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Tiempo de ira

I

Ahora llevo un lastre de plomo en arsenal
que me quema las manos y las habas,
una carga que arrastro por el suelo sinuoso
de tortuosas pedreas;
ahora estoy a punto de arrasar con la turba,
la caterva de abyectos y canallas
al amparo del zulo criminal;
ahora soy acopio de coraje iracundo
que sueña con masacres de caníbales
por voluntad humana,
con desatar mi propio cataclismo,
depuración que acabe con monstruos bien peinados,
sanguijuelas de blanca dentadura,
sonrientes alimañas,
asesinos detrás de su escritorio,
ladrones de corbata y cuello blanco…
ahora tengo impulsos kamikazes
de tomar el infierno por asalto
y apagar el incendio con nitroglicerina,
prender fuego al tumulto de impunidad campante
y ajustar viejas cuentas con furia justiciera
y en resumidas cuentas,
devolver el dolor, la enfermedad,
la violencia vigente,
con nunchakus de acero y un martillo ergonómico
de hacer añicos todo, romper todos los huesos,
incluyendo los cráneos,
de aplastar cobardías como a las cucarachas,
y un hacha y un machete de filos carniceros
que acaben con la plaga putrefacta,
con la enfermante peste,
me brinde un desahogo y un respiro:
la colmena me colma y ha rebasado el límite;
ahora me contengo y me reprimo.

«Es preciso matar
para seguir viviendo»,
cantó Miguel Hernández;
es preciso barrer
con la escoria infrahumana
para nacer de nuevo y empezar a vivir,
cantaré cuando muera.

II

En la cueva del hambre un niño llora,
su madre lo esclaviza, pervierte su inocencia,
lo nutre de violencia cotidiana,
vejaciones y abusos,
inclusive sexuales, genitales,
hasta que los asalta una jauría
sin dirección humana
y hace trizas de carne
con jirones de piel
a la madre de sangre
que succionan,
reduciendo su vórtice a los huesos,
y se llevan al niño, liberado,
para educarlo en la naturaleza
legada por los lobos a los perros
más libres y salvajes.
Que así sea.


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