el laboratorio de tiranosaurio rex en Oaxaca, donde el estado de excepción quiere ser la regla general en el país con Fecal uniformado cuando exista ropa militar de su talla (la de sus hijos le queda grande).

Los que se sienten aludidos cuando uno dibuja miniaturas caben en una botella de cerveza o una cajetilla de cigarros, y desde allí, desde muy adentro, desde el fondo de la descomposición humana, aturdidos y embrutecidos por el poder que los desborda, alucinan que gobiernan un planeta en el que todos los demás de su especie le conceden la razón a la demencia y prenden el televisor o una veladora. La televisión, la religión y el futbol son el opio y el circo de los enanos en masa. Eso es el enanismo magno.

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