Archivo de la etiqueta: Soledad

Poemas breves: 5a entrega

Me pregunto

¿Podré salir del pozo al que arrojaron
los monjes a los niños
por desobedecer
sus patrañas cristianas
y patrióticas?
¿Podré salir acaso
de la fosa común
en donde la raigambre
nos ata de los pies
para que nos hundamos
con común alegría
y el consuelo tarugo
de la unanimidad
como un gran sacrificio
voluntario
de alegre comunión
y alegoría?

Materialización

Si acaso el infinito
se aburre hasta el delirio
con el paso del tiempo
como los inmortales
que -lejos de ser dandis
con el refinamiento aristocrático
de la ficción ridícula y absurda-
son más bien indolentes y salvajes
quizá falta en el árbol de los años
materia de los sueños

Vibraciones

Espíritu de piedra que asecha en el asfalto
serpiente de basalto
prosapia de reptiles
invisible presencia de grillos y cigarras
ausencia de guitarras
y voces infantiles

Cripta vacía

Tanto esperó
su alejamiento en el tiempo
distancia irreversible
y el envejecimiento
de los recuerdos
que al abrir de nuevo
el álbum familiar
las fotos de aquellos días
oh días de aquellas fotos
habían anochecido
y al abrir también el viejo baúl
salieron volando
murciélagos revinientes
que lo dejaron desierto
baúl en vano
desde entonces las sombras
de la memoria
pueblan el alma
de oscuridad

El coleccionista

Disecaba estelas de sonido
y atrapaba murmullos y susurros
con su red cazamariposas
y una vez fotografiados
y catalogados
los dejaba libres de nuevo
para que volaran
por el aire lleno de agujeros
hasta perderse con el silencio
y caer en el despeñadero
del mundanal ruido

Causa y efecto

(o correspondencia)

El reflejo en tus ojos
es la jaula inasible
del pájaro que miras
cuando posa
más o menos consciente
de sí mismo
nunca de su reflejo
cuando levanta el vuelo
lo hace también tu mirada
como espejo con alas
y la jaula se hace cielo

Permanencia

Nuestro reflejo
nos mira siempre
desde adentro del espejo
aunque dejemos
de mirarlo

Vayamos a donde vayamos
siempre estaremos
del otro lado
del espejo

Aberración

La gente dice
que el tiempo vuela
pero yo creo
que más bien repta
gruñe como la pérdida
que engendra
sangra y su rastro
hiede a la noche
cuando agoniza
y muere

Ahora lo entiendo

Mi exploración erógena
de tu cuerpo
era una búsqueda
buscaba una mujer
que me satisficiera
más que tú

Subjetividad

Cuanto más
desnuda estás
más me gusta
lo que escribes

FIN

Anuncios

Diez poemas breves

Reproducción alienante

Gime una mancha en el tiempo
duele arena corrosiva y oquedad
por el odio que respiro
reptan despojos de la descomposición
sombras que hieden su estridencia
miasmas infalibles y obligatorios
como un himno nacional
emergen pesadillas de la luz del día
hirientes disonancias y torturas
horrores infantiles de guerra
llamados honores a la bandera
no hay descanso del caos
escarbo mi piel en busca de ideas
ato y desato mis venas
hago y deshago nudos gordianos
bebo mi propia sangre
si dormito los veo
con los ojos cerrados
su imagen en el Aleph
es cada vez más nítida
bajo un monte de basura
yacen los niños muertos
si abro los ojos siguen allí
la escuela y sus padres
alienan sus cadáveres

Compulsión

Exploración de las calles
en la noche infatigable
su dédalo se repite
cada vez más pequeño
soledad en el bullicio
tránsito por las estaciones
y los estacionamientos
dinámica y estática
búsqueda ubicua de la profundidad
entre los intersticios
y las intríngulis
de una ciudad en ebullición
con un plazo fatal
siempre intuido
si acaso tiene hallazgo
tanta y tan apremiante intensidad
como angustia inconsciente
del instinto que me juego
es un trágico límite
de la pérdida sin tregua
su final forzado

Sendero sonámbulo

En el atajo de la cotidianidad
mis pasos desbrozan el campo baldío
dibujan una estrada
la rutina se hace ruta
vereda entre la flora de la noche
sendero en punto muerto a la memoria
senda que vuelve del olvido
ahora en punto vivo
desandando su rastro
el viento se abre paso entre las nubes
y descubre una brecha
camino en el vacío y la oscuridad
como un ciego sin báculo
mis pies guían al barro
dibujan una estrada
la rutina se hace ruta
y la ruta rutina
que siguen los sonámbulos

Nocturno

Camino en el remanso de la noche
por donde pastan caballos y corren los perros
que ahora duermen
a la sombra de sus sueños en silencio
soy soledad que busca soledad
y abreva de su elemento
galápago que surca el agua dulce
piedra lisa que salta sobre un lago
luego me hundo entre paredes
voy del cuerpo al pensamiento y de regreso
cuando me llama el dolor aprisionado
la enfermedad de la casa
las venas abiertas del alba
intento dormir

Síndrome de abstinencia

Alucinación famélica
de mi casa hecha refugio
como cueva de osos flacos
o murciélagos que duermen
el sueño de los justos
exilio de la lluvia
cielo plenilunar
difuminada esfinge de la luna roja
luz del sol en agonía
pirámide mortuoria del eclipse
pero esta casa
no es refugio de nada
sino sepulcro de todo
yacimiento de mis huesos
sofocante cautiverio
de las células muertas
como polvo de estrellas
en el fuego

Ambiciones

Las llamas de las velas
bailan con el céfiro entre tinieblas
y con la esperanza de ser albores
al despertar

Las llamas de las antorchas
son menos ambiciosas
se conforman
con incendiar la noche
para llamar al sol

¿Qué tenemos aquí?

Galerías de sombras de sombreros
espejos que reflejan su vacío
ventanas al abismo de los sueños
un salto del trapecio perdido en el espacio
y el instante inundado
por la lluvia de arroz

Soy parte del incendio
medio siglo de incidencia
de insidiosa insolencia
de acumular insomnio
y aguzar el instinto

En deuda con Serrat

Penélope confundía
las estaciones del año
con las del tren
y el paso de las horas
con el rumor del viento
y el reloj del andén
con su propio corazón
y su espera inútil
con la esperanza
de un improbable regreso
y el luto de la noche
con el duelo de la vida
por el tiempo muerto

Saeta

Cuando te atrevas a mirar
todas las cosas
detrás de sus máscaras
conocerás el rostro de algún astro
pero también el rastro
de las víboras
que mediante círculos viciosos
y concéntricos
han vuelto al gobierno
de la muerte
con otros nombres

Seducción

Una mujer otoñal
peina plata del invierno
pero mira con un sol de primavera
cuando el verano sonríe
y humedece los labios
para que bebamos juntos
las cuatro estaciones del año
resumidas en horas de felicidad
desde la noche que fue su cabello
hasta el amanecer
que sigue siendo el mío

FIN


Alejandra

La soledad que habita este lado de la noche
te esperaba también del otro lado
la escalera tejida con tus venas
ha caído al mar
de sangre que anega el silencio
donde naufraga el tiempo
bajo el agua de mujer
que ahoga los suspiros
el eco de las olas
dentro de caracolas
enterradas
el rumor de la música
de palabras legadas sin alivio
evasión del suicidio
del pájaro hecho jaula
como el viento sin alas encerrado en tus ojos
abismos desolados entre sombras
abismales ventanas
al desierto en tinieblas
árida sepultura
de un vuelo en llamas
«pájaro asido a su fuga»
como eterno retorno
incendio de tu sueño sin edad
sin nombre
el olvido que puebla este lado de la noche
duerme también del otro lado
espejo de la soledad
y el reloj que latía dentro de ti
para que nunca despertaras
yace desde entonces
en el fondo del mar



Zipolite

Algo había rasgado el manto de la noche
para bañar de luz el mar
y el pueblo que dormía;
algo había corrido el negro telón del cielo
para desvelar la plenitud lunar
y prolongar mi vigilia;
tanto y tan intrusivo era el efluvio
que mi soledad insomne,
sofocada,
optó por salir a caminar
«la playa de los muertos»,
simbiosis de las olas
entre clepsidra y reloj de arena,
acuático vaivén de ritmo hipnótico,
rumor que arrulla el sueño de las aves
como terapia musical.

Mis pasos me llevaron al más lejano extremo
de la playa en forma de luna menguante,
donde las rocas se nublan
al morir un día y nacer otro;
allí terminaba el claro de luna llena
y comenzaba el oscuro de sol vacío,
misterioso lindero,
como si también allí terminara el verano
y comenzara un otoño invernal,
así que me dispuse a desandar el camino,
volver sobre mis pasos
a la claridad estival,
cuando sentí su presencia,
y un escalofrío de pies a cabeza
me paralizó por un instante;
era una muchacha de melancólica belleza
y aura espectral,
ataviada con velos de insinuante transparencia,
desnudez velada,
y el viento de agua, cada vez más furioso,
no se llevaba sus nubes ni su aire fantasmal;
su piel era de nácar,
su pelo una cascada
más negra que los cuervos de mis sueños,
sus húmedos muslos de marfil pulido
se abrían paso entre los lirios de su talle,
descalza para siempre;
sus labios tenían el color de la sangre,
sus ojos afilados me miraban,
grises como los peces que saltaban
o se asomaban a verla,
y una sonrisa tenue iluminó de pronto
el astro de su rostro.

-Hermosa noche -dijo.
¡Qué voz profunda y sensual!
-Lo es gracias a ti -respondí sin pensarlo,
y ella tocó su pecho intacto
con un ademán que agradecía
mi espontánea sinceridad.

-Vengo todas las noches de plenilunio
cuando su luz disipa las sombras del estío,
inminente agonía de paraíso infestado,
entre la primavera y el otoño;
como puedes ver
por ser un alma solitaria,
caminante de zonas que habitan los fantasmas
del deseo y la nostalgia,
como puedes ver,
el solsticio de verano boreal
comienza en el otro extremo de la playa
y aquí el equinoccio de otoño
hacia donde las olas,
como las gaviotas y los náufragos,
se rompen contra las rocas.

-¿Puedo saber a qué vienes,
milagro del destino,
lucero que ilumina mi extravío
entre un pasado que me bebe
y el presente de mi sed?
¿Acaso eres astrónoma?

Sutil como la brisa que nos acariciaba,
ella esbozó una mueca de ambigüedad
que parecía burlarse de mi pretendido ingenio
por ser más bien ingenuo.

-Espero el barco tripulado por el tiempo
de la oscuridad océana
para que me lleve al otro lado
del mar de la tristeza y la desolación
cuando acabe mi condena,
si acaso tiene final,
esta pena perpetua de vacío que llena
la eternidad en el limbo.

-¿Quién te condenó y por qué?
-Me condenó la muerte por preferirla.
-¿Puedo hacer algo por ti?
-Puedes venir conmigo a morir
y acompañarme hasta que olvidemos juntos el olvido;
por caminar la noche a solas
al margen de las olas
y escuchar sin miedo alguno
los cantos de sirenas,
dispuesto a su fatal seducción,
eres el elegido.

-¡Enorme privilegio!
¿Morir a tu lado? ¡Lo haré con gusto!
¡Seré tu fiel compañero
en esta dilatada orfandad de caracolas!
Mi vida no ha sido más que tedio,
penumbra y miseria humana.

Con la generosidad de un árbol,
extendió los brazos hacia mí,
tomé sus manos pálidas
pero sorprendentemente cálidas
y caminamos como si flotáramos
sobre las rocas nubladas
y pulidas por la tenacidad marina,
con testigos y cómplices
en los intersticios azules y salados,
refugio de las hadas,
población oculta
de cangrejo, arbacia y musgo.

En el letargo del abrazo,
un placer desbordante se hizo alma
y abandonó su cárcel,
derramado como espuma de champán,
hasta perder la conciencia y la memoria.

Los pescadores del pueblo
hallaron mi cadáver al amanecer,
mi cuerpo sin sangre
ni explicación alguna de su pérdida,
y ahora estoy aquí
sin restos mortales,
desnudo como el aire,
esperando el arribo
del barco tripulado por el tiempo
que ha de llevarme al otro lado
del mar de la tristeza y la desolación
para encontrarme algún día
con aquella encarnación de leyenda inmortal
y experimentar de nuevo,
si la suerte vuelve a sonreírme,
su caricia infinita.

Los muertos nos aburrimos en el limbo
y, aunque algunas mujeres
han caminado el claro de luna llena
sin compañía masculina
hasta el oscuro de sol vacío,
yo no logro más que espantarlas;
un siglo de repudio,
como una maldición,
ha sido el precio de mi desprecio a los hombres,
un siglo de mirar la arena del verano
desde las rocas del otoño nublado,
siempre de noche.

FIN

 


Espectros

Coyoacán a medianoche
tiempo en trance que parece detenido
postal de la eternidad inmóvil
frente al poste orinado por un perro y un borracho
a la luz de un farol
nebulosa y fantasmal
yace la oficina de correo
y en un claro de luna
testigo de los dichos y los hechos
una banca en la plaza
guarda el rumor de nuestra plática
las palomas dormidas
confunden el recuerdo que dejamos
con el olor identitario
la nostalgia disemina en la vía pública
su esencia como vaho de incienso
y aroma de café recién tostado
en las horas que los lobos de la fuente
miraban unos muslos desnudos
que saltaban a la vista de todos
horas después la oscuridad está despejada
la silueta de un anciano
camina detrás de su errática sombra
figura triste y grisácea
de artritis y diabetes con demencia senil
el viento se ha llevado sus aires de grandeza
mientras un pobre diablo
llamado el camarón
anestesia su dolor de muelas
con licor de anís
entre perros que dormitan en el parque
sobre cartón desplegado
frente al mercado
para las ratas está por despertar el mundo feliz

en lo alto de una barda
el gato peludo, funámbulo y necio de la infancia de Serrat
mira extasiado al gato azul de Roberto Carlos
que devuelve la mirada
como reflejo de un espejo ante un espejo
que refleja otro reflejo
con infinita reciprocidad
y narcisismo indirecto
yo miro el tiempo hacia atrás
un pájaro bebé cayó del nido
lo descubrimos Carmen y yo
porque chillaba en la banqueta
y trepé al árbol con el ave en la mano
para devolverlo al nido
cuando una anciana me regañó desde su ventana
luego volvió a su soledad
con la edad hecha un nudo en la garganta
para seguir ignorando que sus sueños sin realizar
ya no eran ni siquiera sueños marchitos
o distorsión acumulada
sino polvo de cadáveres
vestigio de su hedor entre las sábanas

en el camino a Portales Sur
escuché más de una vez a los fantasmas
gritar desde la casa de Trotski
y una noche lloré por la muerte de Leticia
con veinte años de retraso
cada una de mis pérdidas
tiene su propio efecto con distinto retraso
posposición del duelo
por Francisco, por Lucía, por Graciela, por Gustavo
por todas las ausencias
que me acompañan cuando camino la ciudad
la memoria de los adoquines
atesora mi soliloquio como un eterno murmullo
conserva el silencio trashumado
en rutinaria ruta de soledad cotidiana
los árboles distinguen las lágrimas de la lluvia
bajo el cemento de aceras arboladas
suena el eco de mis pasos


De aquellas noches

Edgar Ramírez | Asher

Diciembre 30 de 2007

En el filo de La Navaja bebo el último trago de la noche, último sorbo de oscuridad con luna menguada por la nebulosidad de la mirada, y respiro el último aliento de agonía y soledad en las calles, de las calles en soledad poblada todavía de silencio con eco de caracol, viento que barre la basura y surca el alba. Como quien dibuja el rostro de una mujer compulsivamente antes de perder para siempre su recuerdo, último presente de una relación pretérita, sueño insomne que borra el paso de las horas y los días, me aferro a los restos de este naufragio, vivo intensamente mi pérdida, espero caer la última gota de la noche vacía.

En La Navaja de Garibaldi es de noche todo el día, como en el 13 Negro de Acapulco, donde los noctámbulos de carrera larga prolongaban y extendían sus límites sin dejar de beber para no perder el vuelo, cada vez a menor altura, hasta caer, hasta que no fuera posible llegar más bajo, hasta el cabo del rastro sanguíneo que dejó de correr en alguna parte del subterráneo dédalo de cloacas, laberinto infestado por cucarachas gigantes y ratas en harapos. La Navaja es un punto crítico en la ruta de la muerte, del 33 al Tapanco, donde concurren matones de pacotilla y putas en reposo que no se han bañado ni han dormido en una cama desde su renuncia temporal, desde la primera ola de una marea de insomnio depresivo, desde que el calendario se quedó sin hojas por dárselas al árbol y el árbol tapizó con ellas el otoño, desde la muerte del tiempo con un infarto al reloj.

Del 33 llegan las “vestidas” que antes atracaron a borrachos incautos y solitarios en el cuarto oscuro del Famoso 49, que en paz descanse, a donde llegaban también soldados en sus días francos, francamente desesperados, en busca de un “trenecito”. El Viena era el punto de partida para hombres gay que gustaban de la barra y la sinfonola antes de que el lugar cambiara su look de cantina tradicional por el de la Zona Rosa y lo plagaran puras locas de Cabaretito. El ambiente homosexual degenera gradualmente, sin más pauta que el tedio ni más pausa que el miedo, hasta la sórdida continuidad del Tapanco, en donde la degradación empareja todas las tendencias y preferencias sexuales, dándoles el mismo color, el uniforme de la violencia, la monotonía del odio conservado en alcohol, ahogado en noches y días de rosas en el fango, tirado «a la borrachera y la perdición», dormido y desvalijado en la banqueta. Si el Cabaretito es la Jaula de las Locas, el Tapanco es el Club de la Eutanasia. En la pista de La Navaja una mujer baila desnuda y después tiene sexo allí mismo con cinco hombres, mientras otro es degollado por la espalda en la oscuridad y yo tomo nota desde mi atalaya clandestina.

«Esta es la canción de las noches perdidas», canta Joaquín Sabina con voz aguardientosa por «el aguardiente de la despedida». Subo las escaleras hasta que me detienen en seco las suculentas piernas de una vecina adolescente que mira con tanta intensidad como para provocar un segundo trastorno hormonal y dejarme en el viaje. Una puta de nombre falso dejó mojado mi pantalón en el Tapanco. Hay que llegar urgentemente al quinto piso y destapar una botella antes de padecer la resaca, y vivir encerrado más de un mes hasta que la soledad me haga descolgar el teléfono en cuanto pase la crisis de hipo. ¡Que escampe tu llanto hasta que amaine mi odio! Este departamento es el callejón sin salida en donde los gatos huraños se refugian y asimilan a las sombras y la basura y suben a la azotea para bañarse de luna y maullar sus dolencias del alma. Los vecinos del edificio viven con terror a mis recaídas etílicas, que sólo podré conjurar huyendo cada invierno de la ciudad.

Joaquín Sabina canta La canción de las noches perdidas, y recuerdo que debo continuar el cuento a ritmo de blues, Los muertos no mienten, narrado en forma de espiral, variación literaria de la película más original del cine negro. «Los fugitivos del deber cogen su maldición y se la beben». Supongo que el insomnio, así como es causa de mi adicción al vino tinto, es efecto a su vez de mi adicción a la noche, debilidad que no he padecido por mujer alguna, pero en este caso es imposible la ruptura. La canción de las noches perdidas, que me fascina en la voz de Pasión Vega y la de Mara Barros, es un homenaje de su autor al singularísimo Tom Waits. Mi variación o desvarío, en cambio, mejoraría su letra con el sabor amargo que deja la ruta de la muerte:

El consuelo es un hombre con nombre de mujer,
el odio se bebe hasta la embriaguez
y después se vomita con el estómago vacío…
No encuentro taxi libre que me lleve al infierno.

[…]

No encuentro taxi libre en el infierno.





Magda Davitt

Identidad propia

¿En dónde comienza mi admiración a la cantante y compositora irlandesa Sinéad O’Connor, ahora Magda Davitt? Quizás en su calidad musical como punto de partida; quizás en el momento que se rapó la cabeza para siempre al advertir que la sociedad de consumo, a través de sus medios de difusión, pretendía convertirla en símbolo sexual; quizás en su rechazo al Grammy (no obstante que inauguraba con ella la categoría de música alternativa) por considerar que premiaba más el éxito comercial que la calidad artística; quizás en la prohibición de que un concierto suyo en Estados Unidos comenzara con el himno nacional de ese país y su amenaza de hacer mutis si le era impuesto; quizás en el simbólico momento que rompió una foto del Papa Juan Pablo II y gritó “lucha contra el verdadero enemigo” frente a las cámaras de televisión durante un programa de “máxima audiencia” en vivo, también en Estados Unidos; quizá cuando respondió al abucheo en el Madison Square Garden gritando la canción War, de Bob Marley, que había cantado a capela en aquel programa de televisión; quizás al declararse partidaria del Ejército Republicano Irlandés y festejar después la independencia de Irlanda; quizá desde la continuación de su protesta contra el abuso sexual de niños por curas pederastas y la complicidad encubridora del Vaticano; quizá desde que empezó a denunciar los abusos y maltratos de sus propios padres; quizá desde su defensa del derecho al aborto; quizá desde el reconocimiento público de su propia bisexualidad; quizá desde su crítica y su denuncia de la sociedad de consumo, algo que los medios difusores de chismes reducen a la fricción con cantantes representativ@s del vacío y la superficialidad…

Todo eso tiene su propia historia de pormenores importantes y su contexto no menos trascendental, cuya omisión hace imposible entender cada uno de los actos de rebeldía temeraria que los seres mediocres, insignificantes y cobardes confunden con la secuela del maltrato en la infancia, según los diagnósticos siquiátricos. Las mujeres y los hombres inconformes con el mundo suelen vivir rodeados de una incomprensión aplastante y, a menudo, son tildados de locos, “conflictivos”, protagónicos en busca de notoriedad… ¿Por qué no habría de inconformarse y rebelarse contra el mundo, empezando por su familia, una mujer con más dignidad y sensibilidad que la gente ordinaria, si el mundo es un cúmulo de aberraciones execrables.

Ahora, inspirada en los “afroamericanos” que, además de las cadenas, se quitaban los nombres de esclavos, ella se ha cambiado el “nombre patriarcal” de Sinéad O’Connor por Magda Davitt, después de hacer las revelaciones familiares que he publicado aquí en cuanto suceden. Un acto de ruptura radical a los 50 años de edad. Admirable.



La causa de mi creciente admiración en este caso es que una mujer hermosa decida cantar y componer música alternativa de gran calidad y desafiar al poder criminal con actitudes y comportamientos rebeldes, subversivos, inclusive revolucionarios, además de temerarios, valientes y “terriblemente honestos”, como diría Vanessa Bauche. Eso es obvio. Pero también hay un antecedente familiar: ella es sobreviviente del divorcio de sus padres (algo estigmatizado por el conservadurismo católico de Irlanda), así como del maltrato que sufrió en la infancia, primero por parte de sus padres y después por el colegio-reclusorio en donde fue internada para castigar y reprimir su rebeldía. Al protestar por el abuso sexual de curas pederastas y el encubrimiento del Papa y la jerarquía católica, lo hacía también por el maltrato y el abuso de los que fue víctima ella misma. Pero algo tan fácil de comprender por alguien medianamente informado, sensible y solidario, es más bien imposible para la turba irremediablemente aturdida por la religión. Cuando ella era víctima de vejaciones y abuso sexual en su infancia, buscaba refugio en Dios, a quien prometió que, si lograba salir de ese infierno, denunciaría con todas sus fuerzas a “quienes usan el nombre Dios para hacer el mal”, y empezó por el principal encubridor de la pederastia en el Vaticano, organización a la que acusó de ser un “nido de demonios”. Pocos años después de aquel escándalo en el mundo del espectáculo, y el veto de por vida en la televisión gringa, Sinéad se ordenó sacerdotisa para “rescatar a Dios de la religión”, ordenación que, desde luego, desconoció el Vaticano y la excomulgó.



Desde que Sinéad O’Connor, ahora Magda Davitt, publicó un video en el que habla entre lágrimas y a bocajarro de su soledad, su enfermedad y su crisis en general, me empapo obsesivamente de todo cuanto se refiere a ella y, en la búsqueda, antes de sus revelaciones familiares con dos cartas a su padre, tuve este gran hallazgo, una auténtica joya que también me permito compartir. Se trata de un texto escrito por ella en abril de 2010 y publicado en español por El País (diario que ahora sirve y obedece a la estrategia mediática de Washington, el Pentágono y la CIA contra el pueblo y el gobierno de Venezuela, entre otras cosas). Si alguien no conoce a Magda Davitt, en aquel entonces Sinéad O’Connor, ni es capaz de intuir las razones de su rebeldía y su temeridad, se quedará boquiabierto ante la valentía y la honestidad con que denuncia la hipocresía y la incongruencia criminal de la iglesia católica y el Vaticano ante los abusos sexuales de miles de niños, particularmente irlandeses y gringos, por curas pederastas. El texto es también un testimonio personal, un relato en primera persona de su propia experiencia, lo que añade valor a la denuncia. Los errores de sintaxis, sobre todo hacia el final del texto, son atribuibles a la traducción.

Una variante brutal del catolicismo



Yo soy misántropo y, si acaso tengo algún tipo de fe, la deposito en los seres excepcionales, extraordinarios.