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De aquellas noches

Edgar Ramírez | Asher

Diciembre 30 de 2007

En el filo de La Navaja bebo el último trago de la noche, último sorbo de oscuridad con luna menguada por la nebulosidad de la mirada, y respiro el último aliento de agonía y soledad en las calles, de las calles en soledad poblada todavía de silencio con eco de caracol, viento que barre la basura y surca el alba. Como quien dibuja el rostro de una mujer compulsivamente antes de perder para siempre su recuerdo, último presente de una relación pretérita, sueño insomne que borra el paso de las horas y los días, me aferro a los restos de este naufragio, vivo intensamente mi pérdida, espero caer la última gota de la noche vacía.

En La Navaja de Garibaldi es de noche todo el día, como en el 13 Negro de Acapulco, donde los noctámbulos de carrera larga prolongaban y extendían sus límites sin dejar de beber para no perder el vuelo, cada vez a menor altura, hasta caer, hasta que no fuera posible llegar más bajo, hasta el cabo del rastro sanguíneo que dejó de correr en alguna parte del subterráneo dédalo de cloacas, laberinto infestado por cucarachas gigantes y ratas en harapos. La Navaja es un punto crítico en la ruta de la muerte, del 33 al Tapanco, donde concurren matones de pacotilla y putas en reposo que no se han bañado ni han dormido en una cama desde su renuncia temporal, desde la primera ola de una marea de insomnio depresivo, desde que el calendario se quedó sin hojas por dárselas al árbol y el árbol tapizó con ellas el otoño, desde la muerte del tiempo con un infarto al reloj.

Del 33 llegan las “vestidas” que antes atracaron a borrachos incautos y solitarios en el cuarto oscuro del Famoso 49, que en paz descanse, a donde llegaban también soldados en sus días francos, francamente desesperados, en busca de un “trenecito”. El Viena era el punto de partida para hombres gay que gustaban de la barra y la sinfonola antes de que el lugar cambiara su look de cantina tradicional por el de la Zona Rosa y lo plagaran puras locas de Cabaretito. El ambiente homosexual degenera gradualmente, sin más pauta que el tedio ni más pausa que el miedo, hasta la sórdida continuidad del Tapanco, en donde la degradación empareja todas las tendencias y preferencias sexuales, dándoles el mismo color, el uniforme de la violencia, la monotonía del odio conservado en alcohol, ahogado en noches y días de rosas en el fango, tirado «a la borrachera y la perdición», dormido y desvalijado en la banqueta. Si el Cabaretito es la Jaula de las Locas, el Tapanco es el Club de la Eutanasia. En la pista de La Navaja una mujer baila desnuda y después tiene sexo allí mismo con cinco hombres, mientras otro es degollado por la espalda en la oscuridad y yo tomo nota desde mi atalaya clandestina.

«Esta es la canción de las noches perdidas», canta Joaquín Sabina con voz aguardientosa por «el aguardiente de la despedida». Subo las escaleras hasta que me detienen en seco las suculentas piernas de una vecina adolescente que mira con tanta intensidad como para provocar un segundo trastorno hormonal y dejarme en el viaje. Una puta de nombre falso dejó mojado mi pantalón en el Tapanco. Hay que llegar urgentemente al quinto piso y destapar una botella antes de padecer la resaca, y vivir encerrado más de un mes hasta que la soledad me haga descolgar el teléfono en cuanto pase la crisis de hipo. ¡Que escampe tu llanto hasta que amaine mi odio! Este departamento es el callejón sin salida en donde los gatos huraños se refugian y asimilan a las sombras y la basura y suben a la azotea para bañarse de luna y maullar sus dolencias del alma. Los vecinos del edificio viven con terror a mis recaídas etílicas, que sólo podré conjurar huyendo cada invierno de la ciudad.

Joaquín Sabina canta La canción de las noches perdidas, y recuerdo que debo continuar el cuento a ritmo de blues, Los muertos no mienten, narrado en forma de espiral, variación literaria de la película más original del cine negro. «Los fugitivos del deber cogen su maldición y se la beben». Supongo que el insomnio, así como es causa de mi adicción al vino tinto, es efecto a su vez de mi adicción a la noche, debilidad que no he padecido por mujer alguna, pero en este caso es imposible la ruptura. La canción de las noches perdidas, que me fascina en la voz de Pasión Vega y la de Mara Barros, es un homenaje de su autor al singularísimo Tom Waits. Mi variación o desvarío, en cambio, mejoraría su letra con el sabor amargo que deja la ruta de la muerte:

El consuelo es un hombre con nombre de mujer,
el odio se bebe hasta la embriaguez
y después se vomita con el estómago vacío…
No encuentro taxi libre que me lleve al infierno.

[…]

No encuentro taxi libre en el infierno.




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Magda Davitt

Identidad propia

¿En dónde comienza mi admiración a la cantante y compositora irlandesa Sinéad O’Connor, ahora Magda Davitt? Quizás en su calidad musical como punto de partida; quizás en el momento que se rapó la cabeza para siempre al advertir que la sociedad de consumo, a través de sus medios de difusión, pretendía convertirla en símbolo sexual; quizás en su rechazo al Grammy (no obstante que inauguraba con ella la categoría de música alternativa) por considerar que premiaba más el éxito comercial que la calidad artística; quizás en la prohibición de que un concierto suyo en Estados Unidos comenzara con el himno nacional de ese país y su amenaza de hacer mutis si le era impuesto; quizás en el simbólico momento que rompió una foto del Papa Juan Pablo II y gritó “lucha contra el verdadero enemigo” frente a las cámaras de televisión durante un programa de “máxima audiencia” en vivo, también en Estados Unidos; quizá cuando respondió al abucheo en el Madison Square Garden gritando la canción War, de Bob Marley, que había cantado a capela en aquel programa de televisión; quizás al declararse partidaria del Ejército Republicano Irlandés y festejar después la independencia de Irlanda; quizá desde la continuación de su protesta contra el abuso sexual de niños por curas pederastas y la complicidad encubridora del Vaticano; quizá desde que empezó a denunciar los abusos y maltratos de sus propios padres; quizá desde su defensa del derecho al aborto; quizá desde el reconocimiento público de su propia bisexualidad; quizá desde su crítica y su denuncia de la sociedad de consumo, algo que los medios difusores de chismes reducen a la fricción con cantantes representativ@s del vacío y la superficialidad…

Todo eso tiene su propia historia de pormenores importantes y su contexto no menos trascendental, cuya omisión hace imposible entender cada uno de los actos de rebeldía temeraria que los seres mediocres, insignificantes y cobardes confunden con la secuela del maltrato en la infancia, según los diagnósticos siquiátricos. Las mujeres y los hombres inconformes con el mundo suelen vivir rodeados de una incomprensión aplastante y, a menudo, son tildados de locos, “conflictivos”, protagónicos en busca de notoriedad… ¿Por qué no habría de inconformarse y rebelarse contra el mundo, empezando por su familia, una mujer con más dignidad y sensibilidad que la gente ordinaria, si el mundo es un cúmulo de aberraciones execrables.

Ahora, inspirada en los “afroamericanos” que, además de las cadenas, se quitaban los nombres de esclavos, ella se ha cambiado el “nombre patriarcal” de Sinéad O’Connor por Magda Davitt, después de hacer las revelaciones familiares que he publicado aquí en cuanto suceden. Un acto de ruptura radical a los 50 años de edad. Admirable.



La causa de mi creciente admiración en este caso es que una mujer hermosa decida cantar y componer música alternativa de gran calidad y desafiar al poder criminal con actitudes y comportamientos rebeldes, subversivos, inclusive revolucionarios, además de temerarios, valientes y “terriblemente honestos”, como diría Vanessa Bauche. Eso es obvio. Pero también hay un antecedente familiar: ella es sobreviviente del divorcio de sus padres (algo estigmatizado por el conservadurismo católico de Irlanda), así como del maltrato que sufrió en la infancia, primero por parte de sus padres y después por el colegio-reclusorio en donde fue internada para castigar y reprimir su rebeldía. Al protestar por el abuso sexual de curas pederastas y el encubrimiento del Papa y la jerarquía católica, lo hacía también por el maltrato y el abuso de los que fue víctima ella misma. Pero algo tan fácil de comprender por alguien medianamente informado, sensible y solidario, es más bien imposible para la turba irremediablemente aturdida por la religión. Cuando ella era víctima de vejaciones y abuso sexual en su infancia, buscaba refugio en Dios, a quien prometió que, si lograba salir de ese infierno, denunciaría con todas sus fuerzas a “quienes usan el nombre Dios para hacer el mal”, y empezó por el principal encubridor de la pederastia en el Vaticano, organización a la que acusó de ser un “nido de demonios”. Pocos años después de aquel escándalo en el mundo del espectáculo, y el veto de por vida en la televisión gringa, Sinéad se ordenó sacerdotisa para “rescatar a Dios de la religión”, ordenación que, desde luego, desconoció el Vaticano y la excomulgó.



Desde que Sinéad O’Connor, ahora Magda Davitt, publicó un video en el que habla entre lágrimas y a bocajarro de su soledad, su enfermedad y su crisis en general, me empapo obsesivamente de todo cuanto se refiere a ella y, en la búsqueda, antes de sus revelaciones familiares con dos cartas a su padre, tuve este gran hallazgo, una auténtica joya que también me permito compartir. Se trata de un texto escrito por ella en abril de 2010 y publicado en español por El País (diario que ahora sirve y obedece a la estrategia mediática de Washington, el Pentágono y la CIA contra el pueblo y el gobierno de Venezuela, entre otras cosas). Si alguien no conoce a Magda Davitt, en aquel entonces Sinéad O’Connor, ni es capaz de intuir las razones de su rebeldía y su temeridad, se quedará boquiabierto ante la valentía y la honestidad con que denuncia la hipocresía y la incongruencia criminal de la iglesia católica y el Vaticano ante los abusos sexuales de miles de niños, particularmente irlandeses y gringos, por curas pederastas. El texto es también un testimonio personal, un relato en primera persona de su propia experiencia, lo que añade valor a la denuncia. Los errores de sintaxis, sobre todo hacia el final del texto, son atribuibles a la traducción.

Una variante brutal del catolicismo



Yo soy misántropo y, si acaso tengo algún tipo de fe, la deposito en los seres excepcionales, extraordinarios.


 


Jorge Ochoterena


Era perfecto en todos sus errores; vivía para tener pasado.

La brutalidad y la minucia construyen la infamia en torno al vacío.

El procedimiento digestivo es el holocausto del alma.

Este video es un hallazgo fascinante, una reliquia en todos los sentidos. El entrevistado parece más joven y, sobre todo, más delgado que durante la época de mis visitas a su departamento en un viejo edificio de avenida Juárez, hoy Plaza de la República, pero la atmósfera es la misma: sombría, nomás falta una calavera de cartón piedra que guardaba las espaldas de nuestro anfitrión en esa esquina de La Carverna, como la llamaban. Cuando nos conocimos, dos o tres años después de la entrevista, Jorge Ochoterena Bergstrom, alias «El Ocho», era más corpulento y tenía un aire de Orson Welles, muy discreto, casi taciturno, menos ególatra que su visitante, entonces más interesado en Lorena Cuerno, la compañera en turno (cuando la entrevista, su compañera era otra mujer, como podemos ver al final, quizá la «esposa oficial»).

Aquí Ochoterena se niega como artista y reflexiona en voz alta sobre su relación personal con el arte. En la fenomenología –dice la semblanza de Carlos Franco Muñoz en la voz, entonces joven, de Patricia Kelly– Ochoterena «encuentra el terreno propicio para explorar la razón verdadera del ser». El austero sueldo que tenía como docente, afirma, era suficiente para «obstinarse en su sincero cometido: estar siendo, no más, como conde excelentísimo de los hipogeos nocturnos que gobierna bajo los ecos insomnes de Anton A. Nartov, Martin Heidegger y Lucha Reyes».

Además de la semblanza, Paty Kelly declama fragmentos poéticos y aforismos filosóficos del entrevistado: «El acto distante responde a una desbordada sensualidad y en la abstención está el extremo del deseo: despojarse», por ejemplo. «La sutileza demencial y la falta de perspicacia onírica te dejan a mitad de la incisión, sin pretéritos qué disgregar; los instantes de dolor transgreden el tiempo», es otro ejemplo. «Han creído en su materia, detraen las sombras perdidas en la memoria», es un ejemplo más.

Ochoterena habla con los ojos cerrados, como si buscara en su interior las mejores palabras para expresar el pensamiento, y resulta paradójico verlo y escucharlo así, de entrada, en su disertación sobre «un mundo en el que las imágenes tienen un valor absoluto, pero no superior a la realidad de su origen, es decir, al fenómeno que las conceptúa, las erige y las contempla».

El entrevistado reflexiona sobre la culpa y su origen en la religión, que sirve al poder; diserta sobre la existencia de Dios como noción en el imaginario de la ignorancia y el miedo a la muerte; define al cinismo como «solución» a la muerte de la especie humana: la humanidad, para él, son las ratas de un barco que se hunde sin remedio; habla de las drogas en general y el alcohol en particular. En la penumbra de la esquina que ocupaba también ante sus visitantes, razona sobre la dimensión marginal que llamamos underground…

Huraño en «sociedad» o reacio a la vida socialmente abierta, más bien solitario, Jorge parecía tener en casa una tertulia permanente, como si el simple hecho de visitarlo fuera pasar por un filtro selectivo. Irónica paradoja, digo en el texto sobre la noticia de su muerte, haber sido tan sociable y al mismo tiempo tan solitario, tan lo uno como lo otro.

«La soledad –nos dice aquí– tiene un valor absoluto en el entendimiento de la realidad: entender la realidad te confina a la soledad». Y acerca de su principal motivación como persona: «La autenticidad es la correlación que estableces contigo mismo ante la realidad».

«La vida es un conjunto de fantasmas animados por un cierto acto de aprehensión», parafrasea.

Durante la entrevista, se emborracha con vodka y, ya borracho, sigue disertando con profundidad y lucidez hasta que empieza a delirar y emerge discretamente la genialidad. Tumbado en su cama, salta del amor a la muerte. «El amor no existe», delira medio dormido, mientras la voz de Cruz Mejía canta Pregúntale a las estrellas. «¿Qué puede extrañar la vida sin la muerte? El amor de la vida es la muerte, es el otro lado, el extraño ser que no se es, a lo que se va, a la muerte».

(En otros momentos, acompaña la entrevista Louis Armstrong).

Y Ochoterena rubrica su colofón cantando el Himno Nacional, como las transmisiones radiofónicas al terminar el día.

Los dejo, pues, con el video y la entrevista, no sin antes comentar a título personal que, hasta donde recuerdo, nunca estuve consciente de tratar con un sabio y mucho menos con un genio, aunque siempre tuvo atisbos; se reservaba conmigo el ego intelectual, como si prefiriera conocerme que darse a conocer, como si prefiriera escucharme a que yo lo escuchara, quizá para confirmar primero su identificación a cuentagotas; quizá yo era demasiado ignorante y superficial como interlocutor de alguien de su talla y veinte años mayor. Lo seguro es que su reserva no era desconfianza, pues conocí aspectos de su personalidad que no son de interés público. Más que oscuro, él era hospitalario, pero discreto, insisto, reservado, buen cocinero y enemigo de la violencia en cualquiera de sus formas. No recuerdo que recitara en algún momento poemas suyos, pero sí recuerdo que una vez leímos en voz alta letras de las canciones de Lorena Cuerno. Hay muchas anécdotas, que platicaré quizá más adelante… Como Lorena, a quien ya dediqué una publicación en este blog, Jorge era un personaje de antología. La reliquia que hallé sin búsqueda en YouTube da cuenta de ello con elocuencia inusual. Vaya pues.

Necrofilia con vodka

Necrofilia con vodka

Léanse también: Coincidencia macabra y Una ruta irrepetible


Inventario de silencios

En la noche que me habita he sido tránsito apacible de silencio y mansedumbre, letargo del instinto, cataclismo en reposo. «Entre los asfodelos de la sombra», del poema de Borges que me alude, troqué su diminuto colibrí por un murciélago gigante. Cuando las aves del olvido anidan en mi cama, la memoria despliega las alas del tiempo y, con el rumor de las horas muertas, levanta el vuelo. En el aire invadido por los fantasmas del insomnio, viciado por los ruidos viscerales de mi recaída en las inercias obsesivas, por el vaho de las incurias y abulias depresivas, en la oscuridad colmada por el odio y la envenenada calma de sus demonios, soy piedra que respira soledad por las heridas abiertas del alma, por sus poros alotrópicos, soy piedra pómez con osteoporosis leve y esguinces por infartos en las articulaciones, por inactividad física en mi época de borracho, por actividad vegetativa sin pausa ni descanso…

En las tinieblas del mundo humano y su negro abismo he sido un hálito de luz, un soplo al corazón, entre sístole y diástole, golpe que irriga sangre al tálamo cerebral en ebullición, estimulando «la glándula de los presagios» y las intuiciones. Como he dicho antes, pero no pones atención, entre dos gotas de agua, la eternidad naufraga y un silencio palpita. La erupción del volcán que llevo dentro desborda la noche que me habita.

Cuando amaina el pandemonio del infierno en la tierra y escampa el llanto inconsolable de los sauces, y los perros dejan de ladrar al paso de las nubes que desvelan el plenilunio, más o menos a las tres de la madrugada, escucho una voz de niña-diablo, un grito que se ahoga por el nudo en la garganta con el chiste del ahorcado, un estrépito de vidrios rotos y un tráfago de gatos en los contenedores de basura; el espejo de cuerpo entero ha cegado el reflejo de Medusa, como el de Narciso en un manantial de barro, y una racha de viento se ha llevado la música del fauno; un ilusorio canto de sirena hizo naufragar el soliloquio de mi romance con la noche, y volví al remanso amniótico de mi lecho con Tahoma, que suele caminar los sueños en el fondo más hondo y silencioso del mar, «donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia», como escribiera Gabo en sus mejores años, los de Macondo, la epopeya de un siglo de soledad. Como los murmullos de los difuntos en el Comala de Juan Rulfo, el acúfeno acuático es otra forma de silencio, y el agua de mujer descalza es tan cálida como sus pies. Tahoma boga desnuda en la bruma de los sueños, entre los palafitos de la noche.

Soy todo cuanto he sido y lo recuerdo: minotauro en su laberinto y laberinto sin minotauro, andadura de plantígrado y escritura de madrugada, penumbra de burdel marginal que hiede a cerveza rancia y huachinango crudo, anguila entre los húmedos muslos de Tahoma, sed insaciable que bebe de sus pétalos intensamente rojos el dulce rocío, cocodrilo de ciénaga que llora por la muerte de una flor, espesas lágrimas que inundan su pantano, espantajo sin ojos por culpa de los cuervos, pájaro lleno de paja, «pájaro lleno de pájaros, / canción que vuelve las alas / hacia arriba y hacia abajo», como canta la boca de Miguel Hernández.

He sido y soy acuático silencio de arrecifes en la isla de los murciélagos, silencio sepulcral en el cementerio de los monjes ciegos, litúrgico letargo entre palmatorias y candelabros, silencio de piedra pactado por las gárgolas y roto por los rayos, truenos y relámpagos de la tempestad, por la fuerza telúrica de un sacudimiento de la conciencia, silencio de la noche que me habita en la ciudad que llevo dentro, la de los cuatro perros que salen del parque Xicoténcatl a caminar de madrugada en unánime silencio.

Soy silencio de hielo que no hiela, pero hiere con saña y, debajo de la cama de una mujer encinta, hiede a mandrágora. Soy silencio del que mana otro silencio, como secuencia de la banda silente de una época, la que vivo y muere silenciosamente, la muerte que vivo y escribo en silencio. Que así sea.


Y fui Bukowski: Segunda parte

Imagen de Richard Tito

En la ciudad que llevo dentro

Orillado a la más violenta explosión de locura por la imbecilidad sin límites de su madre, Bukowski golpeó una pared de ladrillo con el puño derecho y se rompió la piel de los nudillos, además de hundirse los huesos; asió un pequeño cuadro por la orilla con la mano izquierda y trató de romperlo también contra la pared, pero no logró más que dislocarse la muñeca, de inmediato dolorida y amoratada, luego hinchada como una torta y casi negra. Ebrio de odio, terminó de emborracharse con whisky. En la madrugada, salió de casa y tomó un taxi a Garibaldi. En el tapanco, intercambió sonrisas con una puta que se movía de un asiento a otro, haciéndole creer, sin proponérselo, que se trataba de varias mujeres. En algún momento, él percibió su propio delirio, pero empezó a pelear verbalmente con todos los allí presentes. Hablando con otros hombres, la china le daba la espalda, hasta que él la reconoció, la abrazó por detrás y, al ver desde arriba un escote por el que asomaban unas tetas diminutas, introdujo la mano y las acarició. Al sentir el abrazo y más aún la mano intrusa, ella dejó de atender a sus acompañantes, hizo un comentario que intentaba dar la impresión de control y casi de indiferencia, pero cerró los ojos y respiró con fuerza, como preparando un sonoro gemido, que dejó escapar sin pensar en nada; uno de los acompañantes expresó enojo, y Bukowski lo ignoró; otro amenazó con una golpiza colectiva, y Bukowski repartió señas obscenas, a uno le enseñó el dedo más largo de la mano con los demás dedos flexionados, a otro le pintó cremas, como se dice vulgarmente, o sea, le enseñó cómo es que mean los caracoles. Todos guardaron silencio y ensombrecieron sus rostros. Bukowski bajó al baño y, cuando intentó subir de regreso, un nauseabundo barbaján se lo impedía, sentado en las escaleras, estorbando por nada y para nada.

-¡Quítate de mi camino, pinche pendejo de mierda! -gritó el poeta beodo.

El barbaján se levantó de un salto para golpearlo, pero la dueña del lugar detuvo en seco el pleito desde atrás de la barra:

-¡Nada de peleas aquí! ¡Si van a pelear se van a la calle!

-¡Vamos afuera, hijo de puta!

Y el barbaján tiró los primeros golpes, como suelen hacer los cobardes, gritando con los puños a los lados de la cara:

-¡Te voy a matar, cabrón!

Toda la concurrencia del bar salió a ser testigo de la pelea.

-Vamos a ver quién mata a quién -dijo Bukowski, y dio su primer golpe, que le dolió más que al receptor y más que los recibidos por él, así que lo intentó con la otra mano y fue peor. Decidió entonces usar las piernas, pero al intentar la primera patada perdió el equilibrio y calló al suelo, en donde recibió incontables puñetazos y algunas patadas certeras antes de que su oponente lo arrastrara, jalándolo de un pie, nomás para humillarlo. El poeta logró asir y tirar al barbaján, de modo que ambos continuaron la pelea revolcándose. Como no le servían los puños, Bukowski trataba de golpearlo con las rodillas, pero era inútil. Alguien intervino para separarlos cuando la sangre se hizo evidente, y otros lo ayudaron. Una vez detenida la pelea, todos regresaron al interior del bar, salvo los protagonistas, que tenían prohibido volver, pero los amigos le hacían llegar cervezas al barbaján para que las bebiera en la calle, y algunos desconocidos lo felicitaban cuando se iban. Desde su absoluta soledad, Bukowski no hacía más que observar la solidaridad identitaria y unilateral, la gélida lejanía de los demás, la unanimidad de su expulsión, el consenso de la hostilidad o la ley del hielo. Aun así, tardó más tiempo del necesario en irse; quería recobrar un poco de lucidez, de claridad visual y mental, quería limpiarse la sangre y la tierra. Su chamarra y su camisa estaban rotas; su pantalón y sus zapatos, raídos. Quiso entrar a otra cantina y le negaron el paso, inclusive al baño. Regresó al departamento de su madre y, aprovechando que había hecho mutis ella por tiempo indefinido, siguió bebiendo para evitar la resaca durante algunos días. Del whisky había pasado a la cerveza; de la cerveza pasó al vino tinto. En algún momento, quedóse dormido en el sillón y levantóse para caminar a la cama, pero dormido en la cama cerraba los puños y se abrían las heridas, no podía evitarlo, así que siguió bebiendo sin dormir durante semanas, que le sirvieron para cobrar conciencia del ridículo que había hecho. Desde luego, el tapanco no era para modosos ni miedosos, pero tampoco para borrachos con las manos rotas. Su madre regresó y le dijo: “No me provoques”. Él enfureció y destruyó todo cuanto había en el departamento; ella se fue de nuevo y él permaneció un mes y medio encerrado, mientras sanaban las heridas de las manos y de la cara, que le conferían un aspecto monstruoso, tiempo en el que una tía, hermana de su madre para mayor ironía, le llevó de comer y de beber.

Conclusion fatal: La vida es una vil porquería.

***

La ciudad que llevo dentro es un dédalo de calles y avenidas con puestos en las banquetas, puestos de tacos para comerlos de pie, puestos de jugos, de periódicos y revistas, de películas piratas, en banquetas para ratas y cucarachas, calles para perros callejeros y gatos que pepenan, concreto como asidero a la oscuridad, como título de un poema del viejo indecente, ciudad de sombras, que amanece y anochece rebosante de basura, pletórica de ruido, pródiga en emanaciones tóxicas; evoco sus asimetrías y contrastes: bajo el espectacular anuncio de una marca de chicles como cara de un monstruo industrial en expansión por obra y gracia del dios capital, un niño desnutrido (esquelético, jiotoso y con ojos de anemia) vende chicles de esa marca; antes lo hacía en los cruceros con energía infantil, luego de pie en la banqueta, y ahora lo intenta sentado, postrado por la debilidad; desdentado por el azúcar blanca no puede comerse los restos de sus zapatos…

Desde la saturación de la memoria por el odio racional, evoco también los semáforos como banderas que indican: aquí los niños limpian parabrisas, lanzan llamas como dragones y los llaman “tragafuegos” (el colmo es considerarlos “niños de la calle”), son payasitos con nalgas de globo que hacen pirámides acrobáticas, y dentro de aquel supermercado, otros niños trabajan sin sueldo… Ningún semáforo público indica el lugar en donde los niños sirven como repuestos de órganos humanos y como objetos de placer sexual para adultos que también son producto del fracaso de la humanidad, engendro de sus enfermedades congénitas. Sin filtros que depuren su crecimiento poblacional, la humanidad se masifica y amasa en las metrópolis, y la Ciudad de México es la más representativa del mundo como plataforma “concentracional” de la destrucción planetaria por la pequeñez humana (en la Ciudad de México, el metro condensa la expresión más nítida de la sociedad de masas, las subculturas de su diversidad y su movilidad heterogénea).

***

Bukowski en acción

Realismo sucio

Luego de una búsqueda exhaustiva, pero infructuosa, por donde creí que había dejado el coche, ahogué mi frustración en cerveza y fluidos corpóreos desde su lugar de origen durante cuatro días y noches sin dormir. De la “ciudad perdida” en un barranco miserable y la simbiosis de sus límites con los de un basurero próximo a sepultar la vecindad por la superioridad de su magnitud y la velocidad de su crecimiento, pasé a la singular alegría de la degradación etílica. ¡Que haga realidad mis sueños el insomnio! De la búsqueda en vano a la perdición en serio, nomás tantito, concentrando ahora mi esfuerzo en el alivio de la evasión, pues “cuando la gana llega, la gana gana”, aunque a veces la ganancia de la chingada gana es pura pérdida de tiempo.

Dormido en el camino de regreso a casa, me despertó la náusea y salí del metro corriendo sin ver en qué estación estaba. Una vez en la calle, la nausea disminuyó con el aire libre, pero sobrevino por efecto de la luz solar un dolor de cabeza que traté de paliar tapándome los ojos con la mano, sentado en una jardinera de lava. “Espérame allá”, dijo una voz. Asomé un ojo entre los dedos y percibí que una muchacha daba órdenes a una niña; tendría quince años una, y diez años la otra. Volví a proteger mi vista y escuché que la muchacha se me acercaba; miré al piso y confirmé que sus pies estaban frente a los míos.

-Oiga, señor -dijo, tocando suavemente mi hombro, y tensé todos los músculos de la cara para ver la suya-. ¿Se siente mal?

-¿Qué quieres? -le pregunté.

-Es que mi hermanita y yo nos escapamos de nuestra casa y no tenemos dinero. ¿Usted podría darnos algo para el camión o lo que sea?

En un estado mínimamente lúcido, yo habría respondido con un montón de preguntas, pero me limité a tolerar su impertinencia, quizás en espera de que cesara un poco la migraña y me permitiera pensar.

-¿Dinero? -rezongué- Los niños no necesitan dinero.

-¡Ándele! -dijo ella, metiendo un dedo entre los botones de mi camisa- ¡No sea malo! ¿Ya ve cómo es?

La escudriñé: morena de estatura media y complexión regular que, pasada la pubertad, adquiriría cuerpo de bolillo a falta de ejercicio; todo en ella era medio, incluida la cara, ni bonita ni fea; el estrato social era más bien de clase media jodida. Su hermana, o lo que fuera, nos miraba de lejos, casi de reojo, entre la indiferencia y el aburrimiento.

La contaminación auditiva del eje vial, además de torturar mi vapuleado cerebro, invadía el silencio que guardamos durante un rato, pero me devolvió la noción del tiempo que pasaba por ahí rumbo al departamento. La muchacha, en cambio, parecía dispuesta a invertir el tiempo necesario, quién sabe para qué. Y terminé sintiendo confianza.

-¿Qué es esto? -le pregunté, señalando su camiseta blanca a la altura del pecho.

-Mi Piolín -respondió de modo aniñado-. Es mi Piolín chico, el de atrás es el grande.

-A verlo.

Ella volteó y, en efecto, Piolín abarcaba toda la espalda. Como la camiseta era muy grande, la levanté por debajo para ver las nalgas enfundadas en un pantalón de mezclilla sucia y entallada, pero ella volteó para encararme de nuevo.

-¡Ay! ¿Ya ve? -protestó.

-¿Qué veo?

-¿Ya ve cómo es?

-¿Cómo soy?

-¡Bien pícaro!

La risa hizo que olvidara la sustitución de náusea por migraña.

-¡Ya vámonos! -gritó la niña, fastidiada.

Insistí con las manos que girara de nuevo y cedió con sorprendente docilidad; levanté su camiseta y ella levantó el trasero como un ofrecimiento, así que lo toqué sin pudor ni respeto ni consideración de ninguna especie, hasta meter la mano por la entrepierna.

-¡Ay, ya ve cómo es bien lujurioso y abusivo! -exclamó al voltear con una actitud contradictoria, pues acercó su cuerpo al mío todo lo posible por debajo de la cintura. El instinto hizo que mis manos la rodearan, pero reaccioné y la alejé con suavidad, miré la hora, busqué algo en mis bolsillos y no había más que un boleto del metro.

-Te daría otro -le dije-, pero es el único.

-Llévanos a tu casa -propuso ella.

-No.

-¿Por qué?

-Porque no me dejan tener hijos en mi casa.

Me incorporé, separándola de mí, siempre con amabilidad, pero también con ganas de hacer exactamente lo contrario, y volví sobre mis pasos.

“El amor es una niebla que se quema con el primer sol de la realidad”, escribió Bukowski. ¡Bravo! ¡Que tu claridad y tu profundidad nos sacudan, mi borracho y genial amigo!

Aluciné que la muchacha, en el fondo, agradecía mi alejamiento, pero me odiaría después al caer en manos de un hijo de la chingada. Ni modo. Aquí no hay posibilidad responsable. Y aprender duele…

Desde el pasillo del metro alcancé a ver las pequeñas figuras de las presuntas hermanas como elementos efímeros de un paisaje urbano, a su vez postal de la miseria humana en todos los ámbitos, y mi visión se tiñó de gris, con tonalidades sin color alguno, salvo acaso el rojo de algún contraste sicológico (si alguien entiende lo que estoy escribiendo, le agradeceré que me lo explique).

Charles Bukowski

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La ciudad que llevo dentro y no me cabe, ni cabrá nunca en un texto, a menos que sea un libro y quién sabe, la ciudad que llevo dentro y me desvela, sobre todo ahora, que despierta de noche, que tengo a flor de piel, “a flor de tango” (como Buenos Aires en la nostalgia del exilio argentino, con la diferencia de que yo no emigré a París, sino a la más deprimente confirmación de que México es el PRI en territorio Telmex), la ciudad que me invade cuando llueve, cuando escampa, cuando amaina la tempestad, o repunta el odio misántropo, me gusta con el cuerpo a la vista y al alcance de las manos y los labios y la lengua, con el alma desnuda y liberada, irreverente y auténtica, inclusive sórdida, subversiva y rebelde, libre de ataduras, de prejuicios, de fobias, me gusta que rompa los cánones de la moral tradicional, que tenga ovarios para escandalizar a la gazmoñería, para que la mojigatería se rasgue las vestiduras, para poner y dejar en ridículo al hipócrita, me gusta la que es puta por su gusto y voluntad propia, la que dice lo que piensa, aunque pierda “amigos” en las redes sociales (esa pérdida es ganancia), la que no tiene miedo a quedarse sola y se caga en la amenaza: “Si sigues así, vas a quedarte sola”.

Me gusta la ciudad que osa decir su nombre, que no deja nada en el clóset, “la que humilla al cretino, la que salva a los niños de morir por llorar”, pero me disgusta cuando pretende hacer “una revisión de rutina”, cuando su arbitrariedad desconoce mis derechos y pisotea mi dignidad, cuando su bestialidad agrede mi sensibilidad, cuando el egoísmo amerita matar en defensa propia… También aquí los microbuses envenenan el aire con impunidad campante y entonces recuerdo a la ciudad de mis entrañas, tan asesina, tan destructiva, tan caótica y desastrosa, tan fétida y venenosa, tan estridente por adicción a la contaminación del aire, esa contaminación que mata por las orejas y la nariz y la boca, pero tan silenciosa por cobardía, la que se calla, la que no protesta, no propone, no dice nada, en fin, la ciudad tan como es.

La ciudad que llevo dentro me rebasa, me supera, me trasciende y, en resumidas cuentas, me gusta más imaginaria que real, me gusta más posible aunque improbable que real, la prefiero imposible y me disgusta ilusoria… En la triste realidad, todo cuanto haya de nefasto en la gente y su rastro criminal en el medio ambiente me recuerda lo que hace a la Ciudad de México.

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A tres horas de La Ciudad, si no fuera porque respirar allí es un suicidio y porque la contaminación auditiva, el ruido que nos violenta, en lo personal me llena de una violencia defensiva que busca otros cauces, una violencia que también llevo dentro y tampoco me cabe y también me desborda, volvería. Pero además soy abstemio de alcohol y hay cosas que no son tolerables sin alcohol, hay que evitarlas, porque ya tengo bastante con este pueblucho rascuache que, tal como hace mucha gente conocida, confunde las causas con los efectos. A la infinita estupidez de la gente infinitesimal le puede más un enojo, inclusive una palabra del enojo, que la causa del enojo, le pueden más las patadas de un ahorcado que el acto de ahorcar a alguien.

Ahora que una suma de imbecilidad extrema y deshonestidad absoluta (como la que explica la existencia de Telmex y el PRI) se hace una también con la cobardía y concurre todo en masa, no como fenómeno propio de las grandes ciudades, sino como aborto aldeano del cuarto mundo, con gentuza infrahumana, vuelven a mí los recursos terapéuticos de hace quince o veinte años, los que Bukowski se llevó a la tumba. Yo no volvería hoy a ellos y quizá nunca jamás, pero tampoco me arrepiento de haber sido Bukowski, haber tenido en su momento una personalidad tan áspera como la suya, haber dicho las netas con todas sus letras, haberme batido a golpes más de cien veces, quizá cientos de veces, y seguir completo. Finalmente, como he dicho en otros lados, Bukowski era mejor bebedor que escritor, mientras que a mí, por el contrario, el alcohol sí me hizo estragos, mermó para siempre mis posibilidades, sobre todo físicas, pero no quiero lamentarlo, sino confirmar en todo caso que bebí antes de tiempo lo que podía beber en toda mi vida, que acabé demasiado pronto con la parte que me correspondía, que no era cualquier cosa, y sigo en pie.

Lo que necesito ahora, para no recaer en el abismo del alcohol ni asesinar a nadie (hay que preverlo, para no pisar la cárcel, aunque hay seres de tal calaña que merecen morir a golpes), son unas vacaciones.


Y fui Bukowski: Primera parte

bukowski en sepia

En la ciudad que llevo dentro

La casa estaba rumbo a la periferia de la ciudad, en una zona física y socialmente alta. Me fui de allí borracho a las dos o tres de la madrugada y manejé calles abajo hasta una cañada que me llevaba de nuevo hacia arriba. A saber si advertí el error antes o después de que acabara el camino; lo cierto es que intenté dar vuelta en un punto angosto y el carro cayó de frente en el arrollo seco; traté de sacarlo en reversa, pero no era posible; lo empujé casi cargándolo y tampoco. Surrealismo aparte, las cuatro llantas habían perdido contacto con el suelo. Para salir a pie de la boca del lobo en horas que matan gratis, metí la muñeca derecha a las asas de una bolsa de plástico y empuñé por el cuello una botella de ron jamaiquino, como arma defensiva, que sentí efectiva y hasta ganas me dieron de romper la cara y la cabeza de alguien. Caminé por la terracería sin alumbrado público entre casas pobres y sentí que alguien caminada detrás, así que preparé la defensa y el contraataque, y giré: un perro de raza mestiza y relativamente grande me seguía, tenía tres o cuatro años de edad y, con expresividad entrañable, parecía decirme: déjame acompañarte y ser tu amigo; me acompañó y fue mi amigo hasta el pavimento con banquetas y luz eléctrica, cerca del Anillo Periférico. “Aquí nos separamos: yo sigo mi camino y tú vuelves a casa”, le dije, y el perro entendió. No habré caminado mucho más cuando pasó un taxi, lo detuve y abordé; pedí que me llevara a la Zona Rosa y, en el camino, surgió una plática sobre las ventajas de ser, no taxista, sino dueño de un taxi, y tan entusiasmado estaba el chofer que, llegado a mi destino, le pagué, pero él no dejaba de hablar sin apagar el taxímetro; lo recuerdo joven, alto, atlético; le ordené muy macho que se echara un buche a pico de botella y obedeció, cuidando que no hubiera moros en la costa. Ya no era hora de moros ni de cristianos en la Zona Rosa y, como debí prever, estaban cerrados todos los lugares que me interesaban en ese momento, así que me lancé hasta Garibaldi, esperando que pasara otro taxi en el camino, hecho que nunca sucedió. Llegué caminando al corredor principal de los puteros al amanecer y, una vez allí, dos patrulleros exigieron que me cayera con lo que yo quisiera caerme para que no me cargaran por beber en la vía pública, según su versión; parecían imitar la experimentada corrupción de algún compañero curtido en la práctica, ejemplo a seguir, con el tono de cinismo propio de quien aplaude la deshonestidad (muy mexicano todo), así que los mandé olímpicamente al carajo, y el más joven me dio de patadas en las rodillas, esperando que yo cambiara de actitud, pero logró lo contrario; hasta risa me dieron sus patadas y eso le pudo más de lo confesable; me subieron a la patrulla entre los dos con una ira desproporcionada, y el de las pataditas consiguió un vaso en el antro más próximo y de mayor confianza para presentarlo en la delegación de policía como evidencia de mi “falta”. Nunca dejé de burlarme con hiriente sorna y risa ruidosa, pero al final perdí seis horas en una jaula que apestaba como la podredumbre que, llamándose país con orgullo y alegría, si acaso hace algo, es engendrar seres de la peor especie y perpetuar todos sus males; también perdí la botella porque el juez decidió que “no, eso no se devuelve”.

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La ciudad que llevo dentro como extensión sicológica del tiempo que viví en sus entrañas hasta entrañarlas a mi vez con singular masoquismo y la reciprocidad propia de una relación destructiva, como el reflejo infinito de un par de espejos, uno frente al otro, me desborda y arrasa con el vacío de la tierra en donde germina la proliferación de negocios funerarios y templos evangélicos, la permanencia de cadáveres caninos y felinos al aire libre para que se ventilen, y montañas de tierra y cascajo en las calles y los terrenos baldíos junto a las casas habitadas, para culpar después al ventarrón de que vivamos enterrados entre moscas panteoneras y humedad que atraviesa los pisos y las paredes. Huichapan se llama esta peste.

La ciudad que llevo dentro despierta de noche para desandar distancias y remontar ausencias cuando la nostalgia duele como aglomeración de soledad en las horas de asedio pestilente, y cuando la estridencia demagógica de un nacionalismo fanático, valga la redundancia, rompe mi sueño en el milagroso instante de su apogeo, como ataque pirotécnico al cenit.

La ciudad que llevo a flor de piel es piel de asfalto, piel de mujer, muslos montados en los míos, con tequila o mezcal en abundancia de por medio, y cerveza en cantidades industriales, la que podamos beber sin dormir durante cuatro días y sus respectivas noches en el tapanco, hasta domar la neurosis, la percepción innecesaria del peligro en ciernes y de la saturación odorífera bajo la blusa y el calzón, estación de fluidos, en el tránsito insomne y etílico y social a la tolerancia igualitaria de la concurrencia “entablada”, el encuentro de las putas en reposo con los hígados en acción.

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Si hubiera nacido mujer, seguro habría sido prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo, las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía quería conservarlo para mí.

Charles Bukowski

Bukowski en acción

El tapanco era una pequeña madriguera en donde concurría, durante 24 horas al día, siete días a la semana, fauna sumamente diversa: putas de traje, putos en minifalda, matones de pacotilla, estudiantes… Entre los personajes de planta, que parecían vivir allí o ser parte de la decoración, destaca la china que llamaban entonces Marta Sahagún, no porque se pareciera, sino por algún aspaviento de sus relaciones políticas; destaca también el bolero largo, violento y demente a quien conocí con el nombre de Bin Laden (cuando yo era el tal-Iván), cuya novia inexplicable por su intelectualidad era físicamente atractiva y gozaba de un cándido encanto (más bien lo gozaba yo), pero tenía prohibido beber alcohol y, en espera de que llegara su garañón, se abstenía también de hablar con nadie; leyendo y tomando notas, sin más consumo que un refresco, en apariencia desdeñosa y hermética, resultaba un elemento discordante, hasta el día que rompí el hielo en ausencia de Bin Laden, enviándole mensajes escritos en servilletas a un metro de distancia, y logré que bebiera y compartiera conmigo sus lecturas, pero llegó el bolero grande y, al verla bebiendo, enfureció y amenazó con darle una golpiza, y le dije tranquilo: No vas a golpear a nadie, así que mejor te calmas y te sientas por allá en donde no molestes ni te moleste nuestra plática mientras nos acabamos esta caguama y quizás una más y luego otra. Para sorpresa de todos, Bin Laden obedeció y me dejó el campo libre, y yo senté un precedente muy comentado por los demás en adelante.

Otro día, llegaron dos mujeres vestidas con saco y pantalón, de modo que nomás les faltaba la corbata, y una de ellas era la china y la otra, una década más joven, con una melena exuberante y un portentoso tetamen, era Fany; subieron al tapanco y bebieron de su caguama en vasos, con la misma elegancia de su presentación, así que mi amigo en turno y yo las abordamos y ellas cedieron; Fany pidió una sopa instantánea por la que pagué diez pesos y, una vez que la comió, se puso de pie, y acaricié sus muslos por encima del pantalón, y tomó asiento en mis piernas, y froté sus caderas, y se contorsionó y cambió de posición para quedar frente a mí.

-A ver, qué tenemos aquí -dije, desabotonando el saco.

-¿Tenemos, Kimosabi? -preguntó ella, impidiéndome continuar.

-¿Qué tienes aquí?

-Lo mío.

-¡Déjame ver!

-No. ¿Por qué? A poco vas a enamorarte de mí y te vas a casar conmigo.

-No creo que sea para tanto -dije, abriéndome paso con una destreza tan sutil que yo mismo no me conocía, y el saco se abrió, y debajo del tetamen había unas lonjas de tamaño aproximado con una blusa blanca encima, y toqué lo que me interesaba sin hallar resistencia, y de ahí al beso también accesible y placentero. Ella hacía pequeñas pausas con sonrisas adormiladas.

-¿Me esperas? -preguntó repentinamente demacrada- Voy al baño.

-Claro que te espero. Si quieres, te acompaño.

-No hace falta.

Se levantó, comentó con la china que yo le caía bien porque era buena onda, bajó al baño y no regresó. La china dijo después que ya me conocían, que años antes yo tenía un Mustang convertible y era novio de una mulata, que iba por ella al antro donde las tres bailaban “encueradas”. Un travesti compulsivo y sucio, que había desistido por fin de su acoso y la insistencia de sacar mi chóstomo de la bragueta para metérselo a la boca, preguntó de qué tamaño era, y la china respondió indicando un tamaño con los dedos, como si realmente conociera mi anatomía. ¿Tendría yo un doble? Con el tiempo, la china y yo nos hicimos amigos y, cuando le pregunté por Fany, me informó que estaba en el Reclusorio Norte por haber matado a un tipo, cortando su cuello con un vaso roto. A diferencia de Fany, la china tenía un busto mínimo, pero era hipersensible a los tocamientos, especialmente allí. Cuando yo metía una mano, ella cerraba los ojos y gemía con tanta fuerza que hasta espantaba.

-¿Por qué te excitas tanto? -le preguntó alguien demasiado simple.

-Porque soy mujer -respondió ella en justa correspondencia.

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La ciudad que, noctámbula, crápula, iluminada con halógeno público y neón privado, me invade ahora como una obsesión insomne, como síndrome de abstinencia y soledad acumulada, me gusta despeinada y sudorosa. La ciudad que, abstemio de bebida espirituosa y escanciada como cálida caricia de cuerpo líquido en la garganta, ebrio de misantropía y soledad acumulada, recuerdo ahora, vuelve y devuelve al silencio de la noche un rumor de ambulancias y patrullas de la policía, como canto de sirenas a la deriva.

La ciudad que hace algún tiempo exportó a Huichapan su mierda en abundancia con descentralizada generosidad y Huichapan la importó con mucho gusto y absoluta indignidad, hiede hoy en los alcances de mi percepción, cuando he perdido la cuenta de los años que llevo sin beber ni una gota de alcohol, salvo acaso el que adereza los pasteles de moca y chocolate, aquí, donde cumplí cuarenta meses sin vivir más que la muerte de vivir muerto la monotonía y el vacío de la muerte en vida.

(Continuará…)

Charles Bukowski

 


Miscelánea antisocial

Mi cuenta en facebook está inhabilitada por voluntad propia y lapsos de una semana que debo repetir como quien renueva su ausencia temporal en el círculo de la gente invisible y confirma la soledad de siempre, soledad que las redes sociales cobijan y ausencia regularmente actualizada para descubrir en el margen que, debajo de las sábanas de los fantasmas, no hay ni siquiera fantasmas, que sus pares alrededor de nuestras vidas, así logremos el mayor aislamiento posible, son mucho ruido y nada de nueces.

Aunque donde vivo he llegado a la conclusión de que los animales más sabios del mundo son las ostras, haré a continuación una brevísima revisión de los ánimos y sus reflexiones a partir de la noción de las redes sociales como ventana de la imbecilidad identitaria que acaba donde comienza la oligofrenia, tribuna de la vacuidad en masa, concurrencia de antilectores por antonomasia que antipiensan, antirrazonan y, en los casos más grotescos, escriben libros y dan clases de humo para disfrazar la demencia y la deshonestidad al amparo de la demencia en ese otro semillero de la deformación y la inutilidad mentales, que es la academia.

¡Feliz año que muere, pinche bola de pendejos!

Huichapan, Hidalgo, en donde abundan negocios funerarios, festeja con estridencia pirotécnica y campanazos a todas horas el paso del tiempo (cuando previsiblemente se radicalice, festejará el vuelo de las moscas). Además de asesinar a los perros y gatos como deporte y demostración de “virilidad”, este municipio no festeja la independencia de México, sino ser el primero que la festejó al año siguiente, o sea, festeja su festejo.

Aquí padecemos el Himno a la Estupidez Nacional cuatro veces al día, cada seis horas. Aunque ya no es legalmente obligatorio, hay que padecer también a diario la hiriente disonancia de tambores y trompetas que llaman «honores a la bandera». Yo intento dormir cuando sucede tal pesadilla en las mañanas de lunes a viernes y bajo el ataque de las fiestas nocturnas los fines de semana. Y ahora que hay vacaciones, dice Naomi que se metan por el culo sus petardos antes de hacerlos tronar, porque ya la tienen hasta la madre, la estresan, la aturden, la agobian…

Para imaginar la sensibilidad de un perro (aunque no conozcan al animal más sensible del mundo, que es Naomi), basta con saber que su oído es suficientemente agudo como para escuchar a distancia el corazón de otro animal. Si un perro bebé duerme sobre el pecho de su papá humano aprende a distinguir sus estados de ánimo y salud en general según el ritmo cardíaco, hasta el punto increíble de prever un infarto.

Pero México es una vergüenza… En Japón, los fuegos artificiales son ahora silenciosos por elemental respeto y consideración a los perros, que sufren alteraciones graves con el estrépito, les causa miedo pánico, taquicardia, migraña y dolor en los oídos, además de reacciones estomacales. Si yo no lo soporto y odio a la gente cuando me agrede semejante irracionalidad, ya imagino a Naomi, que sube a mi cuarto y se acurruca en la entrada con actitud cabizbaja y una mirada tan desolada que parece decirme: “No puedo con esto y no sé a dónde meterme”.

-Trata de relajarte, preciosa. Ya sabes cómo es la gente de pendeja; dale chance.

El pesimismo intolerante de agosto

Naomi está enferma. Yo estoy enfermo. Vivimos en una casa enferma, en un pueblo de gente mentalmente muerta y sin alma, que sólo tiene sus cuerpos y están jodidos, como todo aquí. Pero acabo de ver Indiferencia, de Tony Kaye, una de las películas más pesimistas de la historia y por eso me gustó. Al final hace una cita de Poe en el contexto de una reflexión (el estado de una casa refleja el estado de ánimo de quien la habita y viceversa), pero en facebook hay que ser ilustrativos y francamente no estoy de humor. Si alguien no ha leído La caída de la Casa Usher —¡qué vergüenza!— no es interlocutor.

El último recurso es también el único

Tautología de Perogrullo versus tautología en espiral y al poético estilo de Octavio Paz (el de Sabines funciona cuando ha pasado por ingentes cantidades de alcohol) o, lo que es lo mismo, lenguaje de banqueta y red social contra código académico de libro que gana un concurso cuyo premio es su publicación aunque nadie lo lea. Cuando ese lenguaje codificado pasa del pedantesco fárrago y la parrafada ininteligible de bodrio soporífero al intercambio directo para marear al interlocutor, procede la violencia verbal que precede a la contundencia de mis chacos de metal. Este complejo fenómeno de las relaciones humanas tiene por nombre Causa y Efecto (cítese la fuente). Precede a la violencia que procede…

¿Piensas o votas?

Los gringos hablan con elipsis, al menos en sus películas y series de televisión, sobre todo en las malas y más aún en las peores. Quienes hablan con elipsis en México y otros países hispanoparlantes deben sus actitudes, actividades y pasividades a la influencia gringa de la televisión y el cine, generalmente doblado al español. “Y la solución es…” sustituye a la pregunta: ¿Cuál es la solución? Pero el tema no se reduce a la forma, que sería lo de menos. El problema es que si alguien, hablando de elecciones, como ha sucedido este año, pregunta cuál es la solución y lo hace además con elipsis por el estilo, resulta incapaz de responder: ¿La solución de qué? Se trata pues de un síndrome que pone en evidencia la incapacidad de pensar, discernir, entender algo. De ahí que vengan inclusive académicos a decirnos: Hay que votar por el PRI pa’ que no gane porque dos más dos son cinco. Y la masa confirme con su obediencia que la humanidad tiene un carajo de racional.

La fe prefiere creer

Creado por el humano a su imagen y semejanza, concebida su noción como un ente a su vez creador del universo, o al menos de nuestro planeta, Dios perdona todo a quien lo inventó en el sentido esquizofrénico de crear para creer que su creación es el creador de todo, salvo lo que perdona, y perdona inclusive la destrucción del planeta, porque su papel (según el guión escrito por las instituciones religiosas) es dispensar la superación de la imbecilidad humana y su estúpido miedo a la muerte.

Yo preferiría crear

Mientras Nigeria prohíbe la mutilación genital a mujeres y niñas, Francisco Toledo gana otra batalla en Oaxaca al impedir que la sede del Centro Cultural y de Convenciones sea el Cerro del Fortín. Y mi pesimismo aguafiestas reflexiona: En un clima de agobiante barbarie y atraso, es tanta la urgencia de buenas noticias que nos asimos a los pasos tardíos de la civilización y los logros de la resistencia, que no son precisamente avances en un sentido estricto, sino pérdidas de tiempo.

Francisco Toledo

El gran Toledo en acción